N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Carta de Jamaica
Simón Bolívar *
Kingston, septiembre
6 de 1815
Muy señor mío:
Me apresuro a
contestar la carta del 29 del mes pasado que V. me hizo el honor de dirigirme,
y yo recibí con la mayor satisfacción.
Sensible, como
debo, al interés que V. ha querido tomar por la suerte de mi patria,
afligiéndose con ella por los tormentos que padece desde su descubrimiento
hasta estos últimos períodos, por parte de sus destructores los españoles, no
siento menos el comprometimiento en que me ponen las solícitas demandas que V.
me hace, sobre los objetos más importantes de la política americana. Así, me
encuentro en un conflicto, entre el deseo de corresponder a la confianza con
que V. me favorece, y el impedimento de satisfacerla, tanto por la falta de
documentos y de libros, cuanto por los limitados conocimientos que poseo de un
país tan inmenso, variado y desconocido como el Nuevo Mundo.
En mi opinión
es imposible responder a las preguntas con que V. me ha honrado. El mismo barón
de Humboldt, con su univerdalidad de conocimientos teóricos y prácticos, apenas
lo haría con exactitud, porque aunque una parte de la estadística y revolución
de América es conocida, me atrevo a asegurar que la mayor está cubierta de
tinieblas, y por consecuencia, sólo se pueden ofrecer conjeturas más o menos
aproximadas, sobre todo en lo relativo a la suerte futura, y a los verdaderos
proyectos de los americanos; pues cuantas combinaciones suministra la historia
de las naciones, de otras tantas es susceptible la nuestra por sus posiciones
físicas, por las vicisitudes de la guerra, y por los cálculos de la política.
Como me
conceptúo obligado a prestar atención a la apreciable carta de V., no menos que
a sus filantrópicas miras, me animo a dirigir estas líneas, en las cuales
ciertamente no hallará V. las ideas luminosas que desea, mas sí las ingenueas
expresiones de mis pensamientos.
«Tres siglos
ha, dice V., que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el
grande hemisferio de Colón.» Barbaridades que la presente edad ha rechazado
como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás
serían creídas por los críticos modernos, si constantes y repetidos documentos
no testificasen estas infaustas verdades. El filantrópico obispo de Chiapa, el
apóstol de la América, Las Casas, ha dejado a la posteridad una breve relación
de ellas, extractada de las sumarias que siguieron en Sevilla a los
conquistadores, con el testimonio de cuantas personas respetables había
entonces en el Nuevo Mundo, y con los procesos mismos que los tiranos se
hicieron entre sí; como consta por los más sublimes historiadores de aquel
tiempo. Todos los imparciales han hecho justicia al celo, verdad y virtudes de
aquel amigo de la humanidad, que con tanto fervor y firmeza denunció ante su
gobierno y contemporáneos los actos más horrorosos de un frenesí sanguinario.
¡Con cuánta
emoción de gratitud leo el pasaje de la carta de V. en que me dice «que espera
que los sucesos que siguieron entonces a las armas españolas, acompañen ahora a
las de sus contrarios, los muy oprimidos americanos meridionales»! Yo tomo esta
esperanza por una predicción, si la justicia decide las contiendas de los
hombres. El suceso coronará nuestros esfuerzos; porque el destino de América se
ha fijado irrevocablemente; el lazo que la unía a la España está cortado; la
opinión era toda su fuerza; por ella se estrechaban mutuamente las partes de
aquella inmensa monarquía; lo que antes las enlazaba ya las divide; más grande
es el odio que nos ha inspirado la Península que el mar que nos separa de ella;
menos difícil es unir los dos continentes, que reconciliar los espíritus de
ambos países. El hábito a la obediencia; un comercio de intereses, de lueces,
de religión; una recíproca benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la
gloria de nuestros padres; en fin, todo lo que formaba nuestra esperanza nos
venía de España. De aquí nacía un principio de adhesión que parecía eterno; no
obstante que la inconducta de nuestros dominadores relajaba esta simpatía; o
por mejor decir este apego forzado por el imperio de la dominación. Al presente
sucede lo contrario; la muerte, el deshonor, cuanto es nocivo, nos amenaza y
tememos; todo lo sufrimos de esa desnaturalización madrasta. El velo se ha rasgado;
ya hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas; se han roto las
cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo
esclavizarnos. Por lo tanto, la América combate con despecho; y rara vez la
desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria.
Porque los
sucesos hayan sido parciales y alternados, no debemos desconfiar de la fortuna.
En unas partes triunfan los independientes, mientras que los tiranos en lugares
diferentes, obtienen sus ventajas, ¿cuál es el resultado final? ¿no está el
Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa? Echemos una ojeada y
observaremos una lucha simultánea en la misma extensión de este hemisferio.
El belicoso
Estado de las Provincias del Río de la Plata ha purgado su territorio y conducido
sus armas vencedoras al Alto Perú, conmoviendo a Arequipa, e inquietando a los
realistas de Lima. Cerca de un millón de habitantes disfruta allí de su
libertad.
El reino de
Chile, poblado de 800,000 almas, está lidiando contra sus enemigos que pretenden
dominarlo; pero en vano, porque los que antes pusieron un término a sus
conquistas, los indómitos y libres araucanos, son sus vecinos y compatriotas; y
su ejemplo sublime es suficiente para probarles que el pueblo que ama su
independencia, por fin lo logra.
