Latinoamericanas y caribeñas en el trabajo doméstico y sexual

Yamila Azize Vargas *
 

América Latina es la región del mundo con la tasa
de deforestación más alta y también la región
del mundo con la desigualdad más aguda.
... somos campeones mundiales en el arrasamiento
de los bienes terrenales y en la injusticia...
En América Latina, la contradicción, la distancia,
La tensión entre los que tienen y los que necesitan
es más aguda que en cualquier otra parte.
Es la región más injusta del mundo.

Eduardo Galeano
"Escuchar las voces que vienen de lo más remoto"

Escuchar las voces sugiere Eduardo Galeano en este testimonio sobre América Latina. Pero podríamos preguntarnos, ¿quién necesita escuchar esas voces? Galeano afirma que es necesario trabajar a un nivel colectivo y que quizá los gobiernos no sean los más indicados para hacerlo por sus años de impotencia y discursos vacíos. Expresa que. entre los movimientos llamados a actuar ‑a los que considera "la mejor noticia de este fin de siglo"‑están los movimientos ecologistas, las feministas y los defensores de los derechos humanos.

En principio, coincido con Galeano; y digo en principio, porque cuando reflexiono sobre la presencia, la atención o el espacio que los grupos feministas o de derechos humanos le han concedido a los derechos de quienes todavía constituyen voces realmente olvidadas ‑como son las miles de mujeres migrantes de nuestra región, trabajadoras sexuales y domésticas‑ veo el largo camino que todavía nos queda por recorrer

Esta percepción surge de los trabajos de investigación que comencé junto a un grupo de colegas hace dos años en torno al tráfico de mujeres para prostitución, trabajo doméstico y matrimonio en la región de América Latina y el Caribe. Este trabajo formó parte de un informe internacional organizado y auspiciado por la Alianza Global Contra el Tráfico de Mujeres con sede en Tailandia y la Fundación Contra el Tráfico de Mujeres con sede en Holanda. Este proyecto, a su vez, se propuso documentar el más reciente informe que la Relatora de Violencia Contra la Mujer, Radikha Coomaraswamy, presentó en abril de 1997 a la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas. La elaboración del informe regional de América Latina y el Caribe nos permitió desarrollar varios tipos de trabajos entre las diferentes personas, activistas y grupos trabajando sobre el tema, que ‑como era de esperarse‑ son todas personas en su capacidad individual u organizaciones no gubernamentales.

En nuestra región el tema comienza a surgir recientemente y ha sido poco discutido e investigado. Por lo tanto, pensé que un encuentro como éste era un foro importante v pertinente para ‑dentro del marco de los derechos humanos exponer la situación qué miles de mujeres de nuestra región enfrentan como migrantes trabajadoras. Uno de los problemas que ha tenido el tema es que, por ejemplo, se equipara tráfico con prostitución o se utiliza una definición reduccionista y victimizante sobre lo que constituye un fenómeno que se ha ido transformando a partir de sus formas tradicionales. De hecho, uno de los avances significativos en cuanto a la definición de tráfico ha sido vinculado con la forma y condiciones laboral es que enfrentan las personas de diferentes tipos de trabajo, entre ellos el doméstico v el sexual.

Migración, tráfico, trabajo sexual y trabajo doméstico

La región de América Latina y el Caribe comparte con otras del llamado Tercer Mundo el estar experimentando ‑particularmente durante las últimas dos décadas‑ un intenso movimiento migratorio, en el que la feminización del fenómeno se plantea como uno de sus rasgos más distintivos. De hecho, según datos citados por la académica canadiense Daiva Stasiulis, las mujeres migrantes ‑para trabajo sexual y doméstico‑ constituyen dos de los grupos mayoritarios de migrantes en todo el mundo. Sabemos que nuestra región no es una excepción a este fenómeno.

