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Cuestiones de América

N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004

 

¿Un Proceso Político Inconcluso?

Crisis de la Democracia en Argentina y Venezuela

 

Andrés Macías y Andrés Arellano *

 

La consolidación de los ideales liberales en Argentina y Venezuela pareciera haberse afianzado de una manera permanente mediante la instauración de la confianza en el poder legítimo de sus gobernantes. Sin embargo, la continuidad de los regímenes democráticos se vio limitada tanto por factores internos como por la intervención extranjera.

 

INTRODUCCIÓN

I.       La consolidación de los ideales liberales en Argentina y Venezuela pareciera haberse afianzado de una manera permanente mediante la instauración de la confianza en el poder legítimo de sus gobernantes.

A.    Desde 1950, las políticas que se adoptaron en Argentina y la necesidad de hacer reformas estructurales en Venezuela hicieron posible alcanzar un modelo democrático en ambos países para finales de la década de los 90.

B.     Los gobiernos de Fernando De la Rúa y Hugo Chávez logran solidificar la evolución democrática por medio de  un programa con inicios legítimos.

II.     Por otro lado, la continuidad de los regímenes democráticos se vio limitada tanto por factores internos como por la intervención extranjera.

A.    Las crisis políticas internas en ambos países desestabilizaron los modelos democráticos porque imposibilitaron la gobernabilidad.

B.    La autonomía de los gobiernos y la continuidad de la democracia en los dos países se vieron amenazadas por la influencia ejercida desde el extranjero.

CONCLUSIONES

 

 

 

INTRODUCCIÓN: Etapas hacia un modelo neoliberal

Homero Cuevas recordaba durante su presentación “Los economistas y la crisis de Argentina”, en la Universidad Externado de Colombia, la manera como en noviembre del 2001, las “turbas de Buenos Aires hambrientas”, en medio de una evidente y desesperante hambruna, “se fueron a asaltar la plaza de mercado”. Sin embargo, lo verdaderamente angustiante del relato no es en sí mismo el acto de vandalismo, sino el hecho de que en “la plaza pública”, los vendedores eran “intermediarios pobres”, los cuales “no podían dejarse asaltar porque también quedaban en la ruina”.[1]

En el mismo mes de noviembre, el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, gracias al poder extraordinario que le había otorgado la reciente Constitución, expidió una serie de 49 nuevas leyes que buscaban mejorar las condiciones económicas y sociales del pueblo venezolano. Esta iniciativa no tuvo una acogida positiva dentro de los grandes empresarios nacionales, quienes en forma de protesta y, respaldados por un fuerte grupo sindical, convocaron a un paro nacional para el siguiente 10 de diciembre. Según Juan González, presidente de la Cámara Venezolana Colombiana, este hecho sólo podría ser comparado con un acontecimiento similar que culminó con la instauración de la dictadura de Juan Vicente Gómez en 1909.[2]

Los anteriores acontecimientos, separados tan solo por un pequeño lapso de tiempo, parecen ser parte de una amenaza generalizada contra la estabilidad democrática. No obstante, lo alarmante de esto fue el hecho que sucediera en dos países, Argentina y Venezuela, con una estabilidad en sus gobiernos y un considerable desarrollo económico[3].  La coincidencia de estos hechos hace necesaria la realización de un análisis más profundo sobre el tema, con el fin de establecer si lo sucedido responde a factores exclusivamente internos y aislados o, si por el contrario, es indispensable tener en cuenta tanto el contexto internacional, como los intereses particulares de los principales focos de poder a nivel mundial.

Consecuentemente con estos hechos, la tesis de Francis Fukuyama acerca del liberalismo y la democracia como última forma de organización política de todas las sociedades, está actualmente fortaleciéndose a nivel mundial[4]. Este fortalecimiento se refiere a la inmensa mayoría de Estados organizados democráticamente en el mundo, y más exclusivamente en América Latina, donde los 34 Estados de la Organización de Estados Americanos, OEA, están organizados bajo éste régimen.

Para este profesor de Harvard existen “dos poderosas fuerzas en la historia de la humanidad, la lógica de la ciencia moderna y la lucha por el reconocimiento”,[5] que llevarán a todas las sociedades hacia la democracia liberal, como última etapa de su desarrollo. La sociedad que cumpla con estas dos premisas obtendrá un nivel de desarrollo envidiable por el resto del mundo, lo que incitará a las demás a imitar este modelo para alcanzar la  mejor forma posible de organización política y económica.[6]

Siendo Fukuyama uno de los principales autores y teóricos del liberalismo moderno, su pensamiento ha trascendido e influido en los niveles más altos de la política estadounidense, que desde sus inicios ha logrado mantener un sistema democrático como única forma de organización.[7]  En el caso específico de Argentina y Venezuela, así como en muchos otros países, la tesis de Fukuyama se puede ver reflejada en el hecho que ambos países han pasado de tener sistemas no democráticos a otros más democráticos.[8]

Para que en una sociedad puedan existir unas libertades políticas adecuadas, basada en los postulados de Fukuyama, es estrictamente necesario que se implante un régimen democrático donde se respeten primero las libertades individuales de todos los ciudadanos. Para que ese régimen democrático pueda mantenerse en una sociedad, Samuel Huntington propone como un requisito indispensable la confianza que la nación debe tener hacia el poder.[9] En Argentina y en Venezuela, esta confianza en el poder se ha venido desvaneciendo en los últimos años, tanto por razones de corrupción de sus gobernantes como por la imposición de intereses extranjeros en las políticas nacionales.