El virreinato
del Perú, cuya población asciende a millón y medio de habitantes, es sin duda
el más sumiso y al que más sacrificios se le han arrancado para la causa del
rey; y bien que sean varias las relaciones concernientes a aquella porción de
América, es indubitable que ni está tranquila, ni es capaz de oponerse al
torrente que amenaza a las más de sus provincias.
La Nueva
Granada, que es, por decirlo así, el corazón de la América, obedece a un
gobierno general, esceptuando el reino de Quito que con la mayor dificultad
contienen a sus enemigos, por ser fuertemente adicto a la causa de su patria, y
las provincias de Panamá y Santa Marta que sugren, no sin dolor, la tiranía de
sus señores. Dos millones y medio de habitantes están esparcidos en aquel
territorio que actualmente defienden contra el ejército español bajo el general
Morillo, que es verosímil sucumba delante de la inexpugnable plaza de
Cartagena. Mas si la tomare será a costa de grandes pérdidas, y desde luego
carecerá de fuerzas bastantes para subyugar a los morígeros y bravos moradores
del interior.
En cuanto a la
heroica y desdichada Venezuela, sus acontecimientos han sido tan rápidos y sus
devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta indigencia y a una
soledad espantosa, no obstante que era uno de los más bellos países de cuantos
hacían el orgullo de la América. Sus tiranos gobiernan un desierto, y sólo
oprimen a tristes restos que escapados de la muerte, alimentan una precaria existencia:
algunas mujeres, niños y ancianos son los que quedan. Los más de los hombres
han perecido por no ser esclavos, y los que viven combaten con furor en los
campos y en los pueblos internos hasta expirar o arrojar al mar a los que,
insaciables de sangre y de crímenes, rivalizan con los primeros monstruos que
hicieron desaparecer de la América a su raza primitiva. Cerca de un millón de
habitantes de contaba en Venezuela; y sin exageración se puede asegurar que una
cuarta parte ha sido sacrificada por la tierra, la espada, el hambre, la peste,
las peregrinaciones; excepto el terremoto, todos resultados de la guerra.
En Nueva
España había en 1808, según nos refiere el barón de Humboldt, 7,800,000 almas
con inclusión de Guatemala. Desde aquella época, la insurreción que ha agitado
a casi todas sus provincias, ha hecho disminuir sensiblemente aquel cómputo que
parece exacto; pues más de un millón de hombres han perecido, como lo podrá V.
ver en la exposición de Mr. Walton que describe con fidelidad los sanguinarios
crímenes cometidos en aquel opulento imperio. Allí la lucha se mantiene a
fuerza de sacrificios humanos y de todas especies, pues nada ahorran los
españoles con tal que logren someter a los que han tenido la desgracia de nacer
en este suelo, que parece destinado a empaparse con la sangre de sus hijos. A
pesar de todo, los mexicanos serán libres, porque han abrazado el partido de la
patria, con la resolución de vengar a sus pasados, o seguirlos al sepulcro. Ya
ellos dicen con Raynal: llegó el tiempo, en fin, de pagar a los españoles
suplicios con suplicios y de ahogar a esa raza de exterminadores en su sangre o
en el mar.
Las islas de
Puerto Rico y Cuba, que entre ambas pueden formar una población de 700 a
800,000 almas, son las que más tranquilamente poseen los españoles, porque
están fuera del contacto de los independientes. Mas ¿no son americanos estos
insulares? ¿No son vejados? ¿No desearán su bienestar?
Este cuadro
representa una escala militar de 2,000 leguas de longitud y 900 de latitud en
su mayor extensión en que 16,000,000 americanos defienden sus derechos, o están
comprimidos por la nación española, que aunque fue en algún tiempo el más vasto
imperio del mundo, sus restos son ahora impotentes para dominar el nuevo
hemisferio y hasta para mantenerse en el antiguo. ¿Y la Eurpoa civilizada,
comerciante y amante de la libertad, permite que una vieja serpiente, por sólo
satisfacer su saña envenenada, devore la más bella parte de nuestro globo?
¡Qué! ¿está la Europa sorda al clamor de su propio interés? ¿No tioene ya ojos
para ver la justicia? ¿Tanto se ha endurecido para ser de este modo insensible?
Estas cuestiones, cuanto más las medito, más me confunden; llego a pensar que
se aspira a que desaparezca la América; pero es imposible porque toda la Europa
no es España. ¡Qué demencia la de nuestra enemiga, pretender reconquistar la
América, sin marina, sin tesoros, y casi sin soldados! Pues los que tiene
apenas son bastantes para retener a su propio pueblo en una violenta obediencia
y defenderse de sus vecinos. Por otra parte, ¿podrá esta nación hacer comercio
exclusivo de la mitad del mundo sin manufacturas, sin producciones
territoriales, sin artes, sin ciencias, sin política? Lograda que fuese esta
loca empresa, y suponiendo más, aun lograda la pacificación, los hijos de los
actuales americanos unidos con los de los europeos reconquistadores, ¿no
volverían a formar dentro de veinte años los mismos patrióticos designios que
ahora se están combatiendo?
La Europa
haría un bien a la España en disuadirla de su obstinada temeridad, porque a lo
menos le ahorrará los gastos que expende, y la sangre que derrama; a fin de que
fijando su atención en sus propios recintos, fundase su prosperidad y poder
sobre bases más sólidas que las de inciertas conquistas, un comercio precario y
exacciones violentas en pueblos remotos, enemigos y poderosos. La Europa misma,
por miras de sana política debería haber preparado y ejecutado el proyecto de
la independencia americana, no sólo porque el equilibrio del mundo así lo exige,
sino porque este es el medio legítimo y seguro de adquirirse establecimientos
ultramarinos de comercio. La Europa, que no se halla agitada por las violentas
pasiones de la venganza, ambición y codicia, como la España, parece que estaba
autorizada por todas las leyes de la equidad a ilustrarla sobre sus bien
entendidos intereses.
