Anne
Marie Mergier
El libro Bin Laden, la verdad
prohibida empezó a circular en días pasados en París. Sus autores demuestran
la forma como Washington negociaba en secreto con el régimen de los talibanes
hasta pocos días antes del ataque terrorista del 11 de septiembre. Seguía
creyendo en ellos como los más apropiados para imponer el orden en Afganistán,
país clave para los intereses petroleros estadunidenses.
ParÍs.- De 1994 a 1996, Mahmud
Mestiri, exministro de Relaciones Exteriores de Túnez y asesor especial de
Butros Butros Gali, entonces secretario general de la ONU, se empeñó en tratar
de reconciliar a las distintas facciones afganas para formar un gobierno de
unión nacional y ayudar a ese país a salir de 20 años de violencia.Sus
esfuerzos fracasaron porque Washington consideró que los talibanes, fuerza
militar-religiosa creada por Paquistán y Arabia Saudita, eran más apropiados
para imponer el orden en ese país clave para los intereses petroleros de
Estados Unidos (Proceso 1305).
A raíz de los atentados
perpetrados en agosto de 1998 contra las embajadas estadunidenses de
Dar-es-Salaam y Nairobi —atribuidos a Osama Bin Laden—, Wa-shington abandonó la carta de los talibanes
y las trasnacionales petroleras de Estados Ubidos renunciaron a sus proyectos
afganos. Pero ese distanciamiento duró... seis meses.
El 1 de febrero de 1999, el
Departamento de Estado reanudó los contactos con los talibanes y los mantuvo
hasta el 2 de agosto de 2001.
El hecho de que los
republicanos hubieran reemplazado a los demócratas en la Casa Blanca reforzó la
decisión de Washington de negociar con los talibanes. Elegido en gran parte
gracias al apoyo financiero del sector petrolero estadunidense, que según los
demócratas aportó 3 mil millones de dólares al candidato republicano, George W.
Bush consideró esas negociaciones como una prioridad absoluta.
Es lo que demuestra Bin
Laden, la verdad prohibida, libro que apareció el miércoles 14 en París.
Sus autores son Jean Charles Brisard y Guillaume Dasquié. Brisard, de 33 años,
fue responsable del servicio de "inteligencia económica" de la
poderosa trasnacional Vivendi y acaba de realizar para los servicios secretos
franceses una extensa investigación titulada Informe sobre el entorno
económico de Osama Bin Laden, que el presidente Jacques Chirac entregó a
Bush cuando visitó Estados Unidos dos días después de los atentados del 11 de
septiembre.
Dasquié, 35 años, es
periodista, especialista en geopolítica y en "inteligencia
económica", temas que desarrolla en Intelligence Online,
publicación electrónica de la que es jefe de redacción.
En la primera parte del libro,
de 300 páginas, Brisard y Dasquié detallan las negociaciones sumamente
discretas que sostuvieron representantes estadunidenses con los talibanes hasta
la víspera de los atentados del 11 de septiembre, en las que involucraron a los
actuales encargados de la ONU para Afganistán, el argelino Lakhdar Brahimi y el
catalán Fransesc Vendrell.
En el quinto capítulo, titulado
"Negociar a cualquier precio", explican cómo, después de seis meses
sin contactos entre el gobierno de Clinton y los talibanes, Washington reanudó
el diálogo. Lo hizo a pesar de las múltiples denuncias internacionales sobre
las arbitrariedades cometidas por el gobierno talibán contra el pueblo afgano.
"El 1 de febrero de 1999,
el Departamento de Estado intentó crear nuevas condiciones para elaborar un acuerdo
aceptable entre ambas partes. El número dos de la diplomacia estadunidense, el
subsecretario de Estado Strobe Talbott, viajó a Islamabad para encontrarse con
varios representantes del régimen talibán. Discutió con ellos las pruebas de
culpabilidad de Osama Bin Laden y de su organización Al-Qaeda en los atentados
de Nairobi y Dar-es-Salaam. Les entregó también una carta en la que se pedía
oficialmente la extradición de Bin Laden. Talbott se refirió al porvenir de las
relaciones entre los dos países en caso de que se lograra resolver el caso Bin
Laden.
