«...la amistad entre un hombre y una mujer y el intercambio de ideas entre ellos es tal vez el único medio de adquirir, de los fenómenos que nos rodean, un concepto que no peque de unilateral. Las interpretaciones del mundo que cada sexo se forja, lejos de ser antagónicas, se complementan hasta abarcar las distintas fases del prisma de la verdad »
Amanda Labarca, citada por Patricia Pinto, 1989
Este artículo intenta abordar
un movimiento que siendo plural imbrica dos procesos: por un lado, el de la
gestación y desarrollo de los Estudios de la Mujer y el Género, y por el otro,
el de un devenir conceptual que, acompañando ese desarrollo propone cada vez
con mayor fuerza complejos y enriquecedores desafíos a su instalación
académica. Estimo importante para las y los intelectuales de nuestro país, en
donde los Estudios de la Mujer o el Género comienzan a emerger en el ámbito
universitario, el conocer algunos de los avatares de su incorporación en el Primer
Mundo y en otros países de América Latina. Conocimiento que puede ayudarnos a
reflexionar sobre nuestras experiencias, y a la vez interrogarlas desde la
particular realidad de la cual nacen, para así esbozar sus virtuales
proyecciones.
La descripción que haré, en
relación a la historia de los Estudios de la Mujer o Género, es precaria y sólo
contempla las experiencias a las que he tenido acceso a través de documentos,
alguna bibliografía a mi alcance y algunos conocimientos de primera mano de
iniciativas en otros países. Esa precariedad no lo será tanto en el caso de la
exposición sobre los conceptos de género y mujer. En todo caso, mi anhelo se
afinca más en sacar a luz algunos puntos que iluminen un posible debate al
respecto, así como aportar a las preguntas que surgen del creciente interés e
incorporación del tema en las instituciones de enseñanza superior en Chile .
Algunos Rasgos de la Instalación de los Estudios de la Mujer en Estados Unidos
Europa y en América Latina.
Establecer una relación entre
la realidad de los Estudios de la Mujer en Estados Unidos, Europa y América
Latina se torna relevante toda vez que el primero tiene el privilegio de contar
con alrededor de veinticinco años de práctica institucional y de debate
teórico-metodológico dentro de las universidades.
Así, se puede observar -de
acuerdo a la bibliografía al respecto- (2) que se podría hablar de cuatro fases por las
cuales han atravesado los Estudios de la Mujer en Estados Unidos: la primera,
relacionada con su constitución como una disciplina autónoma dentro de la
academia; la segunda, su introducción dentro de las principales disciplinas
académicas; la tercera, su esfuerzo por generar currículos en donde aparezca la
diversidad, y la cuarta, un avance hacia la globalización e
internacionalización de los Estudios de la Mujer.
La primera de estas fases se
inicia en 1969, y su rasgo central es la conformación de los Estudios de la
Mujer con una identidad propia. Según Catherine Stimpson, este período tuvo
como objetivos: 1) desconstruir los errores acerca de la historia, la sociedad
y la cultura que habían creado los prejuicios masculinos; 2) construir
conocimiento acerca de la mujer; 3) servir de catalizador de las diversas
iniciativas de las mujeres en el ámbito académico y 4) producir un nuevo
conjunto de ideas, paradigmas y teorías.
De acuerdo a lo que sostiene la
autora los Estudios de la Mujer son el resultado más exitoso de la Segunda Ola
del movimiento feminista, como lo evidenció el hecho de que de 17 cursos dados
en el primer año de inicio, se pasa, en 1982, a 20.000 cursos y a 300 programas
a lo largo del país. Será, precisamente en la década de los 80 donde se
produzca una consolidación de estos estudios dentro de la educación superior
norteamericana.
No obstante estos exitosos
resultados, una mirada hacia el interior de los procesos producidos, muestra
que muchas veces su instalación significó un gran esfuerzo en donde el trabajo
voluntario, la precariedad de fondos y el no reconocimiento de los programas,
unido a ciertos prejuicios, se conjuntaron para marginalizarlos y ghettizarlos.
Pero, aunque situados en una posición marginal, se institucionalizaron y
crearon un espacio de referencia conocido.
