A Ciegas *
Rossana
Rossanda
No lo esperábamos. No
esperábamos que dos Boeing fueran lanzados contra las Torres Gemelas de Nueva
York, llenas de personas que iban a morir, y guiadas por gente decidida a
morir, metáfora gigantesca de la técnica que se autodestruye, puesta en escena
para herir a Estados Unidos.
No esperábamos, escribió ayer
Bernard Valli, que un Bin Laden enflaquecido y con aires de visionario
divulgara por la cadena de televisión Al Jazeera, apenas lanzada la operación
estadunidense, un video grabado con anticipación para decir que con el atentado
a las torres se había iniciado la guerra santa contra Estados Unidos y
los dirigentes árabes corruptos, agregando cruelmente que ahora Occidente iba a
probar algo de lo que "nosotros probamos" hace años.
No esperábamos que un
fundamentalismo, cosa de países del Tercer Mundo, utilizase inteligentemente
capitales, técnicas de comunicación, redes de inteligencia, servicios, como si
no hubiésemos predicado a diestra y siniestra que la tecnología cambiaba
también las posibilidades, condiciones e incluso a los sujetos de un conflicto.
Y además, no lo esperábamos
-dicen los más- porque no somos monstruos y Bin Laden sí lo es. Sencillísimo,
digámoslo de una vez: es un terrorista y punto, destruyamos al terrorista y
punto. Otros no se esperaban la tan enorme "operación de policía
internacional" -una guerra que pretende no serlo contra una guerra que no
lo es pero pretende serlo- porque, ¿quién puede temer a una banda de los
talibán? Otros incluso no dejan de asombrarse de la insurgencia
fundamentalista, aunque desde hace diez años vienen entonando lamentos fúnebres
por el fin de la razón y entregan la ética a la religión.
Quizá sea el momento de
asombrarse menos y preguntarse más sobre las heridas del mundo. Esto parece
haberlo hecho más Europa que la administración Bush, apremiada entre la
proclamada necesidad de venganza y el razonable temor de no lograr infligir un
castigo decisivo al ex aliado, ahora enemigo; de actuar en un ámbito incierto,
de una situación fluida y transversal, con demasiados puntos de apoyo y
demasiados focos.
Estados Unidos ha buscado el
máximo apoyo internacional -en Europa lo ha conseguido gratis- porque no
excluye del todo que Bin Laden no sea fácilmente atrapable, y aun cuando sí lo
fuera, no está seguro de que el terrorismo terminará con su captura. Segundo,
porque teme que los bombardeos sobre Afganistán sean de escaso valor
estratégico, pero que, castigando a una ya desgraciada población, enciendan una
posterior onda antiestadunidense, poniendo en peligro a los débiles y poco
populares dirigentes de los países árabes que definimos como
"moderados", en principio Pakistán. Tercero, porque comienza a
preguntarse si al millonario saudita Bin Laden no lo impulsa, más que Palestina
y los lugares santos, el derrocamiento de los poderes y de las alianzas
internacionales en Riad, clave para la posesión del petróleo y por lo tanto
punto decisivo en el peso de la economía mundial.
No es la primera vez que
Estados Unidos juega con la carta equivocada, como con Irak contra Irán. Y
tarde se acuerda de su imprudencia en brindar por años su apoyo a la derecha
israelí, ya poco dócil, en lugar de hacer que Israel respetara las decisiones
de Naciones Unidas por el retorno a sus fronteras de 1967: en la interminable
sucesión de negociaciones más o menos densas y de auténticos hechos consumados,
se ha debilitado Arafat y se fortaleció a Hamas. Ahora apagar el incendio es
aún más difícil, ya sea en Israel, entre los palestinos, o en toda la región.
El intento de hacer pasar las
represalias y la puesta en guardia del mundo árabe por un apoyo a una
"liberación" de Afganistán del régimen talibán indica la amplitud de
la preocupación estadunidense. Pero no se ha dicho que la operación tiene sus
riesgos, a pesar de la ayuda de Putin: Afganistán es un país inmenso,
inaccesible, es una trampa; los talibán están adiestrados, y queda poco tiempo
antes de que exploten otros polvorines. Y aun cuando la inmensa superioridad de
las armas consiguiera vencer en Kabul, ¿todo habría acabado? Asusta no sólo que
por Italia hable un Berlusconi, a quien incluso Bush prefiere no tener cerca,
sino también que toda la coalición del Olivo y los Democráticos de Izquierda
hablen como el primer ministro, que todos estén listos para ir a la guerra. El
domingo el pueblo marchará entre Perugia y Asís; pero, con excepción de la
debilitadas fuerzas de Refundación Comunista, del Partido de los Comunistas
Italianos y los Verdes, ¿quien traducirá en política la exigencia de detener
las armas y trabajar con lo que se pueda por condiciones para la paz?
Tomado del diario Il Manifesto
Traducción: Alejandra Dupuy
* La
Jornada, México, 10 de
Octubre de 2001.
Cuestiones de América Nº 6, Noviembre de 2001
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