Las relaciones de poder y violencia vinculadas al
hostigamiento sexual
Blanca Elba García y
García*
Patricia J. Bedolla Miranda*
Como
parte de las acciones encaminadas al reconocimiento y estudio científico de las
agresiones sexuales que viven fundamentalmente las mujeres, en este trabajo
abordamos el problema del hostigamiento sexual que comienza a concebirse como
un fenómeno social que tiene un impacto importante en la vida del género
femenino. Se intenta estudiar este hecho a través del concepto sexo-género,
abarcando su definición, el trinomio poder-sexualidad-violencia, su impacto
negativo en la vida de las mujeres, quiénes lo realizan y sus posibles causas.
Algunos
antecedentes
Escribir
ahora sobre este tópico, lleva a evocar los acontecimientos que nos condujeron
a su estudio. Nuestra preocupación por el tema surgió en 1983, mientras
realizábamos una investigación sobre satisfacción laboral. Nos encontramos con
un hecho al que, en ese momento, no dimos importancia pues lo interpretamos
como algo aislado, que probablemente, sólo ocurría en la fábrica donde
realizábamos el estudio. Al poco tiempo, accidentalmente encontramos un
artículo de J.B. Gruber y
L. Bjorn (1982), que llevaba como título: "BIue-collar blues: the sexual harassment of women autoworkers". Este trabajo hacía alusión a una serie
de conductas sexuales desplegadas hacia las mujeres tanto por los supervisores
como por los compañeros de trabajo, las que eran consideradas inapropiadas y
con un impacto negativo en quienes las recibían. La lectura de este artículo
nos hizo recordar el problema que se nos había presentado en el estudio sobre
satisfacción laboral, y al que no habíamos dado la importancia que merecía,
ajustándose perfectamente a los datos reportados por Gruber
y Bjorn. Las mujeres de la pequeña muestra con la que
trabajamos en ese entonces, nos comentaron que frecuentemente recibían
agresiones sexuales y las calificaban como un serio problema en su trabajo. Fue
así que nos acercamos a lo que hoy sabemos es hostigamiento sexual y en ese
entonces no teníamos cómo nombrar.
Al tomar conciencia de las implicaciones que este hecho tenía para las
mujeres, nos abocamos a la tarea de buscar investigaciones que lo definieran,
señalando sus manifestaciones, su impacto en las mujeres y las formas de
análisis que se han empleado. También descubrimos que con excepción de Estados
Unidos, donde había incluso una tipificación legal del fenómeno, no existían
estudios sistemáticos sobre este hecho. En el momento actual, afortunadamente
tanto en nuestro país como en muchos otros, se realizan diversos esfuerzos para
poner de manifiesto lo que hace alrededor de 15 años era indistinguible.
Como muchos otros problemas que enfrentan las mujeres, el de
hostigamiento sexual, aun ahora, no tiene un reconocimiento como problema
social ni es asunto de interés público; pues no obstante que existen muchos
esfuerzos que demuestran su impacto y frecuencia, así como su tipificación
legal, todavía es necesario convencer a la gran mayoría de la población sobre
su importancia.
Lo anterior puede deberse a varias razones. Una de ellas es el prejuicio
para hablar de la sexualidad abiertamente. La mayoría de las personas piensa
que este es un aspecto privado, difícilmente pueden percibirlo como un hecho
que forma parte de las relaciones sociales. En segundo lugar, podemos señalar
el poco interés que hasta hace poco despertaba la problemática femenina y lo
que tuviera que ver con ella; Finkelhor (1985) señala
a este respecto que un nuevo problema social adquiere credibilidad pública
cuando un grupo empieza a tener fuerza sociopolítica. Este ha sido el caso del
movimiento feminista que, entre sus demandas, sacó a la luz las distintas
formas de violencia hacia las mujeres, que, como el hostigamiento sexual, se
mantenían a la sombra.
Una tercera razón de por qué es difícil aproximarse al estudio de este
fenómeno, es la carencia de información pública y documentada, en la cual se
pueda basar la fundamentación de su análisis y
denuncia.
Otra posibilidad es la que tiene que ver con la falta de un nombre para
llamar a esta clase de experiencia, la cual involucra innumerables conductas
que pueden ser englobadas en una categoría. De hecho, como dice Mackinnon (1979), hasta que se propone el término
hostigamiento sexual esta agresión cotidiana hacia las mujeres deja de ser
"inexistente".
Una
definición
Antes
de pasar a la discusión acerca de la relación entre poder-sexualidad-violencia,
que es el punto central de este artículo, es necesario proponer una definición del
problema que nos ocupa, a fin de clarificar a qué nos referimos.