La segunda etapa de los
Estudios de la Mujer está representada por el intento de sacarlos del ghetto y
de la marginalidad, incorporándolos como un conocimiento relevante al interior
de las disciplinas. Este movimiento significó hacer visibles y centrales los
nuevos acercamientos teóricos y metodológicos. Se comienza, entonces, a
producir la inserción, en los diversos currículos, de conocimientos
relacionados con la mujer, y surgen en distintas universidades una serie de
proyectos destinados a transformar los programas y avanzar hacia una malla más
equilibrada en donde los temas vinculados a la mujer no fueran obliterados por
los sesgos androcéntricos. También se hizo énfasis en las estrategias
interdisciplinarias para el cambio de los programas. En la Universidad de
Arizona, en 1981, fue donde se realizó con más plenitud esta estrategia
interdisciplinaria que abarcó a los 13 departamentos de esa casa de estudios y
logró transformar los contenidos de 80 programas de cursos.
Esta fase ha sido llamada de
«mayoría de edad» de los Estudios de la Mujer, tanto por la legitimidad que
cobran como por su expansión horizontal. Pero, no todas las experiencias de
Estudios de la Mujer se abocaron al mismo movimiento de expansión, surgiendo un
gran debate -que aún continua vigente- a raíz de este proceso. Hay quienes
abogan por su continuidad como una disciplina separada de las demás, y quienes
propician su diseminación dentro de las disciplinas; también, hay posturas que
plantean que es aún imprescindible una estrategia dual, puesto que hay
conocimientos altamente especializados que deben coexistir con cursos generales
sobre la mujer en las principales carreras académicas.
La tercera fase se caracteriza
por una apertura hacia la noción de multiculturalidad que propiciará la puesta
en escena de las experiencias plurales y diversas de las mujeres. Este proceso
se produce a partir de las críticas que emergen desde las intelectuales negras,
que cuestionan la idea de una «hermandad universal de mujeres» y que sostienen
que los Estudios de la Mujer estaban sesgados por ser producto de la
experiencia de mujeres de clase media y blanca, proponiendo su descentramiento
hacia otras experiencias. A partir de estos reparos se inicia un debate para la
necesaria contemplación de las diferencias no sólo de etnia y raza, sino de
clase, religión, edad, etc. Esta discusión abarcó también a los Estudios
Etnicos impartidos en muchas de las universidades, puesto que ellos se
focalizaban en la etnia sin contemplar la especificidad de la participación de
las mujeres en la historia y la cultura.
Se iniciará así un período de
cambios de los paradigmas clásicos de los Estudios de la Mujer, cambios que
fueron producto de las críticas ya mencionadas y que incidieron también en
nuevas transformaciones de los currículos académicos.
Grosso modo, se puede decir que
dos grandes paradigmas fueron controvertidos en esta fase: a) la noción de
subordinación universal de la mujer y b) la dicotomía entre las esferas públicas
y privadas en la vida de las mujeres. Sus argumentos fueron discutidos desde
las nuevas investigaciones interculturales, especialmente desde el examen de
las sociedades precoloniales y desde las propias experiencias de las mujeres de
minorías étnicas. Del mismo modo se comienza a rechazar el modelo de la mujer
como víctima, para pasar a una imagen más dignificadora de su condición .
La cuarta fase es la que se
experimenta actualmente y se caracteriza por un énfasis en los temas globales
que afectan a las mujeres y la internacionalización de programas de Estudios de
la Mujer o Género en los países del Tercer Mundo. Esta mirada global ha
implicado la generación de políticas académicas dentro de las universidades
norteamericanas y el apoyo de iniciativas en centros y universidades de países
tercermundistas.
Los nuevos temas que cobran
relevancia son algunos relacionados con el género y la deuda externa, los
ajustes estructurales, el militarismo, las tecnologías reproductivas, el
racismo, los refugiados, la familia y el trabajo. Por otro lado, se perfilan
reconceptualizaciones en la teoría feminista y la enseñanza de las distintas
teorías que han surgido en los veinticinco años de historia de los Estudios de
la Mujer. También se comienza a focalizar la atención en la incorporación de la
variable mujer o género en otras disciplinas, desplazando la centralidad de las
humanidades y las ciencias sociales hacia las ciencias médicas y biológicas.
El balance que realizan las
expertas en la historia y desarrollo de los Estudios de la Mujer en Estados
Unidos es uno que demuestra cómo éstos han revitalizado las disciplinas,
especialmente las Humanidades, Arte y Ciencias Sociales, cambiando las
prácticas pedagógicas, los currículos, y alterado las fronteras disciplinarias.