Es necesario hacer una aclaración sobre lo que se puede entender por el concepto de poder. Para Rafael del Águila, “el poder está estrechamente vinculado no sólo ni prioritariamente con la fuerza o la violencia, sino con ideas, creencias y valores que ayudan a la obtención de obediencia y dotan de autoridad y legitimidad al que manda.”[10] Es decir, el poder no significa ser violento y obligar a los demás a hacer lo que otra persona quiere, sino que por el contrario, se refleja en la obediencia de los gobernados por medio de la convicción que tienen en quien los gobierna.

En este punto es relevante denotar la diferencia del liberalismo clásico, al cual hace referencia Fukuyama y por medio del cual se ha difundido la democracia en el ámbito mundial, del liberalismo económico. Según Gerardo Molina,

Conviene recordar que las libertades políticas son las que tienen relación con el hombre como ciudadano y mediante ellas participan los destinos de la comunidad a que pertenece, como son la de prensa, la de asociación, la de reunión, el derecho de militar en éste o aquel partido y el de pronunciarse con sus preferencias sobre los aspirantes al poder público.  Por eso dichas libertades y derechos tienen tanto que ver con la democracia y la soberanía del pueblo.[11]

La importancia del planteamiento de Molina es  notar como se ha venido desarrollando un fortalecimiento de las libertades económicas, como lo son la propiedad privada sobre los medios de producción, la fijación de precios y salarios, los movimientos en el interior y exterior de mercancías y capitales y las inversiones.[12]  Este autor permite denotar cómo desde hace tres décadas y después de que “hubo cierto equilibrio entre las dos,” las libertades económicas empezaron a subyugar las libertades políticas en general.

Hoy en día, el planteamiento de Molina ha sido actualizado por autores como Max-Neef, quien establece que “lo que se ha globalizado es el poder económico, sin que exista un poder político que le haga contrapeso.”[13] Otro de los críticos de la primacía del liberalismo económico sobre el liberalismo político es Joseph Stiglitz. Para él, organismos como el FMI y el Banco Mundial están en capacidad de amoldar las políticas internas de cada país según sus propios intereses. Sin embargo, esa capacidad la tienen solamente sobre países pobres o países “pequeños”, que dependen económicamente del apoyo que estos organismos le presten.[14]

De lo anterior se desprende que la expansión del liberalismo clásico a nivel mundial permitió el surgimiento del liberalismo económico en el mismo ámbito. El desarrollo del último se  ha dado en una escala tan desmedida y poderosa que “las políticas de las instituciones económicas internacionales, demasiado a menudo, se ajusten en función de intereses comerciales y financieros de los países industriales avanzados”, en detrimento de los países pequeños.[15] Este neoliberalismo, o nuevo liberalismo económico, pareciera ser un factor que, desprendiéndose de la tesis de Fukuyama como una etapa posterior no analizada por el teórico, ha empezado a cobrar una mayor importancia y fuerza, llevando a que el mundo esté dominado por factores económicos más que por fuerzas políticas.

Los hechos acontecidos en las últimas décadas en Argentina y Venezuela, se han desarrollado bajo el modelo Fukuyama-Huntington-Neoliberalismo, que resulta del proceso mencionado arriba. Las sociedades que han seguido este modelo, han logrado obtener un mejor nivel de desarrollo.[16] En el momento en que se inicia el proceso, ningún tipo de obstáculo podrá detener su evolución. El gran problema resulta cuando alguna de las etapas no se aplica adecuadamente, porque así se verá perjudicado el desarrollo de la siguiente. Si un Estado no protege las libertades políticas de sus ciudadanos, si los gobernantes no logran mantener la confianza en el poder o si las libertades económicas de la sociedad no son equilibradas, el neoliberalismo presentará una crisis generalizada, tal como sucedió en Argentina y Venezuela.

I. Una evolución democrática y legítima

El modelo teórico que se pretende seguir aquí, tiene como primera etapa, o base, las ideas implantadas por Fukuyama en el libro “El Fin de la Historia y el último hombre”. Por lo anterior, es necesario empezar a desarrollar el análisis de ambos países demostrando que, tanto en Argentina como en Venezuela, la historia política de ambos está encaminada hacia la consolidación de un régimen democrático. De igual manera, es necesario demostrar que en los dos, la democracia se consolidó por un periodo considerable de tiempo, y que fue una crisis de la segunda etapa del modelo la que generó la catastrófica situación social y política actual.       

Hubo una evolución de la democracia en Argentina bastante “paradójica” desde finales de la Segunda Guerra Mundial[17]. Durante esta época, el “peronismo hizo realidad la participación popular y, sobre todo, permitió una considerable extensión de los derechos sociales a numerosos sectores hasta entonces excluidos”.[18] De igual manera, se presentó una “voluntad popular, movilizada contra la oligarquía y los privilegios, que se afirmaba como fuente legitima de poder.”[19]  Luego, Argentina vivió una época de dictadura militar entre 1.976 y 1.983, que dio paso a la elección de Raúl Alfonsín a la presidencia. Desde el gobierno de Alfonsín empezó la “experiencia democrática” más prolongada de la historia de Argentina.[20] 

Con la reinstalación de la democracia en el gobierno de Alfonsín, se “acreditaba la existencia de un sistema político competitivo”[21], en donde se podría recalcar que el aspecto más importante fue que se dio “el mayor dinamismo ciudadano y la redefinición del papel de los partidos políticos”[22]. Sin embargo, “la debilidad del presidente frente a los militares y el creciente descontento por una economía poco eficaz”, así como un incremento en el gasto público y una tasa de inflación muy elevada, llevaron a que el candidato del Partido Justicialista, Carlos Menem, le quitara el poder de manera anticipada a Raúl Alfonsín en 1989.[23]

El incremento de la popularidad de Menem “primero dentro del partido y luego en la competencia por la presidencia, se realizó sobre bases personalistas de confianza”. Carlos Menem se afianzó en el poder con “apoyo de sectores claves de la sociedad y favorecido por el deseo general de poner fin a la crisis inflacionaria”. Por lo anterior, este presidente obtuvo el consenso necesario para una remordenización radical del Estado y de la economía, bajo una ideología bastante conservadora.[24] Esto le permitió tener altas tasas de crecimiento económico y una estabilidad democrática durante sus dos gobiernos.[25]