El dramático aumento en el movimiento migratorio de mujeres que ha estado ocurriendo durante las últimas dos décadas es, sin duda, parte de la tan cacareada globalización de la economía mundial. Sin embargo, esta globalización no opera igual para todas las personas. Daiva Stasiulis ha propuesto que dicha globalización opera en dos niveles. El nivel de globalización 1 se refiere a un mundo masculinizado de alta tecnología y de finanzas, producción y tecnología global que ofrece servicios del ámbito público. El nivel de globalización 2 representa una economía mayoritariamente feminizada de servicios sexualizados y racializados que ofrece servicios del ámbito privado. Dada la estructura y funcionamiento de la globalización 2, ésta no diferencia entre las esferas pública y privada de las trabajadoras e institucionaliza así el abuso y la explotación. De esta forma sustenta el mantenimiento del primer nivel de globalización 1, que se apoya en la mano de obra barata e indocumentada y en las condiciones de trabajo infrahumanas para sostenerse y lucrarse.

Es importante subrayar la importancia histórica que ha tenido la migración para enfrentar la crisis económica. Los movimientos migratorios tienen una larga historia en América Latina y el Caribe, como en tantos otros lugares del mundo. El trabajo de los y las migrantes constituye una importante fuente de ingresos para el país de origen, al que suelen enviar divisas para el sostén de sus familias. Por casi medio siglo, el Estado ha legitimado, institucionalizado y alentado la migración dirigida específicamente al trabajo sexual y al trabajo doméstico. De modo que tanto el trabajo doméstico como el trabajo sexual que se realiza a cambio de dinero son parte integral del contexto social y económico de la vida en América Latina y el Caribe. En la última década se ha registrado un incremento significativo en la migración de las mujeres. Aunque todavía se subestima por los censos y metodologías tradicionales utilizadas para analizar los movimientos migratorios, se estima que la participación  socioeconómica de las mujeres en las redes de este movimiento ha aumentado significativamente (Miller Mathei,1996).

No es casualidad que el aumento significativo de la migración y el tráfico de mujeres en nuestra región se registrara a mediados de la década del ochenta, denominada la década perdida por la grave crisis económica que tuvo. Fue en esa década cuando comenzaron a hacerse más evidentes las consecuencias y estragos de los modelos de desarrollo prevalecientes en nuestra región que han generado más pobreza. Las políticas económicas impulsadas por el Fondo Monetario Internacional y sus políticas de ajuste estructural dispararon la deuda externa de nuestros países, imponiendo precios y patrones de producción, exportación v explotación de recursos naturales. De acuerdo a datos de CEPAL (1990), en 1989 el promedio per cápita del producto nacional bruto de toda la región de América Latina fue un 8 por ciento menos que en 1980, equivalente en términos reales al nivel de 1977. En la década del ochenta, había un nivel de pobreza de 41 por ciento y en la del noventa un 46 por ciento. La situación, en vez de mejorar, empeora.

Una y otra vez las mujeres explican e insisten en que la pobreza, la necesidad de dinero para ellas y sus familias v una mejor calidad de vida son las explicaciones para su emigración. De hecho, una de las consecuencias inmediatas de la crisis económica de la región ha sido el aumento en la participación de las mujeres y los jóvenes en el trabajo remunerado (Benería, 1996). Además, ha aumentado el número de jefas de familia en toda la región y la participación de la mujer en el sector de servicios (Mujeres en Cifras, 1995). En nuestra región, uno de cada cuatro hogares en las áreas urbanas tiene jefatura de una mujer y hay más mujeres separadas que hombres. El Caribe es la región del mundo con más alta proporción de mujeres jefas de familia (35 por ciento). La cantidad de mujeres económicamente activas en las últimas dos décadas aumentó en 150 por ciento y el incremento en la cantidad de hombres no llegó al 70 por ciento. La mayoría de las mujeres se emplea en el sector de servicios (60‑80 por ciento). En América Latina, la categoría de trabajadora doméstica representa al menos un 20 por ciento de la mano de obra femenina contabilizada y hay países de la región en que esa proporción es mucho mayor (Chaney y Moreno, 1997). También se ha producido un crecimiento en el movimiento de las mujeres hacia los sectores urbanos.

