Tercer aniversario de la Revolución
Bolivariana
La Ofensiva contra Chávez
Juan Agulló *
Tres años después de la apabullante elección de
Hugo Chávez como presidente de Venezuela1, el país está que arde. El
Ejecutivo y el empresariado son los principales actores de un conflicto que el
pasado 10 de diciembre vivió su momento más crítico, coincidiendo con la
celebración de un cierre patronal que, en líneas generales, tuvo un seguimiento
bastante alto. La excusa: la reciente aprobación por decreto de 49 leyes que,
desde la óptica de la oposición, atentan contra el libre mercado. Lo que
subyace: la impotencia de la vieja burocracia y de parte de las clases medias
para articular un proyecto nacional serio, coherente y, sobre todo, alternativo
al bolivariano. La falta de un liderazgo que contraponer al carisma de Chávez,
por demás, no hace sino incrementar la desesperación de los nostálgicos del
antiguo régimen
A lo largo de las últimas semanas, en la
prensa nacional e internacional las comparaciones entre la Venezuela de Chávez
y el Chile de Allende (1970-1973) se han multiplicado. Hace 30 años, en efecto,
la estrategia de acoso y derribo contra el ex presidente chileno también pasó
por una actitud algo más que agresiva por parte del empresariado. Cuando el
control del aparato del Estado (y, por ende, el de la toma de decisiones) está
en juego, las clases dominantes saben muy bien lo que quieren. Prueba extrema
de ello es la sangrienta intervención militar (liderada por Pinochet) que puso
fin a la experiencia de la Unidad Popular en Chile. En el caso actual de
Venezuela, sin embargo, los amigos de las comparaciones superficiales suelen
olvidar que el propio Chávez es militar de carrera y, por demás, de alto rango.
A decir de
no pocos observadores locales, en efecto, parece bastante improbable que los
colegas del actual presidente traten de promover -al menos a corto plazo- la
restauración de un orden liberal-representativo que, si terminó saltando por
los aires hace tres años, fue precisamente debido al grado de incompetencia
política, de corrupción moral y de polarización socioeconómica que propició o,
al menos, toleró. Chávez, de hecho, constituye un producto típico de la
desesperación popular, pero también de la apuesta decidida por un ejercicio
redefinido de la democracia como forma de gobierno. Sus niveles de popularidad,
no por casualidad -pese a la ofensiva mediática generalizada a la que ha venido
siendo sometido desde el comienzo de su mandato- siguen estando entre los más
elevados del mundo2 (rondarían el 50%, según la agencia de sondeos
Consultores 21).
Arde la calle
Desde la reseñada perspectiva,
los enfrentamientos callejeros que se han sucedido a lo largo de las últimas
semanas -sobre todo en Caracas- no han de ser vistos como la consecuencia de
una manipulación ejercida desde arriba, sino del notable apoyo popular con el
que el presidente venezolano sigue contando en su país. También, obviamente,
como el efecto más inmediato de una polarización sociopolítica que, lejos de
disminuir, tiende a incrementarse de forma cada vez más aguda. Esto es algo que
se encuentra tremendamente ligado a un pesado legado:
Venezuela es un país en el que la pobreza -pese a la renta petrolera- ronda la
en absoluto desdeñable cifra de 64%3 (porcentaje del cual, por
cierto, los bolivarianos extraen la mayor parte de sus apoyos).
En un
contexto como el que se viene describiendo, la prensa dista mucho de ser ajena
a una crispación del clima sociopolítico que resulta innegable en las últimas
fechas. Desde la llegada de Chávez al poder, de hecho, no ha habido un solo día
en el que -tanto dentro como fuera del país- no haya sido atacado eso que -por
paradójico que pueda parecer- fue calificado por el ex presidente estadunidense James Carter
(1976-1980) de auténtica revolución democrática. Al respecto, mucho se ha
hablado de la excesiva locuacidad ?por no decir virulencia verbal? con la que Chávez suele dirigirse a sus enemigos políticos
pero, al mismo tiempo, no es poco lo que se ha callado en torno de las sutiles
maneras con las que suele conducirse esa prensa que, en la Venezuela actual,
constituye un fiel reflejo de intereses, valores e incluso estereotipos
furibundamente opositores.
Incluso
periódicos extranjeros de reputado prestigio se han visto arrastrados por la
avalancha. Los elogios son cada vez más escasos, y mientras tanto las críticas
se recrudecen. Es lo que hace ya un par de años se encargó de recordarle al
director de The New York Times Michael Nylin
(presidente de la sección venezolana de la General Motors):
"[...]También me gustaría hablar en torno al tono
general de su editorial el cual, como estadunidense
que vive fuera de su país, encuentro que, desafortunadamente, es minimizante y, francamente, poco americano. Desde mi
posición pienso que el señor Chávez tiene delante de sí una tarea de
proporciones monumentales, la cual no será capaz de cumplir aun si la Asamblea
Nacional Constituyente lo nombrara monarca durante el resto de su vida. Si la
única cosa que el señor Chávez tuviera en su agenda fuera la de construir un
nuevo país, esta sería tarea suficiente para dos vidas consecutivas, pero el
señor Chávez tiene una tarea más ardua que esta. Debe poner orden en las
instituciones, procesos y libertades para cambiar la actitud de la gente"
[...].