Los buenos resultados de las políticas gubernamentales de Menem, que fueron muy novedosas en su momento, lo hicieron creer que podía permanecer por siempre en el poder. Tanto como todo su gabinete “no pudieron justificar su pretensión de eternizarse en el poder con el argumento de que el nuevo gobierno implicaría un regreso a la inestabilidad e ineficiencia.” Por el contrario la sociedad argentina, aunque estaba complacida con las reformas menemistas y con el Estado, se hastió de la figura y las actitudes del actual presidente.[26]  La sociedad se encontraba complacida con el funcionamiento del Estado y la democracia, mas no con la presencia de Menem.

Por otro lado, en el año 1958 en Venezuela, se trató de implementar una nueva forma de gobierno basada en los parámetros de una democracia igual a lo sucedido en Argentina con Alfonsín. Sin embargo, ese modelo comenzó a transformarse cada vez más en un gobierno clientelista y en una democracia totalmente centralizada. Los líderes políticos que gobernaron hasta finales del siglo pasado, retrocedieron y estancaron el desarrollo político venezolano, al convertir la democracia representativa en una democracia delegativa[27]. De esta forma, la cultura política que se generó no fue la de una sociedad participativa, sino la de una política autoritario-delegativa.[28] De todas maneras, lo importante fue que la figura de la democracia nunca desapareció.

El estancamiento de la democracia venezolana se evidenció con la instauración de una denominada “partidocracia” que comenzó en 1969 y terminó en 1992. En este periodo,   el Partido Social Cristiano, COPEI, y el Partido Acción Democrática, AD, gobernaron hegemónicamente y competitivamente hasta cuando se empieza a generar la crisis de estos partidos. Las medidas políticas, sociales y económicas adoptadas por estos gobernantes generaron un descenso en los precios del petróleo, una profunda crisis económica, un gran déficit fiscal, aumento de la deuda externa, y un desarrollo capitalista extremadamente intervenido por el Estado.[29]

En este caso, a diferencia de lo ocurrido en Argentina, la sociedad venezolana no se encontraba conforme con las políticas gubernamentales. A la crisis económica a la que se enfrentó Luis Herrera Camping de 1974 a 1984, se sumó una aguda crisis política y fiscal con Jaime Lusinchi de 1984 a 1989. Posteriormente, cuando Carlos Andrés Pérez intentó combatir las crisis que sufría el país en 1989, el pueblo se rebeló y además se dieron  dos golpes militares en 1992, ambos organizados por Hugo Chávez. El nivel de corrupción era tan alto y la situación económica tan caótica, que la sociedad estaba buscando por todos los medios un gobernante distinto, con nuevas ideas. Un gobernante sin los ideales de los partidos tradicionales, lo que generó el periodo de crisis de los partidos.[30] El entorno era propicio para el surgimiento de un líder revolucionario.

La evolución democrática iniciada en la década de los ochenta en Argentina y Venezuela, se caracterizó por la implantación de nuevas medidas políticas. En el primero, los resultados fueron positivos y la sociedad se benefició y por lo tanto las respaldó. Por el contrario, las políticas venezolanas produjeron resultados negativos que sumieron a la economía y la política en profundas crisis, lo que generó descontento en la sociedad. Por último, a finales de la década de los noventa, nació en ambos países un deseo de cambio en las costumbres políticas.    

Las comparaciones de la evolución política en ambos países es mucho más compleja y cercana. En el último año de la década de 1.980, llegan al poder Carlos Menem en Argentina y Carlos Andrés Pérez en Venezuela, por el partido político Justicialista y Acción Democrática respectivamente.[31]  Los dos Presidentes lograron implantar gran cantidad de reformas políticas y de generar un pequeño crecimiento económico que generó grandes expectativas hacia el futuro.[32] Sin embargo, “ocurrió un giro dramático a fines de 1.991” de una dimensión bastante importante en ambos países[33]. Venezuela entró en una crisis política de inmensa magnitud, mientras en Argentina se vivía un gobierno que empezó a “brillar políticamente”.[34]

En resumen, después de haber hecho reformas económicas bastante importantes y similares en la década de los ochenta, “los reformadores venezolanos fueron destronados, mientras que los argentinos coronados”[35]. De semejante contraste económico, nacen importantes consecuencias políticas y sociales, que se hicieron sentir en las elecciones presidenciales, puesto que la posición que la sociedad argentina sostendría frente a un establecimiento político exitoso, sería diametralmente opuesta a la de una venezolana frente a uno fracasado.

Así los acontecimientos, los partidos políticos tanto en Argentina como en Venezuela tuvieron importantes diferencias en las elecciones presidenciales al finalizar el periodo de Carlos Menem y Rafael Caldera, dado su contradictorio recorrido histórico[36]. En Venezuela, se llegó a “cuestionar la indispensabilidad de los partidos políticos frente a la democracia”[37]. En contraste, hubo una experiencia de los partidos políticos argentinos “donde la desconfianza de la opinión pública hacia los partidos no se tradujo en un cuestionamiento a su lugar en el sistema”.[38]  

El 10 de diciembre del año 1.999, cuando Fernando De la Rúa se posesionó como presidente de la República de Argentina, no sólo se presentó un cambio en el partido político dominante de los últimos diez años, el Justicialismo o peronismo de Carlos Menem, sino que también parecía que el país austral hubiera “entrando en un ciclo de estabilidad institucional”[39]. Con un rotundo 48.5% de votos a favor, superaba categóricamente los 37.9% que obtuvo el  candidato del oficialismo, Eduardo Duhalde, quien más adelante sería el encargado de terminar el mandato.[40]