Esta tarea no es sencilla, pues a pesar de que el hostigamiento sexual
es una forma de violencia que tiene que ser reconocida y combatida, no ha sido
posible alcanzar una definición precisa y clara del mismo, lo que ha
dificultado su análisis. Sin embargo, para los propósitos de este trabajo,
podemos tomar la definición que proponen Bedolla y
García (1989), basada en tres componentes, a saber:
El
hostigamiento sexual en el trinomio poder-sexualidad-violencia
El
análisis de las diferentes definiciones de hostigamiento sexual muestra que
éste se encuentra vinculado al poder y a la violencia, términos que serán
discutidos a continuación.
EI
poder
Con
relación al poder, la primera idea a la que recurrimos es a la de Kate Millet (1975), quien señala
que "el sexo es una categoría social impregnada de política" (p.32),
puesto que es una relación de poder en donde "la mitad de la población
[...] se encuentra bajo el control de la otra mitad" (p.34). En este
sentido se subraya la supremacía masculina sobre la femenina. Finkelhor (1985) indica que la victimización
sexual y su amenaza son útiles para ejercer control sobre la mujer, pues desde
su punto de vista es un vehículo para poder castigarla, ponerla en orden y
socializarla dentro de una categoría subordinada. Siguiendo a este mismo autor,
la victimización sexual:
"Ya sea que funcione o no para mantener la dominación masculina
[...] ciertamente resulta más fácil la explotación sexual de mujeres y niños
dentro de una sociedad dominada por los hombres. En cualquier sociedad el sexo
es una mercancía de valor, y un grupo dominante como puede ser el de los
hombres, tratará de arreglar las cosas de modo que pueda maximizar su acceso a
ellas. Las creencias culturales que sostienen un sistema de dominio masculino
contribuyen a hacer a mujeres y niños vulnerables sexualmente. Por ejemplo, en
la medida en que los miembros de una familia son vistos como posesiones, en ese
grado los hombres pueden tomarse libertades rara y comúnmente no detectadas con
relación a ellos. El hecho de que la urgencia sexual masculina es vista como
predominante y necesaria de ser satisfecha, le permite al hombre justificar
conductas antisociales, tales como el abuso sexual. En un sistema de
desigualdad sexual y generacional grave, la mujer y los niños no cuentan con
los medios para defenderse contra tal victimización
sexual". (p.48)
No obstante que en la actualidad existen muchos esfuerzos para
modificarla, la política sexual dominante sigue siendo una ideología que
subraya la superioridad masculina sobre la femenina, se dictan las conductas
que cada sexo debe desplegar y los valores a seguir establecidos por el grupo
dominante. Millet señala que estas actitudes
sexistas, han moldeado una "[...] ingeniosa colonización interior más
resistente que cualquier tipo de segregación y más uniforme, rigurosa y tenaz
que la estratificación de clases" (p.33). Esta relación de poder y dominio
sexual se legitima a través de la autoridad en lo legal, cultural y social,
donde un sexo está subordinado al otro, como señala Hierro (1989), la
desigualdad está sexualizada. Sin embargo, el poder
nunca es total ya que su ejercicio genera resistencia. A este respecto Hearns y Parkins (1987) indican
que la resistencia se manifiesta en la dialéctica del poder, que incluye las
siguientes características:
Poder
1. El poder crea impotencia.
Poder 2. La impotencia creará resistencia.
Poder 3. La resistencia puede ser un poder potencial.
Poder 4. El poder potencial puede crear la resistencia del poderoso.
Ver así el poder nos permite pensar en que la resistencia es una manera
activa de enfrentarse a él, como señalaban Oliveira y Gómez (1989); y en el
caso del hostigamiento sexual nos induce a pensar formas de resistencia que
actúen como procesos de cambio. Ejemplo de ello son las denuncias del
movimiento feminista en torno a este y otros actos de violencia en contra de la
mujer, las campañas de concientización sobre estos
actos, las diversas iniciativas de ley que se proponen como formas de
regulación, así como la intervención a nivel individual para enseñar a las
mujeres a enfrentar el problema cuando se les presenta (García y Bedolla, 1989).
La
sexualidad y la subordinación femenina
Como
ya se ha venido mencionando, la subordinación de las mujeres se expresa en
muchos campos, donde se observa cómo los hombres se aprovechan de su predominio
social para imponer sus deseos y sus intereses. Este dominio se expresa también
en la sexualidad (Oakley,1977; Farrugia,1983).
A las mujeres se les educa dentro de un código sexual en donde su propio cuerpo
se desconoce y no le pertenece, mientras que a los hombres se les educa a que
su deseo no puede ser cuestionado, por lo que es difícil que acepten un
rechazo.
