América: ¡Mírate en Este Espejo!

-la crisis argentina-

 

Pedro Reygadas

 

Desde el 18 de diciembre, Argentina vibra al son de las cacerolas insurgentes, las muertes a balazos en las manifestaciones, el hambre y la bancarrota. La Plaza de Mayo y la Casa Rosada miran a su pueblo enardecido sufrir la peor tragedia desde los tiempos de la dictadura. Los manifestantes son agredidos con las tristemente célebres picanas eléctricas utilizadas antaño por los torturadores, algunos de los inconformes son secuestrados por horas o incluso por días. Al iniciar la crisis, el gobierno responde al descontento con el estado de sitio, pero la gente en lugar de amedrentarse, arrecia la protesta.

Una foto de la agencia Reuter recorre el mundo mostrando a un hombre en el suelo desangrándose. En las calles destaca un letrero que dice, “América: ¡Mírate en este espejo!” Mucha razón tienen estas palabras, porque en Argentina las campanas doblan por la estrategia del neoliberalismo en América. Y aunque algunos quieren curarse en salud, bien dice el dicho, “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. La historia de Argentina que ha llevado al país a la quiebra económica, a la crisis política, la sucesión anárquica de varios presidentes en unas cuantas semanas y al borde de la guerra civil, tiene características nacionalísimas, pero no es demasiado diferente a la de toda América Latina. Vale la pena recordar esa historia, comparándola con el aparentemente próspero México y con otros países del subcontinente.

     La historia Argentina es la historia de la deuda externa impagable que hoy lleva a cada argentino a deber desde su nacimiento mil quinientos dólares. ¿Cuántas naciones de América Latina no son todavía hoy abrumadas por la deuda externa? México y Brasil viven literalmente ahogados por el servicio multimilonario de la deuda externa y por las ya también enormes deudas internas. El tema de la deuda, que ocupó el primer plano político y que pareció en algún momento nuclear a los latinoamericanos para exigir la suspensión de pagos, ha salido de la agenda de los partidos. Sin embargo, la deuda sigue lastrando el desarrollo del subcontinente. Se dijo hace años y hoy se confirma: sin la resolución del problema de la deuda, no habrá futuro. La deuda creció de manera irresponsable en los años 70 y 80, sirvió en gran medida para enriquecer a grupos políticos corruptos y en lugar de proyectar a las naciones hacia delante, hipotecó su mañana. La resolución de la problemática de la deuda pasa por un cambio radical respecto a la legalidad, la fiscalización de los préstamos, el combate a la corrupción y la necesidad de una drástica renegociación que reconozca que hemos pagado ya varias veces lo que debemos.

     Los bancos argentinos tienen secuestrados los ahorros de las capas medias mientras el exministro de economía Domingo Cavallo, repudiado por la población en el inicio de la presente crisis es responsable de que hayan salido de las arcas nacionales cantidades estratosféricas que hoy ponen en jaque todas las finanzas argentinas. La retención de los ahorros de la población, acto que fue bautizado como el “corralito” bancario es motivo de una enorme y justa indignación entre los argentinos. El gobierno argentino aprueba y desaprueba medidas desesperadas respecto a la convertibilidad peso-dólar. Observa caer las reservas bancarias sin poder efectuar ninguna medida eficaz contra la instantánea movilidad de los capitales que caracteriza a la globalización y la corrupción.

Lo que está discutiéndose es entre otras cosas la agudización de la dependencia financiera y la perspectiva de la dolarización. Por vía de la paridad cambiaria se quiere reducir drásticamente el ya de por sí magro salario de los trabajadores argentinos. Uno se pregunta si tal situación no podría presentarse en muchos otros países latinoamericanos, dadas las escandalosas fugas de capitales que sufrimos periódicamente y los procesos corruptos como el caso de México. En este país, los bancos han sido comprados y vendidos más de una vez desde la estatización de 1982, beneficiando siempre y a cada paso a los banqueros, a los cuales se les pagó caro y se les vendió barato en la mayor parte de los casos. La devaluación mexicana de diciembre de 1994, producto en parte de la fuga de capitales, entre ellos los de capitalistas que gozaban de información económica privilegiada, proletarizó de un golpe a millones de tarjeta-habientes de capas medias y generó un movimiento de masas (El Barzón) en contra de la usura y el anatocismo (cobro de interés sobre interés) de los bancos.

El famoso FOBAPROA mexicano (rebautizado eufemísticamente IPAB, Instituto de Protección al Ahorro Bancario) es una vergüenza internacional, ya que a pesar de haber permitido la reestructuración de la deuda de algunos deudores menores, está plagado de irregularidades y sirvió en lo fundamental para encubrir corrupciones multimillonarias, protegiendo más a los ricos y poderosos banqueros e industriales que al ahorrador común. Por otra parte, se habla constantemente de la posibilidad futura de integración de las monedas norteñas bajo la égida del dólar como fase superior del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. De manera que la situación argentina, lejos de ser excepcional en este punto crucial, es un botón de muestra de la crítica situación financiera de casi toda América.

