El Significado Psicológico de
Mamá en Monjas Mexicanas
María De Lourdes Hernández Covera *
El objetivo de la presente investigación fue
conocer el significado psicológico que tiene el concepto Mamá en un grupo de
Monjas de la congregación de Misioneras del Perpetuo Socorro, utilizando la
técnica de Redes Semánticas Naturales. Los resultados denotaron un valor J
(total de palabras definitorias) de 156, entre las que destacan por su
valoración negativa: maldad, perversa, sacrilegio y pecado; por su
valoración positiva: sabia, mujer ideal,
inalcanzable, cariño y por su aspecto religioso: Dios, sangre de Cristo, madre
de Dios, santa, etc.
La
identidad de las mujeres es el conjunto de características sociales, corporales
y subjetivas que las caracterizan de manera real y simbólica de acuerdo con la
vida que lleven. La experiencia particular está determinada por las condiciones
de vida que incluyen, además, la perspectiva ideológica a partir de la cual
cada mujer tiene conciencia de sí y del mundo, de los límites de su persona y
de los límites de su conocimiento, de su sabiduría y de los confines de su
universo. Todos ellos son hechos a partir de los cuales las mujeres existen,
devienen, y donde el contenido de la condición de la mujer es el conjunto de
circunstancias, cualidades y características esenciales que definen a la mujer
como ser social y cultural genérico, como ser -para y de los otros- (Basaglia,
1983 ).
Históricamente
se han dado dos formas de concebir la educación para las mujeres: la tradicional,
que hace énfasis en la obediencia a los patrones acostumbrados de identidad del
género, y la llamada educación activa o nueva. En el caso de los sujetos
femeninos la identidad tradicional del género está centrada en el matrimonio,
la maternidad y el cuidado infantil, mientras que para el masculino en el
trabajo, el éxito y la competencia. La educación alternativa surge de una
preocupación por el ser del educando, por seguir sus necesidades e intereses,
más allá de las formas acostumbradas de ser y actuar que propone la tradición.
La
educación de las mujeres es un problema que apenas las mismas mujeres, han
comenzado a investigar. Tradicionalmente -fuera de algunos ejemplos aislados-
se pensaba que bastaba con seguir "el instinto femenino", puesto que
las mujeres, en forma "natural", saben ser madres, esposas y amas de
casa. Es hasta este fin de siglo que la psicología y la sociología han
contribuido acerca de las diferencias -no sólo de género- de la llamada
"conducta instintiva" o lo que puede llamarse "el principio
femenino", que es igualmente
valioso que el principio masculino, igualdad que por cierto, debe ser públicamente reconocida.
Así,
para acercarnos a la comprensión del comportamiento reproductivo de las
mujeres, y en específico a la valoración de la maternidad, nos remitimos a la
reflexión sobre las distintas formas en que las mujeres viven y manifiestan la
relación que establecen con su cuerpo. Es en el cuerpo-persona (Aisenson, 1981) donde se expresan y concretan en forma
visible la percepción que se tiene de la vida y la muerte, cuerpo que vive,
siente y expresa los contenidos de lo que significa ser mujer en un contexto
sociopolítico y cultural específico, concepción del mundo que define la
posición y comportamiento de los sujetos frente a distintos eventos del
quehacer cotidiano.
La
perspectiva de género nos permite compenetrarnos en el ámbito cultural, donde
los sujetos que deseamos conocer recrean sus vidas, pues es a través del
conocimiento de los valores, costumbres, tradiciones e ideas que conforman su
cosmovisión, que podemos acercarnos a la forma en cómo las mujeres valoran,
sienten y expresan la vivencia de la maternidad y el ejercicio sexual, es
decir, cómo es que las mujeres aprehenden y asumen una cosmovisión que va a
organizar y estructurar su ciclo de vida, la forma en que interiorizan los
valores, creencias, costumbres y tradiciones que van a construir su identidad
genérica como sujetos sociales miembros de una comunidad.
