Seattle y Washington, ¿fuera de foco o incomprensibles?
Cuando Internet Cobra Vida en las Calles
¿Por qué estos muchachitos me parecen
tan desorganizados? Las protestas que tuvieron su clímax en las cumbres de Seattle y Washington no son un movimiento único, ni lo
buscan. Más bien se parecen al intrincado amasijo de los links de
Internet. A fuerza de organizarse a través de la red electrónica, han terminado
por hacerse a su imagen y semejanza. Si el poder de sus adversarios -las
trasnacionales dueñas del mundo- está en el mando único, el suyo radica
justamente en la horizontalidad y la dispersión. ¿Están fuera de foco? No
precisamente, aunque eso digan quienes buscan dirigirlos
Naomi Klein *
“Esta conferencia no es como
otras conferencias”.
Esto fue lo que se nos dijo a
todos los ponentes en “Re-imaginando la política y la sociedad”, antes de que
llegáramos a la Iglesia Riverside en Nueva York. Al
dirigirnos a los participantes (hubo alrededor de mil durante esos tres días de
mayo), debíamos resolver un problema muy específico: “la falta de visión y
estrategia” en el movimiento contra la globalización económica.
Este era un
problema muy serio, nos dijeron. Los jóvenes activistas que fueron a Seattle a frenar a la Organización Mundial del Comercio, y
a Washington, DC, a protestar contra el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional (FMI), habían sido catalogados en la prensa como “disfrazados de
árboles”, con atuendos de borregos, tocadores de tambor y con mentes de
burbuja. Nuestra misión, de acuerdo con los organizadores de la conferencia de
la Fundación por la Etica y el Significado, era darle
una forma más estructurada a ese caos callejero, y que fuera atractivo para los
medios masivos. Este no era simplemente otro taller. Ibamos
a dar nacimiento a “un movimiento unificado por el cambio social, económico y
político integral”.
Mientras
paseaba por las salas de conferencias y absorbía las visiones de Arianna Huffington, Michael Lerner, David Korten y Cornel West, me di cuenta de lo
inútil de todo este ejercicio tan bien intencionado. Aunque llegáramos a un
plan de 10 puntos -brillante en su claridad, elegante en su coherencia,
unificado en su imagen-, ¿exactamente a quién íbamos a darle estos
mandamientos? El movimiento contra las trasnacionales que llamó la atención del
mundo en las calles de Seattle el pasado noviembre no
está unificado por un partido político o por una red nacional con una oficina
central, elecciones anuales y células subordinadas y locales. Las ideas de
organizadores e intelectuales individuales le dan forma, pero ninguno de ellos
es el líder. En este contexto amorfo, las ideas y planes que se estaban
gestando en la Iglesia Riverside no eran precisamente
irrelevantes, sino que, simplemente no eran importantes en la manera en que claramente
se esperaba que fueran. En vez de cambiar el mundo, estaban destinados a ser
lanzados en la ola de información -diarios en Internet, declaraciones de ONG,
documentos académicos, videos caseros- que la red global contra las
trasnacionales produce y consume todos los días.
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* *
Este es el otro lado de la
moneda de la crítica persistente que dice que los chavos
en la calle carecen de un liderazgo claro: tampoco tienen seguidores. Para
aquellos que buscan réplicas de los sesenta, esta ausencia hace que el
movimiento contra las trasnacionales parezca desesperadamente pasivo: esta
gente, evidentemente, está tan des-organizada que ni siquiera puede responder a
los perfectamente organizados esfuerzos para organizarlos. Estos son activistas
que crecieron con MTV; casi puedes oír a los de la vieja guardia decir:
dispersos, no lineales y desenfocados.
