Pedro Reygadas y Josefina Guzmán
Decimos Latinoamérica y pareciera que el solo hecho de nombrarla la hace
existir. Pero, en realidad, ¿qué es la entelequia llamada Latinoamérica? La
reflexión desde la mirada de los latinos en Toronto, Canadá nos permite tratar
de contestar esta pregunta con un espíritu inquisitivo y sin complacencias
ideologicistas.
Toronto es la
ciudad más grande de Canadá, el país con más alta calidad de vida en el mundo,
de acuerdo a la UNESCO. Es la urbe con mayor éxito mundial en la integración
multicultural. En ella existe una minoría latina que nos hace interrogarnos
sobre el ser latinoamericano.
A Toronto llegan permanentemente latinos, muchos de ellos exiliados. A
la gran ciudad de la provincia de habla inglesa de Ontario han arribado
periódicamente oleadas de emigrantes, expulsados de las dictaduras
latinoamericanas en los años 70 o de la guerra y el narcotráfico en Colombia
hoy. Como totalidad, los latinos, de acuerdo a los más recientes informes sobre
la ciudad de Toronto, ocupan uno de los más bajos lugares en la escala de
bienestar.
Cuando un latino politizado llega a Toronto, jamás se integra a la vida
política canadiense. Vive en la oposición y muy posiblemente jamás se
nacionalizará canadiense. Nunca deshace las maletas. Hace por su patria o por
Latinoamérica actividades de solidaridad en los casos de desastre natural o
político. Su identidad oscila entre una patria en la que ya no tiene lugar y un
país de llegada que no siente suyo. Tardará comúnmente algunos lustros en
llegar a dominar el inglés. Sus hijos vivirán una condición de desarraigo,
rechazados por el medio como extranjeros y sin identificarse con la patria
añorada de los padres; rara vez tendrán un buen trabajo, muy posiblemente no
alcancen la universidad y la droga será una salida a la mano de su situación de
inestabilidad identitaria. La 3ª generación, si existe y no queda sumergida en
la marginalidad, podrá salir adelante como canadiense. Esa es la vida del
emigrado, una parte fundamental de la humanidad del siglo XXI en que la mano de
obra y los intelectuales circulan por el mundo vendiendo su fuerza de trabajo a
las trasnacionales.
Cuando un latino profesionista no politizado llega a Toronto, el
panorama es más crudo. Llegará a la ilusión del desarrollo y se topará de manos
a boca con que las cláusulas de preferencia para el canadiense le impiden
asumir cualquier trabajo calificado, hasta en tanto no consiga pasar por un
largo proceso de incorporación y validación. Tendrá que hacer seis meses o dos
años de trabajo voluntario, sin paga, la neoesclavitud del capitalismo
desarrollado en su expresión más “democrática” e igualitaria. Deberá
calificarse conforme a las reglas y estudios canadienses para aceder a un
puesto de trabajo adecuado.
El latino sin
estudios no entrará a las estadísticas maquilladas del primer mundo. Entrará y
saldrá como si nadie lo viera. Si es un trabajador temporal puede tener suerte
o puede resultar que llegue a la cosecha y una vez en el campo le pagarán menos
de lo que le habían ofrecido. No se quedará al invierno y si lo hace, muy
probablemente pague el costo de salud toda su vida. Si es un residente
permanente, con suerte vivirá mejor de lo que vivía en su país y, por ello, no
reclamará, no exigirá sus derechos, no los conoce. Este latino no denunciará,
no exigirá. Será un ciudadano de segunda, desconocedor de la cultura en su
delicadeza y profundidad, pero sentirá que vive bien. Posiblemente, como el
profesionista y el político, mande dinero en remesas para su familia que se
convierten en fuentes de impulso económico importante en sus regiones de
origen. Paradójicamente, el vivirá en el barrio latino, que entre mito y
realidad, es efectivamente uno de los peores barrios de la ciudad, de los más
pobres y donde mayor delincuencia hay, donde los rastafaris trafican con droga
y los lumpenizados intentan robar para luego llenar las cárceles. Son los jodidos
de la tierra, en Latinoamérica como en Canadá.