Hay que recalcar que el triunfo y legitimidad obtenida por el candidato de Alianza formada entre UCR y el Frente del País Solidario (FREPASO), se pueden resumir en dos factores importantes: en primer lugar, un “voto por Fernando De la Rúa que se dirigió a una figura que encarnaba la modestia y la honorabilidad adecuadas para captar el heterogéneo voto contra el peronismo” que llevaba diez años en el poder[41]. Por otro lado, “el triunfo de De la Rúa debe entenderse como la expresión de una firme disposición del electorado a establecer un poder más respetuoso de la ley y de la Constitución y que no hiciera de la función pública una fuente de provecho personal”. En conclusión, el voto del candidato de la oposición era de “rechazo hacia ese estilo de gobierno (el de Menem)”[42].

En Venezuela, “el 6 de diciembre de 1998: Hugo Chávez gana las elecciones presidenciales con el 56.2% de los votos frente al 40% de Enrique Salas Römer y el 2.8% de Irene Sáez Conde. El 2 de febrero de 1999 Hugo Chávez asume la Presidencia de Venezuela y convoca por decreto al referéndum para aprobar la Asamblea Nacional Constituyente.”[43] Desde 1959 cuando se instauró el primer gobierno democrático en el país, los partidos políticos AD (Acción Democrática) y COPEI (partido social cristiano) habían estado en el poder, y nunca habían presenciado una amenaza contundente a su clara hegemonía política, hasta la llegada de Chávez con el partido Movimiento V República, cuando recibió el gobierno de Rafael Caldera.[44]

La nueva propuesta de cambio denominada la “Revolución Chavista” generó una gran expectativa entre el pueblo venezolano. El nuevo gobierno representaba un cambio rotundo de las políticas que habían sido impuestas hasta ese momento, y fue apoyado contundentemente por medio del voto democrático en las elecciones de 1998.  A pesar del oscuro pasado de Chávez, cuando intentó fallidamente dar dos golpes de estado en 1992 y, de la alta tasa de abstención electoral en Venezuela[45], Hugo Chávez Frías obtuvo una votación tan alta como hacía mucho tiempo no se presentaba en el país.[46]

El inmenso apoyo popular que Hugo Chávez tuvo en Venezuela le infundió un grado  muy alto de poder a su gobierno. “Un 88% de los votantes apoya en referéndum la propuesta de elegir una Asamblea Nacional Constituyente en abril de 1999. En julio son elegidos los diputados, 124 ‘chavistas’ de los 131 que redactarán la nueva constitución.”[47]  Teniendo casi la totalidad de los diputados a su favor y con el aval democrático de sus electores, Chávez lograría reestructurar las instituciones del Estado venezolano como lo había prometido a su pueblo en su “Revolución Chavista”. “Con esa acumulación de poder comenzó a circular la idea de que eso no era un gobierno, sino un régimen.”[48]

El pueblo que lo apoyó y legitimó en las elecciones de 1998, lo volvió a hacer en las elecciones realizadas el 30 de julio de 2000, después de haber sido ratificada la nueva Constitución. Los resultados fueron “ampliamente favorables para el Movimiento V República y el presidente Hugo Chávez, quien legitimó nuevamente su mandato en la presidencia, obteniendo 22.27% por encima de su mayor opositor, Arias Cárdenas”.[49]  Resulta evidente establecer que el gobierno de Chávez estaría cobijado por una extraordinaria capacidad de ejercicio de su legítimo poder político, obtenido mediante el consenso del pueblo y con un marco legal óptimo, impuesto por la nueva Constitución.

Sin embargo, la razón intrínseca de la legitimidad de ambos gobiernos difiere de un proceso a otro. En el caso argentino, la legitimidad de Fernando De la Rúa se dio por su postura y alejamiento de muchas políticas del anterior gobierno, y, principalmente, por el comportamiento antidemocrático de Carlos Menem.[50] Por otro lado, el respaldo que la nación le dio a Hugo Chávez en Venezuela, respondió a un distanciamiento mucho más radical de las costumbres políticas anteriores, que se demuestra por la iniciativa de lograr un cambio constitucional y generar una nueva cultura política.[51] En síntesis, De la Rúa promulgaba una simple diferenciación de la cultura política anterior, mientras que la “Revolución Chavista” buscaba un cambio radical en toda la institucionalidad venezolana.

Así se demuestra cómo la llegada de Fernando de la Rúa y de Hugo Chávez a la presidencia de sus respectivos países, estuvo enmarcada dentro de procesos políticos totalmente legítimos. Estos acontecimientos concuerdan con lo estipulado por Rafael del Águila, cuya idea de legitimidad se basa y se justifica en los procedimientos que resultan de deliberaciones conjuntas, en favor de las libertades políticas otorgadas por una democracia liberal.[52] Y eso fue precisamente lo que ocurrió tanto en Argentina como en Venezuela: elecciones libres que permitieron el consenso del pueblo para elegir a sus propios gobernantes.

Hasta este momento, Argentina y Venezuela se encontraban cumpliendo satisfactoriamente la primera etapa del modelo Fukuyama-Huntington-Neoliberalismo. Sin embargo, con el pasar del tiempo en los gobiernos de De la Rúa y de Chávez,  se presenta un rompimiento de la segunda etapa del modelo, causada por el manejo político de ambos gobernantes en sus respectivos países. Por esta razón es necesario continuar con el análisis del manejo que le dieron a la confianza que el pueblo en general puso en ellos, teniendo en cuenta el aporte que Huntington realizó a la teoría de las tres etapas.