Cuantos
escritores han tratado la materia se acordaban en esta parte. En consecuencia,
nosotros esperábamos con razón que todas las naciones cultas se apresurarían a
auxiliarnos, para que adquiriésemos un bien cuyas ventajas son recíprocas a
entrambos hemisferios. Sin embargo ¡cuán frustradas esperanzas! No sólo los
europeos, pero hasta nuestros hermanos del Norte, se han mantenido inmóviles
espectadores de esta contienda, que pur su esencia es la más justa, y por sus
resultados la más bella e importante de cuantas se han suscitado en los siglos
antiguos y modernos; porque ¿hasta dónde se puede calcular la trascendencia de
la libertad del hemisferio de Colón?
«La felonía
con que Bonaparte, dice V., prendió a Carlos IV y a Fernando VII, reyes de esta
nación, que tres siglos ha, aprisionó con traición a dos monarcas de la América
Meridional, es un acto muy manifiesto de la retribución divina, y al mismo
tiempo una prueba de que Dios sostiene la justa causa de los americanos, y les
concederá su independencia.»
Parece que V.
quiere aludir al monarca de México Moteuczoma, preso por Cortés y muerto, según
Herrera, por el mismo, aunque Solís dice que por el pueblo; y a Atahualpa, Inca
del Perú, destruido por Francisco Pizarro y Diego Almagro. Existe tal
diferencia entre la suerte de los reyes españoles y los reyes americanos, que
no admiten comparación; los primeros tratados con dignidad, conservados, y al
fin recobran su libertad y trono; mientras que los últimos sufren tormentos
inauditos y los vilipendios más vergonzosos. Si a Quauhtemotzin, sucesor de
Moteuczoma, se le trata como emperador, y le ponen la corona, fue por irrisión
y no por respeto, para que experimentase esta escarnio antes que las torturas.
Iguales a la suerte de este monarca fueron las del rey de Michoacán,
Catzontzin; el Zipa de Bogotá, y cuantos Toquis, Incas, Zipas, Ulmenes,
Caciques y demás dignidades indianas sucumbieron al poder español. El suceso de
Fernando VII es más semejante al que tuvo lugar en Chile en 1535 con el Ulmén
de Copiapó, entonces reinante en aquella comarca. El español Almagro pretextó,
como Bonaparte, tomar partido por la causa del legítimo soberano, y en
consecuencia llama al usurpador como Fernando lo era en España; aparenta
restituir al legítimo a sus estados y termina por encadenar y echar a las
llamas al infeliz Ulmén, sin querer ni aun oír su defensa. Este es el ejemplo
de Fernando VII con su usurpador; los reyes europeos sólo padecen destierros,
el Ulmén de Chile termina su vida de un modo atroz.
«Después de
algunos meses, añade V., he hecho muchas reflexiones sobre la situación de los
americanos y sus esperanzas futuras; tomo grande interés en sus sucesos; pero
me faltan muchos informes relativo a sus estado actual y a lo que ellos
aspiran: deseo infinitamente saber la política de cada provincia como también
su población; si desean repúblicas o monarquías, si formarán una gran república
o una gran monarquía? Toda noticia de esta especie que V. pueda darme, o
indicarme las fuentes a que debo ocurrir, la estimaré como un favor muy
particular.»
Siempre las
almas generosas se interesan en la suerte de un pueblo que se esmera por
recobrar los derechos con que el Criador y la naturaleza le han dotado; y es
necesario estar bien fascinado por el error o por las pasiones para no abrigar
esta noble sensación; V. ha pensado en mi país, y se interesa por él; este acto
de benevolencia me inspira el más vivo reconocimiento.
He dicho la
población que se calcula por datos más o menos exactos, que mil circunstancias
hacen fallidos, sin que sea fácil remediar esa inexactitud, porque los más de
los moradores tienen habitaciones campestres, y muchas veces errantes; siendo
labradores, pastores, nómadas, perdidos en medio de espesos e inmensos bosques,
llanuras solitarias, y aislados entre lagos y ríos caudalosos. ¿Quién será
capaz de formar una estadística completa de semejantes comarcas? Además, los
tributos que pagan los indígenas; las penalidades de los esclavos; las
primicias, diezmos y derechos que pesan sobre los labradores, y otros
accidentes, alejan de sus hogares a los pobres americanos. Esto es sin hacer
mención de la guerra de exterminio que ya ha segado cerca de un octavo de la
población, y ha ahuyentado una gran parte; pues entonces las dificultades son
insuperables y el empadronamiento vendrá a reducirse a la mitad del verdadero
censo.