Es fácil
convencerse de estas críticas. Si hay algo en lo que la izquierda y la derecha
están de acuerdo es en el valor de una argumentación ideológica clara y bien
estructurada. Pero quizá no sea tan sencillo. Quizá las protestas en Seattle y Washington parecen no tener foco porque no fueron
manifestaciones de un solo movimiento, sino de una convergencia de muchos
pequeños, cada uno con la mirada puesta en una trasnacional específica (como Nike), una industria en particular (como la agroindustria)
o una iniciativa comercial nueva (como el área de libre comercio de las
Américas). Estos pequeños movimientos, con una meta específica, son claramente
parte de una misma causa: comparten la creencia de que los problemas aislados
contra los que están luchando provienen de la falta de regulación de la
globalización, de una agenda que está concentrando el poder y la riqueza en
cada vez menos manos. Claro, hay desacuerdos sobre el papel que debe jugar el
Estado-nación, sobre si el capitalismo se puede redimir, sobre la velocidad en
la que los cambios deben de tener lugar. Pero dentro de la mayoría de estos
movimientos miniatura hay un consenso emergente en torno a que construir un
poder de toma de decisiones a nivel comunitario -ya sea a través de sindicatos,
colonias, pueblos, colectivos anarquistas o autogobiernos autóctonos- es
esencial para contrarrestar la fuerza de las multinacionales.
A pesar de tener
tal terreno en común, estas campañas no han formado un movimiento único. En
lugar de eso, están vinculadas de manera estrecha e intrincada una con la otra,
a la manera en que los links conectan sus páginas electrónicas en
Internet. Esta analogía es más que una coincidencia, y resulta clave para
entender la naturaleza cambiante de la organización política. A pesar de que
muchos han notado que las recientes protestas masivas habrían sido imposibles
sin Internet, lo que no se ha tomado en cuenta es cómo la tecnología de la
comunicación le ha dado al movimiento una imagen a su semejanza. Gracias a
Internet, las movilizaciones se han podido llevar a cabo con escasa burocracia
y un mínimo de jerarquía; los consensos forzados ya están dejando de existir, y
han sido reemplazados por una cultura de constante, y a veces hasta compulsivo,
intercambio de información.
Lo que emergió
de las calles de Seattle y Washington fue un modelo
de activismo que refleja los pasillos interconectados y descentralizados de
Internet; Internet cobra vida.
*
* *
El centro de investigaciones TeleGeography, que se encuentra en Washington, se ha
propuesto hacer un mapa de la arquitectura de Internet como si fuera un sistema
solar. Recientemente, TeleGeography anunció que
Internet no es una gran telaraña, sino una red con “focos y rayos”.1
Los focos son los centros de actividad, los rayos son los vínculos a otros
centros, los cuales son autónomos pero están interconectados.
Parece una
descripción perfecta de las protestas en Seattle y Washington.
Estas convergencias masivas fueron centros de activismo, constituidos de
cientos, posiblemente miles, de rayos autónomos. Durante las manifestaciones,
los rayos tomaron la forma de “grupos afines” de entre 15 y 20 manifestantes,
cada uno de los cuales elegía un vocero para que los representara en las
reuniones periódicas del “consejo de voceros”. A pesar de que los grupos afines
estaban de acuerdo con seguir una serie de principios de no violencia, también
funcionaban como unidades discretas, con el poder de tomar sus propias
decisiones estratégicas. En algunas marchas, los activistas traían telarañas de
trapo para simbolizar el movimiento. A la hora de una reunión, ponían la
telaraña en el piso, y llamaban a “todos los rayos de la telaraña”, y la
estructura se convertía en una sala de juntas callejera.
Durante los
cuatro años anteriores a las protestas de Seattle y
Washington, eventos “foco” similares habían convergido alrededor de las
reuniones cumbre de la Organización Mundial del Comercio, el Grupo de los Siete
y el mecanismo de cooperación económica Asia-Pacífico, en Auckland, Vancouver,
Manila, Birmingham, Londres, Génova, Kuala Lumpur y
Colonia. Cada una de estas protestas masivas estaba organizada de acuerdo con
principios de coordinación descentralizada. En vez de presentar un frente
cohesionado, pequeñas unidades de activistas rodeaban su blanco desde todas las
direcciones. Y en vez de construir elaboradas burocracias nacionales e
internacionales, se crearon estructuras temporales: se convertían edificios
vacíos en “centros de convergencia”, y productores de medios independientes
construían centros de noticias del activismo. Las coaliciones detrás de estas
manifestaciones frecuentemente retomaban la fecha del evento planeado en el
nombre: J18, N30, A16, y ahora, para la reunión del FMI el 26 de septiembre en
Praga, S26. Cuando estos eventos finalizan, prácticamente no dejan rastro
alguno, salvo por la página electrónica archivada.
