Droga, Petróleo y Estados Unidos - Las
Razones del Poder de los Talebanes *
Gennaro Carotenuto
23 de septiembre del 2001
El próximo 26 de septiembre se cumplen cinco
años desde que los talebanes, los llamados "estudiantes del Corán" que
controlan el 90% del territorio afgano, conquistaron la capital Kabul.
Con la acusación por parte de
los Estados Unidos hacia Afganistán de dar refugio a Osama bin Laden, el
presunto autor intelectual de los atentados del martes 11, y la esperada represalia
contra un país ya destruido por dos décadas de guerras civiles, se supone que
llegue a su fin el largo coqueteo entre EE.UU. y el régimen fundamentalista
afgano. Aunque, después del 11, en las declaraciones de los líderes
occidentales, se haga caso omiso de la estrecha relación entre Estados Unidos y
talebanes, tan solo el 17 de mayo de este año, el mismo Secretario de Estado,
Colin Powell (Robert Scheer, Bush's Faustian Deal With the Taliban, Los Angeles
Times, 22/5/01) otorgaba una ayuda de 43 millones de dólares y elogiaba
públicamente a los talebanes por su ayuda en la lucha contra el narcotráfico.
En aquellos mismos días, los
talebanes habían escandalizado al mundo con la destrucción de los dos budas
gigantes de Bamiyan. La opinión pública mundial que no se conmocionó de la
misma manera cuando la policía religiosa talebana cerró, a causa de presunta
promiscuidad, el hospital de los médicos italianos de Emergency que, a pesar de
todo, hoy, mientras los funcionarios de la ONU huyen de Kabul, siguen con su
labor. El hospital de Emergency era uno de los pocos lugares donde las mujeres
conseguían cuidado médico en un país donde no pueden trabajar ni ser tocadas
por hombres, llegando en pocos años a la más alta mortalidad en el mundo. Ni
mucho menos nos horrorizamos con la "fatua", el anatema, lanzado
contra la minúscula minoría hindú que aún vive en el país que cuenta 26
millones de habitantes. Como en la Alemania nazi, los ulemas - los sacerdotes
sunitas - impusieron a los hindúes llevar una marca, un hábito amarillo, para
identificarlos. Entre hindú y sikh, la minoría no supera hoy las 3.000
personas, contra las 50.000 de hace un cuarto de siglo, cuando empezó el actual
conflicto.
Culpables o no de esconder a
los responsables del ataque al corazón de Estados Unidos, hoy en día los
talebanes ya no serían funcionales al sistema de intereses que los llevó al
poder, de la mano no tan invisible de Estados Unidos y Pakistán: no supieron
garantizar intereses geopolíticos tan grandes como los del petróleo y del
narcotráfico. Es en una historia que merece ser contada en detalle y donde los
talebanes sólo fueron el último intento de estabilizar el Afganistán a la caída
del régimen socialista y responder a intereses más vastos de las dos potencias
nucleares.
Los talebanes aparecen en 1994
en el Sur del país. Son el fruto envenenado de la guerra civil combatida en la
última fase de la guerra fría. En ésta, la CIA, junto al servicio secreto
paquistaní, ISI - Inter Services Intelligence - organizaron la que fue definida
como la más grande acción encubierta en la historia de los servicios,
alimentando, financiando, entrenando y respaldando la Jihad - guerra santa -
islámica de los mujahidin contra la invasión soviética. Era el tiempo en que
Ronald Reagan definía a Nelson Mandela como un terrorista y a los mujahidin,
incluso a Osama bin Laden, como combatientes de la libertad. Han pasado menos
de 20 años. Hace una década otro ex-amigo islámico de Estados Unidos, Saddam
Hussein, se había transformado en Satán. Son historias iluminadoras que nos
aclaran pasajes decisivos de la política exterior de Estados Unidos hasta el 11
de septiembre.
En este contexto se enmarca la
ayuda estadounidense a la Jihad no sólo afgana. Inicialmente, la lógica era la
de la guerra fría: a Estados Unidos le parecía una gran gauchada armar al
enemigo del enemigo.
El periodista de Abc, John K.
Cooley, estudia las relaciones entre Estados Unidos y el extremismo islámico
desde los 70: con sus aliados más cercanos, Pakistán y Arabia Saudita habrían armado,
entrenado y financiado hasta 250.000 personas, luego empleadas en distintos
escenarios. La CIA y la ISI reclutan musulmanes radicales en 40 países. 35.000
combaten en contra de los soviéticos entre 1982 y 1992; los demás se entrenan y
maduran en la política en la Jihad afgana.
