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Cuestiones de América

N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004

 

La Integración Latinoamericana Desde una Perspectiva Social

Victor Hugo Jijón *

 

1. El contexto y la magnitud de los desafíos

Los profundos cambios producidos por la globalización económica y las transformaciones ocurridas a nivel geopolítico luego de la desaparición de la Unión Soviética, consagrando la hegemonía internacional de Estados Unidos, obligan a una seria reflexión sobre el papel que debe jugar América Latina y el Caribe como región en el escenario mundial. Enfrentar los grandes desafíos para su desarrollo implica adoptar acciones coordinadas que permitan una intervención conjunta ante los organismos multilaterales y las empresas transnacionales, superando las debilidades provenientes de su actual participación dispersa y segmentada, de la cual se aprovechan intereses adversos a la justicia social y a la equidad.

Luego de tres décadas de aplicación de las llamadas reformas estructurales implementadas por las políticas neoliberales en los diversos países de la región, la prioridad otorgada a la consecución de una estabilidad macroeconómica que supuestamente sentaría las bases para acelerar el ritmo de crecimiento de las economía, aumentar las ganancias de productividad y con ello la promoción de las inversiones y la generación de empleo no ha tenido los resultados pregonados y, por el contrario, la realidad latinoamericana y caribeña es por demás catastrófica. La pobreza y la indigencia se han agravado, la exclusión social continúa deteriorando la calidad de vida y la integridad familiar; aumentó el desempleo, creció la informalidad y la migración internacional se ha convertido en la mayor vía de escape para millones de personas en busca de mejores perspectivas de sobrevivencia. Al no fomentar la inversión productiva, la denominada “lucha contra la pobreza” acuñada por el Banco Mundial se convirtió en una retórica retomada por los gobiernos de turno sin resultados tangibles, arrinconándose en endebles políticas de gasto social como único mecanismo de redistribución del ingreso.

Por otra parte, desde 1994, treinta y cuatro gobiernos del hemisferio intentan negociaciones para constituir el Area de Libre Comercio para las Américas, ALCA, un proyecto promovido por Estados Unidos para consolidar su bloque económico en el continente a fin de posicionarse mejor en el escenario de la globalización neoliberal frente a Europa y el Sudeste Asiático.

Como es sabido, los objetivos del ALCA van mucho más allá de lograr que los productos tengan libre acceso a los mercados y pretenden fundamentalmente que las empresas estadounidenses obtengan privilegios en su desempeño, otorgándoles acceso a las compras gubernamentales, prohibiendo a los gobiernos nacionales la regulación del funcionamiento de las inversiones extranjeras, fortaleciendo los derechos de propiedad intelectual de las transnacionales, dando trato "no discriminatorio" a la inversión extranjera, limitando el desempeño de las empresas públicas en la provisión de servicios públicos y promoviendo la privatización de los mismos. Paralelamente, se trata de dotar a las transnacionales de mecanismos e instrumentos jurídicos para dirimir favorablemente sus controversias ante los Estados.

En el marco del ALCA, que se sigue negociando en secreto y de manera antidemocrática, los derechos de los inversionistas tienen más jerarquía que los derechos de los pueblos. Todos los servicios públicos, sobre todo el agua, la educación, la salud, las pensiones, las jubilaciones, la vivienda y la seguridad, se convierten en mercancías, pasando a ser objeto del libre juego de la competencia comercial. Si el ALCA llega a implementarse se provocarían profundos impactos negativos sobre pueblos y ecosistemas a lo largo y ancho del continente.

Por otra parte, desde los años ochenta, las organizaciones sociales, particularmente las sindicales, sufrieron un declive en su accionar, por diversos factores que las distrajeron de sus objetivos esenciales. El burocratismo, el electorerismo y el economicismo depredaron la vitalidad reivindicativa en varios países. La intolerancia ideológica, la represión, la violencia social y la violencia política, también incidieron corrosivamente en la organización, orientación y conducción de los movimientos populares. La unidad de los sectores populares se fragilizó, no prosperó o fue efímera. Quizás los únicos actores sociales que se fortalecieron y protagonizan todavía avances organizativos y de nuevas propuestas políticas de cambio son los movimientos indígenas y los movimientos de mujeres.