Claro que todo
este pregonar sobre descentralismo radical esconde
una muy real jerarquía basada en quién es el dueño, quién entiende y controla
las redes de cómputo que vinculan a los activistas entre sí; esto es lo que Jesse Hirsh, uno de los
fundadores de la red de comunicaciones anarquista Tao, llamó una “geek adhocracy” (el reino de los superespecialistas de la red. N. de la R.).
El modelo de
los focos y rayos implica más que sólo una táctica usada en las protestas; las
manifestaciones en sí están constituidas por “coaliciones de coaliciones”, como
dijo Kevin Danaher, de Global Exchange. Cada campaña
contra las trasnacionales está formada por muchos grupos, sobre todo ONG,
sindicatos, estudiantes y anarquistas. Ellos usan Internet, además de
herramientas organizativas más tradicionales, para hacer de todo, desde
catalogar las últimas transgresiones del Banco Mundial, a bombardear Shell Oil con faxes y correos
electrónicos, hasta distribuir folletos contra la maquila (que se pueden bajar
de Internet) para las protestas en Nike Town. Los grupos se mantienen autónomos, pero su
coordinación internacional es hábil y las consecuencias frecuentemente son
devastadoras para sus blancos.
La acusación
de que el movimiento contra las trasnacionales carece de “visión” se desvanece
si se mira desde el contexto de estas campañas. Es cierto que las protestas
masivas en Seattle y Washington eran una mezcla de
lemas y causas, y que para un observador casual es difícil decodificar la
conexión que existe entre el encarcelamiento de Mumia
y el destino de las tortugas marinas. Pero al tratar de encontrar coherencia en
estas grandes demostraciones de fuerza, los críticos están confundiendo la
manifestación externa del movimiento con el movimiento en sí; se pierden del
bosque por mirar a las personas disfrazadas de árboles. Este movimiento es sus
rayos. Y en los rayos no hay falta de visión.
El movimiento
de los estudiantes contra la maquila, por ejemplo, rápidamente se ha desplazado
de la simple crítica a las compañías y los administradores de los planteles
universitarios a proponer códigos alternativos de conducta y a construir su
propio cuerpo casi-regulatorio, el Consorcio de los
Derechos de los Trabajadores. El movimiento contra los productos genéticamente
modificados ha brincado de una victoria política a otra: primero logró que se retiraran
muchos de los productos GM de las estanterías británicas, después consiguió que
se legislara en Europa sobre el etiquetado, y más tarde hizo enormes avances en
materia del Protocolo de Bioseguridad de Montreal.
Mientras tanto, los opositores a los modelos de desarrollo basados en la
exportación promovidos por el Banco Mundial y el FMI han producido gran
cantidad de información sobre modelos de desarrollo comunitarios, condonación
de la deuda y principios para el autogobierno. Los críticos de la industria
petrolera y minera también tienen muchísimas ideas sobre energía sustentable y
extracción de recursos responsable, aunque rara vez tienen la oportunidad de
poner en práctica sus visiones.
*
* *
El hecho de que estas campañas
estén tan descentralizadas no proviene de la incoherencia y la fragmentación.
Más bien, es una adaptación razonable y hasta ingeniosa a la fragmentación
anterior dentro de las redes progresistas y a los cambios en la cultura en
general. Es una consecuencia secundaria de la explosión de ONG, las cuales,
desde la Cumbre de Río en 1992, han ganado poder y presencia. Hay tantas ONG
involucradas en campañas contra las trasnacionales, que sólo el modelo de los
focos y rayos podría dar cabida a todos los diferentes estilos, tácticas y metas. Así como Internet, también las ONG y las
redes de grupos afines son sistemas que se pueden expandir al infinito. Si
alguien siente que no cabe en una de las alrededor de 30 mil ONG o de los miles
de grupos afines, puede iniciar su propia organización y vincularse a las
demás. Una vez que esté involucrado, no tiene que sacrificar su individualidad
por una estructura mayor; como todas las cosas que están en línea, somos
libres de entrar y salir, tomar lo que queremos y borrar lo que no. Es la
actitud de un navegador hacia el activismo y refleja la cultura
paradójica de Internet de extremo narcicismo unida a
un intenso deseo de conectarse con el exterior.