Derrotado el comunismo, el
cálculo estadounidense se revela errado, aunque tarden una década más en darse
cuenta. Desatado el Islam contra el comunismo ateo, alimentar el
fundamentalismo islámico empieza a tener efectos cada vez menos controlables.
Es notorio por ejemplo, que en Argelia se combatió una guerra por interpósita
persona - análoga a las combatidas en la guerra fría contra la Unión Soviética
- donde aliada de Francia es la dictadura militar que derroca el FIS, partido
islámico moderado legítimamente elegido, y los Estados Unidos son representados
por los fundamentalistas islámicos que cometen masacres inenarrables. Si los
guerrilleros islámicos pueden ser herramientas del diseño estadounidense en
Chechenia - pero sin desestabilizar demasiado el aliado Eltsin - o en Argelia,
los efectos son indeseados cuando actúan en contra de los turistas a la sombra
de las pirámides, o cuando contribuyen a desestabilizar la Bosnia o bien
cuando, después de la Guerra del Golfo, se consuma la ruptura entre los
islamistas radicales y las monarquías petroleras - y parte de sus élites -
culpables de haber permitido la cronificación de la presencia occidental cerca
de los lugares más sagrados del Islam. Las motivaciones religiosas se superponen
a las económicas. También las jóvenes masas islámicas sufren la imposición del
neoliberalismo y la respuesta del integralismo aparece para muchos como una
posibilidad.
Igualmente los servicios siguen
jugando en varias apuestas. Quizás la ruptura definitiva sólo llegó con el
trauma del 11 de septiembre, que más allá del rechazo y de las pretensiones de
virginidad política, no puede no conllevar la idea de que, por primera vez, la
política exterior y las decenas de guerras sucias combatidas por Estados Unidos
en la historia, pueden llegar a tocar, aunque si en casos extremos y terribles,
al mismo territorio de Estados Unidos.
15 años después de la invasión
soviética, los talebanes emergen de las "madrasas", las escuelas
coránicas de Peshawar en Pakistán y se reconocen en el mullah Mohammed Omar.
Son reclutados de la misérrima vida de los campos de refugiados. A pesar de ser
llamados "estudiantes", apenas el 2 o 3% sabe leer y con el sueldo
mercenario de 2 dólares mensuales, esperan hacer un salto de calidad hacia el
bienestar, desde una vida donde té y galletas son el régimen estricto. Si antes
eran reclutados como milicia privada por algunos narcotraficantes ahora, la
Jihad, la guerra santa, les ofrece una razón digna de combatir y morir. Y
mueren en cantidades, carne de cañón al servicio de intereses más grandes.
Aparecen con un episodio
significativo. Bloqueando las razias contra las caravanas de mercaderías que
viajan entre Pakistán y las repúblicas asiáticas pos-soviéticas se imponen como
los únicos capaces de reinstaurar el orden y garantizar el comercio en el área.
En pocas semanas, disciplinados
y eficaces, rodeados por un alón de misterio y leyenda alimentado desde el
inicio por la prensa y los servicios secretos paquistaníes, toman el control de
la provincia de Kandahar, lugar de origen de Omar. A inicio de 1995, controlan
7 de las 28 provincias afganas y a la mitad de febrero ya lanzan el asalto a
Kabul donde se empantanan en espera de la hora de conquistar el poder.
Son de etnia pashtun, como el
40% de la población del país y como casi 20 de los 142 millones de paquistanos,
otro detalle importante que hoy, frente a la posible acción norteamericana, se
teme pueda desestabilizar al más grande vecino. Étnicamente se plantean como un
movimiento pan-pashtun, lo que aún excluye un acuerdo estable con las otras
etnias, el 25% de tadjicos, el 19% de hazara, el 6% de uzbekos, y las otras
minorías turkmena y kirguisa. En pocos meses barren del mapa grupos mujahidin
con años de lucha y se enfrentan al débil gobierno de Burhanuddin Rabbani,
respaldado por Ahmad Shah Masud.
