Científicas mexicanas destacan a nivel
internacional pese a la triple jornada y a los prejuicios masculinos
Mirna Servín *
Isaura
Meza tenía la fantasía de convertirse en una especie de bióloga exploradora y
descubrir nuevas especies. Hoy -en pleno siglo de cambios sociales y
desarrollos científicos- conforma parte de la numerosísima lista de mujeres en
"ser las primeras en…"
Como su área no estaba desarrollada en el país, partió a Europa a
continuar su doctorado, momento en el que también se casó con un investigador.
En teoría, los tiempos y sus actividades le cuadraban con precisión científica.
No obstante, cuando su hija tenía tres años y medio -ya de vuelta al país- se
quedó con la responsabilidad total sobre ella y sin un lugar en donde la
cuidaran durante las largas horas que permanecía en el laboratorio.
Con la urgencia apremiante de trabajar y contar con un lugar seguro para
el cuidado de su hija, la doctora Isaura Meza promovió de forma decidida , en
colaboración con otras mujeres científicas, la construcción de una guardería
dentro del Cinvestav, lo que ocurrió a principios de
los 80s. A partir de ahí, su trabajo en México - enfocado a los aspectos
bioquímicos y morfológicos responsables del movimiento de una célula -,
continuó con mayor tranquilidad y en 1998 se convirtió en la primera mujer en
competir por la vicepresidencia de la Academia Mexicana de Ciencia.
Ella es una de las ahora muchas mujeres de transición, aquéllas a las
que, al solicitar su ingreso a estudios de maestría y doctorado les preguntaron
-a ellas y no a ellos- cómo iban a desarrollar su trabajo si decidían tener
familia, suponiendo que esto las haría desertar. Son aquéllas también que
recuerdan haber oído que a las mujeres que iban a la universidad se les
atrofiaban los ovarios, y con ello, "su única función de mujer".
Mujeres
de transición
En
los primero cinco minutos de la charla casi todas las investigadoras
-entrevistadas por separado- hablan de un trato igualitario. "Una mujer
que trabaja duro y bien, tiene la misma oportunidad de incorporarse a la
comunidad científica que los hombres". Pareciera que las dificultades
salvadas en la cotidianidad de su trayectoria profesional fueran invisibles.
Sin embargo, conforme pasan las preguntas, salta la conciencia. Todas
ellas reflexionan sobre su situación y narran las triples jornadas de trabajo y
las limitantes para obtener cierto tipo de reconocimientos.
Minuto tras minuto, acotan sobre la poca presencia de representantes
mujeres en los comités científicos, la escasa posibilidad de hacer estancias
posdoctorales en el extranjero si se cuenta con descendencia, y las largas
horas en un laboratorio o haciendo investigación, actividades que, por
supuesto, se suman a las exigencias sociales y familiares.
Sin duda, son limitantes que no han detenido su esfuerzo. Éste es el
caso de Esther Orozco, originaria de Chihuahua, quien de tener una profesión ad
hoc -maestra normalista- para una señorita de
provincia, hoy es una de las investigadoras más reconocidas en su área.
Hace cinco años, la doctora Orozco recibió la medalla Pasteur -uno de los galardones más importantes en el ámbito
internacional- otorgada por la UNESCO y el Instituto Pasteur
de Francia, por sus aportaciones al estudio de la estructura molecular de la
amiba y su enfoque genético en sus factores de virulencia.
Claro está, cuenta, que en los pueblos la ciencia ni remotamente
aparecía como una opción vocacional. No obstante, ella misma se percató que su
formación tenía muchas limitaciones. Ingresó a la universidad, conoció el
proceso de análisis, la obtención de resultados y se enamoró de lo que ella
llama una actitud científica.
Pero otra vez, no bastó con la ilusión, se dio cuenta de que tenía que
prepararse más. Obtuvo una beca para hacer una maestría en el Cinvestav en el Distrito Federal. Llegó en 1975 con un hijo
de dos años y una hija de siete, fuera de su ciudad natal, pero con el apoyo de
su familia.
La ya doctora en biología celular sabía bien que estaba a destiempo. Los
investigadores de su edad ya habían producido mucho más. Así que durante años
fue al laboratorio 16 horas diarias en promedio, sábados y domingos, entre
crisis familiares y momentos difíciles. Con su carácter franco, fuerte y
extrovertido dice que ahora ya no necesita trabajar tanto, y que en lugar de ir
los fines de semana al laboratorio "trabaja desde su casa".
Hoyos
negros, salto a la investigación
Los
números son claros. El ingreso de la mujer a las universidades alcanza ya el 50
por ciento de la población total de estudiantes, sin embargo el número de las
que ocupan puestos como investigadoras es optimistamente del 30 por ciento.
Esta cifra se reduce si se revisan los puestos de mando o el de las
mujeres que pertenecen a sociedades científicas de alta exigencia como el
Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y la Academia Mexicana de Ciencias, de
acuerdo a datos presentados por Carolina Escobar, académica de la facultad de
medicina, en la mesa sobre la participación de las mujeres en la Sociedad
Mexicana de Ciencias Fisiológicas, durante su último congreso nacional, a
finales del año pasado.
Un informe hecho en el 2000, de la Unión Europea, sobre el papel de las
mujeres en la ciencia, analiza las estadísticas de universidades, centros de
investigación y empresas. Aunque la investigación y la ciencia es mucho más
desarrollada que en México y el número de investigadores es mayor en este
continente, la desigualdad todavía es evidente.
