¡Qué Rico es Hablar de la Pobreza!

 

Armando García *

 

Pobreza, igual que con la libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre. A los desposeídos, les sucede como a los cuadros primitivistas de casitas de manaca y vara en tierra, de animalitos angelicales en patio, límpido cielo azul y paisaje idílico, que todos los coleccionistas de arte quieren tener colgados en las fastuosas paredes de sus mansiones o enviarlos, como hermosas postales folklóricas, pero nadie desearía vivir en ese ambiente de carestía en donde todo es ansiedad y desnudez y cuyo principal plato es, ni más ni menos, que el sucio de las uñas.

Cada líder encaramado en el gobierno engarzará su verborrea con su mejor oratoria sobre el tema de la pobreza. Simple venta de imagen pero nada en concreto en programas de verdad factibles para acabar de cuajo este mal. Se podría hacer una antología del despilfarro con los banquetes gastados en sitios de lujo y paradisíacas estancias en donde, a cada rato y en cada gobierno, cumpliendo los acuerdos de las cumbres de la materia, se discute acaloradamente sobre esta peste, cuidando, eso sí, la climatización artificial alejada de lo campirano y el arte culinario a la altura de la delicadeza gustativa de las personalidades de tierra adentro y los dignatarios y celebridades de los organismos internacionales que engalanan, con su lustre, el evento.

¡Cachimbón hablar de los pobres oyendo como se eleva el seco estallido de petardo del noble y espumoso champagne que se escancea en las elevadas copas de Bohemia! ¡Qué lindo es ser recibido con alfombra roja a la puerta del avión y con todo el ceremonial que se desprende de la ``preocupada'' diplomacia para ir a abordar sesudamente este tema que nos ``aflige'' a todos y, muy especialmente, la sensibilidad, sin par, del Señor Presidente Constitucional de la República!

Y en el mismo saco está la propaganda oficial que, desde hermosos y bien trucados videos, anuncia a bombo y platillo que se está de verdad combatiendo la pobreza. Que se están realizando ingentes trabajos en materia de salud. Que se están erigiendo cientos de escuelas a lo largo y ancho del país. La estadística casi se ha quedado sin números para decir que ya no hay niños descalzos. Que ningún infante se queda sin su trago de leche en la merienda escolar. Que se han repartido como confites los créditos blandos, las semillas mejoradas y grandes extensiones de tierra han venido a llenar el viejo anhelo de los campesinos que viven en la comodidad urbana de tales casas que serían la envidia de sus colegas suizos.

Si tan solo se invirtiera una micra, una décima parte de lo que se gasta en la mentirosa propaganda oficial, en aliviar estos males, sí que éstos se irían solventando, aunque fuese a paso de tortuga. Poco a poco, los miles de billetes que se pagan en publicidad se transformarían hoy en una escuela; mañana, en un centro de salud; pasado mañana en una dotación de material didáctico y libros para la educación. En otras palabras, entonces, sí empezaríamos a resolver el problema de la pobreza. Aunque si esto se llevase a cabo, tendríamos un menudo problema: se les acabaría el negocio oficial y la alta paja de seguir discutiendo cerebralmente el tema.

No hay cumbre de la tierra que no tenga, como dicen los mercaderes de las Ongs, el componente de la pobreza, sus ejes y espacios. Pero la mala hierba de los pobres sigue multiplicándose. Cada vuelta de la espiral neoliberal les va negando la más ínfima oportunidad humana hasta dejarlos en el grado más bajo de la pobreza; es decir, en la vil miseria.

* La Prensa, Tegucigalpa, 31 de julio del 2000.

 

 

Cuestiones de América Nº 7, Noviembre de 2001

 

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