En todo
caso, puntualizaciones aparte y si de violencia se trata, no todo puede colgarse
en el debe de terceros. De hecho -también según las encuestas-, si hay un rubro
en el que los venezolanos reprueban la gestión de Chávez es en el combate a la
inseguridad ciudadana (93%, siempre según Consultores 21). A tres años de su
llegada al poder, no en vano, el índice de delitos continúa siendo
especialmente elevado, y eso es algo que le resta apoyos al gobierno entre el
sector social que se ve más afectado por la misma: las clases medias. Como sea,
lo que tampoco se puede olvidar es que se trata -una vez más- de una herencia
envenenada producto del progresivo pero imparable proceso de empobrecimiento
que -desde hace una veintena de años- viene padeciendo una sociedad venezolana
que -durante las décadas de los sesenta y de los setenta- llegó a disfrutar de
unos niveles de bienestar y de desarrollo dignos de otras latitudes.
Las pretensiones
gubernamentales
A fecha de hoy -tal y como se
encargaba de recordar Nylin en su misiva- el trabajo
que hay por delante resulta muy grande.Chávez -cuya
personalidad no se encuentra ni mucho menos exenta de inclinaciones populistas-
podía haber optado por una política trufada de golpes de efecto destinada a
mantener intactas sus altas cuotas de popularidad (que en algún momento
llegaron a frisar el 80%). Su apuesta, por el contrario, se orientó -desde el
principio- a una transformación estructural y, sobre todo, interdisciplinaria,
del país. El largo plazo, como consecuencia de ello, se ha convertido en una
necesidad perentoria si lo que realmente se quiere es ver resultados.
Los pilares
sobre los que se asienta la Revolución Bolivariana son fundamentalmente tres.
Por una parte un ordenamiento institucional sin par en el mundo -eso que en
Venezuela se conoce con el nombre genérico de V República-, cuyo hecho diferencial
radica en la existencia de un poder llamado ciudadano4, y de otro
electoral que, constitucionalmente, se equiparan a los tradicionales Ejecutivo,
Legislativo y Judicial. Por otro lado la promoción de una política petrolera
orientada a mantener los precios del crudo por encima de los 22 dólares por
barril: algo que, aunque parezca increíble, resultaba inédito desde principios
de los ochenta. Por último, la articulación de una estabilidad macroeconómica
que, en menos de dos años, ha logrado algo que los gobiernos anteriores no
habían conseguido en 30: controlar la inflación5 y, de paso, recibir
la consiguiente felicitación por parte del Fondo Monetario Internacional.
Como sea,
más allá de las intenciones iniciales están los hechos: tras la abrumadora
aprobación de la nueva Constitución -en 1999, con 71.21% de los votos-, Chávez
le pidió al nuevo Congreso (unicameral) poderes especiales -la famosa Ley Habilitante-, con vistas a tomar toda una serie de medidas
-consideradas urgentes- por decreto. Los anunciados abusos gubernamentales,
pese a ser esperados con fruición por prensa y oposición, han resultado
prácticamente inexistentes. De hecho, más allá de una serie de casos de
corrupción más o menos aislados6, el presidente venezolano se ha
dedicado a legislar sobre cuestiones (como el salario mínimo, los sueldos de
los empleados públicos, el débito bancario, la creación de microcréditos
o la reforma agraria) que, hasta ahora, dormían el sueño de los justos. Por si
todo esto fuera poco, el esfuerzo realizado por el gobierno en los ámbitos
educativo (cuyo presupuesto se ha equiparado a lo exigido por la UNESCO),
sanitario, fiscal e infraestructural (ya sea en forma de viviendas, ya de
construcción de carreteras, de represas o de plantas de producción de gas) ha
resultado enorme.
Hasta ahora
nadie se había atrevido a discutirle abiertamente a Chávez el esfuerzo
modernizador en el que se encuentra embarcado su gobierno. Sin embargo, el
vencimiento de plazo de la Ley Habilitante ha marcado
un antes y un después: el hecho de que el gobierno aprobara nada menos que 49
decretos de un plumazo no ha tardado en ser presentado -una vez más dentro y
fuera del país- como una prueba irrefutable del autoritarismo bananero de
Chávez que, por demás, en esta ocasión estaría atentando contra la sacrosanta
propiedad privada y estaría en vías de hacerlo --a corto plazo- contra la
mismísima libertad de expresión. Los denunciantes, sin embargo, por lo general
apenas han solido tomarse la molestia de concretar la
fuente real de tanto temor e indignación.
