La Nueva Latinoamérica

Jesús Hernández Garibay *

 

A pesar de las dificultades, de derrochar lo que se ha alcanzado con muchos esfuerzos nacionales, el crecimiento en la región no deja de ser importante en los últimos años y fenomenal a lo largo de un siglo; grandes bríos dan lugar a ciudades cosmopolitas, importante infraestructura en transporte y telecomunicaciones, estructurados sistemas educativos, una producción científica ordenada, riqueza de la academia tanto como —y a veces primordialmente— una importante labor intelectual hecha fuera de aquélla, creaciones artísticas que reconocen la cultura universal y realzan la suya propia con base en una historia común. Y en el centro el latinoamericano de carne y hueso, eje primordial de una vida actual donde su afirmación trasciende al mercado.

Desde mediados del siglo se gesta la moderna América Latina, con importantes transformaciones y cambios económicos; nuevas actividades producen grandes movimientos poblacionales, migraciones del campo a la ciudad que junto con las que arriban de otros países hacen crecer las ciudades y dan lugar a nuevas fuerzas sociales, en particular una vigorosa clase trabajadora urbana que transpira mayor educación e intensas motivaciones. Luego de un pujante regionalismo que registra identidad e historia en la madurez de la novelística hispanoamericana o el muralismo mexicano, innovadoras creaciones populares sacuden previas atonías predominantes en la música, las artes visuales o en especial la época de oro del cine. Con el tiempo, el capitalismo modifica sus formas organizativas y procesos productivos, buscando dejar atrás aun de manera desigual, el papel exportador de materias primas, para insertarse en la cambiante y maquiladora división internacional del trabajo.

Hacia el último tercio del siglo novedosas tecnologías, la incorporación mayor de la mujer a la vida laboral, el papel más incisivo de los medios informativos y en general una mayor conciencia de los problemas, coadyuvan al desarrollo de versátiles patrones sociales y culturales. Los cambios en la organización del trabajo, distribución y consumo, por una tecnología más eficiente y rápida son fundamentales y base en las relaciones laborales que promueven perfiles de trabajo que exigen una más específica capacitación, así como un trabajador más vinculado a los servicios y menos a la producción que fragmenta su trabajo al laborar jornadas más pequeñas con un sólo patrón [1].

Los cambios impactan a la economía, el comercio y las diversas esferas humanas; es el caso de la cultura [2], que se forja indeleble y al paso de los años vive nuevas realidades [3]. El boom de la literatura latinoamericana muestra no sólo el valor y la cuantía de recursos de un idioma castellano sembrado al inicio de ignominia pero luego asumido con creatividad, sino además esa rápida transformación de una región predominantemente rural en vigorosa sociedad urbana, que incorpora a vastos sectores de la que luego se reconocerá sociedad civil, en acopio a formas organizativas que respondan a nuevos grupos sociales. Desde finales de los ochenta los cambios políticos, el desgaste del militarismo, la recomposición de la izquierda, la incidencia de sectores conservadores, pero sobre todo una mayor educación y más amplia participación, “en un vasto panorama en el que la pobreza, el hambre y el desempleo obligan a tener que interesarse cada vez más por lo que pasa y lo que debiera suceder, preparan importantes reformas en las representaciones culturales...” (Hernández Garibay 2001) [4].

Con su importancia de primer orden y lúcidos antecedentes, el renovado periodismo adquiere un papel preponderante en la medida de su tarea informativa y formadora. A sus filas se incorporan nuevas generaciones con una visión más clara y su papel es valorado por desarrollar una labor más crítica, consecuencia de la presión que sobre ellos ejerce la sociedad. A estos medios   —que difunden conocimiento y participan en su elaboración— se adicionan otros que agilizan la comunicación y enriquecen el pensamiento. Internet, correo electrónico, transferencia remota de datos, aun sin estar mejor preparados para su uso son realidades inevitables y novedosas que impactan los tradicionales moldes antropológicos, al proponer una cultura “real” y una “virtual” o paralela que se desenvuelve intangible pero actúa gradualmente en todos los terrenos de la vida.

El desarrollo industrial y la urbanización diversifican las culturas o subculturas urbanas y rurales; y promueven nuevos comportamientos individuales y sociales hasta en el ancestral catolicismo, pues a pesar de continuar la reproducción de sus tradiciones surgen nuevas en un cristianismo liberador que en fórmulas populares secularizan ascetismos que legitiman proyectos integradores y de ascenso social (Parker 1996, p. 231), en multiplicidad de contradicciones que llevan sencillamente a cuestionarse: “¿Cómo seguir hablando de un continente católico cuando hay 32 países con una población total de 208 millones de habitantes (47,5% de la población total) para los cuales el porcentaje de católicos oscila entre 88% y 1,8%, siendo el promedio aproximado de católicos del orden del 47%?” (ibidem, p. 243) [5].

