Hechos del Siglo; en Telecomunicaciones, Salto a un Futuro sin Límite

Alberto Navarrete *

 

Detonadoras de una nueva cultura, la de la asimilación y el contacto global que borra fronteras y límites tradicionales, las telecomunicaciones abren brecha en más de un sentido: desarrollan impensadas formas de entendimiento. Rebasan expectativas. Acercan distancias. Propician economías y mayor eficiencia. Pero igual amplían márgenes que se tornan abismos entre una mayoría excluida y una minoría beneficiada que a pesar de su acelerada expansión no deja de ser minoría.

Ocurre lo mismo a escala mundial que entre países ricos y pobres, y al interior de éstos con más fuerza. Eje y origen de la evolución de la humanidad -compartido con las aplicaciones de la inteligencia-, la comunicación alcanza hoy, en el ocaso del segundo milenio, dimensiones incuantificables, a partir de aplicaciones tecnológicas cuanto más complejas. Nunca como en el siglo que termina las formas de contacto entre personas crecieron tan vertiginosamente hasta situar al hombre mismo como ordenador-espectador de aplicaciones entre máquinas.

Cultura también generadora de nuevos conceptos de sociedad: hombre-máquina y máquina-máquina como factor sustitutivo de la milenaria práctica persona-persona. Digitalización, satélites, fibra óptica, Internet, anchos de banda y nuevas frecuencias redujeron prácticamente a la nulidad, en unos pocos años, los últimos de esta centuria, al telégrafo, precursor de las telecomunicaciones, operante aún sólo en las poblaciones de mayor rezago y pobreza, e inexistente incluso en estos días en regiones del mundo dominadas por la hambruna y la miseria extrema.

Fenómeno recurrente, los contrastes asoman convertidos en parteaguas permanentes entre avance tecnológico por un lado y ausencia de él o estancamiento por el otro.

El nuevo lenguaje cibernético, el de las computadoras enlazadas entre sí -en casi cualquier lugar-, a través de una línea telefónica, es practicado por menos de un 1 por ciento de aproximadamente 6,000 millones de personas que conforman la población mundial -6,351 millones en el 2000, según proyecciones del Departamento norteamericano de Estado-; y aun el acceso a tecnologías más mundanas, como la televisión, es relativo y, nuevamente, contrastante: 38 aparatos por cada mil habitantes en Africa contra casi uno por persona -800 y pico de cada mil-en los dos países más al norte de América, en cifras por demás reveladoras de la UNESCO.

De la radio y la televisión al teléfono, el fax, las computadoras personales y de éstas a las que se encuentran conectadas a la así denominada “supercarretera de la información”, el Internet, hay una progresiva reducción y concentración de usuarios, el grueso de los cuales se ubica, como sería obvio esperar, en las naciones más industrializadas.

Y de ahí a las aplicaciones todavía más recientes, en la llamada telemática, como las tele-conferencias o enlaces privados que harán prescindibles algún día los viajes de negocios, son por lo pronto ejercicio marginal entre los millones de demandantes potenciales.

La tecnología desarrollada por los gigantes estadunidenses y japoneses, erguidos en dominadores mundiales del ramo -sólo Intel, Motorola, IBM y NEC controlan casi 90 por ciento de la producción global de microprocesadores- hace hoy posible no únicamente video-conversaciones desde el espacio a la Tierra, sino además beneficios sociales poco extendidos: educación a distancia en aulas con profesores remotos; telecirugías que aplicarían conocimientos a distancia, en el terreno de la salud.

Prácticamente todo lo imaginable puede ocurrir ya en forma virtual. Ausencia o carencia de recursos como fondo del problema que hace la limitante, frenan la propagación de estas prácticas.

SIGLO DE CAMBIOS

Si bien el telégrafo es reconocido como punto de partida de las telecomunicaciones (comunicación a distancia) en la segunda mitad del siglo pasado, esta industria de tan reciente creación es paradójicamente la que mayor desarrollo ha alcanzado en el menor tiempo.

Cuando en 1901 el físico Guillermo Marconi logró transmitir un mensaje telegráfico “sin hilo” a una distancia de 3,600 kilómetros por encima del Atlántico Norte, el mundo comenzó a tomar en serio los entonces incipientes avances de una serie de descubrimientos sobre los cuales se tejieron proyectos que se consideraban “extravagantes” en la época y, por lo mismo, carentes de respaldo y credibilidad.

Junto con el telégrafo, la radio y posteriormente la televisión constituyeron el eje de la revolución tecnológica de la primera mitad del siglo en materia de comunicaciones, en un mundo que no se resignaba a las limitaciones del correo domo expresión disponible de vencer la distancia entre personas.  Empero el verdadero inicio del auge en las telecomunicaciones ocurriría en los años cuarenta, a partir de las necesidades militares de la Segunda Guerra Mundial.

