N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
La Unidad de la América Indoespañola
Anibal
Quijano *
Los pueblos de la América
española se mueven en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos históricos
no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no
sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de una
matriz única. La conquista española, destruyendo las culturas y las
agrupaciones autóctonas, uniformó la fisonomía étnica, política y moral de la
América hispana. Los métodos de colonización de los españoles solidarizaron la
suerte de sus colonias. Los conquistadores impusieron a las poblaciones
indígenas su religión y su feudalidad. La sangre española se mezcló con la
sangre India. Se crearon, así, núcleos de población criolla, gérmenes de
futuras nacionalidades. Luego, idénticas ideas y emociones agitaron a las
colonias contra España. El proceso de formación de los pueblos indo-españoles
tuvo, en suma, una trayectoria uniforme.
La generación libertadora
sintió intensamente la unidad sudamericana. Opuso a España un frente único
continental. Sus caudillos obedecieron no un ideal nacionalista, sino un ideal
americanista. Esta actitud correspondía a una necesidad histórica. Además, no
podía haber nacionalismo donde no había aún nacionalidades. La revolución no era
un movimiento de las poblaciones indígenas. Era un movimiento de las
poblaciones criollas, en las cuales los reflejos de la Revolución francesa
habían generado un humor revolucionario.
Mas las generaciones siguientes
no continuaron por la misma vía. Emancipadas de España, las antiguas colonias
quedaron bajo la presión de las necesidades de un trabajo de formación
nacional. El ideal americanista, superior a la realidad contingente, fue
abandonado. La revolución de la independencia había sido un gran acto romántico;
sus conductores y animadores, hombres de excepción. El idealismo de esa gesta y
de esos hombres había podido elevarse a una altura inasequible a gestas y
hombres menos románticos. Pleitos absurdos y guerras criminales desgarraron la
unidad de la América indo-española. Acontecía, al mismo tiempo, que unos
pueblos se desarrollaban con más seguridad y velocidad que otros. Los más
próximos a Europa fueron fecundados par sus inmigraciones. Se beneficiaron de
un mayor contacto con la civilización occidental. Los países hispano-americanos
empezaron así a diferenciarse.
Presentemente, mientras unas
naciones han liquidado sus problemas elementales, otras no han progresado mucho
en su solución. Mientras unas naciones han llegado a una regular organización
democrática, en otras subsisten hasta ahora densos residuos de feudalidad. El
proceso del desarrollo de todas estas naciones sigue la misma dirección; pero
en unas se cumple más rápidamente que en otras.
Pero lo que separa y aísla a
los países hispano-americanos, no es esta diversidad de horario político. Es la
imposibilidad de que entre naciones incompletamente formadas, entre naciones
apenas bosquejadas en su mayoría, se concierte y articule un sistema o un
conglomerado internacional. En la historia, la comuna precede a la nación. La
nación precede a toda sociedad de naciones.
Aparece como una causa
específica de dispersión la insignificancia de vínculos económicos
hispanoamericanos. Entre estos países no existe casi comercio, no existe casi
intercambio. Todos ellos son, más o menos, productores de materias primas y de
géneros alimenticios que envían a Europa y Estados Unidos, de donde reciben, en
cambio, máquinas, manufacturas, etc. Todos tienen una economía parecida, un
tráfico análogo. Son países agrícolas. Comercian, por tanto, con países
industriales. Entre los pueblos hispanoamericanos no hay cooperación; algunas
veces, por el contrario, hay concurrencia. No se necesitan, no se complementan,
no se buscan unos a otros. Funcionan económicamente como colonias de la
industria y la finanza europea y norteamericana.
[...] Es cierto que estas
jóvenes formaciones nacionales se encuentran desparramadas en un continente
inmenso. Pero, la economía es, en nuestro tiempo, más poderosa que el espacio.
Sus hilos, sus nervios, suprimen o anulan las distancias. La exigüidad de las
comunicaciones y los transportes es, en América indoespañola, una consecuencia
de la exigüidad de las relaciones económicas. No se tiende un ferrocarril para
satisfacer una necesidad del espíritu y de la cultura.
La América española se presenta
prácticamente fraccionada, escindida, balcanizada. Sin embargo, su unidad no es
una utopía, no es una abstracción. Los hombres que hacen la historia
hispano-americana no son diversos. Entre el criollo del Perú y el criollo
argentino no existe diferencia sensible. El argentino es más optimista, más
afirmativo que el peruano, pero uno y otro son irreligiosos y sensuales. Hay,
entre uno y otro, diferencias de matiz más que de color.
De una comarca de la América española
a otra comarca varían las cosas, varía el paisaje; pero casi no varía el
hombre. Y el sujeto de la historia es, ante todo, el hombre. La economía, la
política, la religión, son formas de la realidad humana.
Su historia es, en su esencia,
la historia del hombre.
La identidad del hombre
hispanoamericano encuentra una expresión en la vida intelectual. Las mismas
ideas, Los mismos sentimientos circulan por toda la América indo-española. Toda
fuerte personalidad intelectual influye en la cultura continental. Sarmiento,
Martí, Montalvo no pertenecen exclusivamente a sus respectivas patrias;
pertenecen a Hispano-América. Lo mismo que de estos pensadores se puecie decir
de Darío, Lugones, Silva, Nervo, Chocano y otros poetas. Rubén Darío está
presente en toda la literatura hispano- americana. Actualmente, el pensamiento
de Vasconcelos y de Ingenieros tiene una repercusión continental. Vasconcelos e
Ingenieros son los maestros de una entera generación de nuestra América. Son
dos directores de su mentalidad.
Es absurdo y presuntuoso hablar
de una cultura propia y genuinamente americana en germinación, en elaboración.
Lo único evidente es que una literatura vigorosa refleja ya la mentalidad y el
humor hispano-americanos. Esta literatura -poesía, novela, crítica, sociología,
historia, filosofia- no vincula todavía a los pueblos; pero vincula, aunque no
sea sino parcial y débilmente, a las categorías intelectuales.
Nuestro tiempo, finalmente, ha
creado una comunicación más viva y más extensa: la que ha establecido entre las
juventudes hispano-americanas la emoción revolucionaria. Más bien espiritual
que intelectual, esta comunicación recuerda la que concertó a la generación de
la independencia. Ahora como entonces, la emoción revolucionaria da unidad a la
América indo-española. Los intereses burgueses son concurrentes o rivales, los
intereses de las mesas no. Con la Revolución mexicana, con su suerte, con su
ideario, con sus hombres, se sienten solidarios todos los hombres nuevos de
América. Los brindis pacatos de la diplomacia no unirán a estos pueblos. Los
unirán, en el porvenir, los votos históricos de las muchedumbres.
* La Gaceta.
Página Vigente de
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