Nuevos Caminos de las
Organizaciones de Masas
Pedro Reygadas
Una ola reaccionaria apagó el
movimiento popular mundial tras la caída del socialismo en Europa del Este en
1989. El movimiento en América tuvo que repensar sus miras y ubicación, en un
avance complejo. En Centroamérica, en 1992 terminó la guerra en El Salvador y
después se negoció la paz en Guatemala, permitiendo el desarrollo de nuevas
instituciones pero sin hacer posible el cambio radical o siquiera la reforma
agraria radical en esos países; se efectuó lo que era viable en las nuevas
circunstancias mundiales y locales, construyendo un espacio de acción
democrática.
Otras naciones afectadas por
movimientos armados, como Colombia -en Sudamérica- no han acabado de lograr
construir una nueva alternativa, debatiéndose entre la guerrilla y el
narcotráfico. En el Caribe, Haití vio el ascenso de Aristide, producto de la
nueva situación mundial, y Dominicana pudo ver la entrada al poder de un
gobierno más democrático, aunque sólo por un breve periodo. En México el PRI
acaba de concluir su reinado de 71 años dando paso a un gobierno de derecha. A
la vez, Perú se hundió en la corrupción de las esperanzas puestas en el
movimiento cambio 90 de Alberto Fujimori, que concluyó en la catástrofe. Chile
se reconstituye y salda cuentas con algunos aspectos centrales de la dictadura
pinochetista. Ecuador se debate en la pobreza de 4 de cada 5 habitantes y el
exilio forzado, tratando de construir una alternativa, impulsada por un fuerte
movimiento indígena.
En medio de ese panorama, parecen
destacarse cinco elementos:
1.El intento de reencontrar el
equilibrio en un mundo que cambió radicalmente en 1989.
2.La crisis de los partidos.
3.El surgimiento de nuevos actores
sociales.
4.El surgimiento de nuevas formas de
lucha.
5.La revaloración del lugar de la
democracia en la construcción de las alternativas de izquierda.
1989 demostró, más allá de todo
debate y de cualquier influencia del capitalismo en la descomposición
ideológico-económica del socialismo, que éste no podía ni debía seguir en pie
en la forma en que se construyó en Europa del Este. El socialismo no fue ni
siquiera capaz de cumplir aquello que el marxismo le asigna como tarea central:
desarrollar las fuerzas productivas en una escala superior al capitalismo en
una forma que potencie al máximo las relaciones sociales colectivas de
producción. 1989 fue el fin de los partidos únicos, de la ideología marxista
como excluyente de otras maneras de pensar, de la organización burocrática. Y
esta realidad va impactando poco a poco el movimiento de masas en América,
realizando, claro está, lecturas muy diversas, incluyendo los intentos de
seguir defendiendo exactamente lo mismo que fracasó en 1989. Naturalmente, el
tema del socialismo real es muy complejo y hay mucho por decir al
respecto todavía durante muchos años, asimilando esa experiencia desde la
izquierda, y con espíritu abierto y constructivo.
Tanto los partidos comunistas y
socialistas como los burgueses han venido enfrentando una larguísima historia
de crisis. La caída del socialismo acentuó esa crisis. A la vez, no han
aparecido formas diferentes a los partidos capaces de aglutinar a los
movimientos populares a tal grado de permitir la toma del poder y su
mantenimiento. Han aparecido nuevos actores sociales y formas de lucha que sin
embargo, cambian el panorama de la organización popular y perfilan su posible
futuro.
Hace algunas décadas los
movimientos centrados en lo privado, en la defensa de la naturaleza y en
relaciones que tienen que ver con la “microfísica” del poder dieron un nuevo
perfil a la lucha política, volviéndose relevante la batalla feminista,
lesbiana y homosexual, la defensa ecologista, la búsqueda de la renovación de
los sistemas carcelarios cuya obsolescencia se hizo notar recientemente -en
febrero de 2001- en el motín masivo en Brasil. De tiempo atrás, las
Organizaciones No Gubernamentales y las luchas por la defensa de los derechos
humanos han cobrado también una importancia considerable. En la última década y
hoy destacadamente, con el movimiento zapatista del EZLN en México y de los
ecuatorianos, se muestra la relevancia del sector indígena como una avanzada de
los pueblos.
En buena medida, la posibilidad de
cambios radicales en cada país dependerá de la capacidad de recuperar esa larga
experiencia histórica de las últimas décadas: modificar los partidos políticos
y su organización; considerar las luchas ecologista, sexual y de otros ámbitos
de la microfísica del poder; desarrollar las ONG y la lucha por los derechos
humanos; replantear el lugar de los indígenas en las construcciones nacionales.
Todos los componentes son necesarios para poder reconstruir el horizonte
organizativo, sumando esfuerzos y alternativas.