En resumen, el deterioro del trabajo y de la calidad de vida, por un lado, y, por otro, la dispersión y la debilidad organizativa de los sectores populares son los principales retos a vencer desde una perspectiva social integracionista, nacional y regional, en respuesta a la política neoliberal predominante en el continente y a las imposiciones hegemónicas del imperio.

2. Ajuste estructural y precarización continental de la vida

La aplicación de los llamados “Programas de Ajuste Estructural y Estabilización Económica”, tendientes a reducir la intervención del Estado en la economía y a someter la vida social a las arbitrariedades del mercado, lejos de conducir al progreso y al bienestar, tal como lo proclaman en todo el mundo los políticos y tecnócratas neoliberales, han generalizado y aumentado la pobreza y la indigencia y, por otro lado, han permitido una inmensa concentración de la riqueza en poquísimas familias privilegiadas.

La apertura comercial, la desregulación del sistema financiero, la privatización de los servicios públicos y empresas estatales, la supresión indiscriminada de subsidios, la flexibilidad laboral y otras medidas mal llamadas “modernizadoras” han hecho estragos continentales. Como nunca antes en su historia, América Latina ha sido abusada en nombre de la libertad de comercio: millones de ilusiones y falsas esperanzas han sido creadas solo para ser aplastadas después, por los mismos funcionarios gubernamentales, dirigentes empresariales, representantes de organismos multilaterales, o por todos a la vez. Entre la “década perdida” de los años ochenta y la “década robada” de los noventa, gracias al cinismo de los gobernantes la población empobrecida latinoamericana aumentó de 183 a 224 millones de personas, en tanto que el saldo de la deuda externa, por la capitalización de los intereses y los nuevos préstamos, creció de 228.000 millones de dólares en 1980, a 442.000 en 1990 y a 760.000 millones de dólares en 1999; pese a que, en estos veinte años, más de 395.000 millones de dólares fueron destinados al pago de la misma .

En promedio, la relación entre la deuda externa total y las exportaciones de bienes y servicios durante los años noventa fue del 235%, muy por encima del 200% que algunos expertos señalan como tope de lo “razonablemente manejable”. Sin embargo, para 1999, en algunas economías de la región esta proporción alcanzó niveles espeluznantes : 521% en Argentina, 433% en Brasil, 366% en Perú, 349% en Bolivia, 309% en Ecuador. Un caso dramático constituye Nicaragua con el 774% (aunque en 1992 estuvo en 3.493%); debiendo señalarse, en contrapartida, la relativa "solvencia" de México, 113%, y de Venezuela, 138%.

Según la OIT, si bien en el sector industrial los ingresos reales han crecido a un promedio anual del 2,7% durante la década de 1990, el salario medio actual es apenas superior al de 1980. Más grave aún, el valor real de los salarios mínimos ha evolucionado apenas al 0,8% anual en ese período, siendo la media actual de América Latina 27% menor que la media a comienzos de los años ochenta.

Pese a los bajos costos salariales y a las devaluaciones monetarias latinoamericanas, las consiguientes ganancias de productividad han sido mucho menores que las logradas en los países del sudeste asiático. Los mayores incrementos de competitividad se produjeron en Colombia, con el 11%, mientras el mínimo asiático fue del 20%, en Tailandia, y el máximo fue del 60%, en Malasia. Argentina logró el 3,7% y Brasil el 4,3%. Esto refleja la escasa calidad de la mayor parte de puestos de trabajo creados durante la última década.

A nivel mundial, el PNUD estima en 40.000 millones de dólares por año la suma necesaria para erradicar la pobreza. El mismo Banco Mundial afirma que, en el mejor de los casos, recién en el año 2015 se logrará bajar el número de pobres del planeta al 50% del actual...

Por otro lado, casi 55 millones de latinoamericanos y caribeños padecían algún grado de subnutrición a finales de la década pasada. La CEPAL estima que el 11% de la población está subnutrida. Casi un 9% de la población infantil menor de 5 años sufre desnutrición aguda (bajo peso) y un 19,4%, desnutrición crónica (baja talla respecto a la edad). Esta última reviste especial gravedad por la irreversibilidad de sus efectos negativos.

