La
Integración Regional Latinoamericana y Caribeña, Condición de Nuestro
Desarrollo *
Los últimos decenios fueron especialmente
difíciles para América Latina y el Caribe. La economía creció en general lenta y
desigualmente, el desempleo y la pobreza de millones de personas se extienden
en forma dramática, y aun en países en los que hay avances significativos, se
advierte una descomposición social que se expresa en inseguridad, corrupción y
violencia.
Aun en esos
años que en realidad son de crisis e inestabilidad, se realizan cambios
importantes. En efecto la población total y económicamente activa aumenta,
crecen las ciudades, –y sobre todo los cinturones de miseria– mejoran las
comunicaciones y los transportes, se eleva el nivel de escolaridad, se
incrementa el comercio exterior gracias en parte a las empresas
maquiladoras, y se reestructuran y
modernizan ciertas actividades, aunque otras se rezagan y no responden a los
retos que las nuevas situaciones plantean. La globalización cobra impulso y
genera más que una real interdependencia, mayor dependencia de los países
subdesarrollados, y gana terreno en amplios círculos la idea de que ante la
cada vez mayor internacionalización sólo será posible adoptar medidas
parciales, de alcance muy limitado.
Hasta hace 25 o 30 años se pensó que las
políticas de desarrollo cumplirían su cometido y permitirían a nuestros países
industrializarse. Hoy, en cambio, bajo las aperturistas políticas neoliberales
se tiende a creer que aun aumentando el intercambio comercial y la inversión
extranjera e incorporando nuevas tecnologías al proceso productivo, será
difícil que se fortalezcan nuestras economías y se asegure un nivel de vida
digno a la mayoría de la población.
La Asociación por
la Unidad de Nuestra América (AUNA México) considera que la integración y la
unidad regionales, que en otras épocas pudieron considerarse utópicas,
actualmente son viables, e incluso una condición del desarrollo, aunque desde
luego no fáciles. Por eso ha convertido la integración en su campo central de
trabajo, y convenido ahora en hacer esta declaración, que circularemos por todo
el continente, y esperamos contribuya a que se comprenda mejor lo que ella
significa.
Desde
principios de los años sesenta, en que se crearon la Asociación Latinoamericana
de Libre Comercio (ALALC) y el Mercado Común Centroamericano, el acercamiento
de nuestros países y su decisión de remover conjuntamente ciertas trabas al
intercambio comercial, adquieren importancia. Años más tarde, la aparición de
la Comunidad Andina de Naciones, la conversión de la ALALC en ALADI, la
constitución del Mercosur, ciertos intentos de convergencia y nuevos acuerdos
de libre comercio en los que participan otros países, entrañan un significativo
avance en materia de comercio e inversiones intrarregionales. Pero si bien se
acepta a menudo que la integración es un proceso multidimensional y no sólo
comercial o siquiera económico, en la práctica poco se hace sobre todo en los
planos social, cultural y político, y aun en el económico; lo hecho no
significa que nuestros países, convencidos de que en adelante tendrán que
unirse para hacer lo que antes era posible realizar en forma aislada, conjuguen
esfuerzos estrechamente y de nuevas maneras para avanzar sobre todo en los
complejos e importantes campos de los que dependerá el desarrollo en el siglo
que ahora se inicia.
Cuando se habla
de la integración y la unidad regionales, se advierten a menudo posiciones muy
diversas. Algunos, por ejemplo, parecen estar convencionalmente de acuerdo
aunque a la vez dan la impresión de que no tienen claridad acerca de lo que ese
proceso realmente significa. Otros expresan dudas y consideran que si bien
serían deseables, la unidad y la integración de Latinoamérica y el Caribe no
son posibles. Y otros más, estando incluso de acuerdo en que son importantes,
se refieren a ellas en planos retóricos, sin prestar atención a lo que, en la
práctica, podría hacerse para impulsarlas.
La integración
regional tropieza con múltiples obstáculos. Pese a tener nuestra América tanto
en común, la geografía y la historia no parecen estar de su lado. Y aunque la
tecnología de la información y la revolución en las telecomunicaciones abren
nuevas y prometedoras posibilidades, aún estamos lejos unos de otros y no nos
es fácil recorrer las grandes distancias que nos separan y hacer conjuntamente
lo que todavía hace cada quien en forma aislada.
Hasta ahora, en
los proyectos de integración se reparó especialmente en la conveniencia de formar
áreas de libre comercio, lo que obedeció al propósito de ampliar mercados
externos pues los internos de cada país, en general son estrechos y no crecen
con rapidez. Lo que se ha hecho hasta aquí no es deleznable; pero puede y debe
ir más lejos, y reorientarse en busca de que nuestros países comprendan que en
la medida en que integración y desarrollo se vinculen estrechamente y apoyen
uno al otro, pasará al primer plano la promoción de las nuevas actividades
productivas, de las que todavía carecemos o son muy débiles, en las que
dependemos grandemente de los países más desarrollados y que son ya necesarias
para llevar nuestro desarrollo de planos extensivos relativamente sencillos a
otros intensivos y más complejos, de los que depende que logremos economías
diversificadas y sólidas y niveles de vida dignos para todos.
