Islam Político y Globalización Imperialista
*
Samir
Amin **
La asociación entre liberalismo
económico y autocracia política conviene a la perfección a la clase dominante
encargada de la gestión de las sociedades de la periferia capitalista. No será nada
extraño que Estados Unidos se aproveche de los servicios que le presta el Islam
político para su proyecto de hegemonía mundial: el Islam político de ninguna
forma se opone al imperialismo, todo lo contrario: es su perfecto servidor.
El drama argelino muestra la
naturaleza y las funciones que cumplen en el conjunto del mundo musulmán
contemporáneo los movimientos políticos que se reclaman islamitas. Frente a su
habitual calificación de "fundamentalistas", prefiero utilizar la que
es de uso en el mundo árabe: "el Islam político". Porque no se trata
de movimientos de reflexión religiosa -los cuales, si bien numerosos, son de
hecho poco variados-, sino más vulgarmente de organizaciones políticas cuyo
objetivo fijo es la toma del poder de Estado, ni más ni menos, y que a estos
efectos hacen un uso oportunista de la bandera del Islam.
El Islam político no se
interesa por la religión a la que invoca, ni propone en este aspecto reflexión
alguna, ni teológica ni de naturaleza social. En este sentido, no se trata de
una "teología de la liberación", homóloga musulmana de la que existe
en los países de América Latina, por ejemplo. Lo que retiene del Islam es tan
sólo el conjunto de costumbres -especialmente rituales, de las que exige un
respeto absoluto- de los musulmanes de nuestra época. Simultáneamente, el Islam
político
exige el retorno de la sociedad al conjunto
de reglas del derecho público y privado tal como eran aplicadas hace dos siglos
-en el Imperio otomano, en Marruecos, en Irán y en Asia central- por los
poderes de la época. Que en su discurso el Islam político crea (aparente creer)
que las reglas son las del "Islam verdadero" (el de la época del
Profeta) no tiene demasiada importancia. Ciertamente el Islam permite una
interpretación semejante, como medio de legitimación del ejercicio del poder.
Así se hizo en el pasado, desde los orígenes a los tiempos modernos. Pero en
este sentido el Islam no es original.
El cristianismo ha sido el
medio de legitimación del conjunto de las pirámides de poder político y social
en la Europa premoderna, por ejemplo. Toda persona dotada de un mínimo de
sentido de observación y de capacidad crítica no puede ignorar que tras el
discurso de legitimación se perfilan sistemas sociales reales que tienen una
historia. El Islam político contemporáneo no se interesa por esto y no propone
ningún análisis -a fortiori ninguna crítica- de estos sistemas. En este
sentido el Islam contemporáneo no es más que una ideología arcaizante que
propone a los pueblos a los que se dirige una simple vuelta al pasado, y más
precisamente al pasado reciente, a las épocas que precedieron inmediatamente a
la sumisión del mundo musulmán frente a la expansión del capitalismo y del
imperialismo occidental.
Que las religiones -ya se trate
del Islam, del cristianismo u otras- permitan este tipo de interpretación no
excluye que hayan sido inspiradas por otra, reformista o revolucionaria. Aquí
sólo puedo remitir al lector a lo que ya escribí a propósito de esto. 1
El retorno a este pasado no es
poco deseable (y en realidad no es deseado por los pueblos en nombre de los
cuales el Islam político pretende hablar); simplemente es imposible. Y por esto
los movimientos que constituyen la nebulosa de este Islam político se niegan a
definir en programa alguno, como es usual en la vida política, las respuestas a
las cuestiones concretas de la vida social o económica. Se contentan con
repetir el eslogan vacío: "el Islam es la solución". Y cuando,
puestos entre la espada y la pared, se ven constreñidos a optar por una respuesta,
nunca fallan al definirse en favor de la que mejor convenga al funcionamiento
de la economía capitalista liberal tal como es. Por ejemplo, pronunciándose por
la libertad absoluta del propietario frente al campesino granjero (como se vio
en el parlamento egipcio). En su desafortunado intento de producir una
"economía política islámica", autores de manuales (financiados por
Arabia Saudita) no han hecho más que colgar los colores de la religión a las
propuestas de la vulgata liberal estadunidense más banal. 2
Si el Islam político no es otra
cosa que una versión del neoliberalismo económico, elogioso en extremo de las
virtudes del "mercado" -desregulado, se entiende-, es en el plano
político la expresión de rechazo absoluto a toda forma de democracia. En su
interpretación del Islam, la ley religiosa (la charia) una vez encontradas las
respuestas principales para todas las preguntas que podrían ser formuladas,
estima que la humanidad no tiene leyes nuevas que inventar (esto define a la
democracia); no le queda más que interpretar una ley ya formulada por el poder
divino.