Es aquel Masud, líder de la
oposición arrinconada en el norte en menos del 10% del territorio, quien será
asesinado el 9 de septiembre en un atentado suicida del cual sería
extremadamente interesante entender la relación, si es que la hay, con los
atentados en Nueva York y Washington 48 horas después. Es el mismo Masud que
nadie quiso recibir hace dos años en su viaje a Occidente en búsqueda de ayudas
contra los talebanes y que ahora, muerto, es conmemorado oficialmente por el
plenario del Parlamento Europeo en Bruselas.
Musulmanes sunnitas, plantean
desde su primera aparición pública, en la ciudad paquistana de Peshawar en
1995, la construcción de una "verdadera sociedad islámica". A seis
años de estos planteamientos, y con cinco en el poder, es evidente que la
sociedad talebana es simplemente el regreso a la edad media. La prohibición de
trabajo e instrucción para las mujeres, la obligación para éstas de vestirse de
la cabeza a los pies con el burka y para los hombres de llevar barba y gorro,
la destrucción de cine, radio y televisión, son los caracteres macroscópicos de
un régimen que nada tiene que ver con la enseñanza sunnita. A cinco años de
distancia han transformado el país en otra Somalia, hundiendo el Estado en una
ausencia total de proyecto, sin clase dirigente, ni educación y donde sólo el
dinero del narcotráfico dicta relaciones de poder que ya son insostenibles para
los países vecinos.
Rabbani, en abril de 1992, por
fin derroca el gobierno del Presidente Mohammed Najibullah, sobrevivido a la
caída de Gorbaciov y de la Unión Soviética. Las facciones de mujahidin, ganada
la guerra pierden la paz, dividiéndose en una guerra sin cuartel.
Enemigo principal de Rabbani y Masud
es el primer ministro, Gulbuddin Hekhmatjiar. Subalterno al Pakistán de Zia
ul-Haq y aliado de Uzbekistán, Hekhmatjiar desencadena otro violento asedio a
Kabul que en sus últimas fases hasta se superpone al de los talebanes. Los
intereses de Estados Unidos sobre Afganistán desde los años 70 coinciden con
los del aliado Pakistán. Para Zia, un estado islámico sunnita en Afganistán,
representa la solución estratégica ideal. De un lado presiona las fronteras
orientales del Irán chiíta adquiriendo meritos hacia Estados Unidos. Del otro
soluciona la eterna cuestión fronteriza occidental - reuniendo en un
Pashtunistan los Pashtun de los dos países, para dedicar sus atenciones a
India, enemigo desde la disolución del país, y con el cual ya tres veces en
medio siglo se ha llegado a guerra abierta.
Si Estados Unidos no pueden
reconocer abiertamente los talebanes, no es extraño que los únicos países que
reconocen el régimen afgano son los tres más firmes aliados de Estados Unidos
en el área: Pakistán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.
¿Por qué los Estados Unidos no
han cortado las relaciones con los talebanes y por lo menos hasta mayo 2001
seguían ayudándolos a pesar de haberlos incluidos en la lista de "estados
canallas"? Debido a las mismas razones por las cuales los talebanes llegan
al poder: petróleo y narcotráfico.
Luego de la disolución de la
Unión Soviética, emergen las nuevas repúblicas de Asia Central. En competencia
con Irán, entonces enemigo principal de Estados Unidos, Pakistán, garantizando
con la pacificación ofrecida por los talebanes las rutas comerciales, se
ofrecía como socio decisivo para estados sin salida al Océano y alternativo al
puerto iraní de Bandar Abbas. Son los años en los cuales crece el interés a
explotar los enormes yacimientos del Mar Caspio. El primero a llegar en
Turkmenistán es un empresario argentino, Carlos Bulgheroni, incondicional de
Carlitos Menem y hoy día con varios problemas con la justicia de su país. El
Turkmenistán es el país de Asia Central que más se aleja de la influencia de
Moscú y en la guerra civil afgana siempre tiene una política de no
intervención, la que ahora le deja manos libres. La compañía petrolífera
argentina, la Bridas, obtiene concesiones importantes. Para explotarlas
Bulgheroni sueña con un gasoducto y un oleoducto que unan Turkmenistán a
Pakistán pasando por Afganistán. Encuentra todas las facciones, Rabbani, Masud,
hasta el líder taleban Omar. Paga coimas y promete dividendos. Sus contactos
llegan hasta el presidente turkmeno Saarmurad Nijazov y a Benazir Bhutto, que
ha sustituido Zia, asesinado en un incidente aéreo del cual muchos, entre los
cuales Mohammad Yusaf, coordinador de los mujahidin durante la ocupación
soviética, responsabilizan a la CIA. El negocio es demasiado grande; la inversión
prevista es de 4700 millones de dólares. De un día para el otro, en octubre de
1995, Nijazov sustituye la Bridas con la compañía estadounidense Unical, detrás
de la cual está Henry Kissinger y que puede emplear la influencia del entonces
presidente Clinton. Única condición: la pacificación de Afganistán según el
diseño paquistano que prevé la utilización de la carta talebana.