“Muchos de los sucesos que condujeron a la conclusión de la guerra, con el resultado que todos conocemos, estuvieron relacionados con la disponibilidad de información oportuna o con la intercepción ingeniosa de información del enemigo.  Recientemente, un almirante retirado de la Real Armada Británica describió cómo su conocimiento de los códigos con que se enviaban órdenes a los submarinos alemanes le permitió conducir convoyes de los aliados alrededor de buques enemigos y cómo esto condujo finalmente a una victoria en el Atlántico”, refieren los catedráticos Federico Kuhlmann y Antonio Alonso, autores de Información y Telecomunicaciones.

Ambos reputados ingenieros con experiencia de más de dos décadas en el desarrollo de esta industria en México, a pesar de ello son prudentes a la hora de predecir los alcances mediatos o de largo plazo de las telecomunicaciones:

“La historia demuestra que cada día surgen nuevos desarrollos que eran inimaginables una o dos generaciones antes y que éstos se apoyan en todos los conocimientos y la experiencia acumulados a lo largo de la historia, desde las señales de humo y los caracoles usados por indígenas en América, hasta las redes digitales globales, las fibras ópticas y los satélites de comunicación”.  Sin embargo, a partir de las guerras modernas, los gigantescos presupuestos militares destinados a la investigación y desarrollo asociados al belicismo han tomado forma de herencia en sistemas de reproducción del poder científico-tecnológico.

Sólo Estados Unidos y Canadá invierten anualmente más de 200 mil millones de dólares en investigación y desarrollo, y entre ambas naciones cuentan con cerca de un millón de científicos dedicados de tiempo completo a la innovación tecnológica.

De ahí que el gran salto en las telecomunicaciones, que sobre todo en el último tercio de la actual centuria ha motivado la aparición de muy diversas tecnologías y productos para comunicar, obligue a racionalizar la clasificación de las etapas evolutivas de este sector.

Carlos Mier y Terán, uno de los hombres que desde el interior del gobierno impulsó la inserción de México en el área de las comunicaciones satelitales, define la etapa de arranque en la invención del telégrafo, y la segunda era ya en una etapa muy reciente, la de la digitalización.  La primera, precursora de la comunicación a distancia por sonidos y claves Morse (Samuel, inventor), y la segunda como revolucionadora de enlaces y transmisión de señales de voz, imágenes, textos apoyados por otra innovación, el Internet, que está conduciendo a una generación de máquinas inteligentes capaces de crear los entornos del virtualismo: hogares y edificios con funciones automatizadas; trabajo en casa a través de una computadora y desde ésta consultas a bibliotecas o hasta compras.

ANTES Y DESPUES DE INTERNET

Internet en la casa, en la escuela, en la oficina. Herramienta que se ha vuelto indispensable para quienes han probado su acceso -otra vez unos pocos en el contexto de la población mundial-, su uso y se han tornado dependientes.  Se trata de la aparición de una nueva cultura y valores, dice Raúl Lucido de la Parra, vicepresidente de Ericcson -una de las más importantes compañías proveedoras de la industria de las telecomunicaciones a escala mundial-, cuya propagación en cada vez más usuarios está poniendo en boga una reflexión, un lema: “Después de Internet, el mundo ya no volverá a ser igual”.  Tecnologías, empero, de alcance limitado aún. Conforme a los Indicadores del Desarrollo del Banco Mundial (BM), 33 de cada cien estadunidenses cuenta con una computadora personal; le siguen noruegos y daneses, con poco más de 27 por ciento en cada caso, y alemanes, ingleses, finlandeses, suecos y canadienses con rangos de 18 a 20 por ciento. De otro lado se ubican países que en sus cifras traslucen la pobreza e inequidad: en Guatemala y Colombia no llegan siquiera a una computadora por cada 300 habitantes.

Todo un caso, México figura en las listas de los beneficiarios del desarrollo con una proporción de .21 máquinas de fax, 2.6 computadoras personales y .21 conexiones de Internet por cada 100 personas.

Cifras distintas son las que aporta Mier y Terán, director de Telecomunicaciones de México (Telecomm): “Son ya casi cuatro millones de computadoras y muchas de ellas conectadas a Internet. No está mal para un país con sólo diez millones de líneas telefónicas”.

En cualquier caso el acceso se limita a minorías que concentran posibilidades económicas y queda vigente el reto hacer extendible el uso de estas tecnologías a cada vez más personas.

Se avanza lento pero seguro en el proceso. El porfiriato dejó como herencia no sólo las huellas de la dictadura y las heridas de la revolución; también legó 200 mil kilómetros de tendido de cables para la transmisión telegráfica.  “Actualmente quedan como ocho mil kilómetros de cable y sólo unos mil en uso, porque ya 99 por ciento de la telegrafía en México se realiza a través de líneas telefónicas dedicadas”, explica Mier y Terán.