El contexto descubre una cultura que se concibe como ciudadana en la incorporación de nuevos actores a los escenarios públicos: jóvenes en quienes despierta el interés por su medio, mujeres que aciertan una mayor participación, minorías sociales tan heterogéneas como los indígenas, homosexuales, discapacitados, sexo-servidoras, etc., que emprenden acciones en torno a sus condiciones particulares, pero también de otros problemas nacionales. El discernimiento de esa gente respecto de su entorno es creciente y se manifiesta de distintos modos, desde la mayor atención a los sucesos cotidianos hasta una crítica más incisiva al empobrecimiento, desde la mayor condescendencia con la cultura mundial hasta la más sistemática búsqueda de interrelación y conocimiento por vía de los nuevos medios, que coadyuvan también a globalizar su conciencia.

La participación ciudadana es mayor, tanto porque existe una población más escolarizada y educada cuyo conocimiento de su entorno iguala con la mayor conciencia de sus privaciones, como porque la propia miseria que impide contar con mejores condiciones de vida, le impele a protestar y buscar sus correspondientes formas de expresión, obligando a las instituciones a ser más abiertas y permitir una más amplia presencia de hombres y mujeres comunes y corrientes en esferas donde decenios atrás sólo intervenían las élites educadas. El crecimiento de organizaciones civiles, no gubernamentales o ciudadanas en favor de la vida, del medio ambiente, de los derechos humanos, de sectores sin protección, es más decidida y mayor que en otras épocas.

Ya desde hace cincuenta años, una poeta nicaragüense advierte a la nueva mujer latinoamericana: “Perdón, madre, por las impertinencias de gallinas viejas y copetudas que sólo saben cacarearte bellezas de hijas dóciles y anodinas. Perdón, por no habernos quedado donde nos obligaban la tradición y el buen gusto. Por atrevernos a ser nosotras mismas al precio de destrozar todos tus sueños...[6]; en condiciones y tiempos distintos, ese mismo espíritu es rescatado en México por una madre de familia, que en la huelga de la UNAM ante el hijo encarcelado en lugar de llorar, grita: “Y qué...? Ante esto debo atemorizarme? Paralizarme? Incarme ante el enemigo? ¡Nunca! En esta selva de asfalto me he convertido en una fiera herida, a quien le han lastimado a su cachorro...” [7]

Y es que sin dejar de ser esencial en lo biológico, en el siglo XX el papel de la mujer se diversifica de manera notable. Las mayores oportunidades de estudio, su ocupación en labores otrora exclusivas del hombre, la profesionalización de su trabajo y el ascenso de la conciencia, dan cauce a sus inquietudes. La doble jornada registrada desde los setenta: la de casa y la del trabajo laboral, da reconocimiento a una triple: la casa, el trabajo laboral y la participación activa en favor de sus derechos y los de otros, lo que trastoca las relaciones de género y familiares. Desde los ochenta hay incluso una “práctica de la doble militancia” en activistas que independientemente de su concurso en organizaciones partidistas o populares, también participan en grupos feministas y de mujeres en busca de cambios específicos para su género (Alvarez 1998, p. 97) [8].

No todos esos cambios e innovaciones permiten, sin embargo, una conspicua conciencia social y política. Junto a la percepción objetiva de las circunstancias (que motiva la mayor denuncia de la corrupción pública y privada), subsiste la ingenua y cómoda creencia en los gobernantes en turno o sus voceros oficiales y oficiosos; o cuando crece la desconfianza en ellos tampoco se cuenta con una firme alternativa a la oficial, mucho menos al sistema. Mientras la pobreza se generaliza y se expresa todavía la demagogia o ingenuidad de los gobernantes en su fácil solución, a pocos se les ocurre incorporar a los ciudadanos en la salida a sus problemas, pensándose que es el régimen en turno el único con legitimidad para abocarse a ella. Así, ni gobernantes ni gobernados encuentran los caminos más convincentes para el futuro, lo que deriva en nubarrones de inestabilidad social y política [9].

 

* Hernández Garibay, Jesús, Del siglo americano al siglo de la gente – Latinoamérica en el vórtice de la historia, introducción al capítulo 3, “Una era de cambios”; en prensa, México 2002 ©.

 

Referencias:

Alvarez, Sonia E. (1998), “Los feminismos latinoamericanos se globalizan en los noventa: retos para un nuevo milenio”; en Tarres, Maria Luisa, coordinadora (1998), Género y cultura en América Latina, El Colegio de México.

Hernández Garibay, Jesús (2001), “Enorme riqueza de la cultura nacional”, en Autores varios, El México de Hoy, Editorial Miguel Angel Porrúa, México 2002, en prensa.

Parker, Cristina (1996), Otra lógica en América Latina. Regionalización popular y modernización capitalista, Fondo de Cultura Económica, 1ª reimpresión, México.

Véjar Pérez-Rubio, Carlos (2000), “Las danzas del huracán. El Gran Caribe: aproximaciones a su identidad, cultura e integración”, en Autores varios, Integración de América Latina y el Caribe, AUNA México, 2000.