Se puede decir que el destino femenino y su sexualidad han estado
dirigidos y controlados generalmente, para los requerimientos culturales y de
satisfacción erótica masculina (Hierro,1985; Millet,
1975); factores que han permitido el sometimiento femenino al papel de madres,
esposas y amantes.
Hearn y Parkin mencionan que
la sexualidad es política, vinculada a acciones y actividades de poder, lo que
es claro cuando se traslapa con la violencia (violación y hostigamiento sexual,
abuso de menores, pornografía); presentándose también en la conducta ordinaria
de las personas. Tanto el poder como la sexualidad operan y se interrelacionan
en varios niveles a través de una dinámica compleja en la que se puede
establecer un control conductual inmediato (v.gr.
normas sociales, medios de comunicación), o como una estructuración social no
inmediata (v.gr. políticas de educación).
Las
concepciones de sexualidad
En
cuanto a la sexualidad femenina, independientemente del sistema político de que
se trate, o de las condiciones económicas de las diferentes sociedades, aún
existe la tendencia de concebir a la mujer como objeto sexual, definiéndosele
en términos de lo que complace al hombre, como objeto de deseo y no como ser
sexuado, se le enseña a subrayar sus caracteres sexuales externos y a
manejarlos para seducir a la contraparte masculina, quien a su vez aprende, por
lo general, a desarrollar una sexualidad desmedida y a ser una persona con
título de posesión de un cuerpo femenino, por lo que la mujer se vuelve blanco
predilecto de agresiones como el hostigamiento sexual y la violación;
agresiones que encierran fuertes dosis de abuso de poder.
Vemos a su vez que la mayoría de las mujeres depende de la aprobación de
los hombres para aceptarse; llevando una vida sexual donde complacer al otro es
más importante que complacerse a sí misma. Se vive la sexualidad en términos
masculinos, de ahí que muchas veces sea tan necesario el halago masculino para
valorarse.
Un aspecto más a considerarse dentro del papel que juega la sexualidad
en las relaciones de género es lo dicho por Hearn y Parkin (1987), acerca de que ésta debe ser vista a la luz
de la historia, la sociedad y la cultura, abandonándose la idea que es algo
privado, relacionado con la vida doméstica y personal, lo que le ha dado
"invisibilidad" en las relaciones sociales en general, la sexualidad
es algo público aunque no se le reconozca o se le tome con reservas. De acuerdo
con estos autores, los conceptos de público y privado desarrollados por las
investigaciones feministas han sido una aportación importante para entender las
relaciones de género, la distribución de poder entre los sexos y las formas
públicas de la sexualidad, lo que nos ha permitido analizar:
Los autores definen la sexualidad como una expresión social de las
relaciones de deseos corporales reales o imaginarios por o para otros, o para
uno mismo, junto con los estados del cuerpo y sus experiencias. Es una serie
específica de prácticas que tienen que ver con los poderes, acciones y los
pensamientos.
La
violencia
Derivada
de las relaciones de poder y de la concepción de sexualidad antes esbozadas,
está la violencia sexual.
Al intentar definir el concepto de violencia encontramos entre sus
acepciones aquella en donde se le define como una fuerza que se ejerce contra
el derecho o la ley, obligando o forzando a alguien para vencer su resistencia
En este sentido, la idea de violencia se aplica perfectamente al hostigamiento
sexual, ya que es una imposición de requerimientos sexuales, usándose la
coerción como un medio de romper la resistencia.
A este respecto, Mackinnon señala que las
agresiones sexuales no son sexualidad, la violación es un crimen de violencia,
el hostigamiento sexual es un abuso de poder basado en el género como
jerarquía. Es importante subrayar esto último pues es más sencillo determinar
si alguna acción es hostigamiento sexual cuando la relación de poder está
formalizada, como en el caso de las díadas jefe-empleada o profesor-alumna. Sin
embargo, cuando se presenta entre compañeros de trabajo, en los transportes
públicos o en la calle, donde "aparentemente" hombres y mujeres son
del mismo nivel jerárquico, parece existir duda en interpretar si hay
hostigamiento sexual. Lo que nos ayuda a clarificar este hecho es precisamente
ese poder de un género sobre otro, que da atribuciones a unos sobre la
sexualidad de las otras; la falta de reciprocidad ante el acto recibido y por
tanto la inconformidad con él.