Por otro lado, el espectacular aumento de mujeres con más educación formal no ha sido la varita mágica que soñamos para lograr más equidad. En términos generales, cuando se analiza la proporción de mujeres por cada 100 hombres a nivel secundario, la región con más alta proporción en el mundo es América Latina y el Caribe, con un promedio de 110 mujeres por 100 hombres. Así también, la proporción de mujeres a hombres en la educación superior es la más alta del mundo con 140 mujeres por cada 100 hombres (Naciones Unidas, The World's Women...). Sin embargo, estos niveles educativos no se traducen con toda su fuerza a la hora de tener acceso a buenas oportunidades de trabajo y salarios. En promedio, los salarios de las mujeres alcanzan sólo el 72 por ciento del de los hombres.

No sabemos con precisión la dimensión exacta de la migración de mujeres para trabajo doméstico y sexual, pero entre los países que tienen algún tipo de estadística, por ejemplo la República Dominicana, se estima que hay cerca de 50 mil dominicanas en Europa. También se calculan en miles las colombianas y las brasileñas. El envío de remesas de dinero se ha ido convirtiendo en una fuente fundamental de ingreso para muchas familias, situación que contribuye también a que este tipo de trabajo sea cada vez más imprescindible para las mujeres y sus familias. Ciertamente, y de esto hay cada vez más testimonios, la creación de las zonas francas no ha sido la panacea de empleo que prometían los gobiernos para las mujeres

Lo que me interesa subrayar, para los propósitos de esta presentación, son algunas de las formas específicas en que los derechos humanos de esas mujeres son violentados. Sus derechos son violentados cuando las arrestan y deportan por no tener documentos que les han sido secuestrados; cuando no se les da la oportunidad de permanecer en el país y defenderse; cuando son abusadas y maltratadas por asumir que si son colombianas o dominicanas, para poner un ejemplo, son prostitutas; cuando, como trabajadoras domésticas, se les violenta su privacidad, particularmente aquellas que viven con sus patrones; cuando, por estar en situaciones de migración irregular, se les abusa, se les paga menos, se les amenaza. Por ejemplo, una encuesta realizada por Cáritas en España calculó que el 86 por ciento de las trabajadoras domésticas migrantes entrevistadas obtiene un salario menor que el que reciben las trabajadoras no migrantes.

La ausencia del derecho a seguridad social, vacaciones, días de enfermedad, pensiones, condiciones laborales de trabajo, son todas formas que violentan sus derechos como trabajadoras y seres humanos. Se les violentan sus derechos humanos cuando son tratadas ‑especialmente las trabajadoras sexuales‑ como entes de enfermedades de transmisión sexual exclusivamente. Muchas denuncias de asesinatos y secuestros de mujeres nunca llegan a resolverse. Recientemente en México se acusó a dos japoneses de haber engañado y extorsionado a cientos de mujeres mexicanas que llevaron a Japón. La pena criminal impuesta por las autoridades judiciales mexicanas fue sólo una multa, sin ningún tipo de compensación a las mujeres afectadas.

Las mujeres que se casan para facilitar su entrada a algún país enfrentan también abusos por parte de las autoridades de esos países, al no otorgárseles derechos de patria potestad sobre sus hijos o perder todo tipo de derecho adquirido si se divorcian. La gran mayoría de las embajadas y  consulados también contribuyen a violentar los derechos humanos de las mujeres, al no prestar atención a cómo son tratadas en caso de ser arrestadas o abusadas.