"Pero pronto resultó obvio
que ese tipo de iniciativas iba a tener poco peso ante la determinación de los
sunitas radicales afganos. Además, demasiados países se interesaban en
Afganistán e interferían en las discusiones. Por lo tanto, el Departamento de
Estado optó por un espacio de discusiones muchísimo más discreto: reactivó el
grupo internacional 6+2, ideado en 1997 por Washington y Moscú en el marco de
la ONU. Ese grupo empezó a funcionar durante la primavera de 1999.
"Lakhdar Brahimi es un
diplomático experimentado. Acababa de ser nombrado por el secretario general de
la ONU para organizar y supervisar las mediaciones con el gobierno talibán. En
1999, estaba en todas partes: en los valles de Kandahar en Afganistán, en
Paquistán y, sobre todo, en Riyadh, en Arabia Saudita, donde se entrevistó con
el rey Fahd en febrero de 1999 y probablemente con Turki Al- Faisal, quien
encabezaba los servicios secretos sauditas. Turki Al-Faisal financió y armó a los
servicios secretos paquistaníes del ISI, a las legiones talibanes y, también,
durante la guerra contra la Unión Soviética, a Bin Laden."
Brahimi era bien visto por
Moscú y Washington y se le encargó la misión de fundar y animar el grupo 6+2.
Este grupo —que sigue
existiendo y que actualmente, después de la derrota de los talibanes, está más
activo que nunca— reunía a los seis países que comparten fronteras con Afganistán:
Paquistán, Irán, China, Uzbekistán, Tayikistán
y Turkmenistán, más dos: Estados Unidos y Rusia.
Las primeras discusiones del
grupo 6+2 empezaron el 19 de julio de 1999 y se realizaron en Toshkent
(Uzbekistán). Los talibanes participaron. "En esas fechas, Estados Unidos
volvió a creer en la posibilidad de domar a los talibanes. El 4 de julio de
1999, Clinton recibió oficialmente al primer ministro paquistaní Nawaz Sharif
en Washington mientras que India y Paquistán se enfrentaban violentamente en
Cachemira... Sharif obtuvo un plazo de varias semanas para retirar a sus
militares de los montes de Cachemira, donde entrenaban y dirigían a los
combatientes islamitas formados por los servicios secretos paquistaníes (ISI).
"A cambio, el primer
ministro de Paquistán aceptó pedir al general Khawaja Ziauldine, jefe del ISI,
que viajara a Kandahar para tratar de convencer a los talibanes de que
extraditaran a Osama Bin Laden."
Todo
funcionó. El 5 de noviembre, Ziauldine conversó con el mullah Omar, que se dijo
dispuesto a cooperar. El 7 de octubre pidió al ISI que cerrara todos los campos
de entrenamiento que se encontraban en la frontera entre Afganistán y
Paquistán.
"Pero el 12 de octubre, el
jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas derrocó a Nawaz Sharif y tomó el
poder. ¿Su nombre? El general Pervez Musharraf. (...) Todos los esfuerzos de
intermediación de Sharif fueron aniquilados."
En ese contexto, el 15 de
octubre de 1999, el Consejo de Seguridad de la ONU votó la resolución 1267 que
exigía a Kabul la extradición de Bin Laden y amenazaba con aplicar algunas
sanciones económicas.
"En enero de 2000, después
de las señales de buena voluntad del mullah Omar, los consejeros diplomáticos
de Clinton consideraron que era razonable volver a iniciar el diálogo. El 20 de
enero de 2000, el asistente del secretario de Estado responsable de Asia viajó
a Islamabad. Esa visita de Karl Inderfurth fue de hecho el primer contacto
entre la administración Clinton y el general Musharraf.