Por otra parte, pocas son las mujeres que se escapan de estas
agresiones. Como dice Kaufman (1989), la violencia
sexual masculina y el maltrato físico hacia la mujer son las formas más comunes
de violencia directa y personalizada. El autor entiende esta situación como una
expresión de fragilidad masculina y de dominación, debido a que se le enseña al
hombre a reprimir una gama de sentimientos que son manejados como algo que no
pertenece a su género, siendo que forman parte de la expresión humana; además
de que la sociedad, en su intento por establecer una hombría fuera de la
realidad, genera sentimientos de inseguridad en la manifestación de la
masculinidad, pues "esta última no es sino producto de nuestra imaginación
colectiva, patriarcal y de represión excedente". (p.41)
Desde nuestro punto de vista, el análisis que este autor hace sobre la
violencia masculina, explica algunas de sus formas de operación. Señala que lo
importante no es saber si la violencia es aprendida o innata, sino más bien lo
que la sociedad hace con ella, pues a medida que ésta avanza la violencia deja
de ser una práctica aislada para convertirse en un acto común. Creemos que esto
da contexto para entender la frecuencia y extensión con que se presenta el
hostigamiento, pues de alguna forma todas las mujeres lo hemos experimentado.
Como este mismo autor afirma, la violencia se institucionaliza reforzándose en
las prácticas sociales, políticas y económicas; se basa en estructuras
patriarcales de autoridad, dominación y control que se encuentran diseminadas
en la sociedad en su conjunto.
Dentro de este contexto, podemos decir que existen violencias toleradas
(v.gr. la guerra, el maltrato a los niños) y no
toleradas (v.g. el asesinato), lo que resulta
contradictorio. Así, tenemos que fenómenos como el hostigamiento sexual y la
violación son los únicos actos agresivos en donde se supone que la víctima
disfruta de ellos, y sobre los cuales existe una complicidad social que se
manifiesta, entre otras formas, en las bromas y su trato trivial; más aún, la
víctima casi siempre es considerada culpable. El hostigamiento sexual y la
violación se convierten en actos tolerados con legitimidad social; además, en
muchos casos, realizar estas agresiones es considerado como un signo de
masculinidad.
A
manera de conclusión
Como
señalamos en párrafos anteriores, iniciamos el estudio de este tema con más
dudas y curiosidad que conocimiento. Nos enfrentamos a un hecho que parecía un
descubrimiento, cuando en realidad estábamos tomando conciencia de un problema
que vivimos todos los días. Destacamos lo anterior porque es una de las
primeras dificultades que encontramos cuando se intenta estudiar esta agresión,
es decir su "invisibilidad ", a pesar de que la mayoría sabe de los
manoseos, apretujones y otro tipo de agresiones sexuales que reciben las
mujeres en los transportes públicos; las solicitudes veladas o directas que se
hacen a mujeres que quieren obtener un empleo, conservarlo o desean una
promoción; también es común enterarnos que ciertos profesores intentan
"ayudar" a sus alumnas en su aprovechamiento, invitándolas a citas
particulares; y más aún, cuántas veces no hemos presenciado en las calles y
lugares públicos cómo las mujeres reciben una serie de comentarios sexuales que
son insultos.
Todas y todos sabemos que esto existe, pero tendemos a ignorarlo o a
verlo como algo trivial y cotidiano. Sólo después de observar los efectos que
estas agresiones tienen sobre las mujeres, es cuando nos percatamos de sus
repercusiones en la vida personal, social y laboral de quien las recibe. Pero
para ello hay que empezar por romper mitos que tratan de justificar este acto
agresivo.
Aunado a lo anterior, y en una sociedad donde las grandes cantidades son
las que llaman la atención, nos encontramos con la dificultad de detectar su
extensión. Aquí recordamos que la gente en general, para considerar que la
violación es grave, requiere que se le demuestren las altas cifras con que este
delito se presenta, para entonces decir que es un problema. Lo mismo
enfrentamos cuando se quiere evidenciar la gravedad del hostigamiento sexual.
Dudamos que exista alguna mujer que no haya recibido algún tipo de estos
acercamientos.
Enclavado en la sexualidad resulta difícil hablar con soltura del hecho
en cuestión. Si a esto le agregamos la forma en la que se educa a las mujeres,
no debería asombrarnos que cuando mucho se hable en la intimidad de estas
agresiones. Esto se demuestra en nuestras experiencias de investigación, cuando
al hacer entrevistas o encuestas al respecto las mujeres se niegan a responder,
señalando ser honorables y por lo tanto no estar expuestas a estas agresiones.
Esto nos ha llevado a la búsqueda de estrategias de investigación, que nos
permitan romper con la resistencia de las mujeres a hablar del problema; de tal
manera que podamos sortear los temores y prejuicios de los sujetos analizados,
situación que no se probabiliza con la aplicación de
un cuestionario que generalmente es contestado en un ambiente de distancia
afectiva.
