Original Version
in English: "The
Counterterrorist Myth”
Reuel Marc Gerecht
Julio-Agosto
de 2001
A partir del 11 de septiembre, proliferan
en medios impresos y electrónicos toda clase de historias sobre supuestos
operativos antiterroristas de agencias estadunidenses, basadas en fuentes que
nunca se identifican. Contra estas versiones fantasiosas, se alza el testimonio
de un exfuncionario de la CIA que, dos meses antes de los ataques, reveló la
fragilidad del sistema de inteligencia estadunidense en Paquistán y Afganistán
-lo que explicaría la relativa facilidad con que fue organizado el ataque
terrorista contra las Torres Gemelas y el Pentágono-, en un artículo en The
Atlantic Monthly, prestigiada revista que ha ganado múltiples premios
por su cobertura a fondo de temas de actualidad. Con permiso de los editores de
la revista, reproducimos el texto íntegro publicado en su edición de
julio-agosto.
Estados Unidos ha gastado miles
de millones de dólares en su lucha contra el terrorismo desde los atentados con
bombas a las embajadas de ese país en Tanzania y Kenia, en agosto de
1998.Decenas de millones se han invertido en operaciones encubiertas, que
tienen como objetivo principal a Osama Bin Laden y a su grupo terrorista, Al
Qaeda. Importantes funcionarios afirman audazmente —aún
después del ataque suicida de octubre del 2000 al barco estadunidense Cole, en
el puerto de Adén— que la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) y el Buró Federal de Investigaciones (FBI) están clandestinamente
"haciendo pedazos" a la organización de Bin Laden, "miembro por
miembro".
Pero habiendo trabajado para la
CIA durante casi nueve años en asuntos del Medio Oriente (dejé el cargo de
director de Operaciones a causa de la frustración por los muchos problemas de
la Agencia), podría argumentar que el programa de lucha contra el terrorismo de
Estados Unidos en el Medio Oriente y sus alrededores es un mito.
Peshawar, ciudad paquistaní en
la frontera con Afganistán, está en la periferia cultural del Medio Oriente.
Está justo debajo del "Gran Camino Principal" que va desde el
legendario Paso de Khyber, hasta la puerta de Paquistán. Peshawar es el lugar
donde Bin Laden fincó sus bases para llevar a cabo su guerra santa, cuando, a
mediados de los ochenta, se convirtió en el financiero y el hombre logístico
para Maktab al-Khidamat, la Oficina de Servicios, una organización abierta que
trata de reclutar y ayudar a los musulmanes, principalmente árabes, voluntarios
en la guerra contra los soviéticos en Afganistán. La amistad y la asociación
lograda en la Oficina de Servicios fue el origen de la clandestina Al Qaeda,
cuyo principal objetivo es emprender la jihad o guerra santa contra
Occidente, especialmente Estados Unidos.
De acuerdo con contactos
oficiales afganos y paquistaníes, los hombres de Bin Laden regularmente se
mueven a Peshawar y utilizan esta ciudad como un centro para hacer llamadas por
teléfono, pasar faxes y comunicarse con el resto del mundo. Miembros del equipo
que pusieron las bombas en África, probablemente planificaron volar de regreso
a Paquistán después de los ataques. Una vez allí, pudieron probablemente hacer
su viaje a los brazos abiertos de Bin Laden mediante los numerosos amigos que
tienen en Peshawar. Cada tribu de Afganistán está representada en esta ciudad,
la cual es dominada por los pashto, la tribu preeminente de la frontera
noroeste y sur de Afganistán. Peshawar es también una base de poder de los
talibanes, los gobernantes fundamentalistas afganos. Conocer las salidas y
entradas de la ciudad sería indispensable para cualquier esfuerzo estadunidense
para capturar o matar a Bin Laden y sus más cercanos socios. La información de
inteligencia recogida sobre Al Qaeda no puede tener mucho valor real, a menos
que la red de agentes cubra Peshawar.