"Inderfurth se entrevistó
con dos representantes talibanes: Amir Kahn Mutaqi, ministro de Información, y
Saed Mohamed Mutaqi, embajador talibán en Paquistán. El tema de las pláticas:
la extradición de Bin Laden y la normalización de las relaciones de la
comunidad internacional con el régimen talibán. Inderfurth habló largamente con
Tom Simons, embajador de Estados Unidos en Paquistán, quien no tardó en
convertirse en un elemento clave en las negociaciones secretas con los
talibanes que se llevaron a cabo hasta agosto de 2001."
Dos días antes, Kofi Annan
acababa de nombrar a un nuevo representante especial del secretario general de
la ONU para Afganistán, Fransesc Vendrell, con la misión de centralizar
personalmente todas las discusiones informales con los talibanes para obtener
la extradición de Bin Laden.
Según los autores, las
actividades del grupo 6+2 empezaron a adquirir cada vez más fuerza. Para
estimularlo, Estados Unidos decidió otorgar a Afganistán una ayuda humanitaria
de 114 millones de dólares.
Vendrell viajó sin cesar entre
Kabul y Nueva York. Por primera vez se organizaron reuniones del grupo del 6+2
en Washington. Se echó a andar un plan que preveía la creación de un nuevo
gobierno en Kabul, en el que "convivían" los talibanes y la Alianza
del Norte. Vendrell invitó a los dos bandos a participar directamente en las
discusiones.
"Un informe de Kofi Annan
del 17 de agosto demuestra que desde 2000 los miembros del 6+2 no dejaron de
negociar con los talibanes, estimulados por los integrantes del Consejo de
Seguridad, incluyendo a Francia y a Gran Bretaña."
El Departamento de Estado
decidió acelerar sus negociaciones bilaterales con Kabul. El 26 de septiembre
de 2000, el Middle East Institute, con sede en Washington, organizó la rueda de
prensa de Abdur Rahmin Zahid, ministro talibán de Relaciones Exteriores, quien
"afirmó que las autoridades religiosas afganas habían creado una comisión
de investigación especial para examinar la responsabilidad de Bin Laden en los
atentados de agosto de 1998 y pronunciarse sobre su eventual
extradición...".
A principios de noviembre de
2000, Vendrell anunció que bajo los auspicios del grupo 6+2, los talibanes y la
Alianza del Norte estaban estudiando el proyecto del proceso de paz elaborado
por ese grupo.
Brisard y Dasquié subrayan al
final del capítulo que el conflictivo proceso electoral estadunidense congeló
las negociaciones. Cuando el grupo 6+2 retomó la comunicación con las dos
partes afganas para finalizar el acuerdo, se topó con una tajante negativa de
ambas partes.
En las
últimas semanas de su mandato, Clinton endureció su posición hacia los
talibanes, y el 19 de diciembre de 2000, el Consejo de Seguridad de la ONU votó
a favor de fuertes sanciones económicas contra Afganistán y aprobó la
congelación de parte de los bienes financieros del régimen talibán.
Sin embargo, dicen Brisard y
Dasquié, la llegada de Bush a la Casa Blanca con el apoyo del poderoso lobby
petrolero volvió a calentar la atmósfera...
El reencuentro entre el nuevo
gobierno estadunidense y los talibanes es el tema del sexto capítulo:
"Crónica de una negociación prohibida (5 de febrero de 2001-2 de agosto de
2001)".
Los autores subrayan que en el
gobierno de Bush hay un buen número de funcionarios procedentes de la industria
energética, para los cuales resulta muy importante estabilizar Asia Central
"y ninguno de ellos aceptó renunciar a los proyectos del gasoducto y el
oleoducto que debían atravesar Afganistán".
Mencionan que las compañías
petroleras de Texas encabezaron a los grupos que contribuyeron financieramente a
la campaña de Bush; que el mismo vicepresidente Dick Cheney dirigió durante
mucho tiempo Halliburton, líder mundial de los prestadores de servicios de la
industria petrolera; que Condoleezza Rice, directora del Consejo Nacional de
Seguridad, trabajó nueve años en Chevron, tiempo durante el cual siguió con
particular atención todo lo que tenía que ver con Asia Central...