Todavía es más
dificil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo, establecer principios sobre
su política, y casi profetizar la naturaleza del gobierno que llegará a
adoptar. Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada. ¿Se
pudo prever, cuando el género humano se hallaba en su infancia rodeado de tanta
incertidumbre, ignorancia y error, cuál sería el régimen que abrazaría para su
conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir tal nación será república o
monarquía, esta será pequeña, aquella grande? En mi concepto, esta es la imagen
de nuestra situación. Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un
mundo aparte, cercado por dilatados mares; nuevos en casi todas las artes y
ciencias, aunque en cierto modo viejos en los usos de la sociedad civil. Yo
considero el estado actual de la América, como cuando desplomado el imperio
romano, cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses
y situación, o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias, o
corporaciones; con esta notable diferencia que aquellos miembros dispersos
volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían
las cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo
que en otro tiempo fue, y que por otra parte, no somos indios, ni europeos,
sino una especie media entre los legítimos propietarios del país, y los
usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimientos, y
nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar estos a los del país, y
que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en
el caso más extraordinario y complicado. No obstante que es una especie de
adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que la
América siga, me atrevo a aventurar algunas conjeturas que desde luego
caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional, y no por un
raciocinio probable.
La posición de
los moradores del hemisferio americano ha sido por siglos puramente pasiva; su
existencia política era nula. Nosotros estábamos en un grado todavía más abajo
de la servidumbre, y por lo mismo con más dificultad para elevarnos al goce de
la libertad. Permítame V. estas consideraciones para elevar la cuestión. Los
estados son esclavos por la naturaleza de su constitución o por el abuso de
ella; luego, un pueblo es esclavo cuando el gobierno, por su esencia o por sus
vicios, holla y usurpa los derechos del ciudadano o súbdito. Aplicando estos
principios, hallaremos que la América no solamente estaba privada de su
libertad, sino también de la tiranía activa y dominante. Me explicaré. En las
administraciones absolutas no se reconocen límites en el ejercicio de las
facultades gubernativas: la voluntad del Gran Sultán, Kan, Dey y demás
soberanos despóticos, es la ley suprema, y esta es casi arbitrariamente
ejecutada por los bajaes, kanes y sátrapas subalternos de la Turquía y Persia,
que tienen organizada una opresión de que participan los súbditos en razón de
la autoridad que se les confía. A ellos está encargada la administración civil,
militar, política, de rentas, y la religión. Pero al fin son persas los jefes
de Hispahan, son turcos los visires del gran señor, son tártaros los sultanes
de la Tartaria. La China no envía a buscar mandatarios militares y letrados al
país de Gengis Kan que la conquistó, a pesar de que los actuales chinos son
descendientes directos de los subyugados por los ascendientes de los presentes
tártaros.
¡Cuán
diferente era entre nosotros! Se nos vejaba con una conducta que, además de
privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en una especie de
infancia permanente con respecto a las transacciones públicas. Si hubiésemos
siquiera manejado nuestros asuntos domésticos en nuestra administración
interior, conoceríamos el curso de los negocios públicos y su mecanismo.
Gozaríamos también de la consideración personal que impone a los ojos del
pueblo cierto respeto maquinal, que es tan necesario conservar en las
revoluciones. He aquí por qué he dicho que estábamos privados hasta de la
tiranía activa, pues que no nos está permitido ejercer sus funciones.
Los
americanos, en el sistema español que está en vigor, y quizá con mayor fuerza
que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para
el trabajo, y cuando más el de simples consumidores; y aun esta parte coartada
con restricciones chocantes; tales son las prohibiciones del cultivo de frutos
de Europa, el estanco de las producciones que el rey monopoliza, el impedimento
de las fábricas que la misma península no posee, los privilegios exclusivos del
comercio hasta de los objetos de primera necesidad; las trabas entre provincias
y provincias americanas para que no se traten, entienden, ni negocien; en fin,
¿quiere V. saber cuál era nuestro destino? Los campos para cultivar el añil, la
grana, el café, la caña, el cacao y el algodón; las llanuras solitarias para criar
ganados; los desiertos para cazar las bestias feroces; las entrañas de la
tierra para excavar el oro, que puede saciar a esa nación avarienta.
Tan negativo
era nuestro estado que no encuentro semejante en ninguna otra asociación
civilizada, por más que recorro la serie de las edades y la política de todas
las naciones. Pretender que un país tan felizmente constituido, extenso, rico y
populoso, sea meramente pasivo ¿no es un ultraje y una violación de los
derechos de la humanidad?
Estábamos,
como acabo de exponer, abstraídos y, digámoslo así, ausentes del universo
cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás
éramos virreyes ni gobernadores, sino por causas muy extraordinarias;
arzobispos y obispos, pocas veces; diplomáticos, nunca; militares, sólo en
calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni
magistrados ni financistas, y casi ni aun comerciantes; todo en contraversión
directa de nuestras instituciones.
El emperados
Carlos V formó un pacto con los descubridores, conquistadores y pobladores de
América que, como dice Guerra, es nuestro contrato social. Los reyes de España
convinieron solemnemente con ellos que lo ejecutasen por su cuenta y riesgo,
prohibiéndoseles hacerlo a costa de la real hacienda, y por esta razón se les
concedía que fuesen señores de la tierra, que organizasen la administración y
ejerciesen la judicatura en apelación; con otras muchas exenciones y
privilegios que sería proligo detallar. El rey se comprometió a no enajenar
jamás las provincias americanas, como que a él no tocaba otra jurisdicción que
la del alto dominio, siendo una especie de propiedad feudal la que allí tenían
los conquistadores para sí y sus descendientes. Al mismo tiempo existen leyes
expresas que favorecen casi exclusivamente a los naturales del país,
originarios de España, en cuanto a los empleos civiles, eclesiásticos y de
rentas. Por manera que con una violación manifiesta de las leyes y de los
pactos subsistentes, se han visto despojar aquellos naturales de la autoridad
constitucional que les daba su código.
