La Geopolítica de la Guerra *
Michael
T. Klare **
Existen muchas maneras de ver
el conflicto entre Estados Unidos y la red terrorista de Osama Bin Laden: como
un concurso entre el liberalismo occidental y el fanatismo oriental, como
sugieren muchos expertos estadunidenses; como una lucha entre los defensores y
enemigos del auténtico Islam, como opinan muchos en el mundo musulmán, o como
una reacción predecible contra la villanía estadunidense en el extranjero, como
afirman algunos desde la izquierda. Si bien es útil señalar algunas de las
dimensiones del conflicto, estos análisis culturales y políticos ocultan una
realidad fundamental: que esto es una guerra, y como la mayoría de las guerras
que la precedieron, su raíz está en la competencia geopolítica.
Las dimensiones geopolíticas de
la guerra son algo difíciles de discernir debido a que los combates iniciales
tienen lugar en Afganistán, un lugar de poco interés intrínseco, y también lo
son por el hecho de que nuestro principal adversario, Bin Laden, no tiene un
interés de lucro aparente. Pero esto es engañoso porque el verdadero centro del
conflicto es Arabia Saudita, no Afganistán (o Palestina), y debido a que los
objetivos últimos de Bin Laden incluyen la imposición de un nuevo gobierno
saudita que, a cambio, controlaría el más importante premio geopolítico sobre
la faz de la tierra: los vastos yacimientos petroleros sauditas, que
representan la cuarta parte de las reservas de petróleo conocidas del mundo.
Para apreciar en toda su
magnitud el origen del actual conflicto, es necesario viajar hacia atrás en el
tiempo, específicamente, a los últimos años de la Segunda Guerra Mundial,
cuando el gobierno estadunidense comenzó a formular planes para el mundo que
pensaba dominar en la era de la posguerra. A medida de que el conflicto tocaba
a su fin, el Departamento de Estado recibió el encargo del presidente Roosevelt
de implementar políticas e instituciones que garantizaran la seguridad y la
prosperidad de Estados Unidos para las épocas venideras. Esto significó el
diseño y la creación de la Organización de Naciones Unidas, la construcción de
las instituciones financieras de Bretton Woods, y aún más significativo en el
actual contexto, la procuración de un suministro adecuado de petróleo.
Los estrategas estadunidenses
consideraron que el acceso al petróleo era especialmente importante debido a
que esto había sido un factor esencial en la victoria de los Aliados sobre los
poderes del Eje. Aunque fueron los ataques nucleares contra Hiroshima y
Nagasaki los que pusieron fin a la guerra, fue el petróleo lo que impulsó a los
ejércitos que subyugaron a Alemania y Japón. El petróleo fue lo que posibilitó
la movilización de buques, tanques y aeronaves que confirieron a las fuerzas
estadunidenses la ventaja decisiva sobre sus adversarios, quienes carecían,
precisamente, de fuentes confiables del combustible. Por lo tanto, se aceptó
ampliamente como un hecho que el acceso a un abundante suministro de petróleo sería
crítico para el éxito de Estados Unidos en cualquier conflicto futuro.
¿De dónde provendría este
petróleo? Durante la Primera y Segunda Guerras Mundiales, Estados Unidos pudo
obtener suficiente combustible para sí y sus aliados de depósitos en el sureste
de su territorio, de México y de Venezuela. Pero la mayoría de los analistas
estadunidenses concluyeron que estas reservas eran insuficientes para
satisfacer los requerimientos de Estados Unidos y Europa durante la posguerra.
En virtud de ello, el Departamento de Estado efectuó estudios intensivos para
identificar otras fuentes de combustible. Este esfuerzo, encabezado por el
asesor económico del Departamento, Herbert Feis, concluyó que sólo un lugar
podía proveer del petróleo necesario. "En todos los análisis de la
situación", señaló Feis en un informe citado por Daniel Yergin en el libro
El Premio, "el indicador se inclinó, en una asombrada pausa, hacia
una zona: Medio Oriente".
Más específicamente, Feis y sus
colaboradores concluyeron que la reserva petrolera sin explotar más prolífica
del mundo se encontraba en el reino de Arabia Saudita. ¿Pero cómo hacerse de
ella? En un principio el Departamento de Estado propuso la formación de una
compañía estatal petrolera para adquirir concesiones de Arabia Saudita que les
permitieran explotar los yacimientos del reino. Este plan se consideró
demasiado aparatoso, y en vez de eso, los funcionarios de Washington encargaron
a la Compañía Arabe Americana de Petróleo (Aramco, por su acrónimo en inglés)
crear una alianza con las principales corporaciones petroleras estadunidenses.