Es
claro entonces que el vínculo entre la valoración de la maternidad, el
ejercicio sexual y el comportamiento reproductivo se expresa necesariamente en
la relación que el cuerpo femenino establece con el mundo exterior, es decir,
la forma en cómo las mujeres sienten y viven sus afectos, sus emociones y la forma
en cómo se perciben ellas mismas, el cuerpo, el espacio donde se sintetizan los
contenidos de lo que significa ser mujer, la definición que legitima o
descalifica a una mujer en un contexto cultural en específico.
Uno
de los elementos relevantes de haber considerado la valoración de la maternidad
y el ejercicio sexual como objetos de estudio dentro del proceso de
investigación del comportamiento reproductivo y la regulación de la fecundidad,
en particular de las mujeres, estriba en que dicha maternidad ha sido referente
social para ir construyendo la identidad de las mujeres, no como algo natural
sino precisamente como un producto social, a lo largo de la historia de la
humanidad. Paralelamente, a dicha construcción se ha ido marginando la
sexualidad de la reproducción, en particular la femenina; se le ha dado una
connotación valorativa de culpabilidad, de definición en función de los otros y
de negación del placer personal para vivir en función del placer de la otra
parte, de represión de la sexualidad como precio de la sublimación de la
maternidad, función propia de la mujer.
Ante
esas premisas, cuerpo, sexualidad y maternidad, son expresiones de un mismo
hecho social: el comportamiento reproductivo. No pretendemos ni queremos decir
con esto que en ellos se agote ese comportamiento, pero sí son manifestaciones
culturales que se han intentado explicar desde distintas perspectivas teóricas.
Una de ellas asienta que las mujeres han sido expropiadas de su sabiduría, de
su creatividad y de la posibilidad de diversificar sus deseos; complemento de
lo anterior es que el cuerpo de las mujeres ha sido normado, sometido a las
necesidades de un sistema clasista-sexista que las define como un
cuerpo-ser-para-los-otros (Basaglia, 1987), cuerpo
para la procreación, para prodigar, para servir, para maternalizar;
cuerpo disciplinado que se somete y legitima frente a la sociedad como
mujer-madre, madre-esposa (Lagarde, 1990),
reproductora de vida, de cultura.
De
tal forma, a partir de esta perspectiva, la identidad de las mujeres se define
con base en los atributos que la sociedad ha depositado en una capacidad
biológica como es la procreación, interpretación social que en mucho casos
reduce los espacios de interacción y limita las posibilidades de desarrollo de
las mujeres como seres humanos; en esta forma, las mujeres son especializadas
desde la infancia para cumplir con la encomienda de ser madres y su existencia
se organiza en torno a la maternidad. Ésta se constituye así en institución fundante de la subjetividad femenina; los deseos,
necesidades, fantasías e intereses que las mujeres visualizan en su ciclo de
vida, se definen por las expectativas que depositan en el hecho de ser madres.
De
esta forma, como lo asienta Lagarde (1990), el
significado que las mujeres atribuyen a la maternidad se constituye en el eje
organizador de sus vidas, pues a través de esta vivencia se pretende encontrar
la completud, la legitimidad como mujer, en un mundo
donde para ser reconocida se necesita haber dado a luz. Las mujeres tienen que dar
vida para ser visibles, para ocupar un lugar en este mundo, y esa posibilidad
la ofrece la maternidad, la capacidad de procrear, de reproducir la especie y
el linaje, de educar, socializar, custodiar la sexualidad, resguardar y
controlar que el orden del universo impuesto no sea relajado, es decir, velar
porque la cultura se reproduzca, reafirmar día con día los contenidos de esta
cosmovisión que fragmenta el cuerpo para la procreación o para el placer.
Es
así, que al vincular a las mujeres con el "instinto maternal"
-entendido éste como una cualidad natural a su identidad femenina-, se les
atribuyen adjetivos relacionados con el amor, la bondad, la renuncia, la
entrega; siempre vinculada a la capacidad de dar, madre dadora, nutricia,
siempre dispuesta a dar, si es necesario llegar a la renuncia con el propósito
de satisfacer las necesidades o deseos del otro (hijos, esposo, compañero,
amigas/os, etc.) (Basaglia, 1987).