Una forma diferente de aproximarnos al conocimiento del hostigamiento
sexual, es utilizando las técnicas de los grupos de encuentro; cuyo principio
básico es ocuparse del desarrollo, sensibilidad, experiencia, crecimiento
personal, desenvolvimiento intelectual y acercamiento entre las personas que
integran un grupo, ocupándose de superar convencionalismos estereotipados y
malestares culturales. La gama de técnicas es enorme. La utilizada por nosotras
ha sido la de seminario-taller, el cual nos ha brindado un espacio donde se
puede hablar de una realidad que en otros contextos negamos; posibilitando que
las(os) participantes reconozcan al hostigamiento como un problema.
Como ya apuntamos anteriormente, el problema que abordamos es nuevo en
el ámbito de la investigación científica, existiendo muchas imprecisiones, como
las que se han venido marcando a lo largo del artículo; no obstante, también ha
sido un campo fértil que ha dado pauta al desarrollo de estudios más profundos,
aportando claridad sobre este tema.
En este trabajo se ha escrito sobre una de las diversas agresiones que
reciben las mujeres y que se enmarca dentro de una ideología que hace de la
violencia un elemento natural y cotidiano entre las relaciones de género; sin
embargo, aún no es posible asegurar que el hostigamiento sexual hacia las
mujeres haya crecido o disminuido, por la sencilla razón que, hasta hace poco
tiempo, era completamente "invisible"; por lo tanto, se plantea
continuar en el campo de la investigación teórica y empírica que enriquezca la
tarea de su validación, las proporciones de su incidencia, los efectos que
conlleva, la metodología idónea para identificarlo, hasta el estudio mismo del
hombre y sus manifestaciones agresivas; a la par del esclarecimiento de
estrategias de acción, unas encaminadas al diseño de programas educativos para
enfrentar y frenar este delito, y otras, en la búsqueda de su tipificación
legal, esforzándose en deslindar lo objetivo de lo subjetivo que encierra este
hecho. De tal manera que la agresión no nombrada de hostigamiento sexual, siga
pasando de la esfera privada a la pública, abandonando su carácter de tema
"tabú".
Todo esto ha implicado la presencia de un trabajo político que apoya la
discusión de este y otros delitos sexuales; labor que han venido desarrollando
desde los años setenta grupos de mujeres feministas y otros sectores de la
población comprometidos con las demandas de género, logrando avances como la
realización de un Foro de Consulta sobre Delitos Sexuales, llevado a cabo en la
Cámara de Diputados en febrero de 1989, donde por primera vez se organiza una
mesa sobre "Hostigamiento Sexual", para discutir este problema como
un delito; y más recientemente, el 5 de mayo de 1990, cuando 61 legisladoras
parlamentarias de varios partidos políticos llevaron a la misma Cámara una
nueva legislación sobre delitos sexuales para su aprobación, en donde aparece
la construcción de un tipo penal para el hostigamiento sexual, de donde se
logró su tipificación penal en 1991. Lo cual manifiesta sensibilidad civil y
visión política por parte de este y otros grupos que lo apoyaron. Un ejemplo
más en el avance del reconocimiento legal del hostigamiento sexual, lo tenemos
en el ámbito universitario, donde tanto en e l Congreso Universitario como en
el Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México
(STUNAM), se han hecho propuestas para que quede dentro de un clausulado en la
legislación universitaria y en el Contrato Colectivo de Trabajo.
No obstante los casos señalados, que evidencian la trascendencia social
y política de la necesidad de legislar sobre el hostigamiento sexual, es
difícil decir que la solución del problema está dada con estos intentos, pues
no basta trabajar en el contenido de las leyes; hay que incidir en sus
mecanismos, en las instancias asociadas a su aplicación, y en la actividad y
comportamiento de la gente respecto a ellas (García y Bedolla,
1989; González, 1989).
Nos acercaremos a su erradicación cuando el problema del hostigamiento
sexual sea una preocupación y responsabilidad de la sociedad en su conjunto, y
se le identifique abiertamente como un comportamiento abusivo anclado al poder
y a la violencia que puede y debe ser eliminado.
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Fuente: Bedolla, Patricia;
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*Patricia J. Bedolla Miranda.
Psicóloga con estudios de posgrado en Psicología Clínica. Académica de la
Facultad de Psicología de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México).
*Blanca Elba García y García.
Psicóloga, estudios de doctorado en Psicología Social. Actualmente trabaja en
la Facultad de Psicología de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México).
Cuestiones
de América Nš 9, Junio de 2002
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