Ii. Crisis interna e influencia extranjera que imposibilitaron la gobernabilidad

Sin duda, tanto de la Rúa como Chávez llegaron al poder en condiciones bastantes legítimas, situación que hizo nacer grandes expectativas sobre el desarrollo de ambos gobiernos. Si esto está claro, ¿qué pudo haber sucedido en estos dos países para que en menos de cinco años se encontraran en situaciones tan catastróficas? ¿Qué factores, internos o externos, tuvieron la suficiente fuerza como para poder llegar a fragmentar las bases de la organización social de estos dos Estados democráticos? El  resto de este trabajo se encaminará a explicar esos factores desestabilizadores en ambos países.

El poder ejercido por Chávez estaba encaminado a modificar las leyes y reestructurar las instituciones estatales, más no a cambiar la situación del pueblo venezolano. “El resultado (del ejercicio de ese poder) es que no se debate si se negocia sobre cómo sacar el país adelante, sino que se gastan todas las energías en defender o atacar proyectos de leyes a veces perfectamente inocuas e inútiles”.[53] Por esta razón, era muy difícil notar la existencia de un proyecto político de fondo, serio y claro, que se ajustara a las promesas del gobierno chavista.

“Todo hacía ruido, y nada tenía sentido. De ahí el personalismo exacerbado, los bandazos, los nombramientos y las destituciones basadas en lealtad, las salidas y regresos del redil del oficialismo, no sólo de personas, sino de partidos enteros como Patria para Todos (PPT).”[54] Más ejemplos que demuestran la inestabilidad, contradicción y oposición que generaba Chávez en el momento de manejar su autoridad. Ésta no se detenía, y por medio de una “ley habilitante” otorgada por la nueva constitución, Chávez expidió 49 nuevas leyes de índole económica, 10 de las cuales fueron rotundamente rechazadas por Fedecámaras[55] y los demás grupos económicos venezolanos.[56]

Según Juan Manuel Rafalli, “las leyes van por un lado, el gobierno por otro, la población por otro y las instituciones por su lado”.[57] Y siguiendo con el análisis realizado por Fedecámaras, esta entidad calificó dichas leyes de atentar directamente contra la propiedad privada, la iniciativa privada, la libre empresa y la estabilidad económica en general. Éstas estarían coartando las libertades políticas y económicas que toda democracia debe promulgar, atentando así contra las tesis propuestas por el modelo aquí diseñado. Por lo tanto, es evidente que el abuso del poder del presidente estaba atentando contra su propia legitimidad y contra la estabilidad del régimen democrático existente en ese momento.

Ante la crítica realizada a las nuevas normas económicas, Chávez respondió que “los que deben rectificar son los oligarcas de Fedecámaras.”[58] Ante esta opinión del Presidente, esa entidad preparó un paro cívico para el 10 de diciembre del año 2001, un hecho insólito en la historia política de Venezuela que no se veía desde la dictadura de Juan Vicente Gómez en 1909. Este paro resultó ser un fracaso, pero marcó el inició de la crisis democrática del gobierno. Varias marchas públicas y pacíficas se empezaron a manifestar y Carmona, presidente de Fedecámaras, convocó a un nuevo paro nacional para el 9 de abril del siguiente año. Como consecuencia de esta paro, que tuvo un mayor apoyo que el primero, nuevos disturbios se presentaron y en la mañana del siguiente día se anunció que Hugo Chávez supuestamente había renunciado a su cargo.[59]

Arbitrariamente, Pedro Carmona, antes presidente de Fedecámaras, pasó a ser el nuevo presidente de Venezuela, pasando por alto las debidas normas constitucionales. No permitió que tomara el poder el Vicepresidente, quien según la Constitución era quien debía hacerlo, nunca presentó la renuncia firmada de Chávez ante la Asamblea Nacional y además comenzó a implantar otras medidas descabelladas.[60] Ante estas acciones, el siguiente sábado masas chavistas se manifestaron, exigieron que se cumpliera lo estipulado en la Constitución y pidieron la renuncia de Carmona para que se pudiera restablecer el gobierno democrático de Chávez.[61] ¿Qué tan democrático podría ser el gobierno de Carmona, si su legitimidad había sido tan cuestionada y los parámetros del liberalismo moderno habían sido completamente violados?      

Además de esta clara demostración de ingobernabilidad, a la crisis venezolana se le suma otro grave problema: la corrupción. La revolución chavista, tratando de cambiar el rumbo que traía su país, tuvo en cuenta que “la corrupción de los ‘cogollos’ es la causa de todos nuestros males.”[62]  Sin embargo, el manejo de poder de Chávez fue tan excesivo, que “no acabó la corrupción, porque a falta de un servicio civil depurado, se limitó a cambiar los funcionarios por compañeros de viaje y aliados de ocasión: coroneles activos o en retiro, cuadros de la izquierda envejecida, intelectuales de segunda, activistas con prontuario y aventureros de distinta laya.”[63]

Por otro lado, aunque De la Rúa llegó a la presidencia con un claro apoyo popular, también contaba con un “poder más limitado”. La gran cantidad de expectativas generadas en la sociedad junto con la obligación de buscar una reforma política, ejercieron una poderosa presión sobre el gobierno[64]. Sin embargo, el verdadero problema que no alcanzó a discernir el nuevo presidente fueron las consecuencias políticas de una “prolongada crisis económica que fue expresión de una severa recesión”[65], causada por el contexto internacional. Según lo anterior, De la Rúa entró a la presidencia con más de “14.3 millones de pobres, más de un tercio de la población argentina”[66], lo que lo obligaba a “virar la conducción económica y provocar un realineamiento de las fuerzas políticas”.[67]

