En
la Universidad de York, en Toronto, Canadá, tuvo lugar una huelga de 11 semanas
iniciada el 26 de octubre y concluida el 11 de enero del 2001. A diferencia de
otros movimientos como el de la UNAM en México, los estudiantes canadienses
obtuvieron un triunfo rotundo sobre una dura administración y el gobierno de la
provincia de Ontario, caracterizado por su ataque a la educación en los últimos
años.
En
York existen diversos sindicatos que agrupan a los distintos sectores
universitarios. En octubre, tras infructuosas negociaciones con la
administración universitaria, estalló en huelga la sección que agrupa a los
estudiantes sindicalizados, especialmente aquellos responsables de la
asistencia pedagógica (Teaching Assistants) y la investigación (Graduate y
Research Assistants).
Los estudiantes universitarios de las escuelas públicas canadienses reciben becas de estudio que permiten pagar los estudios, que tienen en el caso de York un costo en números cerrados de alrededor de 5 mil dólares para los estudiantes nacionales y 10 mil para los extranjeros. Todo estudiante además debe pagar un seguro médico obligatorio, que para una familia de cuatro personas es de 2,400 dólares anuales sin considerar los servicios de dentista. El estudiante graduado (el involucrado en la huelga) puede llegar a recibir una beca de inicio de estudios para instalación, ingresos adicionales (boursary) otorgados de acuerdo a su situación particular tanto por la universidad como por el sindicato y becas externas a la institución, además de recibir ciertos reembolsos por impuestos.
La
huelga iniciada en octubre se originó por motivos tanto económicos, como
económico-políticos y estrictamente políticos. Entre los primeros estaban
diferentes negociaciones típicas de un contrato colectivo, entre los segundos
destacó la existencia de una notable diferencia salarial injustificada entre
estudiantes que obtenían alrededor de 4 mil 500 dólares anuales de beca y otros
que llegaban a obtener hasta 12 mil dólares. Una demanda de carácter netamente
político fue la relativa a la obtención de una indexación de las colegiaturas (tuition
indexation) para evitar que el estudiante fuera quien soportara los
aumentos inflacionarios. Fue una demanda política porque era relativa a
estudiantes futuros, no a los que actualmente están cursando sus estudios.
Cabe
señalar también, como marco general del conflicto, que la Universidad de York
es una universidad pública de corte más moderno y liberal que la mayoría de las
universidades canadienses, y que la más conocida Universidad de Toronto en la
misma ciudad. Dentro de York se encuentran carreras con orientaciones novedosas
como Estudios de la Mujer o Pensamiento Político. La Universidad atrae a un
considerable número de estudiantes extranjeros de América y de Europa del Este.
Tras estallar la huelga,
los estudiantes iniciaron al término de octubre sistemáticos bloqueos de las
calles de acceso a la universidad, suspendiéndose la entrada de autobuses al
campus. Durante 11 semanas del fin del otoño y el inicio del invierno los
estudiantes realizaron la práctica de marchar en círculo -que caracteriza la
tradición inglesa de los “picket line”-, dejando pasar algunos autos después de
varios minutos de marcha circular realizada en ocasiones bajo la nieve y el
frío canadiense de menos de 10 o 20 grados bajo cero. El pago de huelga por
cada hora de marcha en la picket line o por correspondientes labores de
otro tipo (hecho que fue posible gracias al trato con instituciones bancarias
vinculadas a los sindicatos) fue de 800 dólares mensuales por cuatro horas
diarias de trabajo.
Después
de que la huelga rebasó las expectativas iniciales de la mayoría que
consideraban que no se extendería más allá de un par de semanas si acaso
estallaba, la administración decidió echar a la policía contra los piquetes de
huelga. Pero la tradición canadiense de la policía no es la de la triste
práctica meramente represiva de otras latitudes de América. Los policías
visitaron las picket lines y consideraron que su manifestación era legal
y pacífica, negándose a intervenir. Fue el primero de varios reveses que
recibió la administración.
Laura
Mardsen, quien preside la universidad y se estima gana alrededor de 240 mil
dólares canadienses al año, fue inflexible. La Universidad no realizó ofertas
substantivas durante las primeras semanas de la huelga, dejando correr el reloj
de un calendario en el que al momento del estallido laboral estaba por terminar
el periodo escolar de otoño. No estaban en juego grandes pérdidas ni el
presupuesto universitario, ya otorgado, lo mismo que los pagos estudiantiles
por los estudios iniciados. El sindicato tampoco mostró mayor flexibilidad ni
se distinguió por proporcionar información suficientemente precisa a los
agremiados. Contra toda expectativa previa, la huelga llegó a la Navidad,
politizando más y más.
De
un lado el sindicato, soportado por otros organismos gremiales, se veía
obligado a sostenerse como símbolo, politizando más aún la demanda de tuition
indexation. Por otra parte, la administración soportada por otras
universidades y el gobierno de la provincia de Ontario, se empeñó en no ceder.