Como un gran logro aparece la creación del concepto de construcción social del
género, relevante para orientar las investigaciones, reflexiones y docencia. La
evaluación del crecimiento de los Estudios de la Mujer y de su expansión en los
últimos veinte años, arroja sin embargo algunas zonas obscuras, como por
ejemplo el de su continuidad en un momento de disminución de fondos federales y
de disminución de recursos institucionales; por otro lado, la proliferación de
los programas étnicos, de los estudios de género, de los estudios de gay y
lesbianas, entre otros, han conllevado a formular complejas preguntas a la
forma futura de los Estudios de la Mujer y a sus consecuentes transformaciones
curriculares.
La existencia de los Estudios
de la Mujer en Europa es disímil de acuerdo a cada país. Así por ejemplo, en
Inglaterra, están mucho más institucionalizados que en Francia e Italia, y
poseen una amplia trayectoria. Este es el caso de los Estudios de la Mujer que
emergen en 1983, en la Universidad de East London, y que cuentan con un
ensamblado programa en donde amplios y diversos temas se han ido incorporando
al currículo, de acuerdo a las emergencias históricas de los mismos (así en los
tres años que dura esta especialidad dentro de los grandes tópicos de Mujer y
Tecnología, Mujer y Artes, y Mujer y Procesos Socio Históricos se dan cursos
vinculados a la Etnografía, la Historia, la Salud Reproductiva y recientemente culturas
gay y lesbiana) (3) .
En el caso de España los
antecedentes académicos de los Estudios de la Mujer datan de 1979 - y tienen un
correlato con el proceso de democratización después del franquismo- cuando se
crean el Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense
de Madrid y el Seminari d'Estudis de la Dona de la Universidad Autónoma de
Barcelona. En la década de los 80 emergen otros centros en las universidades de
Málaga, Valencia, Barcelona, Granada y del País Vasco. De acuerdo a los
planteado por Lola Castaño, la historia de estos centros de Estudios de la
Mujer en las universidades españoles se ha debatido en torno a dos grandes
problemas: el de las reformas al currículo universitario y el de la
implementación oficial de estos estudios, ambos atravesados por los temas,
primero, de la institucionalización y segundo, de la controversia entre la
autonomía o la integración de las materias relativas a la mujer en las diversas
disciplinas.
En los países nórdicos la
situación es diferente toda vez que los Estudios de la Mujer y la investigación
feminista están representados en 20 universidades y su instalación es tanto en
unidades especiales como integradas dentro de las disciplinas y los
departamentos (4). En Dinamarca, Noruega y Suecia la mayoría
de las universidades ha establecido centros especiales de Estudios de la Mujer
y en Finlandia la materia ha sido regularmente impartida en los distintos departamentos
de las universidades, sólo en la década del 90 se han creado centros
independientes de Estudios de la Mujer. Sus labores varían entre sí, pero
normalmente realizan y coordinan investigaciones y ofrecen cursos y seminarios.
En su mayoría son interdisciplinarios, cuentan con bibliotecas especializadas y
entregan información y otros servicios tanto a alumnos como a investigadores.
Según Bergman (1992) estos
centros de Estudios de la Mujer en los países nórdicos han jugado un papel
fundamental en la visibilización de la mujer dentro y fuera de la academia;
pero que no obstante su fuerza y tiempo de desarrollo tienen dos tipos de
problemas: uno, relacionado con los soportes financieros que no son cubiertos
completamente por las universidades, y el otro vinculado al establishment
académico que se resiste a la legitimación de estos estudios y que critica a
los centros especializados de estar aislados y de ser ghettos. La respuesta a
estas críticas ha sido el uso de una doble estrategia: combinar la autonomía
con la integración. Por último, es interesante notar que hay una cooperación
importante entre los países nórdicos que les permite realizar seminarios y
actividades comunes para discutir los temas relativos a la inserción académica
de los Estudios de la Mujer. Esta colaboración entre los distintos países se ha
traducido recientemente en la revista NORA. Nordic Journal of Women 's
Studies, una publicación interdisciplinaria que se difunde en todas las
universidades y centros de investigación .