De acuerdo al estudio, en países como Finlandia, Francia y España, las
mujeres representan sólo entre el 13 y el 18 por ciento de profesoras
titulares. En el área de la investigación, los números se incrementan un poco.
Por ejemplo, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España el
31 por ciento del personal científico son mujeres.
Las cifras son semejantes en las principales instituciones de educación
superior de nuestro país, ya que el personal femenino dedicado a la investigación
en la UNAM, ronda el 30 por ciento; en el Instituto Politécnico Nacional es un
poco menor, con el 28 por ciento, mientras que en la Universidad Autónoma
Metropolitana es de alrededor del 32 por ciento.
Pero, entonces ¿por qué si las oportunidades para acceder a las
universidades son mayores, este número todavía no se refleja en el mercado
laboral de la investigación?
Las investigadoras entrevistadas, que conocen bien el camino, señalan:
Durante la educación básica, en los libros y fuentes de información,
generalmente las figuras importantes son representadas por hombres; se crea la
idea de que hay áreas de conocimiento exclusivas de un sexo y otro; el
reconocimiento es menor aún cuando la capacidad sea la misma de acuerdo a su
trayectoria y preparación; hay menor representatividad en puestos académicos y
de toma de decisión y los criterios de evaluación que establecen límites de
tiempo para obtener recursos o premios no toman en cuenta procesos tan importantes
como la maternidad.
La maestra en ciencias Norma Blazquez Graf, quien ha dedicado sus estudios de doctorado a
estudiar la relación entre la ciencia y las mujeres, explica que muchas
estudiantes ven la opción del posgrado más como una forma de obtener una buena
preparación o un buen trabajo, que como una forma de llegar a hacer
investigación. Sin embargo, afirma que elementos sociales como la crisis
económica acercan cada vez más a las mujeres a estas opciones vocacionales, ya
que al obtener becas, conocen más el ámbito académico y pueden optar por éste
como una forma, primero de subsistencia, y luego como una forma de vida.
Los
modelos a seguir
"A
mí me tocó ser de una de las generaciones de transición en que las mujeres eran
amas de casa, y si estudiaban una carrera universitaria, era sólo por si
acaso" dice Ana María López Colomé, reconocida
recientemente con el Premio L'Oreal-UNESCO que se
otorga a las mujeres de ciencia más destacadas de los cinco continentes.
Una de las circunstancias que nos revela indudablemente que ser mujer
hace la diferencia, se da en los comités evaluadores. Primero, agrega, están
formados mayoritariamente por hombres y, segundo, generalmente reconocen menos
nuestro trabajo.
"He visto que cuando se revisa el curriculum
de una mujer para un reconocimiento, y ésta ha trabajado con su marido o un
investigador, los integrantes del jurado se preguntan si las ideas no serán de
él. Por supuesto, esta observación nunca se haría si fuera al revés"
Es ahí, agrega, donde las mujeres podemos incidir al participar más en
estos grupos. Sin embargo, la investigadora reconoce que algunas veces las
principales opositoras de las mujeres son las propias mujeres, ya que como les
ha costado tanto abrirse camino, no es fácil aceptar que otras llegarán con
menos dificultades, "Eso tiene que cambiar en el ámbito científico y en
todos" .
Otra mujer de cambio ha sido Evangelina
Villegas, quien inició su trabajo en 1950 en el IPN y continuó su investigación
en el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) en dónde
comenzó a desarrollar un maíz con alto contenido de proteínas, trabajo que en
el 2000 la hizo merecedora al Premio Mundial de la Alimentación 2000.
A su vez, este año, Herminia Pasantes se convirtió en la primera mujer
en recibir el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de las ciencias
físico-matemáticas y naturales- pero hace más de 30 años tuvo dificultades para
iniciar su doctorado porque acababa de tener a su hija.
Hoy, con la voz firme, quizá más que en aquellos tiempos, dice que, aun
cuando las cosas han cambiado, todavía la mujer investigadora sufre una gran
presión en el momento laboral más productivo de su vida, ya que no puede
alcanzar los mismos resultados a la misma edad que el hombre debido a que la
maternidad modifica un par de años el trabajo. Sin embargo, agrega, "se ha
demostrado que las buenas investigadoras siempre recuperan el tiempo y alcanzan
los mismos resultados un tiempo después".
Es por ello que la científica mexicana -especialista en los mecanismos
de regulación de volumen de las células del cerebro- ha decidido presentar una
iniciativa en la Academia Mexicana de Ciencia para que el tiempo límite de una
mujer para ser acreedora a ciertos reconocimientos importantes no sea de 40
años -como sucede en la actualidad- sino de 46 años, ya que la mujer alcanza la
misma calidad pero un poco después.
Asimismo, planea incluir que los jurados no consideren como
indispensable que las investigadoras cuenten con estudios posdoctorales fuera
del país, para que su trayectoria sea reconocida.
No obstante, Pasantes, al igual que sus compañeras, se manifiesta en
contra de la inclusión obligatoria de las mujeres "por cuotas, ya que si
no se elige por méritos propios, puede resultar contraproducente".
Herminia Pasantes es tajante: sí se requiere tener condiciones
igualitarias que permitan el desarrollo del trabajo, sin embargo "ser
mujer no puede ser un pretexto para justificar la mediocridad profesional y
personal".
*
Triple Jornada, La Jornada, México, 6
de Mayo de 2002.
Cuestiones
de América Nº 9, Junio de 2002
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