Una de las
grandes fortalezas de este modelo de organización laissez-faire es que ha
demostrado que es extraordinariamente difícil de controlar, en gran medida
porque es tan distinto de los principios organizativos de las instituciones y
trasnacionales que son su blanco. Responde a la concentración trasnacional con
un laberinto fragmentado, a la globalización con su propio estilo de lo local,
a la consolidación del poder con una dispersión radical del poder.
Joshua Karliner, del
Centro de Recursos y Acción Trasnacional, llama a este sistema una “respuesta
brillante no intencionada a la globalización”. Y debido a que no fue
intencionado, aún carecemos hasta del vocabulario para describirlo, que puede
ser la razón por la cual una industria de metáforas divertidas ha surgido para
llenar el vacío. Yo estoy contribuyendo con los focos y rayos, pero Maude Barlow, del Consejo de
Canadienses, dice: “Nos enfrentamos a una gran roca. No podemos quitarla, así
que tratamos de ir por debajo de ella, alrededor de ella y sobre ella”. El
inglés John Jordan, uno de los fundadores de
Reclamemos las Calles, dice que las trasnacionales son “como buques gigantes, y
nosotros somos como un banco de peces. Podemos responder con agilidad, ellos
no”. La estadunidense Coalición Libertad a Burma habla de una red de “arañas” que tejen una telaraña
lo suficientemente fuerte como para atar a las más poderosas trasnacionales. Un
informe del ejército estadunidense sobre la
sublevación zapatista en Chiapas también le entró al juego. De acuerdo con un
estudio del RAND,2 los zapatistas estaban peleando una
“guerra de pulgas” que, gracias a Internet y a la red global de ONG, se
convirtió en una “guerra de enjambre”. El reto militar de un guerra de
enjambre, apuntaron los investigadores, es que “no tiene un liderazgo central o
una estructura de comando; tiene múltiples cabezas, y es imposible de
decapitar”.
*
* *
Claro que este sistema de
múltiples cabezas también tiene sus debilidades, las cuales salieron a la luz
en las calles de Washington durante las protestas contra el Banco Mundial y el
FMI. A mediodía del 16 de abril, el día de la protesta mayor, se acordó una
reunión del consejo de voceros de los grupos afines que estaban bloqueando
todos los cruces de calles que rodeaban las oficinas principales del Banco
Mundial y el FMI. Los cruces habían sido bloqueados desde las 6 de la mañana, pero
los manifestantes se acababan de enterar de que los delegados de las
instituciones internacionales habían pasado las barricadas de la policía a las
5 de la mañana. Dada esta nueva información, la mayoría de los voceros sentía
que era hora de retirarse de los cruces y unirse a la marcha oficial hacia Ellipse. El problema era que no todos estaban de acuerdo:
un puñado de grupos afines quería ver si podían bloquear a los delegados a la
hora en que salieran de las reuniones.
El acuerdo al
que el consejo llegó fue revelador: “Bien, escuchen todos -gritó Kevin Danaher por el altavoz-. Cada cruce tiene autonomía. Si
quieren continuar bloqueando el cruce, está bien. Si quieren venir a Ellipse, eso también está bien. Ustedes decidan”.
Esto era
impecablemente justo y democrático, pero había sólo un problema: no tenía
sentido. Sellar los puntos de acceso había sido una acción coordinada. Si
algunos cruces se abrían y otros permanecían ocupados, los delegados que
salieran de la reunión simplemente podrían dar vuelta a la derecha en vez de a
la izquierda, y estarían en casa. Lo cual, obviamente, fue lo que pasó.
Observé a
grupos de manifestantes levantarse mientras otros permanecían sentados,
vigilando atentamente. Me pareció una buena metáfora de esta emergente red de
activismo. No hay duda de que la cultura de la comunicación que reina en
Internet es mejor en velocidad y volumen que en síntesis. Es capaz de reunir a
decenas de miles de personas en la misma esquina, con pancartas en mano, pero
es mucho menos hábil para ayudar a que estas mismas personas se pongan de
acuerdo en lo que de verdad están buscando antes de llegar a las barricadas o
cuando se retiran.
