El
Proceso Venezolano
Jorge Arreaza
Montserrat *
Venezuela es un país pleno de riquezas
espirituales, humanas y naturales. Sin embargo, desde su independencia, la
dirigencia política la ha llevado por el derrotero de las desigualdades y la
miseria. Después de un siglo XIX plagado de guerras civiles, cuando
sencillamente no existió el Estado, el
siglo XX ofreció una relativa paz social, pero bajo una pésima noción de
gerencia, distribución de los recursos y respeto a los derechos humanos.
Después de tiranías caudillistas, amagos de apertura y dictaduras, 1958 surge
como el año en el que la sociedad venezolana apostó por un sistema de
libertades que dieron por llamar democracia. En este proceso se afianzó en el
poder un férreo bipartidismo, apoyado en pactos institucionales y en la
exclusión de los grupos progresistas. Este sistema trajo como consecuencia una
repartición arbitraria del poder público en Venezuela amparándose en una
relación estrecha con los factores del poder económico privado y el poder
político y financiero internacional. Así las cosas, a pesar de algunos intentos
por avanzar en un régimen plural, los
intereses partidistas, empresariales e individuales, fueron dejando el interés
nacional de soslayo, y los inconmensurables ingresos financieros que recibió el
país durante las décadas de los 70 y 80 por concepto petrolero, fueron
despilfarrados, malversados o sencillamente robados. No conforme con ello, se
acumularon una deuda externa —bochornosa para un país como el nuestro— y una
deuda social aún más injusta y difícil de saldar, que se traducen en una
sociedad en la que más del 80% de sus ciudadanos sufre exclusión social.
Algunos esfuerzos durante la década pasada para aplicar recetarios del FMI
profundizaron la crisis y trajeron como consecuencia una reacción al sistema
establecido, encabezada por el actual Presidente de la República.
El 27 de febrero de 1989
fue la primera gran campanada del final de una etapa política: el pueblo
protestó espontáneamente con violencia y reclamó justicia y equidad. Las dos
intentonas de golpe de Estado de 1992 confirmaron el descontento nacional en
todos los ámbitos. Las victorias electorales de partidos no tradicionales a
escala regional ya asomaban una nueva realidad. En 1993 el mismo sistema trato
de escapar de su destino poniéndole fin anticipado al período presidencial. En
1994 bajo un disfraz anti partidista, llega al poder uno de los padres del
sistema anterior, dándole así la estocada final a su propio proceso. Para 1998
la situación era clara, el pueblo venezolano clamaba por un cambio político
absoluto, de lo contrario la explosión social hubiese sido incontrolable. De
esta manera, surge la figura de Hugo Chávez apoyado por una serie de partidos
de izquierda, dispuestos a constituir un muro de contención política y social
contra el avance desmedido del neoliberalismo, ofreciendo un gobierno con
énfasis social que trataría de activar el desarrollo de adentro hacia fuera.
El nuevo gobierno comienza
a ejecutar una serie de medidas en materia económica y social, acompañadas de
una política exterior autónoma, con la firme disposición de cambiar la
institucionalidad del Estado venezolano, oxigenando así el sistema político,
rompiendo en gran medida con los esquemas del pasado. La convocatoria a una
Asamblea Nacional Constituyente de carácter originario, en la que los
representantes del nuevo proceso obtuvieron una abrumadora mayoría, le brindó
la oportunidad a sus líderes de dirigir el timón en la dirección que deseasen.
Aunque muchas voces auguraban una nueva Constitución revolucionaria al estilo
cubano, el resultado fue un texto progresista, pleno de libertades, derechos
fundamentales y garantías democráticas, en el marco del capitalismo y la
democracia liberal. El pueblo apoyó en referendo y por amplio margen la nueva
Carta Magna, donde quedaron sentadas las bases de lo que el oficialismo
denomina “la revolución”. Para 1999, los augurios en materia económica de los
opositores a las transformaciones eran desesperanzadores, sin embargo, a pesar
de la convulsión política ocasionada por la pugna entre un sistema constituido
y uno por constituirse, la inflación se ha desacelerado drásticamente, las
reservas internacionales se han mantenido estables, los precios del petróleo y
la OPEP han sido fortalecidos, la economía ha comenzado a crecer, la moneda
nacional no ha cedido demasiado terreno ante el dólar y el PNUD asegura que el
crecimiento de la pobreza se ha detenido en Venezuela.
En materia social, el
presupuesto nacional ha reflejado un incremento sustancial para la educación,
la salud y los servicios públicos. Un plan que ha integrado a la Fuerza Armada
en la reconstrucción de la infraestructura física del país ha dado resultados
importantes. Una serie de leyes orgánicas que desarrollan los nuevos principios
constitucionales, trata de establecer un marco jurídico más equitativo, donde
los sectores menos favorecidos de la población verán cómo sus oportunidades de
subsistencia y ascenso social aumentan.