 

Cuestiones de América Nº 8, Abril de 2002

 

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[1] El mercado de trabajo de los años más recientes es fragmentado y diversificado, menos ligado a un salario fijo y más a los ingresos de distintas fuentes sobre todo en los servicios, que promueven vínculos heterogéneos y formas nuevas de consumo. El grave impacto del empobrecimiento en la familia y la promoción de la economía informal afecta a la cambiante cultura, por la manera de obtención de los ingresos y los parámetros del consumo. Al tianguismo y ambulantaje se incorporan también profesionales universitarios que no encuentran ocupación plena y cuya mejor opción llega a ser el comercio de todo tipo al menudeo, traduciendo su sobrevivencia en otrora impensables formas sociales.

[2] Defino la cultura acercándome a Canclini, como ese complejo proceso “que sugiere el estado actual y alcance en el tiempo de nuestra civilización, ahí donde se construye de manera permanente la unidad de una nación en su diversidad material, ideática, espiritual, mediática, incluso lúdica, donde familias y comunidades comparten su presente a la vez que elaboran su futuro y se relacionan con su entorno, donde reordenan sus espacios y construyen sus relaciones reemplazando con sapiencia avenida su previa irracionalidad…” (Hernández Garibay 2001).

[3] Las formas cúrsiles de la cultura en décadas pasadas, “con familias de ralea mirando de arriba-abajo al vulgo a su servicio, candorosos jóvenes clasemedieros más preocupados por su vestir que por su quehacer, célibes en busca del mejor partido que las encadene al compromiso maternal, hombres de la casa para quienes hablar de política es más un lujo intelectual que un compromiso social, diputados con tres casas chicas, profesionistas apetitosos del éxito en la vida...” (ibidem), dan lugar en la segunda mitad del siglo a pujantes sociedades con una identidad más clara, nuevas ideas, mejores comportamientos y gran potencial universal.

[4] Una región multidiversa con enorme pluralidad étnica, rica variedad de regiones y distintos grados de desarrollo en las mismas, subculturas consecuencia de formas híbridas con raíces indígenas e influencias española, portuguesa y en general europea, africana, hindú, china, americana y de una multiplicidad de lugares más, con ancestrales tradiciones y distintas arraigadas costumbres sea en el norte, el centro o el sur, en las fronteras, las ciudades o las aldeas, en las costas, la montaña, ahí donde la migración interna e internacional promueve de manera permanente el variado mestizaje biológico y cultural, donde la transformación del paisaje rural en urbano suscita una mayor mezcla por la interrelación de los distintos grupos sociales, donde la variedad musical, alimenticia o idiomática determina las más variadas formas en la relación social de los latinoamericanos, a fines del siglo se advierte una Latinoamérica gradualmente distinta a la de anteriores décadas cuya participación en el proceso de la mundialización se traduce en percepción hinchada de lo social por parte de su gente (ver ibidem). Ver también de manera particular para el caso la portentosa riqueza cultural del Caribe, el ensayo de Vejar 2000.

[5] El indeleble catolicismo se altera, pues en casi todos lados el proceso modernizador seculariza la vida (ibid., p. 129) por la revolución en la ciencia y el pensamiento, que transforma el mundo de manera tan decisiva como antes lo hizo la revolución industrial, con una metamorfosis que impacta el edificio cultural. La vida cotidiana deja de ser chata, plana, desencantada, mientras “se rompe la rutina... de una sociedad cuyos sueños utópicos están dormidos y cuyo sueño enajenante se presenta como nueva utopía... Ahora estamos frente a un sistema de necesidades según el cual el hombre debe cambiar de mundo, es decir, participar como espectador en una empresa de transformación simbólica en la cual sus secretos anhelos se transmutan en necesidades...” (idem, p. 138).

[6] Daisy Zamora, “Mensaje urgente a mi madre”, poema de 1950.

[7] Mensaje pintado en uno de los muros del Tutelar para Menores; en ¡No Están Solos!, Boletín Informativo Semanal de la Asociación General de Padres de Familia de la UNAM, Nº 40, 9 de febrero de 2000, p. 8.

[8] Ahí donde tres décadas antes había una chicha avenencia basada en el incuestionado predominio de la figura masculina, hoy existe una actitud crítica de las ocurrencias en la vivienda propia y un extenso crecimiento de las organizaciones en la defensa y promoción de madres e hijos, hasta el reemplazo en ocasiones del papel económico que venía cumpliendo el hombre como sustento del hogar. En medio de esto avanza un “movimiento latinoamericano de mujeres” como parte importante del tan celebrado fenómeno de finales del siglo XX llamado la “sociedad civil global” (Alvarez 1998, pp. 93 a 98).

[9] La creencia de que por la simple vía del libre mercado será posible no sólo resarcir los niveles de bienestar sino a la vez salir en definitiva del subdesarrollo y superar la dependencia ancestral, peca de ingenua o demagógica, pues serían necesarias de cumplir muchas más condiciones que las que se han dado, para pensar en avanzar hacia allá con firmeza. Muchos se dejan llevar por esa ilusión reiterada por los medios, de que caminando por donde vamos podremos alcanzar algún día el bienestar. Así, luego de varios años de reconvención y crítica abierta a las políticas neoliberales, todavía se acepta por intelectuales y políticos, la posibilidad de alcanzar un capitalismo bueno que supere al salvaje desatado en la etapa de la globalización.