     La historia de Argentina es la historia de la privatización, que forma parte del plan neoliberal en el mundo impuesto por la “reaganomics” y el “tatcherismo”. Lo que se discute en este caso es tanto la forma de las privatizaciones como el fondo. La forma, porque en nuestros países dependientes y dirigidos por funcionarios corruptos y partidos de oposición ineptos en la mayor parte de los casos, se privatizaron las industrias y empresas de manera inadecuada, favoreciendo intereses espurios y valuando las empresas muy por debajo de su precio real. El caso más escandaloso es el de la petrolera argentina, vendida diez veces más barato de su costo real. Pero no es un caso único, México ha ido cediendo PEMEX paso a paso, de manera directa y mediante artilugios como el rebautizo de la petroquímica básica como secundaria o los “madruguetes” legales y financieros que hoy ofrecen a Japón áreas fundamentales de la extracción petrolera. En este mismo país, numerosas empresas han sido otorgadas a manos privadas por influencias políticas a costos irrisorios, como sucedió con el monopolio TELMEX en la telecomunicación, otorgada al ahora primer multimillonario mexicano, Carlos Slim.

     La historia de Argentina es la historia de los funcionarios corruptos, de los malos manejos de un Estado mafioso y de un presidente venal como Carlos Menem. A éste y a Cavallo se les acusa de numerosas malversaciones de fondos, ventas corruptas de paraestatales e incluso de tener ligas con el narcotráfico. Pero qué podemos decir de Abdalá Bucaram, el extravagante presidente cantante ecuatoriano autodenominado “el Superhéroe de los pobres”, de Carlos Salinas de Gortari en México (cuyo hermano Raúl está acusado de ser capo del narco y preso en la cárcel de alta seguridad de Almoloya), de Alberto Fujimori y su agente de la CIA Montesinos o de las caricaturas de presidentes que pululan por Centroamérica periódicamente.

Lo que está en juego en todos estos casos es la necesidad de renovación de la política en toda América, tanto la renovación de los partidos burgueses como de los partidos de izquierda (si así puede llamárseles) que ya no tienen ni las fortalezas de las épocas de existencia del campo socialista ni son una nueva opción. La situación de los presidentes argentinos es sin embargo particularmente crítica y ridícula. Se sucedieron en semanas un presidente tras otro, tomando finalmente una pésima opción. El presidente en turno al momento de esta nota es Ernesto Duhalde, el mismo que fue derrotado en las elecciones de 1999. Además, no fue impuesto temporalmente, mientras se convoca a elecciones, sino que fue designado para ocupar el cargo por tres años haciendo caso omiso a la voz popular que grita en las calles.

     La historia de Argentina es la historia de la indignación de los jóvenes. Los “motoqueros” (repartidores en moto) recorren con rabia las avenidas de Buenos Aires. Adolescentes expresan su repudio en las calles. Treinta y dos asesinados, varios de ellos jóvenes, caen bajo las balas que no son sólo de goma, sino también de plomo. El “flamante” presidente Duhalde, insensible a la crisis, trata de dividir la terca insurgencia popular hablando de legítima protesta y protesta ilegal de los “animales” que expresan su furia quebrando vidrios de las sucursales bancarias. La juventud argentina, como gran parte de la juventud americana son, como decía una película colombiana, hombres y mujeres de “no-futuro”. En México, una vez más, los jóvenes, también descontentos, votaron en el año 2000 por el cambio y nadie sabe a dónde se encaminarán ahora al ver que de las promesas de cambio del presidente Fox, no ha quedado nada sino palabras huecas en la historia.

     La historia de Argentina es la historia de la desigualdad y la miseria. 15 millones de argentinos viven debajo de la línea de pobreza. Es ésta la eterna historia del capitalismo y más aún de la globalización. Sólo Cuba en América escapa a ese proceso y, por momentos, otros países de América como la actual Venezuela, los abortados intentos de la Guatemala de Arbenz, el Chile de Salvador Allende, el México de Lázaro Cárdenas o la Granada aplastada por la ocupación estadounidense quieren salir del cerco. Brasil vive con millones de habitantes en condiciones paupérrimas. México, que cambia sus cifras según cada fuente, reconoce invariablemente que más de la mitad de su población está en la miseria.

     Argentina está hoy entre la espada y la pared. Las movilizaciones no cesan. Los desempleados invaden el mercado en busca de alimentos. El poder no tiene respuestas, mantiene el “corralito” financiero y prepara ya la posibilidad del regreso de Frankenstein Menem. El movimiento popular enfrenta la necesidad de generar una nueva instancia política orgánica desde abajo, más allá del peronismo y la izquierda tradicional o sufrir las más probables alternativas de la derecha: la represión generalizada, el regreso de la dictadura, un nuevo gobierno de Menem o todas estas alternativas juntas que bien pueden desembocar en la guerra civil.

     Es cierto que en Argentina se presentan condiciones excepcionales, propias del país y del momento. Sin embargo, también es claro que el país sufre los embates de los problemas estructurales del subdesarrollo y de un modelo neoliberal aplicado uniformemente en toda Latinoamérica: pago de la deuda externa a toda costa, privatizaciones y adelgazamiento del Estado, apertura comercial indiscriminada, abandono de la política social y aderezo de corrupción, ineficacia e incapacidad para construir una nueva alternativa y clase políticas. Por ello es tan relevante la sentencia que citamos al comienzo de estas notas: “América: ¡Mírate en este espejo!”

 

     

Cuestiones de América Nº 7, Noviembre de 2001

 

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