De cuanto he
referido, será facil colegir que la América no estaba preparada par
desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió por el efecto de las
ilegítimas cesiones de Bayona, y por la inicua guerra que la regencia nos
declaró sin derecho alguno para ello, no sólo por la falta de justicia, sino
también de legitimidad. Sobre la naturaleza de los gobiernos españoles, sus
decretos conminatorios y hostiles, y el curso entero de su desesperada
conducta, hay escritos del mayor mérito en el periódico El Español, cuyo autor
es el Sr. Blanco; y estando allí esta parte de nuestra historia muy bien
tratada, me limito a indicarlo.
Los americanos
han subido de repente y sin los conocimientos previos, y, lo que es más
sencible, sin la práctica de los negocios públicos, a representar en la escena
del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados,
administradores del erario, diplomáticos, generales, y cuantas autoridades
supremas y subalternas forman la jerarquía de un Estado organizado con
regularidad.
Cuando las
águilas francesas sólo respetaron los muros de la ciudad de Cádiz, y con su
vuelo arrollaron a los frágiles gobiernos de la Península, entonces quedamos en
la orfandad. Ya antes habíamos sido entregados a la merced de un usurpador
extranjero. Después, lisonjeados con la justicia que se nos debía con
esperanzas halagüeñas siempre burladas; por último, inciertos sobre nuestro
destino futuro, y amenazados por la anarquía, a causa de la falta de un
gobierno legítimo, justo y liberal, nos precipitamos en el caos de la
revolución. En el primer momento sólo se cuidó de proveer a la seguridad
interior, contra los enemigos que encerraba nuestro seno. Luego se extendió a
la seguridad exterior; se establecieron autoridades que sustituimos a las que
acabábamos de deponer encargadas de dirigir el curso de nuestra revolución y de
aprovechar la coyuntura feliz en que nos fuese posible fundar un gobierno
constitucional digno del presente siglo y adecuado a nuestra situación. Todos
los nuevos gobiernos marcaron sus primeros pasos con el establecimiento de
juntas populares. Estas formaron en seguidas reglamentos para la convocación de
congresos que produjeron alteraciones importantes. Venezuela erigió un gobierno
democrático federal, declarando previamente los derechos del hombre,
manteniendo el equilibrio de los poderes y estatuyendo leyes generales en favor
de la libertad civil, de imprenta y otras; finalmente, se constituyó un
gobierno independiente. La Nueva Granada siguió con uniformidad los
establecimientos políticos y cuantas reformas hizo Venezuela, poniendo por base
fundamental de su Constitución el sistema federal más exagerado que jamás
existió; recientemente se ha mejorado con respecto al poder ejecutivo general,
que ha obtenido cuantas atribuciones le corresponden. Segun entiendo, Buenos
Aires y Chile han seguido esta misma línea de operaciones; pero como nos
hallamos a tanta distancia, los documentos son tan raros, y las noticias tan inexactas,
no me animaré ni aun a bosquejar el cuadro de sus transacciones.
Los sucesos en
México han sido demasiado varios, complicados, rápidos y desgraciados, para que
se puedan seguir en el curso de su revolución. Carecemos, además, de documentos
bastante instructivos, que nos hagan capaces de juzgarlos. Los independientes
de México, por lo que sabemos, dieron principio a su insurrección en setiembre
de 1810, y un año despues, ya tenían centralizado su gobierno en Zitácuaro,
instalado allí una Junta Nacional bajo los auspicios de Fernando VII, en cuyo
nombre se ejercían las funciones gubernativas. Por los acontecimientos de la
guerra, esta Junta se trasladó a diferentes lugares, y es verosímil que se haya
conservado hasta estos últimos momentos, con las modificaciones que los sucesos
hayan exigido. Se dice que ha creado un generalísimo o dictador que lo es el
ilustre general Morelos; otros hablan del célebre general Rayón; lo cierto es
que uno de estos dos grandes hombres o ambos separadamente ejercen la autoridad
suprema en aquel país; y recientemente ha aparecido una Constitución para el
régimen del Estado. En marzo de 1812 el gobierno residente de Zultepec presentó
un plan de paz y guerra al virrey de México concebido con la más profunda
sabiduría. En él se reclamó el derecho de gentes estableciendo principios de
una exactitud incontestable. Propuso la Junta que la guerra se hiciese como
entre hermanos y conciudadanos, pues que no debía ser más cruel que entre
naciones extranjeras; que los derechos de gentes de guerra, inviolables para
los mismos infieles y bárbaros, debían serlo más para cristianos, sujetos a un
soberano y a unas leyes; que los prisioneros no fuesen tratados como reos de
lesa majestad, ni se degollasen los que rendían las armas, sino que se
mantuviesen en rehenes para canjearlos; que no se entrase a sangre y fuego en
las poblaciones pacíficas, no las diezmasen ni quintasen para sacrificarlas, y
concluye que, en caso de no admitirse este plan, se observarían rigorosamente
las represalias. Esta negociación se trató con el más alto desprecio; no se dió
respuesta a la Junta Nacional; las comunicaciones originales se quemaron
públicamente en la plaza de México, por mano del verdugo; y la guerra de
exterminio continuó por parte de los españoles con su furor acostumbrado,
mientras que los mexicanos y las otras naciones americanas no lo hacían, ni aun
a muerte con los prisioneros de guerra que fuesen españoles. Aquí se observa
que por causas de conveniencia se conservó la apariencia de sumisión al rey y
aun a la Constitución de la monarquía. Parece que la Junta Nacional es absoluta
en el ejercicio de las funciones legislativas, ejecutiva y judicial, y el
número de sus miembros muy limitado.