Como para dar una idea del cambio, recuerda que con una infraestructura tradicional por cable tendido a través de postes por todo el territorio nacional, las comunicaciones telegráficas se lograban a 60 baudios (velocidad de transmisión), mientras que con una línea telefónica la celeridad aumenta a 2,400 baudios.

Y del teléfono, a los satélites. Más de 400 de las 1,400 oficinas de Telecomm transmiten ya mensajes por este último medio de comunicación, y en paralelo se trabaja en la instalación de una red digital de transmisión de datos por vía terrestre, con presencia pronta en las 61 ciudades más importantes del país.

LAS “TELEINVENCIONES”

Tecnologías que surgen, crecen, se multiplican en una diversidad de formas y productos y variedades cada vez más difíciles de contabilizar: creado en nuestro siglo, el que llega a su fin, el teléfono siguió al telégrafo entre los descubrimientos clave de la nueva humanidad. El teléfono, a pesar del tiempo, se mantiene vigente también adaptado a nuevas tecnologías que permiten una explotación de recursos hasta hace poco inimaginables.  Varias décadas condenado a la limitación de redes alámbricas conectadas a una central, que por medio de impulsos eléctricos transmitidos a través del cobre permitían la comunicación entre dos personas, hoy este aparato luce indispensable en la vida cotidiana de las sociedades modernas.  Incluso la telefonía móvil, aparecida en los años 40, anticipó de alguna manera la portabilidad de aparatos tan pequeños que en la actualidad caben en la palma de una mano, en el puño cerrado.

Precursor en México de los radioteléfonos, Alejo Peralta y Díaz Ceballos dotó en los 60 a la clase pudiente de estos aparatos identificables sólo por una peculiar antena en el techo de lujosos vehículos. El contacto se originaba desde o al interior del automóvil mediante un radio conectado a una operadora central que enlazaba la llamada. Fue la primera concesión de comunicación móvil en el país.

Bastantes años transcurrieron para que, a la par de la apertura de la telefonía en el país, iniciada con la privatización del entonces monopolio estatal Teléfonos de México (Telmex), se desarrollaran en serio las telecomunicaciones en nuestro territorio.

Mientras la telefonía tradicional se adaptaba a las nuevas épocas, sustituyendo su vieja y deteriorada red de cables de cobre con tecnología de fibra óptica (tendidos subterráneos de cristal de silicio, con mucha más amplia capacidad de transmisión simultánea de conversaciones, además de mayor calidad) y digitalizando sus centrales, aparecía en México la telefonía celular, ya de moda en otros países de, por supuesto, mayor nivel de desarrollo.  Pagaron primero los usuarios, escaso número, el precio de portar para todos lados un teléfono adaptado a una batería del tamaño de un portafolios y pesado como un tabique, antes de obtener los beneficios de la ciertamente rápida evolución celular, con aparatos cada vez menos estorbosos y más diminutos y ligeros.

No sólo eso. La tecnología puso al alcance de las posibilidades económicas la conexión de teléfonos fijos (ahora también desde celulares) a Internet, el desarrollo que algunos llaman más espectacular del siglo y para cuyo acceso basta una computadora, una línea telefónica y pagar una cuota a cualquiera de los muchos proveedores del servicio.

La supercarretera de la información, el conocimiento, la diversión y distracción, con miles de opciones para ver, aprender, comprar e intercambiar mensajes escritos a través del e-mail o correo electrónico. Y también la posibilidad de establecer conversaciones -‘chat”- con sólo la incorporación de un micrófono y su respectivo programa a la computadora. La evolución sigue y alcanza la posibilidad ya en uso de establecer video-conversaciones, también mediante la adaptación, en este caso, de una diminuta cámara de video.  Aparecen los aparatos de radiolocalización y con ellos una forma de estar en contacto en cualquier momento con cualquier persona. Pequeños dispositivos electrónicos con reducida pero funcional pantalla digital para recibir mensajes.  También evolucionan y en su propia nueva era pueden ya prescindir de la operadora transmisora del mensaje al aparatito, y éste hacer llegar la comunicación al destinatario en forma parlante. Y pronto, muy pronto, esos dispositivos comenzarán a ser sustituidos por otros, si bien un poco menos reducidos en tamaño, más funcionales: contarán con su propio teclado para responder al originador del mensaje. Han sido bautizados como aparatos de radiolocalización de doble vía.

Mientras, los celulares, además de pequeños y ligeros, dejan de servir sólo para funciones telefónicas convencionales. La tecnología analógica se convierte en digital y en un solo aparato es posible hacer llamadas, saber desde qué número se generan, recibir mensajes y también contestarlos... Eso que los que saben llaman “conectividad”.

Más, cada día más opciones, servicios y funcionalidades con una perspectiva de desarrollo que parece infinita. Redes de telecomunicaciones que reducen a nuestro planeta tan sólo al papel de una “aldea global”. ¿Hasta dónde y hasta cuándo?

* s/f, 2 de Febrero de 1999.

 

     

Cuestiones de América Nº 8, Abril de 2002

 

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