El contexto de los derechos humanos

La importancia de vincular el trabajo doméstico y sexual dentro de la lucha por los derechos humanos parte del reconocimiento de que las mujeres migran o confrontan  situaciones de tráfico al querer realizar estos trabajos como un modo de ganarse un sustento para ellas y sus familias. Por lo tanto, las mujeres deben tener derecho a realizar estos trabajos sin ser sometidas a condiciones de trabajo forzado, violencia, engaño y abuso de autoridad. Si nos ocupamos de los derechos humanos de las mujeres y de querer garantizarles condiciones mínimas para que subsistan y trabajen con dignidad, no podemos olvidar a las trabajadoras sexuales y a las trabajadoras domésticas, grupos tradicionalmente relegados dentro de la agenda de los derechos humanos. Asumir posturas antiprostitución es no querer reconocer la experiencia histórica de cientos de mujeres de nuestra región que han utilizado las vías establecidas por los propios gobiernos y han recurrido al trabajo sexual como una fuente de ingreso para el sustento de su grupo familiar. Debe ser motivo de reflexión el por qué dos aspectos tan ligados al ámbito privado de las mujeres como el trabajo doméstico y el sexual, no han recibido la misma atención que, por ejemplo, la violencia doméstica en el contexto de la discusión sobre mujeres y derechos humanos.

La escasa investigación sobre el tema ‑dada la naturaleza clandestina, en muchos casos‑ ha dificultado también la atención a la violación de los derechos humanos de estas trabajadoras. Como inmigrantes ilegales y jefas de familia, muchas mujeres están dispuestas a tolerar condiciones que violentan su dignidad y sobrevivencia humana, a costa de poder ganar dinero. El contexto legal burocrático que ofrecen organismos como la Organización de las Naciones Unidas está orientado, en términos generales, hacia la política de migración restrictiva y a la denuncia de acciones criminales que casi siempre están en contradicción y oposición a los intereses y necesidades de las mujeres.

Por otro lado, y según ha apuntado la académica canadiense Daiva Stasiulis, los acuerdos internacionales y convenciones tienen limitaciones evidentes porque en el fondo, a nivel internacional, los derechos humanos y los derechos de los trabajadores chocan con la globalización económica que prevalece. Además, es también evidente el discrimen por género en lo relativo a la migración y al trabajo. Si son los hombres los que se desplazan se le llama migración internacional, pero si son las mujeres se le llama tráfico.

Preguntaba Claudia Colimoro, líder de las trabajadoras sexuales mexicanas, "¿por qué es que para el capital no hay fronteras y para las mujeres sí?" Mientras los países exportadores de migrantes pueden intentar exigir más protección para sus trabajadores ‑cosa que no siempre hacen‑ los países receptores buscan las formas de disminuir los costos políticos y económicos de los migrantes. Véase por ejemplo todo el movimiento antimigrante que se está dando en Estados Unidos. En California por ejemplo, la lucha por la aprobación de la Proposición 187 que despojó dramáticamente a los migrantes de beneficios sociales, además de echar hacia atrás años de legislación protectora, generó una serie de actos de persecución y hostigamiento y violación de derechos civiles, particularmente hacia los latinos, sin importar si eran migrantes legales o no (Bacon, 1996).

En el caso específico de las trabajadoras sexuales y domésticas ‑de las cuales una gran mayoría ha migrado del campo a la ciudad o fuera de su país‑ han sido algunas ONG ‑no necesariamente vinculadas al mainstream del género y derechos humanos‑ las que se han dado a la tarea de investigar, denunciar y darles a|guno tipo de apoyo, tanto en América Latina y el Caribe como en Europa. Comienzan también a surgir organizaciones de trabajadoras sexuales que, aunque se ocupan principalmente de librar batallas más inmediatas, podrían también incluir en su agenda el desarrollo de algún tipo de lucha por la reivindicación de sus derechos dentro del marco más amplio de los derechos humanos de las mujeres.