Como se aprecia en este breve
bosquejo las situaciones y modos de existencia de los Estudios de la Mujer en
el continente europeo es particular a cada país aún cuando se comparten rasgos
y problemas generales. Actualmente, la tendencia está dada por la formación de
redes continentales de Estudios de la Mujer. Estas redes emergen a partir de la
creación por parte de la Comunidad Europea de Erasmus, un programa que promueve
el intercambio de estudiantes y la cooperación entre instituciones de educación
superior. Así, en 1987 se formó una primera red de Erasmus de Estudios de la
Mujer coordinada en Utrech con la participación de Madrid, Bolonia y Antwerp.
En 1990 se impartió el primer curso intensivo de verano en Utrech, lo que tuvo
como corolario el inicial intento de conformación de un currículo. En 1992 se
incorporan Austria, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia, entre otros países,
lo que permitió a diversos estudiantes tomar cursos de Estudios de la Mujer en
distintas universidades, preparar sus trabajos de tesis y adquirir una
experiencia intercultural importante.
Por último, en 1993 con la
incorporación de nuevos países (Dinamarca, Alemania, Francia, el Reino Unido,
etc.) se formó la Red Interdisciplinaria de Estudios de la Mujer en Europa (NOISE).
Su objetivo central es crear un Diploma Europeo de Estudios de la Mujer, que
tenga como eje un currículo europeo multicultural que intersecte raza,
etnicidad y género, así como las materias de especificidad étnica y diferencias
culturales. Los debates que se han dado en NOISE respecto al tipo de
currículo y la estructura que deben tener los Estudios de la Mujer están
centrados en las diferentes ópticas que tienen el norte y el sur. Esta
diversidad surge del hecho de que en el sur hay una resistencia a asimilar los
métodos y bibliografías norteamericanas, lo que no ocurre con los países del
norte que tienden a seguir esos modelos académicos. Con todo la red ha logrado
una definición y labora en torno a la consecución de su finalidad central (5) convocando al mayor número de países
europeos en su desarrollo.
A diferencia de lo antes
descrito, en América Latina los Estudios de la Mujer se inician,
mayoritariamente, fuera del ámbito de las universidades en un período de crisis
económicas, regímenes dictatoriales e impulsados por agencias de cooperación
internacional.
Las iniciativas pioneras que se
inscriben en el ámbito universitario la constituyen México y Brasil. El PIEM
(Programa Interdiscipinario de Estudios de la Mujer) del Colegio de México,
nace en 1983 abocado a la investigación, publicando permanentemente libros con
los resultados y reflexiones de éstas, y ha incorporado recientemente una
actividad docente que conduce a un Diploma de Estudios de la Mujer. Brasil, por
su parte, comienza a desarrollar alrededor de ese mismo año en universidades
estatales y privadas núcleos de Estudios de la Mujer que actualmente alcanzan a
19, abarcando diversos temas, entre los cuales sobresalen los de sexualidad y
salud reproductiva. Sin duda, es en este país en donde se despliega la
instalación de mayor extensión de nuestro territorio.
En 1986 el Proyecto Estudios de
la Mujer del Colegio Universitario de Cayey en Puerto Rico, tuvo como objetivo
la transformación curricular de las disciplinas de Literatura, Lenguas y
Ciencias Sociales para introducir en ellas cambios tendientes a la
visibilización de la mujer y a la superación de los rasgos sexistas de los
programas impartidos en ellas. Desde esa época hasta hoy, dicho Proyecto,
consolidando su acción en humanidades, orienta su quehacer hacia otras
disciplinas y expande su labor a otras universidades de su país.
Por su lado, en ese mismo año
la CLACSO inician Programa de Investigación y Formación sobre la mujer,
cuya sede se sitúa en Buenos Aires, pero que imparte los cursos en una rotación
de países. Este programa que duró 7 años, alcanzó a otorgar 44 becas, y culminó
su acción luego de un balance que mostró sus problemas en cuanto a la inserción
laboral de los participantes y en la conclusión de sus trabajos finales. Otro
proceso fue el que atravesó la iniciativa emprendida en 1987 en la Facultad de
Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Desde esa fecha hasta 1993 «Dos
grupos de estudiantes, todas mujeres, completaron este programa...y un total de
48 graduados egresaron con el título de Especialistas en Estudios de la Mujer.
El primer grupo estaba compuesto por graduadas en ciencias sociales y
humanidades y algunas de las áreas de arquitectura, agricultura y medicina.