Se entiende entonces que este
discurso ideológico desconoce la realidad, es decir, que en la historia vivida
por las sociedades musulmanas ha habido que inventarla. Pero se ha hecho sin decirlo,
y esto venía a restringir este poder a la clase dirigente, que se arroga para
sí sola la capacidad de "interpretar". Arabia Saudita da el ejemplo
extremo de esta autocracia: sin Constitución (el Corán ocupa su lugar, dicen).
De hecho, como todo el mundo sabe, el poder absoluto es de la monarquía y de
los jefes de tribus. El Irán revolucionario mismo no ha concebido otro sistema
político que la dictadura de partido único en el cual los hombres de religión
han monopolizado la dirección.
Entonces carece de base la
comparación que a veces se hace -la cual parece que habría que creer para
justificar las conclusiones- entre los "partidos islamitas" y los
partidos cristianos demócratas de Europa (si la Democracia Cristiana ha
gobernado Italia durante medio siglo, ¿por qué un partido islamita no estaría
autorizado a gobernar Egipto o Argelia?) Un gobierno islamita proscribe
inmediata y definitivamente toda oposición legal.
Liberalismo económico y
autocracia política
La asociación entre liberalismo
económico y autocracia política conviene a la perfección a la clase dominante
encargada de la gestión de las sociedades de la periferia capitalista
contemporánea. Los partidos islamitas son todos instrumentos de esta clase. No
se trata únicamente de los hermanos musulmanes y de otras organizaciones de las
llamadas "moderadas", cuyos lazos estrechos con la clase burguesa son
conocidos de todos. También se trata de las pequeñas organizaciones
clandestinas que practican el "terrorismo".
Estas se hallan perfectamente instrumentadas
por el Islam político dirigente, y el reparto de las tareas está claro entre
los unos -encargados del uso de la violencia- y los otros -que tienen a su
cargo infiltrar las instituciones del Estado (en particular la educación, la
justicia y los medios de comunicación, la policía y el ejército si es posible).
El objetivo es único: tomar el poder.
Ello no quita que en la futura
victoria la dirección "moderada" se encargue de poner término a los
excesos de sus "radicales". Como se ha visto ya en Irán, donde el
Estado islámico ha constituido sus milicias terroristas de pasdaran
(reclutadas en el lumpen) después de haber masacrado a los radicales (en este
caso fedayines y mujaidines que habían creído poder asociar la movilización
islámica y las transformaciones revolucionarias populistas inspiradas en una
lectura del marxismo-leninismo), sin los cuales el triunfo de la
"revolución islámica" hubiera sido imposible.
Los poderes locales con los que
tropiezan los movimientos del Islam político son igualmente los de la burguesía
mercantil de la región, que se pliega a los dictados del liberalismo
mundializado. Por lo demás no son mucho más democráticos en sus prácticas,
incluidos los que se dan el lujo de elecciones parlamentarias
"pluripartidistas", y a menudo toman el pretexto del terrorismo
islámico para legitimar su rechazo a la democracia (el caso de Argelia).
Se trata, entonces, únicamente
de un conflicto alrededor de la clase dirigente. Es una lucha por el poder y
nada más, en la que se enfrentan distintos líderes y sus seguidores. Según las
circunstancias, las formas de este conflicto pueden variar desde la extrema
violencia (como en Argelia) hasta el "diálogo" (el caso del poder
egipcio en sus relaciones con los hermanos musulmanes). Los unos y los otros
utilizan en muchos casos la misma demagogia "islamita", creyendo de
esta manera captar para su beneficio el desarrollo de la población. Un
desarrollo semejante al de numerosos pueblos en el mundo, después de que se
desmoronarán las esperanzas depositadas en las potencias del populismo
nacionalista de la época anterior (Nasser, Boumedien, el Baas, en Siria e
Irak), y después de que los sustitutos del mercado hubieran revelado la
amplitud de las destrucciones sociales de las que son responsables. Un desarrollo
que es con mucho el producto de la timidez extrema de la crítica de
izquierda frente al populismo en cuestión,
habiendo optado las organizaciones que se reclamaban socialistas, comunistas o
marxistas por el apoyo casi incondicional. La burguesía en el poder no es
"laica" para nada. Pretende ser no sólo tan "islámica",
como sus adversarios, sino que también aplica las leyes islámicas (en especial
en la esfera del derecho familiar), -y eso es la pura verdad. El conflicto
puede tener, entonces, una solución de transición que podría acentuar todavía
más las opciones neoliberales y antidemocráticas.