Así como en
años pasados nuestros países produjeron bienes de consumo que antes importaban,
ahora es preciso que avancen en la producción de bienes intermedios y de
capital, y como ello reclamará nuevas tecnologías y formas de organización,
personas preparadas para manejarlas, cuantiosas inversiones y mercados amplios,
el que esta nueva fase del desarrollo industrial dependa del esfuerzo conjunto
de varios países y sea parte del proceso de integración y desarrollo
regionales, hará posible que logremos lo que hasta ahora no pudimos conseguir,
y que no sea el capital extranjero el que más se beneficie de esa
reestructuración.
Mas no sólo en
lo económico podemos abrir nuevos y más anchos caminos. Problemas sociales como
el de la dramática pobreza que hoy aqueja a millones de personas y en
particular a las comunidades indígenas, la inseguridad, el deterioro ecológico,
el cuidado de la salud, el trabajo migratorio, la necesidad de preparar a la fuerza
de trabajo para acometer nuevas tareas y otros, reclaman acciones conjuntas
latinoamericanas y aun de mayor alcance, no circunstanciales sino permanentes.
Lo mismo podría
decirse de aspectos muy importantes de la cultura y la política. Nuestro
patrimonio cultural es mucho más rico de lo que habitualmente se supone; y sin
embargo no lo utilizamos como parte del potencial de desarrollo. En la
actividad cultural y en la propiamente educativa podemos hacer mucho más de lo
que hacemos: proyectar y poner en práctica planes conjuntos, promover el
intercambio de personas y experiencias, apoyarnos mutuamente y ofrecer
facilidades para preparar los nuevos cuadros que requerimos, en campos que
están a nuestro alcance.
Esfuerzos
unitarios y de cooperación como el Grupo de Río, el Sistema Económico
Latinoamericano y otros, demuestran que podemos contar con mecanismos
institucionales que nos permitan actuar conjuntamente, aumentar nuestra
capacidad de negociación y defender mejor nuestros más legítimos intereses. Pero
aun esos mecanismos se mueven con obvias limitaciones en el marco de políticas
de corto plazo, y no de verdaderas estrategias de desarrollo.
La realidad de
hoy no es la de antes y plantea nuevos retos que obligan a proceder de nuevas
maneras. Si aun países con grandes diferencias entre sí actúan conjuntamente,
nuestra América, que en general tiene raíces históricas, tradiciones, valores
culturales y formas de vida análogas, seguramente puede convertirse en una
nueva y vigorosa Comunidad Latinoamericana de Naciones; pero ello no lo logrará
el mercado de manera espontánea ni las conservadoras políticas neoliberales en
boga. La unidad será fruto de esfuerzos conjuntos y deliberados, de nuevas
estrategias y de la decisión de enfrentarse resueltamente a los obstáculos que
se oponen a ella.
La integración
regional no es tarea exclusiva de los gobiernos o de ciertos organismos
internacionales. Nos incumbe a todos: trabajadores, empresarios, profesionistas
e intelectuales, hombres y mujeres. Por eso es necesario que comprendamos lo
que significa y que la veamos como un proceso que no sólo permite sino reclama
nuestra acción. Sin perjuicio de las decisiones que se tomen en los más altos
niveles, la integración regional tendrá que ser construida de abajo hacia
arriba, desde dentro de cada país y, a la vez, en un gran esfuerzo
multinacional que si respeta el derecho de autodeterminación de los pueblos,
lejos de lesionar la soberanía, debiera contribuir a fortalecerla.
Tenemos que
crear una conciencia latinoamericana y latinoamericanista; que conocernos mejor
unos a otros, que enriquecer la información sobre Latinoamérica y el Caribe,
rescatar y enaltecer nuestros valores y demostrar que no es cierto que
integrarnos sea una ilusión y que lo único viable sea la subordinación a lo
extranjero. La unidad, desde luego, y sobre todo la unidad en la diversidad no
es fácil. Requiere entender que las discrepancias no se superan en discusiones
verbales interminables sino en nuevas y amplias formas de acción conjunta, en
las que todos puedan expresar libremente lo que piensan y sean oídos con
respeto, y en las que se compruebe que, pese a posibles divergencias, se puede
actuar conjuntamente tras objetivos fundamentales en los que en principio se
esté de acuerdo.
La integración
regional nos permitirá hacer juntos lo que en el mundo de nuestros días no
puede ya hacerse en forma aislada. Nos permitirá unirnos, sumar fuerzas,
superar la dispersión y la debilidad, y lograr una inserción en la comunidad
internacional mejor que la actual.
Como ha dicho recientemente el Secretario
Permanente del SELA, Otto Boye Soto, “... A las razones que hemos dado siempre
para favorecer (la integración latinoamericana), se agrega... una que le
confiere urgencia: la integración es un camino para salirle al paso a la
globalización unidimensional...”; “... si no nos integramos con una mayor
profundidad que la que nos impone la inevitable inserción en el proceso de
globalización, nuestros esfuerzos... van a ser anulados...” “Y lo que es peor,
no vamos a poder tener voz propia...” 1 Y podría añadirse: el
fortalecimiento de los diversos esquemas de integración subregional es muy
importante, sobre todo en la perspectiva de una área de libre comercio
hemisférica (ALCA).