Todas pertenecían a organizaciones feministas y/o eran activas en el movimiento
feminista o en partidos políticos (7)». En la actualidad este primer grupo de
egresadas labora en el Consejo Nacional de la Mujer; asesora a diputados,
senadores y administradores del gobierno; investiga y hace consultorias a
organismos nacionales e internacionales, y por último, algunas se desempeñan
como profesoras universitarias.
Otros países de América Latina
también tienen una diversidad de experiencias, tales como la Universidad de San
José de Costa Rica, en donde se imparte una Maestría en Estudios de la Mujer
destinada a quienes trabajan con ese universo genérico en distintos ámbitos; en
Colombia, en las Universidades de Los Andes y del Valle se desarrollan Estudios
de la Mujer y de Género, en Venezuela la Universidad Central imparte una
cátedra y lo mismo ocurre en Uruguay, en la Escuela de Sociología de la
Universidad de la República.
En la década del 90 comienzan a
surgir otras iniciativas que asumen el término de Estudios de Género y que
presentan nuevas estrategias, como por ejemplo la Maestría en Psicología con
orientación en Género de la Universidad de las Américas en México, el Programa
Universitario de Estudios de Género de la UNAM de ese mismo país y la
interesante experiencia de Perú, del Diploma de Estudios de Género que se
otorga en la Pontificia Universidad Católica. En el caso chileno, se inicia la
instalación pionera del Diplomado de Estudios Interdisciplinarios de la Mujer
de la Universidad de Concepción y el Programa Estudios de Interdisciplinario de
Estudios de Género de la Universidad de Chile. Recientemente surgen nuevas
iniciativas como en Bolivia, en la Universidad de San Simón de Cochabamba,
donde se imparte un Diplomado sobre Género y Desarrollo; en Argentina, en la Universidad
de Rosario, en la que se aprobó una Maestría en Estudios de la Mujer. Por
último, se destaca la creación del Comité de Estudios de Género en las
Américas, perteneciente a Lasa que intenta ser un espacio de confluencia de
académicas de Estados Unidos y América Latina.
A partir de este panorama, se
pueden esbozar algunas de las características que se aprecian en la breve
historia de los Estudios de la Mujer o el Género en América Latina. Por una
parte, se observa que en numerosos casos un doble proceso: por un lado, los
programas, cátedras, diplomados, etc. se han implementado por la voluntad
creadora de algunas profesoras e investigadoras y no por iniciativas que
emerjan como una necesidad de los centros de educación superior. De allí que,
casi siempre, se promuevan y desarrollen con recursos precarios y sin una
habilitación institucional. Por otro lado, como el tema ha estado afincado
fuera de la academia y ha presentado, en muchos casos, un saber periférico y
contestatario a las diversas situaciones políticas y sociales de nuestros
países, ello ha incidido en las dificultades de su legitimación.
Otro elemento común es que, en
muchas ocasiones, la incorporación de estos estudios en las universidades, se
produce con apoyo de agencias externas en una coyuntura en que los organismos
internacionales, exigen la mirada de género a numerosos proyectos y políticas
públicas. De allí que la presión por una «profesionalización» del tema ayude a
que se considere su importancia en la formación y programas de las distintas
carreras. No obstante lo anterior, estos estudios, en su gran mayoría, no
otorgan grados académicos. Sin duda a partir de la experiencia de la CLACSO
y de la Universidad de Buenos Aires, se abre una interesante interrogación
respecto a la estrategia de especialización y su posterior influencia en el
campo laboral privado y estatal.
Se aprecia también la
existencia de diversas tácticas de implementación de estos estudios. En algunos
casos se opta por permear a las disciplinas (como en Puerto Rico), en otras se
los asume como un campo autónomo (PIEM), a veces se inclinan por la inter y
multidisciplinareidad (Perú y Chile), en otros se lo plantea como una
especialidad dentro de una disciplina general (la Maestría de Sicología de
México). Se observa también una amplia dirección hacia la entrega de
post-títulos y poca atención a programas de pre-grado (sólo en un caso en
Chile).