Cabe destacar que todos los pasos dados por el gobierno han sido dentro del
marco de ambas Constituciones y las leyes.
La política exterior, por
su parte, se ha diversificado. Venezuela ha dejado de ser un ente meramente
periférico al servicio de los intereses de EEUU, para entablar relaciones con
otros Estados alrededor del globo, defendiendo la conformación de un sistema
internacional multipolar. En este contexto, el actual es un gobierno con una
clara vocación integracionista en lo que respecta a América Latina, teniendo no
sólo como objetivo, sino como mandato constitucional, la concreción de una
Comunidad de Naciones Latinoamericana y Caribeña. Esta integración regional conformaría un bloque homogéneo que ayude a
que nuestra región se inserte con fuerza dentro del proceso globalizante,
obteniendo de él las mayores ventajas y neutralizando sus efectos asimétricos.
No se ha tratado de afianzar diferencias
con los Estados Unidos, ni con ningún otro actor global, se trata más bien de
buscar una dinámica exterior propia, dejando atrás las imposiciones y el
pensamiento único.
No obstante, el pueblo de
Venezuela se ha hecho demasiadas expectativas. En la práctica, el venezolano no
ha sentido una mejoría notable de su nivel de vida, para muchos, por lo contrario, su situación ha desmejorado.
Ningún cambio de la superestructura puede traducirse de inmediato en realidad
social, sin embargo, los nuevos dirigentes deben hacer esfuerzos por eliminar
trabas burocráticas, por aumentar la eficiencia de sus gestiones y por evitar
la repetición de conductas políticas que deben quedar en el pasado. Debe
garantizarse el involucramiento activo y la compenetración de la población con
el proceso de transformaciones, así como el respeto a las opiniones disidentes.
Recordemos que las revoluciones las llevan a cabo los pueblos, no la dirigencia
de turno. Los avances deben demostrarse con logros, con hechos, con acciones,
con gente, con sonrisas.
Existe una fuerte corriente
opositora integrada por quienes han visto desaparecer los privilegios que
obtenían de sus relaciones con los gobiernos anteriores, o por quienes,
sencillamente, guardan discrepancias de fondo y forma con las políticas y el estilo
del gobierno. Sin duda el estilo presidencial es enfático, pleno de
confrontación y retos. Muchos critican el exceso de militares entre quienes
ejercen el poder público. Sin embargo, los civiles debemos reconocer nuestra
ineficacia para formar líderes que cumplieran con el rol que por naturaleza les
correspondía y que, por nuestras omisiones, cumplen hoy muchos miembros de la
Fuerza Armada Nacional. Por momentos se han abierto espacios para el diálogo,
pero se han ido cerrando, bien sea por reticencias del gobierno, o por
negativas de los dispersos opositores con poder económico. Es menester que el
diálogo se desarrolle, no para claudicar ante los intereses de quienes
arruinaron un país, sino para garantizar la gobernabilidad y la estabilidad
política, dándole cabida a actores diferentes al gobierno, así como
oportunidades para la aparición de
nuevos actores. Es necesario conservar un norte claro: el sistema político
venezolano debe mantener al ser humano y a la sociedad por encima de los
intereses particulares o mercantilistas, para lo cual las posiciones y
decisiones deben ser firmes, aunque no ciegas, sordas o inflexibles. Siempre es
posible transitar la vía del diálogo sin doblegarse, más aún en un proceso que
nació y se desarrolla en un ambiente de libertades que aspira convertirse en
democracia, donde la voz de las minorías siempre sea válida y donde la mayoría
toma las decisiones finales, escuchando a todos los sectores involucrados.
El reciente proceso
político venezolano es una clara reacción a una serie de tendencias económicas
y prácticas políticas nocivas por definición. Sin lugar a dudas, parte de la
izquierda venezolana está inmersa en los cambios, pero muchos otros sectores y
muchas voces independientes también son protagonistas. Venezuela no puede darse
el lujo de dar un paso atrás. Esta debe ser una transición democrática, con
preeminencia social, que nos lleve hacia una sociedad más justa, más
equitativa, siempre dentro del marco de la libertad y el respeto al derecho
nacional e internacional. Dentro de la globalización y el capitalismo,
Venezuela está buscando su propia estrategia, su propio camino. Ante un mundo
como el que vivimos, no es fácil hallar una salida a la crisis social, nuestro
deber entonces es cumplir con la máxima del maestro Simón Rodríguez: "o
inventamos, o erramos".
* Profesor de la Escuela de Estudios
Internacionales de la Universidad Central de Venezuela. Cuestiones de América agradece esta
amable colaboración.
Cuestiones de América Nº 7, Noviembre de 2001
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