Posteriormente a los problemas que presentaba desde un principio el líder político, éstos se fueron acrecentando por su “falta de liderazgo presidencial” lo que obligó a los argentinos a convivir con un “Presidente ausente”[68] en todos los mega asuntos a los que tendría que enfrentarse, generando un clima de inestabilidad política sin precedentes en el país del Cono Sur.[69] En este punto es importante recalcar que, aunque los principales problemas de Argentina fueron de carácter económico, el factor causante de la catastrófica situación en la que viven hoy los creadores del tango, obedece a una “naturaleza esencialmente política”.[70]

El ámbito económico empezó a destrozar la política de De la Rúa, y sin duda alguna fue la extrema pobreza la que llevó a “De la Rúa a la tumba”[71]. La inmensidad de complicaciones económicas de Argentina se podría resumir en una deuda externa inmensa frente al PIB[72], una recesión de más de un año[73], unas pésimas negociaciones con el FMI y una insostenible convertibilidad[74]. Cuando la economía se encontraba tan desestructurada, el presidente de la República decidió alejarse de los principios de su campaña política[75] y llamó a posesionarse como Ministro de Economía a Domingo Cavallo quien había sido el eje fundamental del gobierno de Menem.

“La Alianza hablaba de cambiar todo lo que había hecho Menem y, a su vez, decía que debía mantener la convertibilidad. Algo le fallaba allí.”[76] Sin duda alguna que sí. Lo que se vio en el gobierno De la Rúa fue una falta de gobernabilidad por parte del Presidente, dejándole a Cavallo “ejercer la hegemonía en el ejecutivo” en los temas más transcendentales. Fue Cavallo quien ejecutó el Plan de Competitividad, la renegociación de la deuda, la Ley de déficit cero y quien se enfrentó directamente con los “mercados internacionales”.[77] 

Dado el escaso manejo político que tuvo De la Rúa del tema más importante de la sociedad argentina, se puede concluir que “todos los problemas que ahora estamos viendo son comprensibles a partir de una clase dirigente que dirige un proceso con una incomprensión muy profunda”, que se debate en entre “profundizar y consolidar el proyecto del 90 o destruirlo o cambiarlo”.[78] De esta manera, se dio una importante contradicción dentro del gobierno de Fernando De la Rúa, que se manifestaba en que el poder del gobierno lo tenía el jefe del partido opositor (el peronismo), lo que generó “un aislamiento político del Presidente”[79] que terminaría por derrocarlo el 20 de diciembre del 2001.[80]

Explicado lo anterior, se percibe que los gobiernos de Chávez y De la Rúa, en Venezuela y Argentina, marcan un antes y un después en la consolidación democrática de ambas naciones. En este punto, se cumple la segunda premisa del modelo aquí propuesto, puesto que para que las democracias de la tercera ola funcionen, se necesita de la confianza en el poder para poder gobernar[81]. Esa confianza que menciona Huntington, se la entregan las naciones a sus gobernantes por dos factores, el “eje de la gobernabilidad” y la transparencia de sus dirigentes. [82] En estos casos, las dos fallaron. No se logró consolidar esa confianza que deben tener los gobernantes de una sociedad.

El gobierno venezolano, además de todos los conflictos internos que debe asumir, también está expuesto a una fuerte influencia y presión extranjera, específicamente por parte de Estados Unidos. “Diversos medios internacionales han denunciado que el Departamento de Estado y la embajada de Estados Unidos en Venezuela sostuvieron contactos con los responsables del complot en varias oportunidades antes y después del jueves en que Chávez parecía haber pasado a la historia.”[83] Es más, Estados Unidos fue el único país del hemisferio que aprobó la posible salida de Chávez del gobierno venezolano el 11 de abril.[84]

Es muy difícil comprobar qué tanta intervención ejerció Estados Unidos sobre el hecho anterior, pero lo que sí es claro es que ese país no estaba de acuerdo con el gobierno de Hugo Chávez. “Los detalles de la participación norteamericana se conocerán en unos 10 ó 15 años, cuando se levante el secreto sobre los documentos, como ha pasado antes. Pero nadie tiene dudas sobre la realidad de esa participación.”[85] ¿Cuál puede ser el interés estadounidense en el gobierno de Hugo Chávez? Existen varias razones, todas encaminadas principalmente a la falta de cooperación de Venezuela en la política exterior de Estados Unidos, a la existencia de los yacimientos petroleros en territorio venezolano[86] y a la amenaza de acabar con la consolidación del liberalismo moderno en el país caribeño, como se demostrará a continuación.

Para Estados Unidos, según el Secretario de Estado Collin Powell, Hugo Chávez no ha entendido lo que significa un sistema democrático en el contexto internacional ni la importancia que la campaña contra el terrorismo tiene dentro de ese sistema. Estas afirmaciones se deben a la amistad que Chávez ha tenido con el Jefe de Estado cubano Fidel Castro, y el apoyo económico que le ha brindado a Cuba, especialmente en materia petrolífera.[87] También hay que tener en cuenta “las largas giras presidenciales, subrayando las visitas a Cuba, Libia, Irán e Irak, sin mirarlas en la clave de la diplomacia petrolera tradicional de Venezuela, sino como gestos desafiantes de Chávez hacia EEUU.”[88] Estos hechos constituyen las principales razones por las cuales Estados Unidos se opone a que Chávez continúe en el poder, y seguirá haciendo lo imposible por limitar al máximo el gobierno chavista en el país suramericano.

En el momento en que Eduardo Duhalde[89] accedió al poder, Argentina vivía una total “desinstitucionalización del país”[90], con una “crisis de representación política”[91] y un nación quebrada económicamente.[92] Además, que en sí mismo, “el gobierno de Duhalde es un gobierno de facto, no por que sea (el resultado de) un golpe militar, sino por que no tiene el peso de los votos. El voto se lo dieron los diputados, una institución muy desprestigiada. Un error milimétrico de Duhalde puede ser kilométrico.”[93] . Lo anterior predecía lo que sucedería en su gobierno, una casi total ingobernabilidad, exacerbada por la desconfianza de su pueblo.