Es en este momento que más que
nunca los intereses petrolíferos se conjugan con los del narcotráfico y los de
Estados Unidos con los de Pakistán y es cuando los talebanes resultan perfectos
a estos diseños. Hasta los 70 Pakistán es el primer productor mundial de opio
pero no había producción local de heroína. También la historia del comercio de
drogas en Asia Central está conectada a la acción encubierta de los servicios
estadounidenses: en apenas dos años de actividad de la CIA, la frontera entre
Afganistán y Pakistán se transforma en el primer productor mundial de heroína
(Alfred McCoy, Drug fallout: the CIA's Forty Year Complicity in the Narcotics
Trade. The Progressive; agosto 1997). En Pakistán la población drogadicta pasa
del virtual cero de 1979 a 1,2 millones de 1985. Como para el escándalo
Irán-Contras, la CIA encuentra conveniente cerrar un ojo y financiar con el
narcotráfico los mujahidin que utiliza en clave anti- comunista.
Es uno de los dramas de la
política exterior de Estados Unidos y en los últimos años enfriará las
relaciones con el tradicional aliado paquistano. Como escribe Giulietto Chiesa
(G. Chiesa, I misteri dei Talibani, Limes, Roma 2001), los Estados Unidos están
empeñados con la mano izquierda de la DEA - la Drug Inteligence Agency - a
deshacer lo que la mano derecha de la CIA ha tejido durante años. No lo
consiguen - y a cambio la lucha al narcotráfico puede ser funcional a proyectos
políticos - así como no lo consiguen en otros escenarios, antes en Vietnam, hoy
en Colombia.
Hasta la llegada de los
talebanes, Afganistán compite con Birmania en la producción de opio. En 1995
aún produce 220 toneladas por año. En 1997, con apenas un año de poder, trepa a
2800 toneladas. Decenas de caravanas de Toyota todoterreno, con escoltas
pesadamente armadas, salen varias veces por mes de las provincias productoras
de Helmand y Kandahar con dirección a Pakistán. Es un tráfico muy bien
organizado. Según la Undcp - el programa de la ONU contra la droga - hay un
millón de campesinos afganos empleados en la producción, para quienes no les
queda más que el 1% de las ganancias: 100 millones de dólares. Apenas otro 7,5%
se pierde en las fases de intermediación, pero el 91,5% enriquece la
criminalidad de los centros de consumo de los países "civilizados".
Son más de 9000 millones de dólares por año - y sólo desde Afganistán - y se
calcula que el 60% de este monto llegue a Estados Unidos.
En este contexto, el cuadro de
alianzas que en 1995 lleva al poder los talebanes, hoy ya no existe. La alianza
de Riyadh con Washington, Islamabad y la capital turkmena Ashkhabad fue la
respuesta obligada a la peligrosa consolidación de intereses entre Moscú,
Pekín, Teherán con las capitales de Asia Central, Dushanbe y Tashkent en primer
lugar. Hoy los Estados Unidos - empujados por Europa - ya suavizan su enemistad
con Teherán y miran a un reequilibrio de sus tradicionalmente malas relaciones
con India en detrimento de las con Islamabad.
Sean o no culpable de los
atentados del 11, los talebanes, custodios del narcotráfico, además de estar en
la lista de los países canallas, ya no están en condición de gobernar el país,
ni de reconstruirlo, ni de sostener la seguridad del comercio ni de garantizar
la construcción de aquellas vías para los gases y el petróleo: todas razones
para las cuales llegaron al poder.
Sean o no culpables de los
atentados del 11, hoy solo pueden contar con ellos mismos, sobre la dificultad
objetiva de una invasión, sobre las ganancias del narcotráfico y sobre el
fundamentalismo islámico.
*
Publicado por Rebelión
Internacional, España.
Cuestiones de América Nº 6, Noviembre de 2001
Regresar a la Página Principal...
![]()