Así, se puede apreciar una
creciente emergencia, a partir de la década de los 90, de los Estudios de la
Mujer y del Género en las universidades latinoamericanas. Emergencia que saca a
luz una serie de preguntas y propone algunos desafíos. Entre las primeras está
el conocer las diversas estrategias y sus especificidades; descubrir las
improntas culturales que las han conformado y escudriñar en la existencia o no
de un carácter latinoamericano en su devenir. No es difícil percibir, por la
multiplicidad de formas, que en nuestro continente se han asumido algunos de
los debates del Primer Mundo sin haber atravesado por el proceso de discusión y
por la historia que los animó mímesis de apropiación muy típica de la cultura
mestiza latinoamericana.
En este último sentido, estimo
que es relevante hacer un esfuerzo de reflexión teórica y metodológica que haga
sentido con la realidad social y económica de nuestros países, situando los
Estudios de la Mujer o el Género como parte de un movimiento de transformación
cultural que iniciaron las mujeres latinoamericanas hace tiempo y al que hoy se
suman hombres con la incorporación del concepto de género. Asimismo es
imprescindible acotar los contenidos implícitos en el uso del concepto mujer y
de género, dado que los supuestos que subyacen a ambos suponen, también, modos
de implementación específicos.
La argumentación teórica que
implicó el concepto de género no sólo cuestionó la categoría universal de
"la mujer", sino que hizo avanzar las reflexiones en torno a la
posición que éstas ocupaban en las distintas sociedades. Así, el postulado de
que «la mujer» ostenta una posición subordinada en todos los grupos humanos,
toda vez que el patriarcado dominio de lo masculino sobre lo femenino atraviesa
los períodos históricos, ha sido paulatinamente abandonada, a partir de las
investigaciones que, con un enfoque de género, se ha realizado en Antropología
e Historia.
Además, el concepto de género
trajo consigo la necesidad de comprender lo femenino en relación a lo masculino
y viceversa. Las culturas nombrarán qué es ser mujer y qué es ser hombre y
también propondrán modos específicos de relación entre ellos. Esta relación
podrá ser de igualdad, complementariedad o desigualdad, según sean las
jerarquías sociales, la participación económica y las simbolizaciones emergidas
de cada grupo. De esta manera, la idea de que existe «la mujer subordinada» en
todas las sociedades y en todos los períodos históricos, es reemplazada por la
noción de que existen relaciones específicas entre hombres y mujeres en una
diversidad de situaciones que es preciso delimitar.
Puestas así las cosas, no es
difícil colegir que el concepto de género, en un movimiento de superación de
las anteriores interpretaciones sobre la mujer, abrió la brecha para que nuevas
y más complejas teorizaciones aparecieran en el naciente campo de los estudios
sobre lo femenino. En el caso de la Antropología, significó también pasar de la
Antropología de la Mujer a la del Género, realizándose aportes importantes en cuanto
a la relación entre androcentrismo (visiones centradas en lo masculino) y
etnocentrismo (visiones centradas en la cultura del observador). La crítica a
los prejuicios étnicos y de género -que muchas veces van de la mano- ha sido de
gran relevancia para los nuevos enfoques de la disciplina en su conjunto.
Ya a fines de la década del 70
casi la mayoría de las investigaciones y reflexiones asumían el concepto de
género como uno imprescindible para entender la posición diferencial de mujeres
y hombres en las distintas sociedades. Si bien hubo un consenso en cuanto a la
distinción sexo/género, no lo hubo en relación a si en la construcción de este
último tenían más peso los elementos culturales (o ideológicos) o los elementos
socio-económicos. De allí que, sobre todo en Antropología emergieran dos
corrientes claramente discernibles: la de la construcción simbólica del género
y la de la construcción social del género.
La construcción simbólica (8) de las diferencias sexuales, pone el acento
en que los sistemas de representación de los géneros en las distintas culturas
son claves para la reproducción de los estereotipos femeninos y masculinos. La
transmisión cultural de las relaciones entre hombres y mujeres incide en las
conductas y en las acciones de éstos. Por tanto, esta corriente propone la
indagación de las construcciones simbólicas de las categorías de género como
punto central para elucidar las relaciones entre masculino y femenino en una
cultura determinada, relaciones que se evidenciarán luego en el entramado
social y económico.
Por su lado, la vertiente de la
construcción social del género, enfatizará en la idea de que es preciso conocer
primero qué es lo que las mujeres y hombres hacen en las distintas sociedades y
cómo ese hacer determina su posición en la estructura social. Así la división
sexual del trabajo y el circuito de producción, distribución y consumo será un
ámbito privilegiado para saber cuál es la relación entre los géneros en los
distintos grupos humanos.