Por ello, agregan, el equipo de
Bush "se mostró enseguida muy interesado en adoptar una política
energética agresiva. El 29 de enero, sólo cuatro días después de la investidura
de Bush, Cheney organizó una estructura informal, la Energy Policy Task Force,
cuya misión era echar a andar esa política energética".
Dentro de esa política, el
desarrollo de nuevas "asociaciones" en Asia era una prioridad. Pero
no se dieron más detalles sobre ese tema.
Dicen los investigadores
franceses: "Los dirigentes de los grupos petroleros norteamericanos saben
muy bien que el panorama de la región está cambiando: Moscú y Pekín multiplican
los acuerdos para construir oleoductos que podrían monopolizar el transporte de
las reservas de Asia Central. Además, en el verano de 2000 empezó a funcionar
el oleoducto ruso por el que pasa el petróleo del Mar Caspio, mientras que su
competidor, el oleoducto de Estados Unidos que desembocará en Ceyhan (Turquía),
sigue siendo un proyecto. Si la situación sigue así, pronto los campos de
petróleo y de gas de Kazakstán, Turkmenistán y Uzbekistán, que pertenecen a
compañías estadunidenses, serán exclusivamente conectados a oleoductos y
gasoductos controlados por Rusia y China".
Resultaba urgente reanudar el
contacto con los talibanes. "En el Departamento de Estado se confió a
Christina Rocca la organización de estas pláticas bastante arriesgadas con los
talibanes. Se trata de una exfuncionaria de la CIA que estuvo a cargo de esa
región de 1982 a 1997, en calidad de agente de la Dirección de Operaciones.
Coordinó durante varios años las relaciones de la CIA con las guerrillas
islámicas y supervisó parte de la entrega de los misiles Stinger a los
mujahidines afganos durante la guerra contra la Unión Soviética.
"El 17 de mayo, invitada a
expresarse ante los miembros del Senado que debían acatar su nombramiento,
Rocca no escondió las intenciones de la nueva administración de 'restablecer la
paz' en Afganistán. Pero para lograr esa meta, era imperativo volver a crear un
canal de comunicación con Kabul.
"Las relaciones
establecidas por la ONU en el marco de los trabajos 'muy discretos y eficaces'
del grupo 6+2 volvieron a tener un gran interés para la administración Bush.
Oficialmente se pretendió apoyar a ese grupo por razones humanitarias. Con ese
pretexto, el 12 de febrero de 2001 la embajadora estadunidense ante las
Naciones Unidas afirmó que, a solicitud de Fransesc Vendrell, Washington
buscaría sostener un diálogo continuo con los talibanes.
"Lo
logró. Vendrell fue encargado de esa misión y entre el 19 de abril y el 17 de
agosto de 2001 viajó cuatro veces a Kabul y Kandahar para discutir con los talibanes,
según queda estipulado en el informe de Kofi Annan que se mencionó
anteriormente.
"Para garantizar la
discreción absoluta de las reuniones, se decidió realizarlas en Berlín. En
ellas participaron representantes de los países del grupo 6+2. Pero se trataba
de personajes que no ocupaban funciones oficiales en sus respectivos países
para no comprometer a sus gobiernos. Del lado estadunidense, Tom Simons,
exembajador en Paquistán, transmitía los mensajes del Departamento de Estado.
"Según el representante de
los intereses paquistaníes, los tres encuentros que se realizaron en Berlín se
llevaron a cabo bajo la autoridad de Fransesc Vendrell. En todos se buscó
lograr la firma de un armisticio entre los talibanes y la Alianza del Norte, la
creación de un gobierno de unidad nacional y la extradición de Bin Laden.
"En otras palabras, se
pedía a los talibanes renunciar gentilmente a parte de su poder y aprobar las
prioridades de Estados Unidos.