Cualquier crecimiento económico que esté por debajo del crecimiento de la población, que es de 2.9%, es preocupante porque significa que cada día hay más habitantes, mientras la producción de bienes y servicios aumenta a un ritmo menor. Ahora bien, a mediados de los noventa, expertos del BM afirmaban que para avanzar en la reducción de la pobreza en América Latina y el Caribe sus economías debían crecer por encima del 3,5% anual durante muchos años. Por lo mismo, para que se consoliden las reformas se debía duplicar el crecimiento promedio de las economías latinoamericanas para realmente avanzar en la lucha contra la pobreza, es decir crecer al menos al 6% anual. Esto no ha ocurrido, observándose un crecimiento promedio errático muy por debajo de esta condición: en 1996 el 3,4%; en 1997 el 5,1%; en 1998 el 2,0%; en 1999 el –0,8%; en el 2000 el 2,5%; en 2001 el –0,4%, el 1,6% en 2002 y apenas se prevé un 1,5% para el 2003 en lugar del 2,1% inicialmente previsto. Estos son promedios y desde luego, las cifras varían enormemente de un país a otro.

Como si esto no fuera suficientemente dramático, estudios del BID muestran que no es posible erradicar la pobreza por la simple vía del crecimiento. Según los criterios internacionales, la línea de la pobreza se encuentra entre 1 y 2 dólares diarios y la de la pobreza extrema en menos de un dólar diario. Dependiendo de la estructura de la desigualdad, medida por el índice de Gini por ejemplo, países como México, con una tasa de crecimiento constante de 3% en su PIB anual, necesitaría 60 años para lograr que su población en extrema pobreza pase al nivel de pobreza; mientras que a países más atrasados, como EL Salvador, les llevaría 120 años alcanzar lo mismo .

Por otra parte, se puede combatir la pobreza y reducirla pero la desigualdad puede seguir manteniéndose y aún agravándose. El crecimiento es una condición necesaria más no suficiente de la reducción de la desigualdad. Reducir la desigualdad es básicamente distribuir el ingreso y la riqueza de una manera más equitativa, cuestión que no entra en la lógica económica neoliberal. Lo importante son las políticas redistributivas, las cuales han sido muy poco implementadas.

Diversos especialistas consideran que las economías latinoamericanas sólo pueden crecer con un elevado incremento de las exportaciones y un elevado impacto del sector exportador en el resto de la economía. Pero el problema es que no se está aumentando el valor agregado de la exportaciones y únicamente se está diversificando hacia otros productos de bajo valor agregado. Si no se da un proceso de sustitución de exportaciones, no será sostenible ni siquiera el magro crecimiento de los últimos años, mucho menos las altas tasas que se necesitan.

Un segundo problema se refiere al ahorro público y privado como fuente para la inversión en infraestructura y educación en razón de que la obtención de recursos del exterior se saturó y existe una enorme astringencia de recursos externos. En tal sentido, el ahorro debe provenir de adentro, del ahorro privado, que es muy difícil de elevarlo en América Latina por varios factores, principalmente por la crisis financiera y por diversas presiones de los grupos económicos monopolistas.

Resulta entonces muy claro que es el ahorro público el que el FMI y el BM recomiendan aumentar, pero como ya se ha reducido bastante el déficit fiscal, este mejoramiento del ahorro público no podrá generarse por la vía del gasto a menos de colapsar lo poco que queda de economía popular y entrar en un período de grandes convulsiones sociales y políticas. Por ello es que sin un aumento de la carga fiscal, que suba la proporción de recaudación sobre el PIB, no va a ser posible invertir en infraestructura, educación y salud para generar exportaciones y crecimiento.

Lo complicado es cómo hacerlo. No se puede elevar solo las tasas porque la evasión aumenta; no se puede ampliar mucho más la base fiscal porque ya se lo ha hecho. Lo que queda es gravar con severidad otras fuentes, como las Bolsas de Valores, las grandes fortunas y otras fuentes de riqueza o ingreso. Un desafío de voluntad política que casi ningún gobierno está dispuesto a asumirlo...