El poder mundial dominante
-Estados Unidos asegurando su liderazgo- no ve ningún inconveniente en tener en
el poder al Islam político. Este hecho habla bastante de la hipocresía de sus
discursos a favor de la "democracia" y de que "mercado" y
"democracia", lejos de ser nociones convergentes, según proclama el
pensamiento único, de hecho están en conflicto entre sí. El apoyo al
"Islam político" pudo tomar su forma más extrema en el entrenamiento
de sus agentes, en el suministro de armas y de medios de financiación, como en
el caso de Afganistán. Evidentemente, el pretexto fue combatir al
"comunismo" (en realidad un régimen de populismo radical), pero el
comportamiento insoportable de los islamitas en cuestión (los que cerraban
escuelas abiertas para chicas por los terribles "comunistas") no dejó
lugar a dudas ni en las cancillerías de Occidente ni entre sus feministas. Y
los "afganos" -o sea los esbirros entrenados por la CIA,
"voluntarios" musulmanes argelinos y demás- tienen hoy en día el
papel decisivo en las operaciones militares terroristas efectuadas acá y allá.
Ese apoyo puede también tomar la forma de estatuto de "refugiados
políticos" otorgado de manera demasiado fácil por Estados Unidos, Gran
Bretaña y Alemania, lo que permite a dichos movimientos dirigir sus operaciones
desde el exterior sin riesgo y con eficiencia.
El acompañamiento ideológico de
esta auténtica alianza entre potencias occidentales y el Islam político está
legitimado por los medios que se manejan por la distinción de "moderados
radicales" (que no son más que una realidad ilusoria) o por los que alaban
la "especificidad cultural" (tan estimada por los estadunidenses, ya
se sabe) que tiene que ser respetada. Esas formas de "respeto a las
comunidades" son muy útiles para la gestión del capitalismo liberal
mundializado, porque no implican ninguna confrontación respecto a problemas
reales (las "comunidades" en cuestión participan del juego del
liberalismo económico), transfiriendo el debate -cuando tiene lugar- a la
esfera del imaginario cultural.
Por tanto, el Islam político no
está de ningún modo en oposición al imperialismo; todo lo contrario, es su
perfecto servidor. No obstante, eso no impide a nadie hacer creer que es un
enemigo, que participa en la "guerra de civilizaciones", como nos
quieren hacer pensar Samuel Huntington y los servicios de la CIA para los que
él trabaja. Una guerra que se está desencadenando sólo en el imaginario a nivel
mundial, y cuyas únicas víctimas son las poblaciones que los culturalismos en
cuestión (como el Islam político) sitúan bajo su golpe. Una guerra ideológica
que además proporciona un pretexto creíble para una intervención (de Estados
Unidos y sus aliados) si es necesario.
No será nada extraño que
Estados Unidos se aproveche de los servicios que le presta el Islam político
para su proyecto de hegemonía mundial. Ningún movimiento del Islam político
está clasificado por Washington como "enemigo". No hay más que dos
excepciones -Hamas en Palestina y Hezbollah en Líbano-, porque la geografía
política hace de ellos los enemigos de Israel, que evidentemente está antes que
nada en la lista de preferencias estadunidenses. Sólo esas dos organizaciones
son calificadas de "terroristas", aunque son las únicas que luchan
contra una ocupación extranjera. Las demás -aunque utilicen la violencia
extrema contra sus compatriotas- no están definidas como tales. Dos pesos, dos
medidas, el doble lenguaje de la hipocresía. ¿Se puede esperar otra cosa de los
imperialistas?
Notas
1 Samir Amin, "Judaisme,
Christianisme, Islam: rêflexions sur leur spécifités rèelles ou
prétendues", Social Compass, núm. 46-4, 1999.
2 La déconexion, capítulo
7: "Y a-t-il une economie politique du foundamentalisme
islamique", La Decouverte, 1986.
Traducción del francés de Natasha
Litvina para CSCAwe. Tomado de Rebelión.
* La
Jornada, México, 17 de octubre de 2001
** Samir Amin
es egipcio, profesor de ciencias económicas de formación marxista. Trabajó de
1957 a 1960 en la planificación del desarrollo de su país y entre 1960 y 1963
fue consejero del gobierno de Mali. Tras ser director del Instituto Africano de
Desarrollo Económico y Planificación, actualmente dirige el departamento
africano del Foro del Tercer Mundo, en Dakar, Universidad de Naciones Unidas.
Cuestiones de América Nº 6, Noviembre de 2001
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