Pero los funcionarios temían por la estabilidad a largo plazo del reino, por lo
que concluyeron que Washington iba a tener que asumir la responsabilidad por la
defensa de Arabia Saudita.
En lo que fue uno de los más
extraordinarios sucesos en la historia moderna de Estados Unidos, el presidente
Roosevelt se reunió con el rey Abd al Aziz Ibn Saud, el fundador del régimen saudita
moderno, a bordo de un buque de guerra en el canal de Suez, poco después de la
conferencia de Yalta en febrero de 1945. Aunque los detalles de este encuentro
jamás se han hecho públicos, muchos creen que Roosevelt prometió al rey la
protección de Estados Unidos a cambio de un acceso privilegiado al petróleo
saudita: un convenio que continúa funcionando en su totalidad hasta hoy, y que
constituye el núcleo esencial de la relación estadunidense-saudita.
Dicha relación ha otorgado
enormes beneficios a ambas partes. Estados Unidos ha disfrutado de un acceso
preferencial a las reservas petroleras sauditas, al obtener la sexta parte del
total de sus importaciones de crudo del reino. Aramco y sus socios
estadunidenses ha obtenido ganancias inmensas tanto de sus operaciones en
Arabia Saudita como de la distribución del petróleo saudita en el resto del
mundo. (Pese a que los holdings de Aramco fueron nacionalizados por Riad
en 1976, la compañía sigue administrando la producción petrolera saudita y
comercializando sus productos en el extranjero). Arabia Saudita también compra
anualmente entre 6 mil y 10 mil millones de dólares de productos de empresas
estadunidenses. De su parte, la familia real saudita se ha vuelto inmensamente
rica debido a que la protección estadunidense le ha permitido mantenerse a
salvo de agresiones internas y externas.
Pero esta extraordinaria
alianza también ha producido buena cantidad de consecuencias que no fueron
previstas, y sus efectos son los que ahora nos conciernen. Para proteger al
régimen saudita de sus enemigos externos, Estados Unidos ha expandido de manera
sostenida su presencia militar en la región, al desplegar a miles de tropas en
el reino. De manera similar, y para cumplir la tarea de proteger a la familia
real de sus enemigos externos, el personal estadunidense se ha involucrado
profundamente en el aparato de seguridad interno del régimen. Al mismo tiempo,
la vasta y muy conspicua acumulación de riqueza de la familia real ha enajenado
a la mayor parte de la población saudita y traído como consecuencia actos
sistemáticos de corrupción.
En respuesta, el régimen ha
declarado ilegales todas las formas de debate político en el reino (no hay
Parlamento, ni libertad de expresión, no hay partidos políticos, ni derecho de
asamblea), y además ha utilizado a las fuerzas de seguridad entrenadas por
Estados Unidos para aplastar cualquier expresión de disidencia.
Todos estos elementos han
generado una oposición al régimen oculta y actos ocasionales de violencia , y
es de este medio clandestino del que Osama Bin Laden obtuvo su inspiración, lo
mismo que sus principales lugartenientes.
La presencia militar
estadunidense en Arabia Saudita se ha incrementado sostenidamente a través de
los años. Inicialmente, de 1945 a 1972, Washington delegó la responsabilidad
primaria de la defensa del reino a Gran Bretaña, que por mucho tiempo fue el
poder dominante en la región. Cuando Inglaterra retiró a sus fuerzas del
"Este de Suez" en 1971, Estados Unidos adoptó un papel más directo al
desplegar a sus asesores militares en el reino y proveerlo de un vasto arsenal.
Algunas de estas armas y programas de asesoría estaban dirigidos a la defensa
externa, pero el Departamento de Estado también fue un actor central en la
organización, equipamiento, entrenamiento y administración de la Guardia
Nacional Arabe Saudita (SANG, por sus siglas en inglés), el aparato de
seguridad interna del régimen.
El involucramiento militar
estadunidense en el reino alcanzó un nuevo nivel en 1979 cuando ocurrieron tres
cosas: La Unión Soviética invadió Afganistán, el sha de Irán fue derrocado por
fuerzas opositoras y militantes islámicos protagonizaron una breve revuelta en
La Meca. En respuesta a esto, el presidente Jimmy Carter lanzó una nueva
formulación de la política estadunidense: Cualquier tentativa de un poder
hostil encaminada a lograr el control sobre el Golfo Pérsico será considerado
"un ataque sobre los intereses vitales de los Estados Unidos de
América", y será repelido "por todos los medios necesarios, incluida
la acción militar". Esta declaración, conocida ahora como la Doctrina
Carter, ha gobernado la estrategia estadunidense en el golfo desde entonces.