Durante una visita reciente, a
la caída del sol, cuando los enclaustrados callejones se vuelven negros,
excepto por relámpagos ocasionales de señales de neón, caminé a través de los
barrios afganos. Aun en la oscuridad, tuve la peor sensación que pueda tener un
agente: ojos que me seguían por dondequiera. Para escapar tuve que meterme en cada
tienda de joyería o de alfombras y en cada cibercafé que encontré. Sólo había
uno o dos cuartos pobremente iluminados, donde estaban dos hombres viendo
pornografía occidental. Dondequiera que fui, esa sensación nunca me abandonó.
No puedo imaginar cómo la CIA, siendo cómo es hoy, tenga alguna posibilidad de
tener éxito en operaciones encubiertas contra el terrorismo y contra Bin Laden
en Peshawar, la ciudad esquiva y llena de trucos de Asia Central.
Los occidentales no pueden
recorrer una cuadra o una calle del mundo musulmán —de
donde vienen la mayoría de los soldados de Bin Laden— sin anunciar quiénes son.
Ningún agente en Paquistán puede ni siquiera penetrar en las comunidades
afganas en Peshawar o las numerosas escuelas religiosas de la frontera noroeste,
las cuales alimentan a los soldados y a las ideas de Bin Laden y los talibanes,
y esperar seriamente que se puede recoger información útil acerca del
terrorismo islámico radical, y menos aún reclutar agentes extranjeros.
Aun un musulmán que domine la
lengua nativa (y la CIA, de acuerdo con varios agentes en servicio activo,
tiene muy pocos antecedentes de operativos en el Medio Oriente), no podría
hacer mucho más en este ambiente que un estadunidense rubio de ojos azules. Los
agentes no pueden salir durante mucho tiempo de los consulados y las embajadas
donde prestan sus servicios. Un agente estadunidense, fotografiado y registrado
en los servicios de inteligencia y de seguridad locales, no puede viajar mucho,
particularmente en un país rico en policías, como Paquistán, sin que el
"servicio huésped" sepa acerca de ello. Un agente que trate de pasar
como nativo, pretendiendo ser un verdadero radical musulmán que busca hermanos
de causa, haría el ridículo inmediatamente.
En Paquistán, donde la Agencia
de Servicios de Inteligencia y el ejército gobernante son competentes y duros,
la CIA puede hacer poco si estas instituciones están contra ellos. Y lo están.
En lo que concierne a las preocupaciones por Osama Bin Laden y los talibanes,
Paquistán y Estados Unidos no son aliados. Las relaciones entre los dos países
han sido pobres por años, debido a la oposición estadunidense a que tuviera
éxito el programa de armas nucleares de Paquistán y, más recientemente, al
respaldo de Islamabad a los musulmanes separatistas de Cachemira. La presencia
de Bin Laden en Paquistán como "huésped" de los talibanes respaldados
por paquistaníes ha incrementado aún más la desconfianza y la sospecha en las
relaciones.
En otras palabras, la
inteligencia estadunidense no ha ganado y no ganará la ayuda de Paquistán en su
persecución de Bin Laden. El único camino efectivo para hacer marchar las
operaciones ofensivas contra el terrorismo y los grupos islámicos radicales en
los territorios más o menos hostiles, es mediante un operativo con agentes
encubiertos, que no estén en forma abierta vinculados con el gobierno de
Estados Unidos. Imagínense a James Bond sin dispositivos, mujeres, la pistola
PPK Walther y el Aston Martin. Pero al menos hasta 1999, no se había proyectado
ningún programa para insertar agentes encubiertos en el extranjero, de acuerdo
con un agente que trabajó en el Medio Oriente. "Los agentes encubiertos no
habían cambiado de ninguna manera desde la Guerra Fría", me dijo
recientemente. "Somos todavía un grupo de falsos hombres de negocios que
viven en grandes casas en el extranjero. No vamos a rezar a las
mezquitas".
Un antiguo agente de la
División del Este dijo: "La CIA probablemente no tenga ni un sólo agente
de respaldo calificado que hable el árabe en el Medio Oriente y que pueda pasar
por un verdadero musulmán fundamentalista y que quiera voluntariamente gastar
años de su vida comiendo comida basura y sin mujeres en las montañas de
Afganistán. ¡Por Dios Santo, la mayoría de los agentes viven en los suburbios
de Virginia! Nosotros no hacemos esa clase de cosas". Un oficial más joven
le echa más leña al candente problema: "Las operaciones que incluyan
diarrea como modo de vida no ocurren".