El estado canadiense, por su parte, armará programas para ayudar a los
latinos. Pero estos nunca se ponen de acuerdo. En el régimen de representación
canadiense, a diferencia de las comunidades portuguesa, italiana o china, no
tienen fuerza para llegar al poder. Para ello se requeriría más poder económico
y mayor organización. Los pocos intentos de organizarse han resultado en
corrupción y fracaso. La latinidad se esfuma y se muestran las diferencias: los
mexicanos, con frecuencia considerados como traidores aliados al norte o como
los que están en otro canal porque tienen un líder: el subcomandante Marcos,
quienes además suelen no permanecer en Canadá debido al arraigo a la tierra,
incluso después de décadas; los centroamericanos que vienen de la guerra pero
con escasa formación política real o intelectuales descorazonados de una
huidiza patria a la que quieren pero no lo suficiente para volver; los
sudamericanos, políticamente formados pero sin horizonte, hundidos en el
desaliento del fin del socialismo europeo, enfrentados además los unos a los
otros. Los ecuatorianos se salvan entre todos, logrando sobrevivir gracias a
actividades políticas en su sentido cultural más amplio: mantenerse unidos, a
través del deporte, de actividades recreativas.
El neoliberalismo, la dictadura, la guerra, la antidemocracia, la falta
de oportunidades es lo que une la condición del latino en Toronto. Pero esas
causas no son suficientes para integrar la identidad y la unidad. Las
diferencias, las culturas, las distintas tradiciones políticas, las rivalidades
históricas, los talantes desunen. El régimen político canadiense de voto
indirecto representativo no da oportunidad de tener representantes propios. Los
latinos en el poder van por sí mismos. Los latinos, politizados o no, por
razones distintas, no participan en la vida política, no votan, no tienen
representatividad. La latinoamericanidad queda en el origen que los expulsa de
la patria, en la unidad ante las grandes desgracias. El capitalismo canadiense
los absorbe, les chupa la sangre desgastándolos en la oposición sin futuro, los
hace canadienses, muchas veces de segundo nivel y los hace esforzarse en
conseguir los bienes básicos para vivir. La vida y la latinidad están en otra
parte. La desorganización reina porque al país no le sirve una comunidad cuya
identidad es política y no económica. Los orígenes nacionales y las distintas
lenguas (inglés, francés, español, portugués) separan. Los canadienses no
quieren problemas. Cada uno, cuando tiene algo en el alma, queda en su pequeña
labor: ayuda a maltratados, solidaridad con los hijos drogadictos, apoyo a las
lesbianas y homosexuales, apoyo legal para el migrante, colectas ante la
desgracia de la región latinoamericana, o actividades solidarias de las
iglesias.
Y uno se pregunta, ¿qué es ser latino? El Ché solía decir: si nada nos
une, al menos nos une el enemigo que enfrentamos. Nos une el enemigo, el
origen, el futuro, pero qué difícil volver la latinoamericanidad algo real,
útil, positivo, cuando no hay una fortaleza económica decisiva como región,
cuando el origen se diluye, cuando el enemigo se desconoce y esconde, cuando el
futuro ha quedado oscuro e incierto, cuando no hay un cuadro en positivo. Para
existir en un sentido efectivo, Latinoamérica necesita una infinitamente mayor
relación económica, política y cultural. Los latinoamericanistas necesitamos
diluir los prejuicios que nos desunen y tejer las redes del mañana común en la
tela de la globalización. ¿Será posible? No es una pregunta inútil ni
derrotista. ¿A dónde realmente puede ir Latinoamérica en el mundo postcomunsita
y neoliberal del siglo XXI más allá de los esquemas, frases y héroes gastados?
¿A dónde puede ir que le importe a los latinoamericanos como para sentirse
tales? ¿En dónde están los proyectos económicos que aprovechen la
globalización? ¿A cuántos llegan las redes políticas latinoamericanas por
Internet? ¿En dónde está la cultura efectiva que nos une más allá de Jennifer
López?
Cuestiones
de América Nº 5, Agosto de 2001
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