Por esta
razón, se siente una extraña ansiedad después de cada manifestación: ¿Eso fue
todo? ¿Cuándo es la próxima? ¿Será así de buena, de grande? Para mantener el
estado de ánimo, está surgiendo una cultura de protestas seriadas. Mi buzón del
correo electrónico está repleto de invitaciones a lo que prometen que será “el
próximo Seattle”. Hubo Windsor
y Detroit el 4 de junio para “clausurar” la Organización de Estados Americanos,
y Calgary una semana después para el Congreso Mundial del Petróleo; la
convención republicana en Filadelfia en julio, y la convención demócrata en Los
Angeles en agosto; la cumbre del Foro Económico
Mundial Asia-Pacífico el 11 de septiembre en Melbourne; seguido de cerca por la
manifestación contra el FMI el 26 de septiembre en Praga; y después a la ciudad
de Quebec para la Cumbre de las Américas en abril de
2001. Alguien puso un mensaje en la lista de correos para la organización de
las manifestaciones en Washington: “Donde sea que vayan, ¡ahí estaremos!
Después de esto, ¡nos vemos en Praga!” Pero, ¿es esto lo que queremos? ¿Un
movimiento de acechadores de reuniones, que persiguen burócratas del comercio
como si fueran los Grateful Dead?3
*
* *
La perspectiva es peligrosa por
varias razones. Hay demasiadas expectativas puestas en estas manifestaciones:
los organizadores de la manifestación de Washington, por ejemplo, anunciaron
que literalmente iban a “cerrar” dos instituciones trasnacionales de 30 mil
millones de dólares, al mismo tiempo que trataban de transmitir al público
ideas complejas sobre las falacias de la economía neoliberal. Simplemente no
pudieron; ninguna manifestación sola pudo hacerlo, y se va a volver cada vez
más difícil. Las estrategias de acción directa de Seattle
funcionaron porque tomaron a la policía por sorpresa. Esto no volverá a
suceder. La policía ahora está inscrita en todas las listas de correo
electrónico. Las autoridades de Los Angeles han
pedido 4 millones de dólares para nuevo equipo de seguridad y costos de
personal para proteger a la ciudad del enjambre activista.
En el esfuerzo
por construir una estructura política estable para que el movimiento avance entre
protesta y protesta, Danaher ha comenzado a reunir
fondos para un “centro de convergencia permanente” en Washington. El Foro
Internacional sobre Globalización (FIG), mientras tanto, se ha estado reuniendo
desde marzo con la esperanza de producir un documento de 200 páginas sobre
políticas para final de año. Según el director del FIG, Jerry
Mander, no será un manifiesto, sino una serie de
principios y prioridades, un esfuerzo por “definir una nueva arquitectura” para
la economía global.
Así como los organizadores
de la conferencia en la Iglesia Riverside, estas
iniciativas enfrentarán una batalla cuesta arriba. La mayoría de los activistas
están de acuerdo en que ya llegó la hora de sentarse a discutir una agenda
positiva, pero, ¿en qué mesa y quién es el que toma las decisiones?
Estas
interrogantes surgieron a finales de mayo cuando el presidente checo Vaclav Havel ofreció mediar en
las pláticas entre el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn,
y los manifestantes que planean interrumpir la reunión del banco del 26 al 28
de septiembre en Praga. No hubo consenso entre los organizadores de la protesta
sobre participar en las negociaciones en el Castillo de Praga y, es más, no
había siquiera un proceso para tomar la decisión: ningún mecanismo para seleccionar
miembros aceptables de una delegación de activistas (algunos sugirieron votar
por Internet) y ningún conjunto de metas acordadas con las cuales medir los
beneficios y perjuicios de una posible reunión. Si Havel
se hubiera puesto en contacto con los grupo vinculados
a la reestructuración de la deuda y del sistema, como Jubileo 2000 o 50 Años
son Suficientes, la propuesta hubiera sido manejada de manera directa. Pero
como se acercó al movimiento entero como si fuera una sola unidad, mandó a los
que organizan las manifestaciones a semanas de batallas internas que aún no se
resuelven.