Las operaciones contra el
terrorismo son demasiado peligrosas como para que los agentes de la CIA
participen directamente. Cuando estaba en la dirección de Operaciones, la
Agencia desplegaba un pequeño ejército de agentes para una reunión con un
posible extranjero peligroso si éste no podía reunirse en el territorio seguro
de la embajada o el consulado. Agentes que todavía están en la clandestinidad
dicen que la Agencia tiene aversión a correr riesgos, y su naturaleza
burocrática —la cual es un modelo de la creciente
aversión física a correr riesgos de la sociedad estadunidense—
cada día es peor.
A pocas millas del bazar
central de Peshawar, cerca del viejo campamento donde los soldados ingleses
alguna vez entrenaron y donde se encuentra el consulado estadunidense, está el Club
Americano, donde se reúnen tradicionalmente los funcionarios internacionales,
trabajadores, diplomáticos, periodistas y visitantes. Agotados viajeros
occidentales acostumbran frecuentemente parar aquí en su camino a Afganistán
para relajarse; uno puede comprar un trago, mirar videos, ordenar un bistec.
Las advertencias de seguridad de la embajada estadunidense del boletín para
visitantes, están pegadas en los corredores del club.
Los boletines que vi en
diciembre pasado advertían a los funcionarios estadunidenses y a sus familias
que se mantuvieran lejos de las multitudes, las mezquitas y de cualquier lugar
donde se pudieran reunir los devotos paquistaníes y afganos. La embajada de
Estados Unidos en Islamabad, una fortaleza rodeada de barricadas, soldados
paquistaníes y de extraordinarios muros de seguridad con cámaras y alambres,
recomienda llevar una vida esencial de bajo perfil occidental dentro de los
altos muros del área del campamento, así como en otras partes donde los
diplomáticos de manera improbable tropiecen con los fundamentalistas.
Estas advertencias reflejan con
precisión la mentalidad tanto dentro del Departamento de Estado como de la CIA.
Individualmente, funcionarios o agentes se pueden aventurar afuera, pero su
curiosidad, no es alentada ni recompensada. A menos que uno de los soldados de
Bin Laden camine hasta la puerta del consulado de Estados Unidos o de la
embajada, la posibilidad de que un agente de la CIA lo vea son extremadamente
pobres.
La historia del éxito de la
Dirección de Operaciones ha hecho muy poco para preparar a la CIA para esta
confrontación con terroristas islámicos radicales. Quizás la victoria más
memorable de la Dirección de Operaciones fue contra los grupos militantes
palestinos en los setenta y ochenta. La CIA podía encontrar cosas comunes con
los militantes palestinos, quienes acostumbraban beber, hablar de mujeres y
pasar el tiempo en buenos hoteles y países confortables. Aún así, sus
"penetraciones" en la OLP —deliciosa y bondadosamente escenificadas en
la novela de David Ignatius Los agentes de la inocencia (1987)—
eran esencialmente emisarios de Yasser Arafat ante el gobierno estadunidense.
(...) La CIA se ha rehusado
obstinadamente a desarrollar cuadros operativos especializados en uno o dos
países. Durante la guerra afgano-soviética (1979-1989), la Dirección de
Operaciones nunca desarrolló un equipo de expertos afganos. El primer agente en
Afganistán que tuvo alguna destreza en la lengua afgana no llegó sino hasta
1987, justo un año y medio antes del fin de la guerra. Robert Baer, uno de los
más talentosos agentes del Medio Oriente de los últimos 20 años (y el único que
operaba en los ochenta para recoger consistentemente información de
inteligencia de primer orden sobre el Hezbollah libanés y la "Guerra Santa"
palestina), sugirió al cuartel general en los noventa que la CIA debía recoger
información de inteligencia en Afganistán desde las vecinas repúblicas de Asia
Central de la antigua Unión Soviética.