Los
acontecimientos de la Tierra Firme nos han probado que las instituciones
perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y
luces actuales. En Caracas el espíritu de partido tomó su origen en las
sociedades, asambleas, y elecciones populares; y estos partidos nos tornaron a
la esclavitud. Y así como Venezuela ha sido la república americana que más se
ha adelantado en sus instituciones políticas, también ha sido el más claro
ejemplo de la ineficacia de la forma democrática y federal para nuestros
nacientes Estados. En Nueva Granada las excesivas facultades de los gobiernos
provinciales y la falta de centralización en el general, han conducido aquel
precioso país al estado a que se ve reducido en el día. Por esta razón sus
débiles enemigos se han conservado contra todas las probabilidades. En tanto
que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las virtudes políticas
que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente
populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra
ruina. Desgraciadamente, estas cualidades parecen estar muy distantes de
nosotros en el grado que se requiere; y por el contrario, estamos dominados de
los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española,
que sólo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y codicia.
Es más
difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la servidumbre, que subyugar uno
libre. Esta verdad está comprobada por los anales de todos los tiempos, que nos
muestran las más de las naciones libres sometidas al yugo, y muy pocas de las
esclavas recobrar su libertad. A pesar de este convencimiento, los meridionales
de este continente han manifestado el conato de conseguir instituciones
liberales, y aun perfectas; sin duda, por efecto del instinto que tienen todos
los hombres de aspirar a su mejor felicidad posible, la que se alcanza
infaliblemente en las sociedades civiles, cuando ellas están fundadas sobre las
bases de la justicia, de la libertad, y de la igualdad. Pero ¿Se puede concebir
que un pueblo recientemente desencadenado, se lance a la esfera de la libertad,
sin que, como a Icaro, se le deshagan las alas y recaiga en el abismo? Tal
prodigio es inconcebible, nunca visto. Por consiguiente, no hay un raciocinio
verosímil que nos halague con esta esperanza.
Yo deseo más
que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por
su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la
perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo
sea por elmomento regido por una gran república; como es imposible, no me
atrevo a desearlo; y meno deseo aún una monarquía universal de América, porque
este proyecto, sin ser útil, es también imposible. Los abusos que actualmente
existen no se reformarían, y nuestra regeneración sería infructuosa. Los
Estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que
curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra. La metrópoli, por
ejemplo, sería México, que es la única que puede serlo por su poder intrínseco,
sin el cual no hay metrópoli. Supongamos que fuese el Istmo de Panamá, punto
céntrico para todos los extremos de este vasto continente; ¿no continuarían
estos en la languidez, y aun en el desorden actual? Para que un solo gobierno
dé vida, anime, ponga en acción todos los resortes de la prosperidad pública,
corrija, ilustre y perfeccione al Nuevo Mundo, sería necesario que tuviese las
facultades de un Dios, y cuando menos las luces y virtudes de todos los
hombres.
El espíritu de
partido que al presente agita a nuestros Estados, se encendería entonces con
mayor encono, hallándose ausente la fuente del poder que únicamente puede
reprimirlo. Además, los magnates de las capitales no sufrirían la
preponderancia de los metropolitanos, a quienes considerarían como a otros
tantos tiranos; sus celos llegarían hasta el punto de comparar a estos con los
odiosos españoles. En fin, una monarquía semejante sería un coloso diforme, que
su propio peso desplomaría a la menor convulsión.
Mr. de Pradt
ha dividido sabiamente a la América en 15 a 17 Estados independientes entre sí,
gobernados por otros tantos monarcas. Estoy de acuerdo en cuanto a lo primero,
pues la América comporta la creación de 17 naciones; en cuanto a lo segundo,
aunque es más fácil conseguirlo, es menos útil; y así, no soy de la opinión de
las monarquías americanas. He aquí mis razones. El interés bien entendido de
una república se circunscribe en la esfera de su conservación, prosperidad y
gloria. No ejerciendo la libertad imperio, porque es precisamente su opuesto,
ningún estímulo excita a los republicanos a extender los términos de su nación,
en detrimento de sus propios medios, con el único objeto de hacer participar a
sus vecinos de una constitución liberal. Ningún derecho adquieren, ninguna
ventaja sacan venciéndolos, a menos que los reduzcan a colonias, conquistas, o
aliados, siguiendo el ejemplo de Roma. Máximas y ejemplos tales están en
oposición directa con los principios de justicia de los sistemas republicanos;
y aun diré más, en oposición manifiesta con los intereses de sus ciudadanos;
porque un Estado demasiado extenso en sí mismo o por sus dependencias, al cabo
viene en decadencia, y convierte su forma libre en otra tiránica; refleja los
principios que deben conservarla, y ocurre por último al despotismo. El
distintivo de las pequeñas repúblicas es la permanencia; el de las grandes, es
vario, pero siempre se inclina al imperio. Casi todas las primeras han tenido
una larga duración; de las segundas sólo Roma se mantuvo algunos siglos, pero
fue porque era república la capital y no lo era el resto de sus dominios, que
se gobernaban por leyes e instituciones diferentes.