La rémora corporativa
Un simple vistazo a los
decretos aprobados, de hecho, no hace sino multiplicar las interrogantes, pero
no en dirección del gobierno sino en la de una oposición a cuya cabeza se han
colocado medios de comunicación y empresarios. A priori, de hecho, parece
bastante sensata la pretensión de reducir la talla de las administraciones
públicas; de ejercer controles más estrictos por cuanto al cobro de las
pensiones se refiere; de fiscalizar el uso de las subvenciones públicas por
parte de las empresas privadas; de pretender que la banca -y no el Estado- sea
la que asuma su propia deuda acumulada; de racionalizar y de convertir en
progresiva la política fiscal; de crear un Fondo Unico
Social orientado -entre otras cosas- a mejorar la nutrición infantil, así como
a promover la creación de cooperativas y microempresas; a facilitar el acceso
al crédito en condiciones justas; a reformar los decretos preexistentes sobre
concesión de obras públicas; a reivindicar el carácter nacional de las reservas
gasísticas; a que sea el Ejecutivo quien fije las
tarifas eléctricas, o a que las escasas comunidades indígenas existentes en el
país recuperen el control sobre sus propias tierras, aguas y subsuelos.
En realidad,
como se podrá constatar, se trata de facultades que los gobiernos eurooccidentales y norteamericanos se vienen arrogando
desde hace mucho tiempo sin que ello haya dado pie al escándalo, y mucho menos
a acusaciones tan graves como las que se le vienen haciendo al Ejecutivo
venezolano actual, desde su toma de posesión en general y desde hace unas
semanas en particular. De hecho, que Chávez se codee o se haya codeado con
personajes -en principio- tan poco recomendables como Fidel Castro, Saddam Hussein, Muamar Kadafi o Kim Jong Il
no quiere decir que no respete esos mismos procedimientos democráticos que, en
su día, lo llevaron hasta el Palacio de Miraflores7. En este sentido
nos parece oportuno recordar que en un país como Estados Unidos resulta tan
habitual que se gobierne por decreto como que sus ciudadanos se vean impelidos
a escuchar un mensaje semanal del presidente de turno.
Sea como
fuere, lo que ocurre en Venezuela es que la red de intereses corporativos
tejidos al calor del antiguo régimen y de una renta petrolera administrada de
forma irresponsable y cleptocrática condujeron al
país a algo más que a una indignante polarización de la riqueza o a una
preocupante desestabilización macroeconómica: en realidad sentaron las bases de
una polarización sociopolítica, que no sólo enfrenta a ricos contra pobres,
sino a aquellos que -en mayor o menor medida- le sacaron y le siguen sacando
partida a los residuos del antiguo régimen (empresarios nacionales y
multinacionales, funcionarios públicos y privados, dirigentes sindicales,
etcétera), contra aquellos otros que -como bien intuyó Chávez durante su
primera campaña electoral- no tienen nada que perder.
Como
consecuencia de ello la cuestión que se plantea va más allá de que el Estado
retome un papel rector en la definición del desarrollo: básicamente se trata de
que la administración defienda los intereses nacionales por encima de los
corporativos. Ello, como es obvio, equivale a tratar de transformar el carácter
-hasta ahora- dependiente de Venezuela, insertando de esa manera al país en la
lógica globalizadora en términos infinitamente más favorables a los que, hasta
hace tres años, parecían avizorarse. La experiencia bolivariana constituye, por
consiguiente, una rebelión en toda regla contra un destino impuesto. Tanto
atrevimiento -añadido al peligro de que el ejemplo cunda en el ámbito
geográfico más cercano- explica que la indignación empresarial en relación con
Chávez encuentre partidarios tanto dentro como fuera de Venezuela.
Notas
1 En las
presidenciales de 1998, Chávez obtuvo 56.20% de los votos emitidos. Dicho
porcentaje aumentó hasta 59% en las elecciones de 2000 (ya bajo la nueva
Constitución).
2 Actualmente,
por ejemplo, la de Vicente Fox es de 36%.
3 Datos
oficiales (2000) de la Oficina Central de Censos e Informática de Venezuela.
4 El llamado
poder ciudadano se gestiona a partir de un Consejo Moral Republicano (CMR),
encargado de coordinar las actuaciones de la Procuraduría General de Justicia,
la Defensoría del Pueblo y el Tribunal de Cuentas. Se trata, por ende, de un
poder de control.
5 La inflación
en Venezuela es, actualmente, de 7.5%. En 1998 —año de la llegada de Chávez al
poder— era de 29.9% (fuente: ILDIS).
6 Corrupción
que en ningún caso resulta comparable al equivalente a cinco planes Marshall que se esfumó del país en la treintena de años que
precedieron a la Revolución Bolivariana.
7
Sede de la presidencia de la República Venezolana.
*
Masiosare, 18 de diciembre del 2001.
Cuestiones de América Nº 7, Noviembre de 2001
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