Sin
embargo, otra postura alternativa - aunque consideramos que también
complementaria a la anterior - postula que en ese vivir y ser para los otros,
las mujeres encuentran también la satisfacción que les dan los hijos, el
permitirles que esa necesidad de maternalizar todo en
su entorno la cumplan en ellos; a través del trato cotidiano en el proceso de
socialización y crianza, las mujeres depositan en los hijos una serie de
valores, que en cierta medida recompensan esa expropiación: la compañía que les
brindan, el amor que les prodigan a ellos y éstos a ellas, la sensación de
felicidad que logran a través de esos ratos y etapas en la cotidianidad, el
juego, la diversión.
Por
otra parte, también lo que ellas perciben, lo que pueden obtener a través de
cumplir con esa norma de la maternidad, está relacionado, por un lado, con la
valoración social de la mujer en el sentido de que la familia existe solamente
cuando una pareja tiene hijos, antes no, y de tal forma se adquiere ese estatus
al que la mujer aspira; por otro, la percepción de obtener, a través de los
hijos, un lazo más fuerte en la unión ya sea matrimonial y aun con más fuerza
cuando es consensual.
Asimismo,
en el ámbito psicológico la mujer obtiene una serie de gratificaciones a través
de los hijos, que incluyen cuestiones tales como tener una motivación para
obtener éxitos y realización, el sentirse más femenina, el tener
responsabilidades en la vida, el sentir que sus hijos son la prolongación de
ellas mismas y, por otra parte, ese poder que se obtiene a través de la
manipulación de los afectos de los hijos en el interior de la familia (Block, 1990; Chodorow, 1989).
A
partir de esas dos perspectivas aparentemente tan disímiles, pensamos que se
puede explicar la fuerza con que la mayoría de las mujeres siguen siendo
madres, si bien es cierto que, vista desde la primer postura, es asumir la
maternidad como algo que despersonaliza a las mujeres, y las hace ver como
sacrificadas y víctimas; a partir de la segunda interpretación, las mujeres
pareciera que obtienen una serie de satisfacciones y gratificaciones, por lo
que consideramos que las dos perspectivas se complementan y juntas pueden ser
una interpretación que se acerca más a la realidad, de cómo viven las mujeres
en general y en particular las mexicanas a la maternidad.
Por
otra parte, la procreación, como capacidad inherente a la fisiología de las
mujeres, en sí misma, no tiene ningún poder; es la sociedad la que ha
depositado, a través del control de esa capacidad, garantizar que los hijos
sean consanguíneos; esto es posible sólo si se norma el cuerpo de las mujeres.
Esa postura considera que el cuerpo femenino es regulado a través de los
contenidos de lo que significa ser mujer, es decir, la conformación de su
identidad; esto también se expresa a través de la legitimación de una unión,
sea contrato matrimonial o relaciones consensuales. Así las mujeres, al
institucionalizar una unión de pareja, en un contexto patriarcal, ya no tienen
derecho a establecer vínculos sexuales con otra persona, y si lo llegan a hacer
se hacen merecedoras de fuertes sanciones, pues mediante el contrato matrimonial,
la sociedad reglamenta en qué condiciones se pueden tener relaciones sexuales.
Puede suponerse que esta forma de normar el acceso al cuerpo y con ello las
relaciones sexuales también se extiende a los varones; sin embargo, esto no es
así, pues la concepción cultural, que delimita los espacios de interacción
entre los sujetos, ha definido también valores morales que van a normar los
comportamientos, deseos, formas de sentir, de acercarse al placer y al goce,
que no son los mismos para varones y mujeres. La expectativa o fantasía es ser
reconocida ante los otros; por lo tanto, en el marco de las representaciones
sociales ser mujer significa ser madre.
Sin
embargo, ¿qué sucede cuando algunas mujeres deciden espaciar sus embarazos o no
tener hijos? En la sociedad eso significa atentar contra uno de los valores más
altos que constituyen la concepción del cosmos, es atentar contra su propia
identidad; aceptar que ya no se quiere o
no se desea ser madre, va en contra de la aprehensión de la concepción de lo que supuestamente debe
una mujer, pues esto está relacionado con la obligación de proporcionar algo a
los demás, dar algo real o simbólico, existir para los otros. Sólo de esta
manera se reconoce frente a los demás, no se asocia con el goce y el placer
sino con el amor, el compañerismo o la obligación.