El Cuartel General replicó:
"Demasiado peligroso, ¿y para qué nos molestamos?". La Guerra Fría
allí se había terminado con la derrota de la Unión Soviética en 1989.
Afganistán estaba muy lejos, la guerra de exterminación mutua era vista como
endémica y el radicalismo islámico como una idea abstracta. Afganistán se
convirtió, desde entonces, en el cerebro central y la tierra de entrenamiento
de los terroristas islámicos contra Estados Unidos, aunque el servicio
clandestino de la CIA todavía usualmente mantiene agentes en el asunto afgano,
pero no por más de dos o tres años.
Hasta octubre de 1999, ningún
agente de la CIA había visitado a Ahmed Shah Masud en Afganistán. Masud es el
gobernante del noroeste de Afganistán y el líder de la única fuerza que todavía
lucha contra los talibanes. Fue el comandante más competente de las guerrillas
antisoviéticas; a pesar de que su ejército se enfrenta diariamente con las
unidades militares árabes que están bajo la protección de Bin Laden, todavía
ningún agente de la CIA había interrogado a los soldados de Masud en el frente
o a los guerreros sagrados paquistaníes, afganos, turcomanos y árabes que han
capturado.
El Centro de la CIA contra el
terrorismo, que ahora tiene cientos de empleados de numerosas agencias del
gobierno, fue una creación de Duane Dewey Clarridge, un extraordinario y
tétrico burócrata. En menos de un año, a mediados de los ochenta, Clarridge
convirtió una operación de tres hombres confinados en un cuarto con un
televisor que sintonizaba a la CNN, en un equipo que rivalizó con la División
del Cercano Oriente por la primacía en las operaciones contra el terrorismo.
Todavía hoy el Centro contra el Terrorismo no ha alterado los métodos de la CIA
para el mundo. "Nosotros no pensamos realmente en los detalles de las
operaciones, cómo podemos penetrar a éste o a tal grupo", dijo un
importante y antiguo agente antiterrorista. "La victoria para nosotros
significa no permitirle a (Thomas) Twetten ( el jefe del servicio clandestino
de la División del Cercano Oriente) que nos trate a patadas". En mis años
dentro de la CIA, nunca, ni una sola vez, escuché a los agentes en el
extranjero o de regreso en el Cuartel General discutir una operación de
reclutamiento contra ningún blanco del Medio Oriente que haya llevado a un
agente más allá del circuito de las conferencias y los asuntos diplomáticos.
Nunca fueron planeadas operaciones a largo plazo.
George Tenet, quien se
convirtió en director de la CIA en 1997, ha descrito repetidamente el programa
contra el terrorismo de Estados Unidos como un programa "robusto" y
en la mayoría de los casos exitoso al mantener a los terroristas de Bin Laden
"fuera de la balanza" y ansiosos por su propia seguridad. El director
del Consejo Nacional de Seguridad contra el terrorismo de la administración de
Clinton, Richard Clarke, quien continúa siendo también el zar antiterrorismo en
la administración de Bush, está seguro de que los hombres de Bin Laden se
mantienen despiertos toda la noche "alrededor del fuego del
campamento" en Afganistán, "firmemente preocupados por quién de nosotros
será el próximo".
Si vamos a derrotar a Bin
Laden, necesitamos abiertamente unirnos a Ahmed Shah Masud, quien todavía tiene
una probabilidad decente de fracturar la coalición tribal detrás del poder
talibán. Eso, que es más efectivo que cualquier programa clandestino
antiterrorista en el Medio Oriente, pudiera eventualmente forzar al líder de Al
Qaeda a huir de Afganistán, adonde los agentes de la inteligencia y las fuerzas
militares de Estados Unidos no puedan alcanzarlo.
Hasta entonces, no creo que
Osama Bin Laden y sus aliados estén perdiendo mucho el sueño alrededor del
fuego del campamento.
*
Revista Proceso, México, Nº 1301, 7 de octubre de 2001.
Original Version
in English: "The
Counterterrorist Myth”
Cuestiones
de América Nº 6, Noviembre de 2001
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