Muy contraria
es la política de un rey, cuya inclinación constante se dirige al aumento de
sus posesiones, riquezas y facultades; con razón, porque se autoridad crece con
estas adquisiciones, tanto con respecto a sus vecinos como a sus propios
vasallos, que temen en él un poder tan formidable cuanto es su imperio, que se
conserva por medio de la guerra y de las conquistas. Por estas razones pienso
que los americanos, ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio y agricultura,
preferirían las repúblicas a los reinos, y me parece que estos deseos se
conformarán con las miras de la Europa.
No convengo en
el sistema federal entre los populares y representativos, por ser demasiado
perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros;
por igual razón rehúso la monarquía mixta de aristocracia y democracia que
tanta fortuna y esplendor ha procurado a Inglaterra. No siéndonos posible
lograr entre las repúblicas y monarquías lo más perfecto y acabado, evitemos
caer en anarquías demagógicas o en tiranías monócratas. Busquemos un medio
entre extremos opuestos que nos conducirían a los mismos escollos, a la
infelicidad y al deshonor. Voy a arriesgar el resultado de mis cavilaciones
sobre la suerte futura de la América; no la mejor, sino la que sea más
asequible.
Por la
naturaleza de las localidades, riquezas, población y carácter de los mexicanos,
imagino que intentarían al principio establecer una república representativa en
la cual tenga grandes atribuciones el poder ejecutivo, concentrándolo en un
individuo que si desempeña sus funciones con acierto y justicia, casi
naturalmente vendrá a conservar una autoridad vitalicia. Si su incapacidad o
violenta administración excita una conmoción popular que triunfe, este mismo
poder ejecutivo quizás se difundirá en una asamblea. Si el partido
preponderante es militar o aristocrático, exigirá probablemente una monarquía,
que al principio será limitada y constitucional y después incevitablemente
declinará en absoluta; pues debemos convenir en que nada hay más difícil en el
orden político que la conservación de una monarquía mixta; y también es preciso
convenir en que sólo un pueblo tan patriota como el inglés es capaz de contener
la autoridad de un rey y de sostener el espíritu de libertad bajo un cetro y
una corona.
Los Estados
del Istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizás una asociación. Esta
magnífica posición entre los dos grandes mares podrá ser con el tiempo el
emporio del universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo;
estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan
feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá
fijarse algún día la capital de la tierra, como pretendió Constantino que fuese
Bizancio la del antiguo hemisferio!
La Nueva
Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república
central, cuya capital sea Maracaibo o una nueva ciudad que, con el nombre de
Las Casas (en honor de este héroe de la filantropía), se funde entre los
confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía-honda. Esta posición,
aunque desconocida, es más ventajosa por todos respectos. Su acceso es fácil, y
su situación tan fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y
saludable, un territorio tan propio para la agricultura como para la cría de
ganados, y una grande abundancia de maderas de construcción. Los salvajes que
la habitan serían civilizados, y nuestras poseciones se aumentarían en la
adquisición de la Goajira. Esta nación se llamaría Colombia como un tributo de
justicia y gratitud al criador de nuestro hemisferio. Su gobierno podrá imitar
al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo
electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere república; una
cámara o senado legislativo hereditario, que en las tempestades políticas se
interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo
legislativo de libre elección, sin otras restricciones que las de la Cámara
Baja de Inglaterra. Esta constitución participará de todas formas, y yo deseo
que no participe de todos los vicios. Como esta es mi patria, tengo un derecho
incontestable para desearla lo que en mi opinión es mejor. Es muy posible que
la Nueva Granada no convenga en el reconocimiento de un gobierno central,
porque es en extremo adicta a la federación; entonces formará por sí sola un
Estado que, si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de
todos géneros.
Poco sabemos
de las opiniones que prevalecen en Buenos Aires, Chile y Perú; juzgando por lo
que se trasluce y por las apariencias, en Buenos Aires habrá un gobierno
central en que los militares se lleven la primacía por consecuencia de sus
divisiones intestinas y guerras externas. Esta constitución degenerará
necesariamente en una oligarquía o una monocracia, con más o menos
restricciones, y cuya denominación nadie puede adivinar. Sería doloroso que tal
cosa sucediese, porque aquellos habitantes son acreedores a la más espléndida
gloria.
El reino de
Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por las costumbres
inocentes y virtuosas de sus moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los
fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que derraman las
justas y dulces leyes de una república. Si alguna permanece largo tiempo en
América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí
el espíritu de libertad; los vicios de la Europa y del Asia llegarán tarde o
nunca a corromper las costumbres de aquel extremo del universo. Su territorio
es limitado; estará siempre fuera del contacto inficionado del resto de los
hombres; no alterará sus leyes, usos y prácticas; preservará su uniformidad en
opiniones políticas y religiosas; en una palabra, Chile puede ser libre.
El Perú, por
el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal:
oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí
mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad; se
enfurece en los tumultos, o se humilla en las cadenas. Aunque estas reglas
serían aplicables a toda la América, creo que con más justicia las merece Lima
por los conceptos que he expuesto y por la cooperación que ha prestado a sus
señores contra sus propios hermanos, los ilustres hijos de Quito, Chile y
Buenos Aires. Es constante que el que aspira a obtener la libertad, a lo menos
lo intenta. Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la democracia, ni los
esclavos y pardos libertos la aristocracia; los primeros preferirán la tiranía
de uno solo, por no padecer las persecuciones tumultarias y por establecer un
orden siquiera pacífico. Mucho hará si concibe recordar su independencia.