Las
desigualdades en la adquisición de poder entre los géneros en nuestra sociedad
se plasman fuertemente en la dimensión de la sexualidad femenina, que ha sido
un espacio en donde existen más prohibiciones, pero también existen concesiones
y planteamientos ambiguos. La exageración de las dotes femeninas de seducción
en los medios masivos de comunicación, en aras de una supuesta liberación de la
sexualidad, se ha convertido en otra forma de control del cuerpo femenino.
Parafraseando a Basaglia (1983), se puede plantear
que una cultura en donde se exalta el aspecto sexual en la vida de una mujer en
detrimento de otras cualidades a desarrollar, impide que esta sexualidad sea
verdaderamente suya.
Se
sabe que el entorno social influye en la construcción social de la sexualidad y
en las modalidades que adopta la conducta sexual de los individuos, pero aún
existen muchas interrogantes para saber por dónde cruza la relación entre lo
sociocultural y la conducta sexual individual, y en identificar las
interrelaciones concretas entre los aspectos anteriores y el comportamiento
reproductivo.
Sabemos
que los seres humanos (varones y mujeres) tenemos en la vida la capacidad de
producir con el cuerpo la posibilidad de placer en el cuerpo del otro/a. Pero
sólo las mujeres tenemos un cuerpo que produce otro, sólo el cuerpo de las
mujeres ha asegurado hasta ahora la sobrevivencia del huevo fecundado y, por lo
tanto, de la especie humana. De ahí que el cuerpo femenino sea valioso en las
edades reproductivas, pues posee un poder particular, específico de las
mujeres. No es que el cuerpo femenino como entidad biológica tenga poder, son
las sociedades las que se lo otorgan. Para asegurarse un control efectivo sobre
la reproducción es necesario actuar también sobre la sexualidad, lo que
requiere reglamentar el acceso al cuerpo femenino (De Barbieri, 1991).
Cuerpo
y sexualidad sobre valorados son ejes sobre los que se estructura su condición
genérica y la opresión. Los principios que la mantienen en la dependencia y,
también, los espacios en los cuales se funda y desarrolla la opresión que
totaliza sus vidas, como grupo social y como particulares. Por esto, al mismo
tiempo cuerpo y sexualidad son instrumentos y sus espacios de poder, porque
están a disposición de la sociedad y de la historia, en la forma en que cada
sociedad ha necesitado y decidido que sea.
Así,
la dicotomía entre la fecundidad natural y la controlada es una construcción
ideológica que pone de manifiesto la relación entre el poder y la sexualidad.
La reproducción no ocurre en individuos aislados, sino en sociedad. La
reproducción biológica de la población es inseparable de la reproducción social
o de los sistemas sociales como un todo.
Una
de las formas institucionales de la sexualidad reproductiva y de la no
reproductiva es la que divide la reproducción para las esposas y la no
reproducción para las prostitutas. La sexualidad conyugal, sobre todo al inicio
de la vida en pareja, es uno de los espacios en donde la reproducción no sólo
es permitida sino alentada. Los mitos y creencias alrededor de la sexualidad
operan en un nivel no consciente que, a pesar de ser contradichas por la
racionalidad y la información, suelen convertirse en parte de la identidad y
definición del ser varón o ser mujer.
Las
construcciones subjetivas con relación a la sexualidad parecen tener un fuerte
vínculo con las creencias de la religión judeo-cristiana,
sobre todo en lo que respecta a una
marcada necesidad de negar el erotismo femenino en favor de una sexualidad
reproductiva. La perspectiva que equipara la sexualidad femenina a la función
reproductiva parece tener consecuencias directas en la manera como se vive la
sexualidad y en las acciones que se implementan para evitar un embarazo.
En
sociedades fuertemente sexistas y de gran represión sexual -como son las
latinoamericanas -, la maternidad es una institución por medio de la cual se
justifica el ejercicio de la sexualidad femenina y su razón de ser en el mundo,
pero a la vez, el contexto social y cultural -esto es, las distintas
situaciones económicas, la Iglesia, los organismos estatales, los medios de
comunicación, parientes y amigos - obligan a las mujeres a tener hijos. Las
mujeres no pueden optar por no tener hijos y hacer un proyecto de vida que,
asumiendo la sexualidad, no pase por la maternidad, sin ser objeto de la
preocupación, el desconcierto y rechazo que genera esta opción (De Barbieri,
1985).
