La
Fragilidad ”Desestabilizante” del Régimen Saudita *
Sadio Garavini di Turno
Viernes,
26 de octubre de 2001
Uno
de los objetivos básicos del terrorismo fundamentalista de Osama Bin Laden es
la desestabilización y derrocamiento de los gobiernos pro occidentales en el
mundo islámico como Arabia Saudita, Egipto, Jordania, Kuwait, Pakistán, Omán y
los Emiratos del Golfo Pérsico. Los atentados del 11S estaban diseñados para
provocar una reacción norteamericana indiscriminada en Afganistán y en otros
países islámicos, con muchas víctimas civiles, que fomentase la imagen de una
guerra de civilizaciones entre Occidente y el Islam. En efecto, el llamado de
Bin Laden a la “jihad “contra los infieles pone en dificultades a los gobiernos
de la región, aliados de los EEUU. El eslabón más débil y más preciado es
Arabia Saudita. La monarquía de la Casa de los Saud basa su legitimidad en el
mantenimiento estricto de la ley islámica (Sharia), de acuerdo a las enseñanzas
de Muhammad ibn Abd al-Wahhab, quien fundó, en el siglo XVIII, la secta de los
Wahabitas en el Nejd, la región central de Arabia Saudita y “patria chica” de
los Saud. El wahabismo es una de las interpretaciones más fundamentalistas del
Islam sunita. Sin embargo, la clase dirigente de Arabia Saudita, empezando por
buena parte de los miembros de la Casa Real, es ampliamente conocida por su
corrupción e hipocresía, particularmente en los bares y hoteles de París,
Londres y Nueva York. A partir de la Guerra del Golfo, en 1991, un contingente
militar norteamericano ha permanecido en territorio saudita para prevenir una
potencial agresión proveniente de Iraq e/o Irán. Pero, esa misma presencia
fomenta y favorece la formación de una explosiva coalición antimonárquica
integrada por los sectores nacionalistas, que resienten la dominante
“protección” de los “aliados” y el fundamentalismo islámico opuesto a la
“occidentalización” cultural y a la presencia de tropas de infieles en el
territorio “sagrado” del Islam: la patria del Profeta y las ciudades santas de
la Meca y Medina. La estabilidad de la monarquía saudita también ha sido
favorecida (las malas lenguas dirían “comprada”) por la enorme riqueza
petrolera, que ha permitido “malcriar” al pueblo saudita. Sin embargo, el
precio del barril de petróleo debería estar entre 90 y 100 dólares para
recuperar el mismo poder adquisitivo real que tuvo en 1980, y en estas dos
décadas la población del reino ha aumentado considerablemente. Por tanto, ha
habido un relevante empobrecimiento relativo del país.
La crisis económica mundial, acelerada a partir del 11S, hace prever una
época con precios del petróleo todavía más bajos. Los atentados explosivos en
la base militar Rey Abdul Aziz, cerca de Dharam, donde murieron 24 soldados
norteamericanos y en la propia capital Riyad, a mediados de los `90 y
recientemente en Al Khobar, con dos víctimas norteamericanas, demuestran la
fuerte presencia del terrorismo fundamentalista en el reino, “curiosamente” la
mayoría de los secuestradores del 11S tenían la ciudadanía saudita. Para colmo,
en estos días, un grupo clérigos de la secta wahabita, liderizados por el
influyente Sheik Hamoud bin Oqla al-Shuabi, están propagando la tesis de que
los musulmanes tienen el deber de participar en la “jihad” contra los infieles
que atacan a Estados islámicos. Sheik Hamoud ha ido más allá afirmando que: “
Quien apoya al infiel que ataca musulmanes es considerado un infiel.” Lo cual
podría interpretarse como una “excomunión” de la Casa Real. La fragilidad del
régimen saudita se hace cada día más evidente. Osama bin Laden y su al-Qaeda,
han logrado hacer lo que han hecho, apoyándose fundamentalmente en la
protección del gobierno de Afganistán, un país relativamente poco significativo
en la geopolítica mundial. Los efectos en el sistema internacional del
potencial advenimiento de un régimen radicalmente antioccidental en Arabia
Saudita, harían palidecer las enormes consecuencias que tuvo la caída del
último Sha de Persia.
*
Publicado en Venezuela Analítica.
Cuestiones de América Nº 6, Noviembre de 2001
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