De todo lo
expuesto, podemos deducir estas consecuencias: las provincias americanas se
hallan lidiando por emanciparse; al fin obtendrán el suceso; algunas se
constituirán de un modo regular en repúblicas federales y centrales; se
fundarán monarquías casi inevitablemente en las grandes secciones, y algunas
serán tan infelices que devorarán sus elementos, ya en la actual, ya en las
futuras revoluciones; que una gran monarquía no será facil consolidar; una gran
república imposible.
Es una idea
grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo
vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen,
una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un
solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas
no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos,
caracteres desemejantes, dividen a la América. ¡Qué bello sería que el Istmo de
Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que
algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los
representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar de discutir sobre
los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres
partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época
dichosa de nuestra regeneración; otra esperanza es infundada; semejante a la
del abate St. Pierre que concibió al laudable delirio de reunir un congreso
europeo para decidir de la suerte de los intereses de aquellas naciones.
«Mutaciones
importantes y felices, continúa, pueden ser frecuentemente producidas por
efectos individuales. Los americanos meridionales tienen una tradición que dice
que cuando Quetralcohuatl, el Hermes o Buhda de la América del Sur, resignó su
administración y los abandonó, les prometió que volvería después que los siglos
designados hubiesen pasado, y que él reestrablecería su gobierno y renovaría su
felicidad. Esta tradición, ¿no opera y excita una convicción de que muy pronto
debe volver? ¿concibe V. cuál será el efecto que producirá, si un individuo
apareciendo entre ellos demostrase los caracteres de Quetralcohuatl, el Buhda
del bosque, o Mercurio, del cual han hablado tanto las otras naciones? ¿no cree
V. que esto inclinaría todas las partes? ¿no es la unión todo lo que se
necesita para ponerlos en estado de expulsar a los españoles, sus tropas, y los
partidarios de la corrompida España, para hacerlos capaces de establecer un
imperio poderoso, con un gobierno libre, y leyes benévolas?»
Pienso como V.
que causas individuales pueden producir resultados generales, sobre todo en las
revoluciones. Pero no es el héroes, gran profeta, o Dios del Anahuac,
Quetralcohualt, el que es capaz de operar los prodigiosos beneficios que V.
propone. Este personaje es apenas conocido del pueblo mexicano, y no
ventajosamente; porque tal es la suerte de los vencidos aunque sean Dioses.
Sólo los historiadores y literatos se han ocupado cuidadosamente en investigar
su origen, verdadera o falsa misión, sus profecías y el término de su carrera.
Se disputa si fue un apóstol de Cristo o bien pagano. Unos suponen que su
nombre quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra Emplumajada; y otros dicen
que es el famoso profeta de Yucatán, Chilan-Cambal. En una palabra, los más de
los autores mexicanos, polémicos e historiadores profanos, han tratado con más
o menos extensión la cuestión sobre el verdadero caracter de Quetralcohualt. El
hecho es, según dice Acosta, que él estableción una religión, cuyos ritos,
dogmas y misterios tenían una admirable afinidad con la de Jesús, y que quizás
es la más semejante a ella. No obstante esto, muchos escritores católicos han
procurado alejar la idea de que este profeta fuese verdadero, sin querer
reconocer en él a un Santo Tomás como lo afirman otros célebres autores. La
opinión general es que Quetralcohualt es un legislador divino entre los pueblos
paganos de Anahuac, del cual era lugar-teniente el gran Motekzoma, derivando de
él su autoridad. De aquí se infiere que nuestros mexicanos no seguirían el
gentil Quetralcohualt aunque pareciese bajo las formas más idénticas y
favorables, pues que profesan una religión la más intolerante y exclusiva de
otras.
Felizmente,
los directores de la independencia de México se han aprovechado del fanatismo
con el mejor acierto, proclamando a la famosa virgen de Guadalupe por reina de
los patriotas, invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus
banderas. Con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la
religión que ha producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la
libertad. La veneración de esta imagen en México es superior a la más exaltada
que puediera inspirar el más diestro profeta.Seguramente la unión es la que nos
falta para completar la obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra
división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles
formadas generalmente entre dos partidos: conservadores y reformadores. Los
primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre
produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los últimos
son siempre menos numerosos aunque más vehementes e ilustrados. De esto modo la
masa física se equilibra con la fuerza moral, y la contienda se prolonga,
siendo sus resultados muy inciertos. Por fortuna, entre nosotros la masa ha
seguido a la inteligencia.
Yo diré a V.
lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los españoles, y de fundar en
gobierno libre. Es la unión, ciertamente; mas esta unión no nos vendrá por
prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. La
América está encontrada entre sí, porque se halla abandonada de todas las
naciones, aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas ni auxilios
militares y combatida por la España que posee más elementos para la guerra, que
cuantos nosotros furtivamente podemos adquirir.
Cuando los
sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil, y cuando las empresas
son remotas, todos los hombres vacilan; las opiniones dividen, las pasiones las
agitan, y los enemigos las animan para triunfar por este fácil medio. Luego que
seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su
protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que
conducen a la gloria: entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las
grandes prosperidades a que está destinada la América Meridional; entonces las
ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado la Europa, volarán
a Colombia libre que las convidará con un asilo.
Tales son,
señor, las observaciones y pensamientos que tengo el honor de someter a V. para
que los rectifique o deseche según se mérito; suplicándole se persuada que me
he atrevido a exponerlos, más por no ser descortés, que porque me crea capaz de
ilustrar a V. en la materia.
Soy de V.
&.&.&.
SIMON BOLIVAR
Página Vigente de
América Semanal...