La integración de Latinoamérica y el
Caribe requiere, además, desenvolverse en un contexto internacional favorable.
En la Declaración de Bangkok, con la que cerró la X Conferencia de
las Naciones Unidas
sobre Comercio y
Desarrollo, se señala
que “las asimetrías y desequilibrios en la economía internacional se han
intensificado, y la inestabilidad del sistema financiero internacional sigue
siendo un grave problema...” Lo que quiere decir que “quedan por superar
desafíos formidables...”
“La Conferencia... ha inspirado razones para tener
esperanza en la posibilidad de crear un sistema económico mundial mejor y más
justo... Nos hemos puesto de acuerdo sobre el Plan de Acción... ahora debemos
trabajar todos juntos para convertir la esperanza en realidad.” 2
Y en la Cumbre del Sur, que se realizó
hace unas semanas en La Habana, se adoptaron también importantes acuerdos.
“... Nuestra máxima prioridad –se dijo– es
superar el subdesarrollo... Aunque ésta es ante todo una responsabilidad nuestra,
instamos a la comunidad internacional a tomar medidas urgentes y decididas, con
un enfoque integral y multidimensional que nos ayuden a... establecer
relaciones económicas internacionales basadas en la justicia y la equidad.” ...
“hacemos hincapié en la necesidad de un nuevo orden mundial humano...”, (y) de
“... encontrar soluciones colectivas y pacíficas para los problemas globales.”
“... la cooperación Sur-Sur es un mecanismo
esencial para promover el crecimiento económico sostenido y el desarrollo
sostenible...” Subrayamos “... la necesidad de preservar nuestra diversidad
nacional y regional en materia de tradiciones, identidades y culturas...”
“Rechazamos firmemente la imposición de leyes y reglamentos de efectos
extraterritoriales...”
“Ratificamos que todo Estado tiene el derecho
inalienable de escoger su propio sistema político económico social y cultural,
sin injerencia de ningún tipo de otros Estados.”
“Podemos hacernos escuchar –concluye la
Declaración– si actuamos con una sola voz y con el coraje, la perseverancia, la
audacia y la voluntad política necesarias para lograr las transformaciones
urgentes y fundamentales del sistema económico internacional a las que todos
aspiramos.” 3
Por AUNA México, A.C.
Alonso Aguilar Monteverde, Ofelia Alfaro, Jorge Alonso, Enrique Andrade,
Miguel Alvarez, Oscar Alzaga, Sol Arguedas, Angel Bassols Batalla, Bernardo
Bátiz, Laura Becerra, Laura Bolaños, Laura Bosques, Enrique Brito, Jesús Campos
Linas, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Fernando Carmona, Jorge Carpizo, Zoltan
de Zerna, Marcos Crestani, Atlántida Coll, Miguel Concha, Roberto Dávila, Jorge
Fons, Carmen Galindo, Magdalena Galindo, Arturo García Bustos, Lamberto García
Zapata, Julián Gascón Mercado, Aída Gómez, Rodolfo González Guevara, Agustín González
M., Jesús González Schmal, Luis González Souza, Jesús Hernández Garibay, Mauro
Jiménez Lazcano, Clara Jusidman, Horacio Labastida, Ana I. Mariño, David
Márquez Ayala, Gastón Martínez, Luis Eduardo Martínez, Jorge Meléndez,
Francisco de P. Millán, Josefina Morales, Esperanza Nacif, Isaac F. Palacios,
Ana F. Palomera, Fernando Paz Sánchez,
Manuel Peimbert, Juan Ramírez, Iván Restrepo, Héctor Reyes Lara, Guadalupe
Rivera Marín, Mª Elena Rodríguez Ozán, Héctor Roldán, Alejandro Sobarzo, Amalia
Solórzano de Cárdenas, Luis Suárez, Ricardo Valero, Carlos Véjar Pérez-Rubio,
Elio Villaseñor, Elena Urrutia, Alfredo Zalce, Leopoldo Zea.
Colaboradores
Especiales en Asuntos Latinoamericanos:
Sergio Bagú
(Argentina), José Luis Balcárcel (Guatemala), José Consuegra Higgins
(Colombia), Alfredo Guerra-Borges (Guatemala), Rina Lazo (Guatemala), D.F. Maza
Zavala (Venezuela), José Moncada (Ecuador), Oscar Pino Santos (Cuba), Martha
Ventura viuda de Selser (Argentina).
* Declaración de la Asociación por
la Unidad de Nuestra América, - AUNA México, México, agosto de 2000
Notas:
1 SELA,
Capítulos,
Caracas, enero-abril de 2000, páginas 9 y 10.
2 Ibidem, pp. 74, 77 y 79.
3 Ibid, pp. 160, 161, 166 a
170, 173, 175, 176 y 180.
Cuestiones de América Nº 5, Agosto de 2001
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