Pero lo cierto es que dentro del marco institucional, los tratados y convenciones que de algún modo aluden a las situaciones de tráfico o migración no son operacionales. Por un lado, no proveen una definición abarcadora de tráfico o no discuten los derechos básicos de las mujeres como base para su acción, o no tienen mecanismos para implantarlas o su enfoque es limitado ya que conciben sólo el tráfico en términos de prostitución. Por otro lado, convenciones internacionales, por ejemplo la Convención Internacional de Protección a los Derechos de Todos los Trabajadores Migrantes y sus Familias, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1990, no ha podido entrar en vigencia dado el escaso número de países que la han firmado. Se ha dicho que esta Convención es importante porque puede contribuir a cambiar el debate sobre migración en cuanto, por ejemplo, a valorar la contribución económica de los migrantes legales e ilegales, así como reconocer que la migración se ha ido transformando ‑como el capital‑ en un fenómeno global. De modo que el papel de estos instrumentos es más bien simbólico, educativo, y un recurso entre otras estrategias que deben considerarse.

Comentarios finales

Por supuesto, no tengo las respuestas ni soluciones, pero voy a finalizar elaborando dos de las recomendaciones consignadas en el Informe Regional sobre Tráfico de Mujeres en América Latina y e/ Caribe. La primera es fomentar, a través de organizaciones regionales gubernamentales y no gubernamentales, la investigación sobre posibles violaciones de derechos humanos a las mujeres de nuestra región Que., dentro del contexto del trabajo sexual y trabajo doméstico, han enfrentado y sufrido este tipo de violación. Las noticias de prensa recopiladas para nuestro informe refieren detalles desgarradores de los múltiples maltratos a los que son sometidas estas mujeres y que quedan totalmente impunes.

En segundo lugar, quiero compartir con ustedes un proyecto impulsado desde hace más de un año por la Alianza Global contra el Tráfico de Mujeres, que se propone superar las deficiencias señaladas en la mayoría de tratados y convenciones internacionales. Se trata de las Reglas Mínimas para el Tratamiento de Personas Traficadas. Estas reglas se proponen lograr un consenso entre los gobiernos y organizaciones que trabajan sobre el tema, partiendo de la protección de los derechos humanos para personas traficadas (y migrantes) y hacer recomendaciones concretas y prácticas que puedan ayudar a los gobiernos a garantizar los derechos humanos de estas personas. Estas reglas se fundamentan en acuerdos que muchos gobiernos ya han firmado. A lo largo de 1997, esta idea se ha estado discutiendo en las regiones que participaron del informe internacional sobre tráfico y se espera que para febrero de l998, en la reunión internacional de la Alianza Global, se produzca el documento final. Entre los principios generales estipulados están los siguientes:

• derecho a estar libre de persecución y violencia por parte de aquellos en posiciones de autoridad;

• acceso a traductores competentes durante los procesos legales, asistencia legal gratuita, y representación legal durante los procesos judiciales que se llevan a cabo;

• oportunidad de que se les haga justicia y que se les compense por violaciones a sus derechos humanos;

• vías para que una mujer pueda radicar cargos criminales y tomar acción civil contra sus ofensores, tales como tener un permiso de estadía mientras duren los procedimientos civiles, protección adecuada como testigo, entre otros;

• permiso legal de permanecer, si el regreso a su país pudiera ser inseguro, o si lo desea, ayuda para regresar.

Es fundamental rechazar las tendencias predominantes que promueven estrategias tales como políticas de migración restrictivas y acciones criminales más represivas contra las trabajadoras sexuales o contra los inmigrantes indocumentados. Es fundamental la revalorización del trabajo de las mujeres, en general, y prestar particular atención a los grupos a los que tradicionalmente no se les ha reconocido y a !os que se les ha estigmatizado por sus formas de sobrevivencia.