En verdad, el dilema no es para menos. Vale recordar la advertencia que en 1999 lanzó Noam Chomsky, ese prestigiosos académico progresista estadounidense, cuando dijo que la trampa de la globalización obliga a la formación de bloques económicos y condena a los países de la periferia a implementar y mantener severos ajustes internos para entrar a los círculos financieros mundiales, en donde sólo los grandes grupos monopólicos empresariales resultan beneficiados. Dicho coloquialmente: si no juegas, no ganas. Pero si juegas, pierdes.

La disyuntiva conduce a pensar en asumir otro tipo de juego, que no sea necesariamente el que están proponiendo los organismos multilaterales y las grandes potencias occidentales. Pensar primeramente en que la crisis actual del capitalismo y su salida belicista no harán sino agudizar los problemas de la mayoría de la población, lo cual debe ser aprovechado para elevar los niveles de conciencia política; pensar en la necesidad de redefinir colectivamente los objetivos del segundo gran proyecto independentista e integracionista; reflexionar en la identidad y diversidad de todos aquellos y aquellas que en este hemisferio se sumen a las acciones transformadoras y en los mecanismos que viabilicen la unidad organizativa de resistencia.

3. La otra integración y sus tareas

Avanzar en las redefiniciones requiere partir de la constatación del fracaso de la integración económica-comercial promovida hasta ahora por los gobiernos latinoamericanos, prisioneros de los intereses contradictorios de sus respectivas burguesías y de las presiones de las empresas transnacionales, ávidas de explotar a bajos costos recursos naturales y mano de obra.

Esto significa promover una respuesta a la globalización capitalista con un proceso integracionista latinoamericano en términos comunitarios, equitativos, privilegiando una comunidad de naciones no simplemente discursiva sino que implemente los mecanismos sociales, políticos e institucionales que preserven la autodeterminación de la región y de sus pueblos, fomentando el desarrollo humano sustentable con identidad.

Conviene, por lo mismo, redefinir lo alternativo. Se trata de oponerse a un gobierno, a su políticas económicas? O es una lucha contra el modelo neoliberal? O son acciones que apuntan a la destrucción del sistema capitalista?

En la realidad lo que se produce es una combinación de metas y objetivos que demandan la construcción de un movimiento social político con sentido democrático en sus objetivos inmediatos y una propuesta programática estratégica de superación del sistema capitalista.

Dentro de cada país ha surgido un eje patriótico-nacional-democrático a lo largo del cual se mueven organizaciones de diverso tipo, de distinto origen y dinámicas contestatarias que demandan construir la unidad en la diversidad. Figuras y fuerzas disímiles, personas y personajes de lo más variado concurren a diferentes espacios y formas de lucha que requieren nuevas modalidades de coordinación y conducción. Esto exige abandonar actitudes sectarias o dogmáticas que dificultan la convergencia y la inclusión en procesos unitarios cada vez mayores.

En tal sentido, se presenta como indispensable partir de un acumulado propositivo ya existente, de una sistematización de experiencias unitarias nacionales y continentales que ahorren tiempo y recursos, que recojan los lineamientos establecidos en múltiples “Declaraciones”, Actas, Cartas, Memorias de Seminarios Latinoamericanos, etc., producidas en infinidad de eventos y sobre innumerables temas y problemas (género, jóvenes, campesinos, indígenas, derechos humanos, medio ambiente, objeción de conciencia, etc.).

Diferentes espacios y procesos han dotado de una riquísima reflexión y propuestas ingeniosas, viables, algunas sencillas otras más complejas. El Foro Social Mundial, la Alianza Social Continental, las “Cumbres” de Naciones Unidas y sus correlatos de la sociedad civil, entre otras, proveen de múltiples alternativas a la crisis social y económica. Sin olvidar las instancias oficiales y procesos subregionales de integración (MERCOSUR, CAN, CARICOM, etc.) que conviene impulsarlos hacia metas más amplias, profundas e integrales, a fin de que no se agoten en la dimensión económica-comercial sino que trasciendan a lo social, cultural, político y ambiental.

4. Principales obstáculos a la integración de los pueblos

Se pueden distinguir dos tipos de obstáculos que impiden en mayor o menor grado el avance de la integración latinoamericana en sus diferentes dimensiones. Unos de carácter externo a las organizaciones sociales y populares y otros internos al movimiento popular.