Para implementar esta doctrina,
Carter estableció la Fuerza de Despliegue Rápido (RDF), una colección de
fuerzas de combate con base en Estados Unidos, pero listas para ser desplegadas
en el Golfo Pérsico. (La RDF más tarde se transformó en el Comando Central de
Estados Unidos que ahora conduce todas las operaciones militares en la región).
Carter también desplegó buques de guerra en le Golfo y arregló que las fuerzas
estadunidenses pudieran hacer uso periódicamente de bases militares en Bahrein,
en Diego Garcia (una isla bajo control británico en el océano Indico), así como
en Omán y Arabia Saudita. Todas estas bases fueron empleadas entre 1990 y1991
durante la Guerra del Golfo, y se están usando hoy en día.
Convencido de que la presencia
soviética en Afganistán representaba una amenaza para el dominio estadunidense
en el Golfo, Carter autorizó el inicio de operaciones secretas para socavar al
régimen soviético en ese país. (Es importante hacer notar que el régimen
saudita estuvo tan profundamente involucrado en este esfuerzo, al aportar mucho
del financiamiento destinado a la rebelión anti soviética y al permitir que sus
ciudadanos, incluido Osama Bin Laden, participaran en esa guerra, tanto como
combatientes y recaudadores de fondos). Y para seguir protegiendo a la familia
real saudita, Carter incrementó las acciones de su país en las operaciones de
seguridad interna del reino.
El presidente Reagan
intensificó los abiertos movimientos militares de Carter e incrementó el apoyo
oculto estadunidense a los mujaidines anti soviéticos de Afganistán.
(Eventualmente, armas con costo de unos 3 mil millones de dólares fueron otorgadas
a los mujaidines). Reagan también incluyó un importante codicilo a la Doctrina
Carter: Estados Unidos no dejaría que el régimen saudita fuera derrocado por
disidentes internos, como ocurrió en Irán. "No permitiremos que (Arabia
Saudita) se convierta en un Irán", dijo a periodistas en 1981.
Luego vino la Guerra del Golfo
Pérsico. Cuando las fuerzas iraquíes invadieron Kuwait el 2 de agosto de 1990,
la principal preocupación del presidente Bush padre fue que la amenaza sobre
Arabia Saudita, no Kuwait. Durante una reunión en Campo David el 4 de agosto,
decidió que Estados Unidos tomaría acciones militares inmediatas para defender
al reino saudita de un posible ataque iraquí. Para permitir la exitosa defensa
de la monarquía, Bush envió a su secretario de Defensa, Dick Cheney, a Riad
para convencer a la familia real de permitir el despliegue de fuerzas
estadunidenses terrestres en el territorio saudita y el uso de sus bases
militares para lanzar ataques aéreos sobre Irak.
No es necesario relatar aquí el
desarrollo posterior de la operación Tormenta del Desierto. Lo que es
importante destacar es que la presencia militar de Estados Unidos en Arabia
Saudita nunca fue replegada del todo al finalizar la lucha en Kuwait. Aviones
estadunidenses siguen volando desde bases sauditas en sus patrullajes sobre las
"zonas de exclusión" en el sur de Irak (cuya supuesta intención es
prohibir a los iraquíes usar ese espacio aéreo para atacar a rebeldes chiítas
en el área de Basra o llevar a cabo una nueva invasión a Kuwait). Las naves
también participan en el esfuerzo multinacional para reforzar la continuidad de
las sanciones económicas contra Irak.
El presidente Clinton,
posteriormente, reforzó la posición de Estados Unidos en el golfo al
incrementar las instalaciones estadunidenses, y también optimó la capacidad de
trasladar rápidamente por la región a las fuerzas ahí estacionadas. Clinton
también buscó extender la influencia de su país en el valle del mar Caspio, un
área rica en energéticos al norte del Golfo Pérsico.
Muchas consecuencias surgieron
de todo esto. Las sanciones contra Irak han causado inmenso sufrimiento a la
población iraquí, mientras que los regulares bombardeos sobre instalaciones
militares en Irak provocan una creciente pérdida de vidas civiles. La preocupación
por estos hechos ha empujado a muchos jóvenes musulmanes a unirse a las filas
de Bin Laden. El mismo Bin Laden, sin embargo, está más preocupado por Arabia
Saudita. Desde el fin de la Guerra del Golfo, ha concentrado sus esfuerzos en
alcanzar dos objetivos colosales: la expulsión de los "infieles"
estadunidenses de Arabia Saudita (el corazón de la Tierra Santa musulmana), y
derrocar al actual régimen saudita para sustituirlo por otro más coherente con
sus creencias fundamentalistas islámicas.