"La tercera reunión,
organizada en Berlín el 17 de julio, en la que debían participar los encargados
de las relaciones exteriores de los talibanes y de la Alianza del Norte,
fracasó (...) El representante talibán nunca llegó a Alemania. Desde la segunda
reunión, bastante agitada, realizada el 15 de mayo en Bruselas, ese político
talibán se rehusaba a participar en una asamblea —aun informal— creada bajo los auspicios del Consejo de
Seguridad de la ONU, que seguía imponiendo duras sanciones a su país.
"Según Naiz Naik,
representante de los intereses paquistaníes en la tercera reunión de Berlín, la
pequeña delegación de Estados Unidos mencionó 'una opción militar' contra los
talibanes si éstos no aceptaban modificar su posición, sobre todo en lo que
tocaba a Osama Bin Laden. Naik es categórico al respecto pero Simons declaró
después que nunca la parte norteamericana habló en forma tan directa. ¿Quién
dice la verdad? Misterio."
Según explican Brisard y
Dasquié, paralelamente a estas reuniones secretas en las que los representantes
informales del gobierno de Bush presionaban a los talibanes para que
entendieran que su sobrevivencia política y física dependía de la entrega de
Bin Laden y de la aceptación de la Alianza del Norte en un gobierno de unidad
nacional, Vendrell empezó a visitar al rey Zahir Shah en Roma, para convencerlo
de que era el único personaje capaz de aglutinar a todas las fuerzas de
Afganistán, incluyendo o no a los talibanes. Por supuesto, los talibanes se
enteraron de estos encuentros.
Por lo tanto, dicen los
investigadores, después del fracasado tercer encuentro de Berlín, los talibanes
recibieron un doble mensaje de Washington. Por un lado se enteraron de que se
estudiaba alguna opción militar en su contra para capturar a Bin Laden; por
otro, que se negociaba con el rey para ayudarle a retomar el poder en
Afganistán.
¿Acaso Washington y los
gobiernos occidentales pensaron que los talibanes eran ciegos y que no se
habían dado cuenta de que algo se estaba preparando?, se preguntan Brisard y
Dasquié. Quizá, sugieren al recordar que Christina Rocca viajó una última vez a
Islamabad el 2 de agosto para volver a exigir al embajador del régimen talibán
en Paquistán la extradición de Bin Laden.
En su edición del martes 13, Le
Monde dedicó dos páginas al libro de Jean-Charles Brisard y Guillaume
Dasquié. Un equipo de investigadores del vespertino francés, que consiguió el
manuscrito antes de su publicación, realizó su propia investigación para
profundizar algunas de sus afirmaciones e hipótesis.
Al final de su amplia reseña,
ese equipo concluyó:
"Un hecho es seguro: Al
Qaeda preparó los atentados del 11 de septiembre mucho antes de la llegada de
Bush a la Casa Blanca. Un guión posible podría ser el siguiente: desde 1999,
los talibanes estaban sometidos a fuertes presiones políticas. Aun si estaban
divididos —lo cual dista
de estar comprobado—, Bin Laden no tuvo problema alguno para convencer al mullah Omar de
que si lo abandonaba, no tardaría en ser a su vez aniquilado.
"Durante el verano de 2001
(a raíz de las declaraciones del representante paquistaní en la reunión
secreta que se realizó en Berlín el 17 julio), los talibanes llegaron a la
conclusión, equivocada o no, de que una intervención militar bastante
importante se preparaba en su contra. En ese caso, tampoco le fue difícil a Bin
Laden convencerlos de que más les valía disparar primero. Cabe preguntarse si
quizá disparó sin avisarles. Sus agentes 'durmientes' en Estados Unidos sólo
esperaban su luz verde.
"Tal es la conclusión
implícita que se saca de Bin Laden, la verdad prohibida y de los
elementos que pudimos recopilar a partir de esa hipótesis. Esto sigue siendo
una especulación que se basa en indicios reales. Presenta la ventaja de dar
coherencia política al engranaje que, el 11 de septiembre, desembocó en lo
inimaginable."
*
Publicado en Revista Proceso, México, Nº 1307, 18 de noviembre de 2001.
Cuestiones de América Nº 6, Noviembre de 2001
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