Entre los primeros, es posible señalar: la hegemonía estadounidense en la región que ha provocado la pérdida de soberanía de los Estados, la fragmentación social y la individualización de las soluciones a la crisis; la fragilidad democrática de los Estados que ha impedido la consolidación del convivir ciudadano en pleno ejercicio de los derechos humanos; la fragilidad de las instituciones públicas intergubernamentales (PARALAMENTO LATINOAMERICANO, ALADI, SELA, GRUPO DE RÍO, etc.) que no han logrado cohesionar propuestas integracionistas importantes, eficientes y duraderas.

Entre los segundos se destaca: la dispersión geográfica y sectorial que impide una organicidad adecuada y la optimización de recursos y procesos; los liderazgos obsoletos y poco renovados que no logran adaptarse a los cambios ocurridos en el mundo que han afectado las formas de pensamiento y de militancia; la escasa valoración de lo político, venido a menos por el comportamiento caudillista, clientelar y corrupto de los partidos y dirigentes políticos tradicionales, lo cual ahuyenta a numerosas personas de la práctica política para no sentirse contaminadas por los vicios de la politiquería; la escasa valoración de los poderes locales y la gestión municipal, que retrasa la participación ciudadana y la incorporación de nuevos contingentes a las instancias de decisión; los tiempos orgánicos diferentes y los desfases de objetivos y metas de una organización a otra y de un país a otro, dificultando el fortalecimiento de los procesos; la falta de comunicación e información oportuna y sistemática que impide reaccionar adecuadamente.

A esto se suma una persistente tara de comportamiento típico de la región, de descuidarse y dejar todo para el último, con lo cual se cae en las trampas de la “lógica de la urgencia”, que causa tres efectos letales para el crecimiento organizativo y la consecución de resultados concretos: se permanece en la superficialidad de los problemas y no se resuelve lo de fondo, por lo mismo, los problemas se vuelven recurrentes y provocan un enorme desgaste humano y de recursos.

5. Algunas premisas doctrinarias para la integración

El neoliberalismo ha demostrado su interés prioritario en tratar a las personas como simples consumidores, como agentes de realización de la compra y venta de mercancías, por lo cual anula la categoría de ciudadano, es decir personas con derechos. Al dar primacía suprema al mercado el neoliberalismo atenta a la soberanía, a la libertad y a las conquistas sociales, es decir a las posibilidades de llevar una vida digna.

Esto plantea la necesidad de concebir una integración latinoamericana que piense y priorice a las personas antes que a las cosas (“primero la gente”, “pensar en el ser y antes que en el tener”...); que ponga en primera línea la satisfacción de las necesidades básicas de los seres humanos y en el respeto a la naturaleza.

Priorizar a las personas conlleva dar primacía a la solidaridad frente al lucro, lo cual implica impulsar la solidaridad antes que la competencia; destacar la estabilidad laboral antes que la movilidad del capital; mejorar los niveles y la calidad de vida antes que la eficiencia de los negocios; abanderarse de la inclusión social y no de la exclusión; apostarle a la solución pacífica de los conflictos.

Todo aquello quedaría incompleto sin incorporar la interculturalidad y la ética como contenido y como práctica cotidiana, como fortaleza en contra de la homogeneización cultural occidentalizante promovida por la globalización. Dentro de esto, es fundamental redimensionar la relación de lo social con lo político, a fin de rebasar el viejo clivaje liberal de pensar lo reivindicativo como ámbito propio de las organizaciones sociales y los procesos electorales, el gobierno y el poder como exclusivo de los partidos.

La integración debe concebirse como un proceso a la vez global, sectorial y zonal. Esto permitirá acción conjunta en los escenarios internacionales a partir de una direccionalidad compartida y con una operativización a través de proyectos y convenios binacionales o multinacionales que hagan realidad las expectativas y aspiraciones de cambio de la gente.

Finalmente, es necesario forjar una conciencia de la integración latinoamericana como una concertación plural, que abarque las múltiples dimensiones integracionistas como un todo, fomentando la sinergia indispensable para que interactúen los más diversos actores e instituciones en un marco de democracia participativa y fortalecimiento institucional regional.

* Movimiento Pachakútik – Ecuador. Reunión de Trabajo, Congreso Bolivariano de los Pueblos; Caracas, 28 al 30 de agosto, 2003.

 

 

 

 

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