De igual manera, Duhalde tendría que enfrentarse con muy poca gobernabilidad y poder en su país, a las políticas impositivas que el FMI venía imponiendo sobre Argentina. La situación se agrava bastante si “es cierto que existe una secuencia lógica entre la irrupción en la escena nacional de las sucesivas oleadas de los bárbaros neo-liberales y el saqueo-empobrecimiento del país, la descomposición social y la corrupción de la economía, la sociedad y la política”.[94] Lo anterior parece ser cierto. 

El economista del BCP Security, Walter Molano, aclaraba cómo el FMI no era una “institución para fomentar el desarrollo en los países, sino para hacer negocios”[95]. Inmediatamente después comentaba que “la realidad es ayudar a ciertas partes del mundo donde ellos tienen interés y lamentablemente Argentina no está en esa parte del mundo”[96]. De igual manera explicaba Molano cómo los argentinos estaban equivocados esperando que si hacían lo que el Fondo les pidiera, se le prestaría el dinero que necesitaban, lo único que ellos querían era poner a “Argentina a hacer cosas correctas”.[97]

Así mismo, Gaudenzi cita de igual manera a Greg Palast[98], quien narra la manipulación del FMI y el Banco Mundial en la política económica de Argentina.  Según Palast, en un “documento que está firmado por Jim Wolfensen”, el Banco Mundial “exige a las naciones firmar ‘acuerdos secretos’, en los cuales los gobiernos aceptan vender sus activos claves y tomar pasos económicos que devastan realmente las naciones implicadas”[99]. De igual manera se refiere el FMI, cuando critica la “manera en que planean los disturbios sociales. Ellos saben que cuando aprietan a un país y destruyen su economía, obtendrán disturbios sociales.(...) usted pierde al tener el disturbio social. Todo el capital se fuga de su país y eso le da la oportunidad al FMI para entonces exigir más condiciones”.[100]

Esas imposiciones de las que trata Palast, pueden verse contempladas en tres importantes cambios de la política argentina en el gobierno de Eduardo Duhalde: la devaluación del peso, la Ley de Subversión Económica y la modificación de la Ley de Quiebras.[101] Por medio de la devaluación los pasivos de las empresas se crecieron casi tres veces, lo que generó la compra de muchas empresas argentinas por parte de acreedores extranjeros. Con la ley de subversión económica que fue eliminada,[102] se le perdonaba muchos de los crímenes cometidos por importantes empresarios del sector financiero, allegados al organismo.[103] 

“Los factores que facilitaron la intervención de los Estados Unidos y sus aliados del G-7 –los verdaderos dueños del FMI- fueron el vacío de poder que se produjo después del derrocamiento del presidente Fernando De la Rúa y la renuncia del establishment argentino a la soberanía nacional”[104]. Entendido lo anterior, cabe recalcar que la causa de la renuncia De la Rúa se dio por la ausencia de confianza en el poder de su gobierno.

 “El gobierno del mundo debería ser confiado a naciones satisfechas, que no desearan para sí mismas más de lo que tienen. Si el gobierno del mundo estuviera en manos de naciones hambrientas, siempre habría peligro.”[105] La anterior frase expresada por el ex Primer Ministro británico Winston Churchill, pareciera tener una gran relevancia en la tercera etapa del modelo que se está trabajando. Sin duda alguna, la política imperante en el mundo nace del poderío económico que un país u organización pueda llegar a adquirir. Gracias al modelo neoliberal, quien detente este poder económico tiene la capacidad de intervenir a su favor en las políticas internas de los países, especialmente aquellos que presentan desestabilidad democrática.

Fue esta desestabilidad democrática, que facilitada por la crisis interna de ingobernabilidad generada a su vez por la desconfianza en el poder, permitió la infiltración de los intereses tanto políticos de Estados Unidos, como económicos del FMI, en los gobiernos de Venezuela y Argentina respectivamente.  El modelo neoliberal permitió a los entes con suficiente poderío económico, influir sobre los Estados que no lo tenían, en pro de su propio beneficio.

CONCLUSIONES: Un proceso político inconcluso.

La crisis generalizada de la democracia en Argentina y Venezuela se generó en los procesos políticos de Fernando de la Rúa y Hugo Chávez, quienes en el desempeño de sus gobiernos, perdieron la confianza en el poder que les había otorgado la sociedad.  Así se hicieron temblar las bases alcanzadas en la etapa de la conformación de una democracia liberal según lo plantea Fukuyama. Por lo tanto, en el momento en que se pasó a la tercera etapa del modelo, el neoliberalismo, no existían las condiciones óptimas para el mantenimiento del control de la sociedad y del Estado.

La situación actual de ambos países pareciera que en el corto plazo va a encaminarlos hacia rumbos políticos totalmente opuestos. En el caso de Argentina se podría pensar en la implantación de un gobierno de corte populista similar al que Chávez propuso cuando llegó al poder por primera vez. Así, se buscaría recuperar la legitimidad del gobierno. Por otro lado, en Venezuela se podría pensar que la democracia se replanteará, porque la sociedad se dio cuenta que no puede dejar que un gobernante ostente un grado de poder tan alto nuevamente.

Sin embargo, lo verdaderamente importante debería ser la necesidad de encontrar verdaderos líderes o movimientos políticos que establezcan de nuevo la legitimidad perdida en la institución democrática. Se hace muy difícil pensar que estas naciones puedan organizarse de una manera diferente a la propuesta por el modelo, porque su mejor posibilidad de desarrollo pareciera estar determinada por el proceso de globalización generado por las grandes potencias, en las cuales está fuertemente instaurada una sólida democracia liberal moderna.