Así,
vemos que la maternidad y el ejercicio sexual son vivencias que tienen que ser
incorporadas en el estudio del comportamiento reproductivo de las mujeres, pues
ambas constituyen -en un mundo clasista-sexista- el punto modal en el cual se
sustenta la apropiación del cuerpo femenino y por tanto de la identidad
genérica de las mujeres.
Así,
para acercarnos a las formas de vida de las mujeres, se hizo necesario
encontrar un ámbito en donde se manifiesten sus valores, sus tradiciones, sus
creencias, sus formas de relacionarse con los otros, pues es a través de
comportamientos concretos como expresan la concepción que tienen de la vida y
de ellas mismas, este espacio es la unidad doméstica, espacio de socialización
en donde son aprendidos y asimilados los valores, conceptos e ideas que
determinan el comportamiento y posición frente a diferentes costumbres,
tradiciones, hábitos, que generacionalmente se transmiten de padres a hijos.
Es en
el espacio doméstico, donde las mujeres inician un proceso de aprendizaje, la
transmisión de una cultura. La unidad doméstica es el lugar en el cual, no sólo
se reproducen las condiciones materiales indispensables para satisfacer las
necesidades primarias de sus miembros, es también el espacio en donde se
articulan estrategias compartidas por sus integrantes que posibilitan la
continuidad de la familia.
Es en
el trabajo doméstico que se incluyen las actividades vinculadas a la
reproducción y mantenimiento de la cotidianidad de los miembros de la unidad
familiar. Estas actividades incluyen la socialización de los niños (transmisión
de valores, costumbres, creencias, ideología), procesamiento de alimentos,
limpieza de la vivienda, higiene de los menores, cuidado de la salud de sus
integrantes, y todos los cuidados físicos y emocionales que requiere cualquier
ser humano para poder relacionarse en un contexto social. Es en estas
actividades que la mujer vive la maternidad.
También
se trata de esclarecer esa relación entre maternidad, ejercicio sexual y
religión, que nos lleva a tratar de desentrañar cómo es que vive la mujer su
ejercicio sexual, Pero también habría que preguntarse, si es únicamente en
relación a su deseo de ser madre o, por otro lado, si encuentra placer en él y
por ello vislumbra el uso de algún anticonceptivo como algo que le puede
proporcionar goce en la relación sexual, sin la amenaza del embarazo.
Aún
así es común que voluntaria o compulsivamente, las mujeres dejen de vivir hitos
de su feminidad y encuentren formas nuevas de vida. Sin embargo, como todas
ellas son evaluadas con estereotipos rígidos - independientemente de sus modos
de vida- son definidas como equívocas,
malas mujeres, enfermas, incapaces, raras, fallidas, locas o Monjas.
MÉTODO
Sujetos:
Se
trabajo con una muestra no probabilística de tipo intencional, compuesta, por
47 Monjas de la congregación de
Misioneras del Perpetuo Socorro.
Instrumento:
Se
utilizó la técnica de redes semánticas naturales (Valdés Medina, 1998)
Resultados:
Los
resultados permitieron observar un valor J (total de definitorias) de 156, (ver
tabla 1). Y con la finalidad de obtener más información sobre el significado
psicológico del concepto en la muestra, los datos se agruparon en forma
cualitativa (ver tabla 2) en dimensiones
negativas, positivas, en aspectos religiosos y en consecuencias.
|
PALABRAS DEFINITORIAS |
VALOR M TOTAL |
VALOR FMG |
|
1. Amor |
136 |
100% |
|
2. Madre / Mamá |
122 |
90% |
|
3. Bondad / Buena |
63 |
46% |
|
4. Mujer/ Mujer Ideal |
63 |
46% |
|
5. Amistad / Amiga |
56 |
41% |
|
6. Piadosa / Piedad |
55 |
41% |
|
7. Paciencia |
51 |
37% |
|
8. Creación |
48 |
35% |
|
9. Cariño / Querer |
44 |
32% |
|
10.
