No le Encuentro la Gloria *
Barbara
Kingsolver
A este día no le encuentro la
gloria. Cuando levanté el periódico y vi la frase "Estados Unidos
contraataca" desplegada con todo alarde y refulgencia en letras, que juro
medían 25 centímetros de alto -¿no deberían reservar estos tamaños de
tipografía para, digamos, la guerra nuclear?-, se me hundió el corazón.
Hemos contestado un acto terrorista
con otro, hacemos llover muerte sobre la población más aterrorizada y con más
cicatrices de guerra que jamás haya llegado al umbral de su casa para asomarse
a la calle.
Las cajitas de plástico con
comida que también hemos arrojado son una farsa. Se reporta que ni las tocan,
por supuesto. Los afganos se han pasado la vida aprendiendo el terror que
entraña cualquier cosa que les avientan del cielo. En tanto, la ayuda
alimentaría genuina, de la que dependen muchos para sobrevivir, está detenida por
la guerra. Hemos matado a los que por pobres o tullidos no pudieron huir, más
cuatro trabajadores de asistencia humanitaria que coordinaban la desactivación
de las minas terrestres que sitian el suelo afgano. Esa oficina ahora está en
ruinas, al igual que mi corazón.
Tendré que seguir abogando en
contra de esta locura. Me regañarán por hacerlo, bien lo sé. Ya me han achacado
todos los adjetivos posibles: traidora, pecadora, ingenua, liberal, peacenik,
chillona. Me dicen que soy peligrosa porque podría estorbar al santo proyecto
de continuar arrojando desde el cielo objetos pesados hasta barrer a la última
persona que potencialmente nos odie.
Algunas personas rezan por mi
alma inmortal, y otras ofrecen comprarme un boleto sencillo al extranjero,
adonde sea. Acepto estos regalos con una gratitud semejante al espíritu de
generosidad con que me fueron ofrecidos.
La gente amenaza vagamente:
"¡no estaría así si su hijo hubiera muerto en la guerra". (Me siento
así precisamente porque puedo imaginarme tal horror).
Adversarios más sutiles
simplemente dicen que soy ridícula, una soñadora con visiones infantiles del
mundo, que imagina que esto puede ser mejor de lo que es. El abordaje más
sofisticado, sugieren, es aceptar que vamos todos en un alegre viaje por carretera
hacia las fauces de la catástrofe, así que cállate y maneja.
Lucho contra eso, lucho como si
me ahogara. Cuando me llega el sentimiento de que soy un ejército de una, sola
en la planicie, que ondea su ridícula banderita de esperanza, llamo a uno o dos
amigos. En inglés ya no recordamos que la última vez que la mayoría de nosotros
buscó elegir a alguien, mediante el recuento directo del voto popular, no
favorecimos al tipo que hoy nos dice que ganaremos esta guerra y no seremos
"mal despreciados". Y no es que estemos aparte de la multitud. Somos
la multitud. Somos millones, eso seguro, que sabemos mirar la vida de frente,
no importa qué tan horrible se ponga, e intentamos amarla de nuevo. No es
ingenuo proponer alternativas a la guerra. Podríamos ser la nación más
bondadosa de la Tierra, dentro y fuera.
Miro entonces el panorama y veo
que muchas naciones con menos recursos que nosotros han encontrado soluciones a
problemas que nos desconciertan. Me gustaría ponerle fin al subsidio público
del empresariado y disponer de ese dinero para erradicar el desamparo de
aquellos que no tienen techo, como otras naciones ya lo hicieron. Me gustaría
contar con un sistema de salud humanitaria, organizado con los mismos
lineamientos que Canadá. Me gustaría que el sistema de transporte público de mi
ciudad fuera como el de París, muchas gracias. Quiero que nuestro consumo de
energía tenga el nivel modesto de los europeos, y luego mejorarlo. Ansío un
gobierno que subsidie las fuentes de energía renovables y no uno que patrulle
el mundo por la fuerza para proteger la glotonería por el petróleo. Porque, no
se enreden, es esta voracidad por el petróleo lo que nos metió en esta guerra
santa, y esta fosa de embrea es profunda. Quisiera que firmáramos el
Acuerdo de Kioto hoy, y que reduzcamos las emisiones de combustible fósil
mediante una legislación que nos lleve a vidas más seguras, menos voraces,
reorganizadas con sensatez. Si fuera ésta la faz que mostramos al mundo, y el
modelo que impulsáramos por todas partes, me imagino que nos las arreglaríamos
con un presupuesto militar del tamaño del de Islandia.
Cómo puedo no asumir el punto
de vista de los niños si estamos frente a una guerra en la cual los hombres
actúan como infantes. No apelan a la justicia, lo suyo es pura venganza. Los
adultos hacen justicia recurriendo a leyes pactadas de común acuerdo. Los
criminales que no se civilizan deben rendir cuentas ante instituciones civiles;
abolimos el apedreamiento hace mucho.
La Corte Internacional y todo
el mundo musulmán están listos para juzgar a Osama Bin Laden y sus cómplices.
Si invirtiéramos unos cuantos miles de millones de dólares en comida, ayuda
médica y educación y no en bombas, apuesto a que tendríamos los amigos
suficientes para averiguar dónde se esconde. Y quisiera señalar, ya que nadie
lo ha hecho, que el talibán es un presunto cómplice, no el perpetrador, un
punto legal que se pasa por alto en la prisa por hallar un objetivo soberano al
cual bombardear.
La palabra
"inteligencia" sigue aflorando, pero siento que estoy en un campo de
juegos donde hay niños que se gritan unos a otros "él empezó" y
siguen aventándose piedras que vacían otro ojo, que arrancan otro diente. Sigo
buscando a la mamá de alguno que llegue y diga: "¡niños, niños!, aquí no
se trata de quién empezó, se están haciendo daño".
Soy la mamá de alguien, así que
ahora repito: el punto es que la gente sufre daño. Requerimos parar un momento
para revisar el monstruoso desperdicio que entraña el interminable ciclo de las
represalias. No hay triunfo alguno por tener las armas más mortales, señores.
Cuando en la Tierra hay gente dispuesta de dar su vida al odio y hacer uso de
nuestros propios aviones como bombas, queda claro que no podemos pretender que
nuestra tecnología es mejor que la de ellos. No puedes vencer el cáncer matando
todas las células del cuerpo, o se puede, pero, entonces, cuál es el caso.
Esta es una guerra de a ver
quién odia más. No hay límite a esa escalada. Terminará sólo cuando tengamos
las agallas de reconocer que no importa quién comenzó y tratemos de comprender,
y después alterar las fuerzas que generan el odio.
Siempre hemos estado en guerra,
aunque los ciudadanos estadunidenses hayamos estado casi siempre aislados de lo
que se siente, hasta el 11 de septiembre. Entonces, de repente, comenzamos a
decir: "El mundo cambió. Esto es algo nuevo". Si en verdad existe
algo nuevo bajo el sol en torno a la guerra, alguna alternativa a que la gente
muera por los pesados objetos que se le arrojan desde arriba, entonces, por
favor, en nombre de los cielos, quisiera verla. Quisiera verla, ya.
Barbara Kingsolver es la
autora de
The Poisonwood Bible y Prodigal Summer.
Este artículo aparecerá en
su próxima colección de ensayos.
Traducción: Ramón Vera Herrera.
*
La
Jornada, México, 1º de noviembre de 2001.
Cuestiones de América Nº 6, Noviembre de 2001
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