A pesar de lo descrito anteriormente, el ensayo no trata de denigrar el modelo de globalización económica. Por el contrario, trata de demostrar que los países que no están preparados para entrar en éste, deben buscar la solución más rápida y efectiva que genere las condiciones necesarias al ingresar a una etapa más de su obligado desarrollo: el neoliberalismo como fase superior del liberalismo clásico.

* 6 de noviembre de 2002. Análisis de Política Internacional; Monitor: José Ricardo Puyana; Profesor: Leonardo Carvajal; Seminario: 205u.

 

 

 

 

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[1] Conferencia de Homero Cuevas, “La Crisis Argentina”, Universidad Externado de Colombia, 5 de marzo de 2002. 

[2] “La próxima batalla”, en Semana, diciembre 3 de 2001, No 1.022, pp. 108-110.

[3] Jefrrey Sachs resume mejor que nada lo sucedido en el país austral cuando afirma como “Argentina fue el primer país del mundo de pasar de desarrollado a subdesarrollado”. Por su lado, Jaime Duarte e Isadora Guerra confirman la anterior condición venezolana. Afirman que “en términos generales, la economía venezolana entre finales de 1999 y los primeros seis meses del año 2000, ha contado con mejoras sustanciales.” Además, en su artículo también demuestran la estabilidad democrática venezolana, manifestada en la elección de Hugo Chávez el 30 de julio del 2.000 al obtener el 59.75% de los votos totales. Ver respectivamente la ponencia de José Fernández Rivas en la Conferencia “Crisis de Argentina”, Op., Cit y, Jaime Duarte y Isadora Guerra, “Chávez: del populismo autoritario a la democracia delegativa”,  en Oasis 2000,  Bogotá :  CIPE,  Universidad Externado  de  Colombia,  2001, p. 115.   

[4] Francis Fukuyama nació en 1.955 en la ciudad de Chicago. Estudió en Harvard  y Yale y fue director adjunto de planificación política en el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Ver Francis Fukuyama, El Fin de la Historia del Último Hombre, Barcelona: Editorial Planeta, 1.992

[5] Ibid.

[6] Scott Burchill y Andrew Linklater,. “Liberal Internationalism” enTheories of International Relations. New York, 1.996.

[7] Ibid, p. 86.

[8] Argentina vivió una dictadura militar de 1976 a 1983 que dio paso al gobierno constitucional de Raúl Alfonsín. A su vez, Venezuela ha tenido un sistema democrático desde 1960 después de haber sufrido una dictadura. Ver Francis Fukuyma,  Op., Cit, p. 87.

[9]Samuel Huntington, La tercera ola: La democratización a finales del siglo XX, Buenos Aires: Editorial Piados, 1995.

[10]Rafael del Águila, “La política: El poder y la legitimidad”, en Manual de Ciencia Política, Madrid: Editorial Trotta, 1997, p. 23. (El resaltado es de la misma fuente.)

[11] Gerardo Molina, Brevario de ideas políticas, Bogotá: Ediciones Tercer Mundo, séptima edición, 1986, p. 97.

[12] Ibid.

[13] Max-Neef, “Economy, Humanism and Neoliberalism”, en Fals Borda (comp.), People’s Participation, Challenges Ahead, Bogotá: Colciencias, Iepri, TM, 1998, en Martha Jimena Cabrera, “Globalización y cultura: hacia una identidad para el tercer mundo”, en Oasis 1999, Bogota: CIPE, Universidad Externado de Colombia, 1999, pp. 32-33.

[14] Joseph E. Stiglitz, El malestar en la globalización, Colombia: Editorial Taurus, 2002.

[15] Ibid., p. 45.

[16] Los países del sudeste asiático lograron el paso del comunismo al capitalismo, y con una democracia consolidado lograron un alto crecimiento económico basados en la globalización. Ver Francis Fukuyama, Op. Cit, y Joseph Stiglitz, Op. Cit.

[17] Isodoro Cheresky, “Argentina: ¿Hacia una democracia argentina?”, en  Política Exterior, No 74, Marzo/Abril  2.000. Pág 110.

[18] Ibid., p. 110.

[19] Ibid.

[20] Ibid.

[21] Ibid.,  p.  111.

[22] Ibid.

[23] Isodoro Cheresky, Op., Cit. p. 104.

[24] Ibid.

[25] Guillermo Perry, Crisis económica en América Latina, conferencia dictada en Bogotá: Universidad Externado de Colombia, septiembre 5 de 2002.

[26] Isodoro Cheresky. Op. Cit., 2000, p.105

[27] “La democracia representativa, desarrollada en los países capitalistas principalmente alberga diversos mitos,  pero todos tienen en común la existencia de contrapoderes que en la forma de instituciones democráticas piden cuentas al Ejecutivo de su desempeño como jefe de Estado y Gobierno.” Por otro lado, “las democracias delegativas están fundadas en una premisa: ‘El presidente es capaz de manejar el país como él lo considere adecuado y en la medida que se lo permita la relación de poderes existentes por el término para el cual fue electo.” Además, la democracia delegativa es principalmente mayoritaria, y por ello es más democrática pero menos liberal que la democracia representativa.” Véase en Ana Julia Bozo, “Ponencia sobre Gobernabilidad”, en el Foro Académico Venezuela: dilemas de la construcción democrática, organizado por la Dirección de Extensión y la Dirección de Información y Comunicaciones de la Universidad Central de Venezuela y El Nacional, febrero, 2002.

[28] Francine Jácome, “Venezuela: Old Successes, New Constraints on Learning”, en: Political Learning and Redemocratization in Latin America: Do Politicians Learn from Political Crises?”, Editado por Jennifer L. McCoy, Miami: North-South Center Press, Universidad de Miami, 2000, Capítulo 5, pp. 99-128.

[29] Jaime Duarte y Isadora Guerra, Op., Cit..

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