Superación /Superior |
43 |
32% |
|
11.
Llanto / Llorar |
40 |
29% |
|
12.
Corazón |
36 |
26% |
|
13.
Limpieza / Pulcritud |
36 |
26% |
|
14.
Sacra / Santa / Santidad |
36 |
26% |
|
15.
Calor |
30 |
22% |
|
J=
15 |
|
|
Dimensiones
Del Concepto Mamá En Monjas
|
Sentimientos
y Actividades Negativas
del concepto Mamá |
Sentimientos
y Actividades positivos del concepto Mamá |
Aspectos
religiosos del concepto Mamá |
Consecuencias
del concepto Mamá |
|
Arrebato(
-) |
Alegría
(+) |
Aposentos
(+) |
Anónima
(+) |
|
Apariencia
(-) |
Amistad
/ Amiga (N, +) |
Asunción
(+) |
Adoptar
(+) |
|
Berrinche
(-) |
Amor
(+,-) |
Ave
María (+) |
Ama
de casa (-) |
|
Castigo
(-) |
Apoyo
(+) |
Cantos
/ canción (-) |
Armonía
(+) |
|
Colérica
(-) |
Atenta
(+, -) |
Carne
de Dios (+) |
Cachetada
(-) |
|
Contraria
(-) |
Audaz
(+) |
Castidad
Inmaculada (+,
- ) |
Carestía
(-) |
|
Coraje
(+) |
Autoridad
(+) |
Cirio
(+) |
Casa
(+) |
|
Chismosa
(-) |
Bondad
/ Buena (+,-) |
Corazón
(-) |
Conflicto/discusión/ Pelea
(-) |
|
Descuidada
(-) |
Bonita
(+) |
Creación
(+,-) |
10
de Mayo (N) |
|
Desesperación
(-) |
Calma
(+) |
Creer
(+) |
De
papá / papá (+) |
|
Dolor
(-,+) |
Calor
(+) |
Cristo
(+) |
Esposa
(+) |
|
Enojona
(-) |
Caridad
/ caritativo (+,-) |
Cuaresma
(-) |
Familia
(+,-) |
|
Estricta
(-) |
Cariño
/ Querer (-, N) |
Dios
(+) |
Gordita
(+) |
|
Exagerada
(-) |
Comprensión
(+) |
Fe
(+) |
Hija
(+) |
|
Gritona
(-) |
Confianza
(+) |
Gloria
(+) |
Infantil
(-) |
|
Inalcanzable
(-) |
Contenta
(-) |
Iglesia
(+,-) |
Irse
(+) |
|
Instinto
(-) |
Cortesía
(+) |
Limpieza
/ Pulcritud (+,-) |
Juana
(+) |
|
Irresponsable
(-) |
Cuidado
/ Cuidar (+) |
Madre
de Cristo (+) |
Lucía
(+) |
|
Lenta
(-) |
Delicadeza
(+) |
Madre
Superiora (+) |
Madre
/ Mamá (+.N) |
|
Llanto/
Llorar (-,+) |
Dignidad
(+) |
María
(+) |
Maternidad
(+,-) |
|
Mala
/ Maldad (-) |
Esfuerzo
(+,N) |
Mártir
(-) |
Mujer/
Mujer Ideal (N,+,-) |
|
Molestia
(-) |
Esperanza
(+) |
Misericordia
(+) |
Pasión
(-,+) |
|
Perversa
(-) |
Feliz
(+) |
Oración
(+,-) |
Paternidad
(+) |
|
Poder
(-) |
Ideas
Buenas /Inteligente (+) |
Patrona
(-,+) |
Profesión
/ Profesionista (+) |
|
Regaños
/ Regañona (-) |
Lealtad
(+) |
Pecado/
Sacrilegio (-) |
Real
(+) |
|
Rigidez
(-) |
Magnífica
/ Magnificencia (+) |
Perdón
(+) |
Reto
(+) |
|
Silencio
(-) |
Paciencia
(+) |
Perlas
(+) |
Señora
(+,-) |