En estos años han surgido nuevas
formas de lucha en América. Tres elementos nos parecen notables: la permanencia
o trascendencia de aquellas organizaciones que logran construir sus
alternativas en forma más o menos democrática desde abajo, minimizando el papel
de la centralización del poder; la aparición de formas novedosas de dirección,
resistentes al endiosamiento de los líderes, a su corrupción o a su
eliminación; el uso de las redes electrónicas en la lucha social.
La lucha más auténticamente
democrática es algo que se construye a diario: en discusiones y asambleas calle
por calle, manzana por manzana, colonia por colonia en las ciudades, y caserío
por caserío y pueblo por pueblo en el campo. Pero implica también la creación
de mecanismos sistemáticos de promoción de los cuadros populares de abajo a
arriba porque de otra manera se enquistan los liderazgos, que no pueden
renovarse. También requiere una formación constante tanto teórica como de lucha
para crear estratos de dirección intermedia, sin los cuales una organización no
tiene garantizado su futuro de largo plazo y su efectiva democracia. La
democracia popular radical, naturalmente, implica invertir grandes esfuerzos
sociales cotidianos en organización y concebir la política de nuevas maneras,
como cuando el EZLN realizó las consultas entre sus bases para aceptar o no las
propuestas de paz del Estado en 1994, posponiendo una decisión crucial durante
largos meses en beneficio de la decisión democrática.
En el movimiento estudiantil y en
la oposición al neoliberalismo han surgido formas de organización en donde se
recupera y desarrolla la vieja tradición anarquista y consejista, que desconfía
de los líderes que se perpetúan y plantea la rotatividad de las direcciones.
Esto, sin embargo, no se da sin tensiones. Los líderes históricos son tales y
no pueden producirse por voluntad individual ni colectiva. Pero su perpetuación
ha solido ser a la larga terriblemente dañina, hasta los extremos del
stalinismo o el peronismo en nuestra América. El movimiento indígena, asediado
por la represión, ha encontrado maneras de a la vez ocultar y renovar los
liderazgos para evitar los ataques del Estado burgués. El movimiento
estudiantil, como en el caso del Consejo General de Huelga en México, se
planteó negociar cambiando constantemente a sus representantes, conforme a la
voluntad colectiva. Ello permite educar a muchos y ligar a dirigentes y
dirigidos, replantear la idea misma de “dirigente”. Sin embargo, también vuelve
vulnerable y difícil la continuidad y el desarrollo del movimiento que, sin
embargo, ha de hallar nuevas fórmulas de expresión.
Las redes electrónicas se han
convertido en una vía de organización amplia e internacional, patente en
Seattle en las manifestaciones contra las grandes instituciones financieras del
neoliberalismo y en el impacto de la imagen pública del Ejército Zapatista de
Liberación Nacional en México. Esta instancia de lucha actual aún puede
encontrar nuevas y eficaces formas de desarrollo. A la vez, en ocasiones la
organización de redes es espontánea y tiene los límites del espontaneismo: la
virtud de comprometer a muchos y a quienes de otra manera no se integran a una
lucha política por el cambio democrático popular; la limitación de no poder
articular una propuesta que logre sortear los obstáculos más importantes. Sin
embargo, la respuesta espontánea, cuando se dan condiciones históricas
apropiadas, puede hacer virar la rueda de la historia, como sucedió
precisamente en Europa del Este en 1989.
Tras lo expuesto se hace evidente
que uno de los grandes ejes de recuperación y desarrollo de la lucha es y habrá
de ser la construcción de más y mejores formas de ejercicio democrático, formas
que lleven más lejos y rompan con la democracia de los partidos tradicionales,
del capitalismo y de lo que fue el socialismo en Europa del Este. Es claro, en
todo caso, que el mundo y América con él empiezan a reencontrar el equilibrio,
a recuperar lo perdido que era digno de conservar y a abrir paso a nuevas
formas de organización de los pueblos que se niegan a caminar por el mundo sin
más horizonte que la sangre y el fango a la que los ha condenado por siglos el
capital.
Los pueblos de los países
subdesarrollados no quieren aceptar que su horizonte para el siglo XXI sea
proveer de fuerza de trabajo migrante a los países desarrollados, reproducir su
miseria, su bajo nivel educativo, su limitado acceso a la información y proveer
de recursos y reservas biogenéticas al mundo imperialista. A la vez, los
movimientos en Canadá y Estados Unidos trascienden su condición imperial y
buscan la solidaridad mundial y la conquista de una nueva realidad más allá del
neoliberalismo. Para ello, es necesario reconstruir los partidos, potenciar las
nuevas organizaciones, integrar a todos los nuevos actores sociales, adecuar
las formas de lucha a las posibilidades del presente y dar un lugar central a la
democracia popular auténtica.
Regresar a la Página Principal...
![]()