Actualmente, las nuevas
tendencias buscan una conjunción de las visiones de la construcción simbólica y
social del género, sosteniéndose que su análisis debería incorporar tanto lo
que hombres y mujeres hacen, como el universo simbólico que a veces legitima la
continuidad de sus atributos y el tipo de relación entre ambos.
Pero también, se han añadido
nuevos elementos: la incorporación de las variables de clase, etnia o edad. De
esta manera, la diferencia entre lo femenino y lo masculino se entrelaza con
las diferencias generacionales, de clases sociales y las distinciones étnicas.
Junto a esas diferencias la historia de su constitución, así como el contexto
en el cual se estructuran los géneros, adquieren gran importancia. El recurso a
la historia, en este enfoque, será crucial en el develamiento de las continuidades
y los cambios acaecidos en las relaciones de género.
Podemos apreciar que esta forma
de comprender a lo femenino y a lo masculino pondrá en escena las otras
diferencias que constituyen a las personas, enriqueciendo así la noción de
sujeto sustentada hasta entonces: De un sujeto percibido nada más que a partir
de su género, emerge uno múltiple, atravesado por diversos atributos. Sujeto,
asimismo, que se constituye en la historia y por tanto, que adquiere su
identidad en un ethos particular. Podríamos decir que de un concepto
reduccionista se pasa a uno plural, a un haz de elementos que configurarán el
rostro complejo y polimorfo de las mujeres y hombres que habitamos en el mundo.
Entendido de este modo, el
enfoque de género surge más como una exploración que una asunción de rasgos o
posiciones. Supone una permanente interrogación a los estereotipos sobre lo que
son las relaciones entre hombres y mujeres, una constante puesta en escena de
las diferencias y de los contenidos de ellas en la vida social. Exploración que
conlleva, también, la necesidad de una doble mirada: la que desnuda los
elementos simbólicos, sociales y económicos que construyen las relaciones de
género en una sociedad, y la que se desnuda a sí misma, en tanto pupila cargada
de los prejuicios de su propio género, clase, edad o etnia. Ese doble
movimiento se hace imprescindible para elucidar el «desde donde» y «el quien»
habla en los discursos teóricos o políticos sobre el género.
Breves Consideraciones en
Torno al Concepto de Género en Latinoamérica.(9)
El último tiempo ha habido
algunos planteamientos que sostienen la dificultad del uso del concepto de
género para nuestra realidad latinoamericana. Por una parte, se argumenta que
el término en inglés (gender) no corresponde totalmente al término género en
castellano. En inglés tiene una acepción que apunta directamente a los sexos
(sea como accidente gramatical, sea como engendrar) mientras que en castellano
se refiere a la clase a la que pertenecen las personas o las cosas. De ese modo
decir en inglés «vamos a estudiar el género» llevaría implícito que se trata de
una cuestión relacionada con los sexos; en castellano, la conexión con lo
masculino o lo femenino sólo se entendería en función del género gramatical,
pero no como una relación entre ambos o como una construcción cultural. Así,
plantear lo mismo en castellano resulta críptico para los no iniciados ¿qué
género hay que estudiar, uno literario o una tela?
Por otro lado, fuera de esa
dificultad idiomática, habría una teórica, en cuanto a que el uso del concepto
género nos llevaría a un determinismo cultural: de la crítica al determinismo
biológico, la interpretación se entramparía en un reduccionismo cultural. Por
último, desde un punto de vista político, hablar de género y no de mujer
encubriría las desigualdades entre hombres y mujeres y pondría las relaciones
asimétricas en un plano de neutralidad.
Estas críticas, son importantes
para re-situar el empleo y la incorporación del término género en el estudio de
la relación entre lo femenino y lo masculino en nuestra realidad
latinoamericana. En primer lugar, pensamos que aunque la palabra género en
castellano no evoque lo mismo que en inglés, es labor académica re-significar o
dotar de contenidos a determinados términos y actualizarlos en la comunidad. La
legitimidad de los conceptos aparece inmersa en necesarios debates entre
interpretaciones distintas, complementarias u opuestas de la realidad.