Junto a las propuestas a corto plazo de índole remedial y humanitaria, debemos también reflexionar sobre otras estrategias en las que se plantee la movilización política de estos y otros sectores en situaciones similares. Debemos reflexionar sobre las consecuencias a largo plazo del asistencialismo y humanitarismo predominante, ya que podrían disminuir el potencial de movilización de mujeres. En América Latina y el Caribe tenemos ya algunas organizaciones de trabajadoras domésticas y las que ahora surgen de trabajadoras sexuales. En la Conferencia Regional de Norteamérica del informe internacional sobre tráfico (Pheterson, 1997) se sugirió la creación de una Alianza Feminista Autónoma de Mujeres Migrantes Trabajadoras en la que la autorrepresentación de estos sectores sea su piedra fundacional. Y, por supuesto, dentro del contexto de los derechos humanos, debemos siempre recordar el potencial de movilización política que estos instrumentos podrían tener. Estas son, en mi opinión, algunas de las estrategias específicas en las que podríamos trabajar.

Bibliografía        

Azize Vargas, Yamila, con la colaboración de Kamala Kempadoo.1996. Informe Regional de América Latina y el Caribe sobre Tráfico de Mujeres para Prostitución, Trabajo Doméstico y Matrimonio, Fundación Contra el Tráfico de Mujeres (STV) y Alianza Global Contra el Tráfico de Mujeres (GAATW), copia mimeo.

Azize Vargas, Yamila. 1996. Mujeres latinoamericanas y educación en el fin de siglo: ¿Participación cuantitativa o transformación cuantitativa? En: Estudios Básicos de Derechos Humanos IV. Costa Rica: Instituto Interamericano de Derechos Humanos.

Bacon, David. 1996. For an Immigration Policy Based on Human Rights. Social Justice, Vol. 23, N° 3, pp. 137‑153.

Benería, Lourdes. 1996. The Foreign Debt Crisis and the Social Cost ot Adjustment in Latin America. En: Friedman, John; Abers, Rebecca and Autler, LiIian (editores), Emergences: Women's Struggles torLivelihood  in Latin America. UCLA, Latin American Center.

Chaney, Elsa y Moreno, Aída. 1996. The Difticult Path Toward Organizing Household Workers: A Dialogue. En: Emergences: Women's Struggles for Livelihood in Latin America. UCLA, Latin American Center.

Entre Mujeres. 1994. Las mujeres y los derechos humanos en América Latina. Antología de reportajes de diversos países de la región Perú.

Galeano, Eduardo. 1997. Escuchar las voces que vienen de lo más remoto, ALAI, 17 octubre, Ecuador.

Miller Mathei, Linda.1996. Gender and International Labor Migration. Social Justice, Vol. 93, N° 3, pp.38-53.

Pheterson, Gail.1997. The Ladies and the Tramps. Discurso leído en la Conferencia Regional de Norteamérica sobre Tráfico de Mujeres. Victoria, Canadá, mayo.

Stasiulis, Daiva. 1996. Report on Violence Against Asian Wiomen Migrant Workers, September, Canadá.

United Nations. 1995. The World´s  Women: Trends and Statistics. New York.

Valdés, Teresa y Enrique Gomáriz, coordinadores. 1995. Mujeres en Cifras, Tomo comparativo. FLACSO/Instituto de la Mujer de España.

Wijers, Marjan y Lin Lap Chew. 1997. Trafficking in Women, Forced Labour and Slaver‑like Practices in Marriage, Domestic Labour and Prostitution. STV & GAATW, Utrecht, The Netherlands.

                                                                      

* Ponencia presentada en la Reunión de ONG “Las mujeres y el desarrollo en América Latina y el Caribe”, Santiago de Chile, 18 de noviembre de 1997. Reunión de ONG. Las mujeres y el desarrollo en América Latina y el Caribe. Grupo Iniciativa Chile; Torres, Carmen, ed., Santiago: Grupo Iniciativa, julio 1998, 83 p.

 

 

Cuestiones de América Nº 9, Junio de 2002

 

 

 

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