Parte del
problema es estructural. Entre la mayoría de los anarquistas, que están
haciendo mucho del trabajo de base (y que estaban en línea mucho antes que
muchos de la izquierda institucional), la democracia directa, la transparencia
y la toma de decisiones a nivel comunitario no son elevadas
metas políticas sino los principios fundamentales que gobiernan sus
organizaciones. Sin embargo, muchas de las ONG clave, aunque compartan las
ideas de los anarquistas sobre democracia en teoría, están organizadas con
jerarquías tradicionales. Son manejadas por líderes carismáticos y mesas
ejecutivas, mientras sus miembros les envían dinero y les echan porras desde un
lado.
*
* *
¿Cómo encontrar coherencia en
un movimiento lleno de anarquistas cuya principal fortaleza estratégica hasta
ahora ha sido su similitud con un enjambre de mosquitos? Quizá, así como con
Internet, no se logra imponiendo una estructura preestablecida, sino navegando
con maestría por las estructuras que ya existen. Quizá lo que se necesita
no es un solo partido político, sino mejores vínculos entre los grupos afines;
quizá, en vez de ir hacia una centralización mayor, lo que se necesita es
incrementar la descentralización radical.
Cuando los
críticos dicen que los manifestantes carecen de visión, lo que realmente están
diciendo es que carecen de una ideología revolucionaria -como el marxismo, la
democracia social, el anarquismo social o la ecología profunda- con la cual
todos estén de acuerdo. Esto es absolutamente cierto, y deberíamos estar
profundamente agradecidos. Hoy en día, los activistas callejeros contra las
trasnacionales son acechados por posibles líderes, ansiosos de poder
enlistarlos como soldados rasos para su causa personal. En un extremo está
Michael Lerner y su conferencia en la Iglesia Riverside, esperando dar la bienvenida a toda esa energía
de Seattle y Washington dentro del marco conceptual
de su “política del significado”. En el otro extremo está John Zerzan en Eugene, Oregon, quien no está interesado en el llamado de Lerner a la “sanación” sino ve en
la destrucción de la propiedad un primer paso hacia el colapso de la
industrialización y una vuelta al “anarquismo primitivo”, una utopía de la
sociedad preagraria. En medio hay docenas de otros
visionarios, desde los discípulos de Murray Bookchin y su teoría de la ecología social, a ciertos
marxistas sectarios que están convencidos de que la revolución comienza mañana,
a devotos de Kalle Lasn, editor
de Adbusters, y su filtrada versión de la revolución
a través de una “fusión cultural”. Y también está el pragmatismo poco
imaginativo de algunos líderes sindicales, quienes, antes de Seattle, estaban listos para pegar cláusulas sociales a los
acuerdos comerciales y con eso quedarse contentos.
Este joven
movimiento tiene a su favor que por ahora ha parado todas estas agendas y ha
rechazado las generosas donaciones de manifiestos, manteniendo un proceso
razonablemente democrático y representativo para llevar la resistencia a la
próxima fase. Quizá su verdadero reto no es encontrar una visión sino resistir
la tentación de quedarse con una apresuradamente. Si tiene éxito en ahuyentar a
los “visionarios” que esperan, a corto plazo habrá algunos problemas de
relaciones públicas. Las protestas en serie van a agotar a algunas personas.
Los cruces de las calles van a declarar autonomía. Y, sí, los jóvenes
activistas se ofrecerán como borregos -vestidos muchas veces en atuendos de
borregos- a la página de opinión y editorial de The New York Times para ser
ridiculizados.
Pero, ¿y qué?
Este enjambre de movimiento descentralizado y con múltiples cabezas ha tenido
éxito en educar y radicalizar a una generación de activistas en el mundo. Antes
de que firme el plan de 10 puntos de quien sea, se merece la oportunidad de ver
si de su caótica red de focos y rayos surge algo nuevo, algo que sea totalmente
suyo.*
Notas de la redacción
1
Se refiere a las rayos de las bicicletas.
2 Centro de
inteligencia estratégica.
3 Grateful Dead quiere decir
“muertos agradecidos” y es un grupo de rock.
* Noami Klein
es la autora de No Logo: Taking
Aim at the
Brand Bullies. El
estudio fue apoyado por el Fondo para Investigaciones de The Nation Institute. Ojarasca, La
Jornada, México, 6 de Agosto de 2000. Traducción: Tania Molina Ramírez. Este artículo apareció en el
número del 10 al 17 de julio de 2000 de The Nation.
Cuestiones de América Nº 8,
Abril de 2002
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