DERROTEROS
Y CIRCUNSTANCIAS
De
la literatura en español
Carmen Ros
¿Pronosticar
hacia dónde se dirige la literatura contemporánea o precisar cuál es el destino
de la que se escribe en español? Darle un diagnóstico ya es de por sí un riesgo.
Cuando mucho se le puede tomar el pulso, o bien, observar el comportamiento de
sus signos vitales.
Un
signo vital puede ser el número de certámenes y premios literarios que se conceden
en toda la geografía hispanoparlante. Otra señal
posible sería el número de publicaciones en editoriales con gran capacidad de
distribución. Pero ¿cómo interpretar la salud y el vigor de una literatura
cuando el volumen de obras publicadas está dictado por el ‘marketing’ y los
premios han empezado a perder credibilidad?
En
opinión del autor hidalguense de Al cielo
por asalto, Agustín Ramos, un premio
literario, décadas atrás, era más que una recomendación para leer la obra galardonada:
significaba una certificación de calidad artística. “Biblioteca Breve consagró
a autores como Vargas Llosa. Los premios que hoy se pactan en España no tienen
repercusión; son un escalón más de la publicidad para la competencia en el mercado”.
Lamento e irritación de Ramos, no obstante, parece que la realidad le da la razón.
En
los últimos años, autores muy jóvenes han sido premiados. Con la imagen emblemática
de los emprendedores yuppies encabezando las
políticas de globalización y dirigiendo a grandes corporaciones, la lozanía
juvenil se ha constituido en un valor. “En España, el premio Primavera lo ganó
una escritora alrededor de los 30 años: Espido Freyre
con Melocotones helados; también lo
obtuvo Ignacio Padilla con Amphitryon. ¿El culto a la juventud trasladado a las letras?
Sólo que hay un riesgo para el autor, pues se crean ciertos niveles de
expectativas sobre su obra, que ¿podrá cumplir después?”, reflexiona con
preguntas la crítica Adriana Jiménez, cuyas premoniciones literarias suelen ser
confiables.
Lo
anterior son sólo observaciones en cuanto a los premios. Frente a las publicaciones,
las tendencias son diversas. Daniel Sada, creador de Porque parece mentira la verdad nunca se
sabe, no se anda con rodeos; norteño al fin: “Hay cosas excelsas, como El libro de las pasiones de Mario
González Suárez; Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; el trabajo de Mario Bellatin o el de César Aira. No obstante, se pone un acento
para que la literatura se supedite a las leyes del mercado y al gusto para que
sea funcional y rentable: superficial, ausencia de ideas y de propuestas extremas.
Incluso se discute si se debe uniformar el español y hacerlo neutro —que no se le
note el origen: si es de Buenos Aires, Santiago o Monterrey--. También se lee
la voluntad, entre ciertos autores, de no querer ser ni parecer folclóricos.
Sin embargo, el tratar de no serlo es todavía más folclórico. La literatura no
es buena por ser o no cosmopolita. Las obras valen por sus fundamentos
estéticos. Me parece inútil tratar de justificar la validez de una creación en
tanto se aleje de sus raíces. Porque a ver, ¿qué argumentos hay para apartarse
de éstas? ¿Parecer alemán o francés? Me parece una idiotez querer escribir
como, por ejemplo, los españoles, a sabiendas de que muchos de estos imitan a
los escritores gringos.”
Visiblemente
existe un afán de escapar del realismo mágico que marcó con una suerte de
estereotipo sentimental a los mercados europeos y de Estados Unidos; pero también
a muchas de las academias universitarias de estos países, que establecieron el negocio
de estudiar el subdesarrollo —con sus desniveles históricos y tecnológicos, que
van del paleolítico a la Guerra de las Galaxias. ¿Será el acoplamiento entre
dichos desniveles el origen del realismo mágico?--. El chileno Alberto Fuguet cuenta en el prólogo de McOndo, una antología de cuentos
distanciados de lo real maravilloso, que el editor de una revista literaria en
Iowa buscó escritores “hispanos” para publicarlos. El éxito taquillero de los
“latinos” en el cine y la literatura lo había entusiasmado. Cuando el editor
tuvo en sus manos los textos solicitados, sólo aceptó uno, pues a los demás les
faltaba el realismo mágico que garantizaría las ventas.
Por
un lado, parece que en la vertiente cosmopolita existe la intención de homogeneizar
el español en la literatura. ¿Una vía para que responda a las leyes y gusto de
un mercado más o menos uniformado, en el que desaparezca la originalidad del producto,
pues representaría una dificultad de ventas? El escritor sería como un satélite
excéntrico respecto a la raíz que lo ha nutrido: la lengua en la que aprendió a
leer y escribir; el fundamento con el que ha comunicado muchas de sus
emociones, empezando por las de su infancia. Por otro lado, dice Adriana
Jiménez, “hay autores que describen fenómenos como el narcotráfico; el exotismo
exhuberante en sociedades maltratadas; la exploración
del perfil delincuencial del ser humano. De alguna manera se privilegia un realismo
mágico, que se aleja de las ideologías sin llegar al escapismo, como el colombiano
Jorge Ramos Franco en Rosario Tijeras”.