Los planteamientos en torno al
reduccionismo cultural del concepto de género son interesantes, pues dejan de
manifiesto la necesaria consecución de diversas disciplinas para el estudio de
sus relaciones. Cruce que hará posible elucidar la compleja conexión entre
cultura y biología, sus múltiples determinaciones, la plasticidad que la
primera impone a la segunda, las intersecciones entre ambas, etc. La distinción
sexo/género no tendría por qué relacionarse necesariamente con un divorcio
entre ambos términos, sino más bien con su co-existencia y representación
particular a cada cultura.
Tal vez, la apreciación
política de que el término de género nubla las desigualdades, podría más bien
colocarse al revés y leerse como la posibilidad de un horizonte que al poner en
escena todas las diferencias, podría permitir un aglutinamiento mayor de
personas, respetando sus diversidades y contemplando sus problemas específicos.
Quizás, la comprensión del concepto de género podría llevar a una política que
haga comparecer a mujeres y hombres en la búsqueda de una sociedad más justa
que tienda a la eliminación de las discriminaciones de género, clase, etnía o
edad.
Como se puede ver, el
desplazamiento del término mujer al de género supone un descentramiento del
enfoque esencialista y una nueva mirada que propicia la diferencia, la
multiplicidad y la simultaneidad. Ello, sin duda, implica también una nueva
forma de encarar su práctica de investigación, docencia y reflexión, y como es
evidente, su afiliación institucional.
Bergam, Solveig «Nordic Cooperation in
Women' s Studies» en Women 's Studies Quarterly. Women's Studies in Europe.
Volume XX, Numbers 3&4, The Feminist Press, New York, 1992.
Bonder, Gloria &171;Women's Studies in Argentina:
Keeping the Feminist Spirit Alive» en Women's Studies Quarterly. Women's
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Stimpson, Catharine Women's Studies in the United
States, A report to the Ford Foundation, New York, 1986.
Cuestiones
de América Nº 9, Junio de 2002
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Notas
(1)
Este artículo fue presentado como ponencia en el Primer Seminario
Interuniversitario, organizado en Octubre de 1993 por el Programa
Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Ciencias Sociales y
el Departamento de Extensión de la Universidad de Chile. Se han agregado, al
texto original, nuevos antecedentes que completan la visión antes entregada
(2) Hemos consultado "The
status of Women's Studies" de Beberly Guy-Sheftall, Consultan's Report,
The Ford Foundation Program on Education and Culture, Marzo 1992; Women's
Studies in the United States de Catharine R. Stimson con Nina Klessner
Cobb, A Report to the Ford Foundations, 1986; Women's Studies Quarterly,
Women's Studies in Europe, An Educational Project of the Feminist Press at the
City University of New York, Vol.XX, Nos. 3 & 4, Winter 1992.
(3) La implementación de esta
iniciativa ha llegado a sus gestoras a preguntarse constantemente por el
sentido de los Estudios de la Mujer en cuanto a si se trata de un área de
estudio, un hecho político, un tema de investigación o una base práctica y
profesional para conseguir empleo. La respuesta a esta interrogante es que el
caso de la Universidad de East London se conjugan los cuatro elementos ( Cf.
Maggie Humm: 1992).
(4) Cf. Solveig Bergman,
1992:60.
(5) Braidoti, Captain y
Rammrath (1994) sostienen que la experiencia obtenida estos años las han
llevado a una definición común de los Estudios de la Mujer, entendiéndolos como
un campo de actividad científica y pedagógica destinada a promocionar el status
de la mujer y a encontrar formas de representación, dignificación y
"empoderamiento" de su experiencia, que refleje sus contribuciones al
desarrollo cultural, económico, social y científico.
(6) Agradezco la contribución
de Francesca Lombardo, Cynthia Sunborn, Teresa Valdés y Loreto Rebolledo, las
cuales me proporcionaron una valiosa información para desarrollar esta parte
del artículo.
(7) Gloria Bonder, 1994:95.
(8) La antropóloga
norteamericana Sherty Ortner es una de las exponentes clásicas de esta
tendencia, siguiéndola actualmente la inglesa Marylin Strahern.
(9) Muchas de las ideas
vertidas en este apartado han sido tomadas de la ponencia de la antropóloga
mexicana Marta Lamas "Algunas dificultades en el uso de la categoría
género", presentada al XIII Congreso Internacional de Ciencias
Antropológicas y Etnológicas, México, 1993.