En medio de la tensión, diversos artículos en los diarios atacaron a la
Universidad de York, acusándola de soportar estudios sociales inútiles, de ser
refugio de marxistas y de europeos del este, entre otras lindezas. Se manejó la
posibilidad de que York pudiera llegar a fundir algunas de sus facultades con
la Universidad de Toronto. Internamente, la polémica fue dividiendo personajes
y facultades. Los estudiantes de licenciatura (undergraduate) llegaron a
tensarse e incorformarse; algunos decidieron dejar York al avanzar el reloj sin
que la huelga concluyera. Afloraron tensiones como la debida al hecho de que la
división de sindicatos posibilita que por un lado se luche por mejoras para los
estudiantes y por otro, por ejemplo, se les bloquee la posibilidad de que
puedan dar clases independientes en la universidad para proteger los intereses
de profesores establecidos. Finalmente, los profesores por asignatura
comenzaron a desesperarse, recibían sólo 800 dólares por estar en la picket
line de un salario que se condensa usualmente en 8 meses y del cual dejaban
de recibir alrededor de 3 mil 200 dólares cada mes debido a la situación de
conflicto. Los estudiantes extranjeros discutían la posibilidad de hacer las
maletas para regresar a sus países, esperando ansiosos el fin del conflicto. El
triunfo parecía poco probable para muchos.
La
Universidad inició el nuevo año, primero del milenio, en plena huelga. La
administración, tras realizar la primera concesión substantiva desde el inicio
del conflicto propuso, entre otros cambios, un aumento de cerca de 2 mil
dólares para los estudiantes de más bajo ingreso, disminuyendo las diferencias
salariales. Los negociadores, entrenados en huelgas de empresas privadas,
consideraron que el desgaste había sido suficiente y acudieron a un singular
recurso legal canadiense: llamaron a un voto judicialmente supervisado para
valorar si los huelguistas estaban en disposición de aceptar la propuesta de la
administración.
En
los primeros días de enero, una administración que empezaba a sentir la presión
del tiempo convocó al voto supervisado. Los estudiantes y los profesores de
asignatura votaron. Afuera del hotel Hyatt en que se celebró el votó, se
repartía propaganda a favor de la continuación de la huelga o de terminar con
el lío. El resultado fue un triunfo de aquellos a favor de la continuación de
la huelga, aunque no sin costo: un alto porcentaje de estudiantes votó por el
término del conflicto y la sección de profesores favoreció el regreso a clases.
La administración quiso dar el último golpe: llamó a asistir a clases y
prometió hacer que los autobuses pasaran las líneas de huelga.
Laura
Mardsen y sus negociadores entrenados no pudieron pasar por encima del Senado,
que mostró su independencia por su tradición y la dirección de un personaje
liberal de izquierda que se negó a aceptar la violación de la legalidad. El
Senado llamó tanto al sindicato como especialmente a la dirección universitaria
a negociar conforme al dictado del voto supervisado. Entre la espada y la
pared, se restablecieron negociaciones en el borde de la posibilidad de empezar
a perder fondos para el mantenimiento de la universidad y de afectar no ya
únicamente el periodo de otoño, sino también el invernal. Los estudiantes
obtuvieron una rotunda victoria económica y política. La indexación de las
colegiaturas se prolongó por dos años más para los nuevos universitarios.
Muchas opiniones
encontradas circulan en torno al conflicto universitario, pero es un hecho que
la huelga fue, al fin y al cabo, un triunfo. Este hecho se debió, como siempre
en la historia, a factores diversos, entre ellos los siguientes: los
estudiantes graduados en huelga se mantuvieron fuertemente unidos hasta el
final y fueron mayoría; el Senado con su independencia impidió un golpe de mano
de la dirección universitaria; la policía con su tradición equilibrada impidió
el uso arbitrario de la fuerza; y, finalmente, el instrumento legal del voto supervisado
judicialmente, al ser un recurso democrático, permitió mostrar la tendencia
mayoritaria que se impuso.
Al final, los graduados consideran que entre lo más importante del éxito de la huelga está “el mejoramiento en cuanto el acceso financiero a la educación superior en Ontario”, lo que “puede ayudar a sentar precedente para otras universidades” que miran a York como “la más fuertemente izquierdista y activista dentro de los cuerpos estudiantiles de Canadá”.
Consideran
asimismo los estudiantes que la huelga de York -y cualquier otra huelga
estudiantil- es importante para América e incluso para gran parte del mundo
afectado por las tendencias neoliberales extremas que buscan la reducción de
los presupuestos educativos estatales, porque resulta un paso, entre otros,
“hacia la accesibilidad de la educación superior”. Es importante, como dicen,
que “sin importar los antecedentes económicos, uno tenga la oportunidad de dar
sentido a su vida continuando su educación”. El triunfo estudiantil en la
Universidad de York, Canadá, es un pequeño mentís ante “la tendencia global de
las universidades de hacer descansar progresivamente su desarrollo más sobre
las finanzas de los estudiantes”.
Con
esa huelga se aprendió que “las políticas administrativas irresponsables pueden
terminar en huelgas”, y que “para alcanzar nuestras metas tenemos que ser
solidarios unos con otros”. Lo que queda en la mesa luego de ese movimiento
estudiantil, es que “hasta que metas tales como el cuidado universal de la
salud y la educación accesible a todos no sean vistas como una prioridad, los
problemas van a persistir”.
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