Teresa
Dey, autora de Mujeres
transgresoras, agradece que la vertiente cosmopolita tenga respeto por su
lector, porque “los escritores redactan impecablemente y eso facilita la
lectura”. Luego protesta: “Pero ¿por qué irse a las historias solemnes o grandilocuentes,
a personajes que necesitan dar brincos para conseguir estatura?”. Sugiere: “Las
pasiones simples o puestas en banalidades de un personaje mediocre también se
pueden narrar. Ahí está El cura de
Tours de Balzac; los Dublineses
de Joyce. También se puede escribir de la jornada
cotidiana y transformarla en un viaje de descubrimiento, como hizo Katherine Mansfield con El peral. Para situarnos más acá: Jorge Ibarguengoitia y La
mujer que no, la inalcanzable fémina que nunca le dio el ‘sí’. Ricardo
Garibay demostró que estaba convencido de que sus experiencias podían ser contadas
magistralmente o de que el ‘Puas’ Olivares merecía ser biografiado”.
Cosmopolita,
“folclórico” o juvenilmente lozano, a Agustín Ramos casi no le gusta lo que se
está publicando. Argumenta: “se piensa más en ‘rating’ que en calidad.
Venderse
en España y no en cómo escribir bien aquí y ahora. Se tiene el aparato publicitario
del Boom, pero falta el producto. Hay autores que
despuntan, pero son pocos para hablar de perspectiva. En la República de las
Letras, los espacios están cerrados, a menos que el escritor y su obra
respondan a cierto perfil; se exigen ciertas temáticas, desarrollos y hasta un
cierto comportamiento en las relaciones públicas para obtener premios a la
medida del oportunismo. Quien pierde es el escritor porque no se desarrolla como
artista. Creo, con Zaid, que hay demasiados libros.
Existen novelas valiosas de escritores desconocidos, pero ¿qué pasa si las
publican editoriales universitarias y no las editoriales que tienen poder de
divulgación?”
Hay
quienes leen mucho de lo que se escribe por ahí, textos que no alcanzan la bendición
o Gracia para ser publicados por editoriales de postín. La autora de Arrieras somos..., Rosina
Conde, es sinodal, casi vitalicia, de diferentes concursos en algunos Estados.
En contraposición a los aires cosmopolitas, esta novelista norteña asegura que ha
encontrado, en tales textos, la preocupación
por retratar la oralidad. Y una ruptura entre
fronteras de géneros. “Son escritores que escriben lo que viven, como los de la
frontera norte que muestran un mundo en el que las culturas se encuentran y
chocan lingüísticamente. Esas colisiones tienen relación con valores e
identidad regionales. Se escribe para la comunidad. Describen el paisaje local:
sierra, desiertos, calles y bares. No les importa si los publican las editoriales
comerciales o no. Lo que importa es ser leídos por su comunidad. Se trata de
una literatura que nació después de la televisión, pero junto al performance, la Internet, la música electrónica. Sin un
supuesto conflicto bélico de por medio, vive la militarización de la frontera.
¿Romper con el realismo mágico? No. No se tiene nada con qué romper. ¿El
narcotráfico? Aparece en los corridos, no en esta literatura creciente. Trata
de darse a conocer por medio de editoriales independientes o estatales,
incluso, en la red. En Baja California, por ejemplo, ya se han realizado varios
foros internacionales de literatura virtual, principalmente, de poesía. ¿Underground? Sí, algunos; sin embargo, hay autores de gran
calidad que merecen mayor número de lectores: Miguel Manríquez, Rosario San
Miguel, Francisco Luna, Inés Martínez de Castro, Julián Herbert,
entre otros”.
Arriesguemos
y establezcamos: temeridad juvenil; cosmopolitismo ¿impostado?; folclorismo o realismo mágico reciclado y lo subterráneo
regional. A esta propuesta descabellada,
Rosa Beltrán, autora de La corte
de los ilusos, contrapone la suya,
que es más serena: “a grandes rasgos distingo dos tendencias: la que sigue
explorando el tema de la ciudad. Es heredera del Boom
en su proyecto de visión totalizante, pero incorpora nuevos
recursos: la mujer como protagonista o incluso como emblema de una nueva sensibilidad.
La otra: una literatura que no obedece a un proyecto específico predeterminado.
Explora la fusión de géneros, entre ellos lo fantástico, lo policiaco,
la novela rosa, y en general la llamada “paraliteratura”.
Incorpora sus temas y lenguaje parodiándolos; cuestiona la validez de las
grandes verdades en el mundo de la cultura y el de la imagen. No es un proyecto
nacionalista”.
Aunque
se han mencionado algunos elementos, son muy pocos para hacer una interpretación
acerca de la salud de la literatura en español. A decir verdad, tampoco es la intención.
Quizá sea una juguetona aproximación que trata de sentir el pulso del cuerpo que
más nos entretiene y apasiona a algunos. Si el lector se atreve a pensar en un pronóstico,
la responsabilidad será sólo suya.
Cuestiones de América Nº 8, Abril de 2002
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