Ambos objetivos ponen a Bin
Laden en conflicto directo con Estados Unidos. Es esta realidad, más que
cualquier otra, la que explica los atentados terroristas contra instalaciones y
personal militares estadunidenses en Medio Oriente, así como contra símbolos
clave de su poder en Nueva York y Washington.
La actual guerra no comenzó el
11 de septiembre. Hasta donde podemos decir, comenzó en 1993 con el primer
ataque contra el World Trade Center. A este siguió el de 1995 contra cuarteles
de la SANG en Riad, y con la explosión , en 1996, de las torres de Khobar, en
las afueras de Dahran. A eso siguieron los atentados contra las embajadas
estadunidenses en Kenia y Tanzania, y el más reciente ataque contra el USS
Cole. Todos estos acontecimientos, lo mismo que los atentados contra el
World Trade Center y el Pentágono, son consecuentes con una estrategia a largo
plazo para erosionar la decisión de Washington de mantener su alianza con el
régimen saudita y así, como conclusión final, destruir el pacto de 1945 forjado
por el presidente Roosevelt y el rey Abd Al Aziz Ibn Saud.
Al luchar contra este esfuerzo,
Estados Unidos está adoptando acciones, en primer lugar para proteger a sus
ciudadanos y a su personal militar de la violencia terrorista. Al mismo tiempo,
sin embargo, Washington está apuntalando su posición estratégica en el Golfo
Pérsico. Con Bin Laden fuera del camino, Irán sufriendo de una constante
agitación política y con Saddam Hussein inmovilizado por los incansables
bombardeos aéreos, la posición dominante de Estados Unidos en el golfo estará
garantizada por algún tiempo. (La gran preocupación de Washington es que la
monarquía saudita enfrenta una creciente oposición interna debido a su
asociación con Estados Unidos. Esta es la razón por la que la administración
Bush no se ha atrevido a pedir al régimen monárquico usar bases en territorio
saudita para atacar Afganistán, ni le ha exigido congelar bienes de
organizaciones benéficas vinculadas con Bin Laden).
Para ambos bandos, entonces, el
conflicto tiene importantes dimensiones geopolíticas. Es de esperarse que un
gobierno saudita controlado por Osama Bin Laden destruiría todos los nexos con
las compañías petroleras estadunidenses y adoptaría nuevas políticas en cuanto
a la producción y distribución del petróleo del país, medidas que traerían,
potencialmente, devastadoras consecuencias para Estados Unidos y, desde luego,
para la economía mundial. Por supuesto, Washington está luchando para evitar
esto.
A medida de que se desarrolla
el conflicto, es improbable que los personajes centrales en la historia
mencionen todo lo dicho aquí. En la búsqueda de apoyo público para su campaña
antiterrorista, el presidente Bush nunca reconocerá el hecho de la geopolítica
convencional tiene un papel en la estrategia estadunidense. Osama Bin Laden, de
su lado, también es reacio a hablar en estos términos. Pero el hecho es que
esta guerra, lo mismo que la del Golfo Pérsico, proviene de un poderoso
concurso geopolítico.
Será muy difícil, en el actual
ambiente político, analizar a profundidad estas cuestiones. Bin Laden y sus
socios han causado un daño masivo a Estados Unidos, y la prevención de más
ataques es, comprensiblemente, la principal prioridad de la nación.
Cuando las condiciones lo
permitan, sin embargo, será necesaria una revisión seria de la política de
estadunidense en el Golfo Pérsico. Entre las muchas preguntas que, con toda
legitimidad, surgirán en ese momento, será si no sería más conveniente para los
intereses a largo plazo de Washington el alentar la democratización de Arabia
Saudita. Seguramente, si más ciudadanos sauditas tiene permitido participar en
un diálogo político abierto, menos se verán atraídos por el dogma anti
estadunidense de Osama Bin Laden.
Publicado originalmente en la revista The Nation, el 5 de
noviembre de 2001
Traducción: Gabriela Fonseca
*
La
Jornada, México, 6 de noviembre de 2001.
** Profesor de
estudios para la paz y la seguridad mundiales en la Universidad de Hampshire,
en Amberts, Masachusetts, y autor del libro Resource wars: the new landscape
of global conflict. (Las guerras por los recursos: el nuevo paisaje del
conflicto global) Metropolitan Books.
Cuestiones de América Nº 6, Noviembre de 2001
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