N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Samuel Moncada *
El mundo vive días difíciles, días peligrosos. Las leyes e instituciones,
creadas por las naciones para mantener la paz mundial, están siendo
desconocidas por el gobierno con mayor poder militar en la historia de la
humanidad.
Millones de civiles inocentes
están sufriendo las consecuencias de ese poder fuera de control. Una guerra
desatada por un gobierno que, en contra de la comunidad internacional, une el
ilegal propósito de destruir preventivamente al país que considere una amenaza
con el de controlar los recursos naturales de ese pueblo.
El uso del poderío militar para
mantener la superioridad económica representa un peligro para las pequeñas
naciones del mundo. En estas terribles circunstancias, el principio de igualdad
entre naciones soberanas desaparece y es sustituido por la Ley de más fuerte,
la más primitiva de las leyes.
Vemos entonces con asombro cómo
la tecnología más moderna del siglo XXI es usada para regresar a la humanidad a
los siglos pasados, los siglos de las invasiones coloniales.
El Neoliberalismo
Pero la guerra no es el
instrumento más usado para reducir la soberanía e independencia de las
naciones. Hoy, hay empresas privadas que tienen presupuestos más grandes que
los de muchos Estados Nacionales. Estas gigantescas corporaciones poseen
ventajas en la competencia económica que llegan a convertirse en posiciones de
dominio en los mercados mundiales. Su visión del mundo es simple: todo el mundo
es un gran mercado, y todo obstáculo a las fuerzas de los mercados debe ser
eliminado. Esta es la economía global.
Así todos los países deben
privatizar sus recursos naturales, privatizar sus empresas estratégicas,
privatizar sus servicios públicos, reducir al mínimo el Estado, reducir al
mínimo los impuestos al sector privado, eliminar todo tipo de regulación al
mercado, reducir las garantías sociales.
Esta simple receta se debe
aplicar uniformemente en todo el mundo sin importar las diferencias entre las
naciones. Es una ideología dogmática, que elimina la diversidad del mundo, es
una ideología injusta que premia al privilegiado y castiga al débil. Es la Ley
del más fuerte que destruye el tejido social de las naciones. Es el
neoliberalismo.
En América Latina hemos sufrido
los efectos perversos del dogmatismo neoliberal.
Casi todos nuestros países han
sido forzados a tomar el trago amargo del neoliberalismo con la promesa de un
futuro mejor a largo plazo. El resultado ha sido el empobrecimiento de las
grandes mayorías, la quiebra de la administración pública, el aumento de la
deuda externa a niveles imposibles de pagar por la sociedad, la destrucción de
la educación y la salud pública, el desprestigio de las elites tradicionales y
las consiguientes convulsiones sociales y políticas.
Ante esta realidad la respuesta
de los poderosos es asombrosa: nos dicen cínicamente “que no hay alternativa”,
Uds. deben perseverar en los mandatos del pensamiento único.
En Venezuela la epidemia del
neoliberalismo llegó imponiéndose a sangre y fuego.
El 27 de febrero de 1989, la reacción
popular contra las políticas neoliberales fue aplastada con la mayor masacre
del siglo XX venezolano. Una tragedia que fracturó nuestra sociedad, que separó
a los dirigentes de las mayorías populares en la política, en la economía, en
el sindicalismo y en las fuerzas armadas. La conciencia de los venezolanos fue
sacudida por muchas preguntas: si Venezuela era una nación libre y democrática,
· ¿Cómo las Fuerzas Armadas se habían comportado como un ejército de ocupación
contra su propio pueblo? · ¿En qué tipo de democracia los dirigentes ejecutaban
políticas contra las mayorías pobres sin importarles sus consecuencias? · ¿En
qué consiste la soberanía nacional si las decisiones fundamentales de la nación
se ordenan en el FMI? Las respuestas de los dirigentes de esa época fue brutal:
no hay alternativa, es el pueblo el que no entiende la globalización, el nuevo
orden internacional.
La crisis no era sólo de la
economía; era también de un tipo de dirigencia, de un modo de concebir la
democracia, de un modo de pensar la nación. En la década de los 90, los
venezolanos resistimos la agresión antipopular y antinacional buscando una
repuesta distinta a la que nos ofrecían nuestros gobernantes.
¿Por Qué Simón Bolívar?
Había que buscar en otra
dirección, voltear la mirada hacia nosotros mismos, hacia nuestras raíces, para
rescatar el sentido de ser venezolanos. Y ahí nos re-encontramos con el
fundador de nuestra república, con Simón Bolívar.
Los privilegiados de siempre se
burlaron. ¿Cómo volver el siglo XIX cuando vamos al siglo XXI? ¿Cómo tomar como
ejemplo a un hombre que no conoció las computadoras o la luz eléctrica? Según
ellos, de Bolívar nada puede ser rescatado.
La respuesta es muy clara. Está
en los valores, en los principios de acción que Simón Bolívar propuso para
crear la nación.
Simón Bolívar era un hombre de
su tiempo, pero muchas de sus ideas y valores trascienden su vida y siguen
vigentes hoy.
Él es el símbolo de nuestra
nacionalidad, el venezolano imprescindible sin el cual no se entiende nuestra historia.
Pero al mismo tiempo es el venezolano más latinoamericano, pues no pensó a su
patria en los estrechos límites de la Venezuela actual. “Para nosotros la
Patria es América” decía Bolívar.
¿Cuáles son los principios y
valores de la nación que proclama Simón Bolívar? En primer lugar la
independencia, la absoluta determinación de que los pueblos americanos deben
ser libres de toda dominación extranjera. Para el hombre que luchó contra un
imperio, la libertad de la Patria, es decir, la capacidad de decidir sobre su
propio destino, era innegociable.
La independencia es más que un
acto de separación de España; es el rescate del respeto propio, de la dignidad
del pueblo al ejercer su libertad. La independencia es un proceso permanente
que se construye todos los días. No se trata de cambiar un imperio por otro, es
el modo en que los venezolanos existen en el mundo y para toda la vida. Por eso
Simón Bolívar llegó a decir: “Es imperturbable nuestra resolución de
independencia o nada”, pues sin ella desaparece toda identidad nacional.
El segundo principio es el de
la soberanía popular. Si la independencia se refiere a la libertad frente a
toda tiranía extranjera, la soberanía popular afirma la libertad del pueblo
frente a toda tiranía interna, así afirma que “La soberanía del pueblo es la
única autoridad legítima de las naciones”. Bolívar es un revolucionario que
lucha por transferir el poder de los privilegiados a todos los habitantes de la
nación, sin exclusiones, al pueblo soberano. En este sentido, su revolución es
profundamente democrática pues no hay autoridad superior a las leyes que el
propio pueblo libremente se dicta a sí mismo.
“La aclamación libre de los
ciudadanos es la única fuente de legitimidad de todo poder humano”, afirmó
Bolívar, y este principio de carácter universal lo defendió toda su vida.
Si el pueblo soberano formado
por seres libres e iguales es la fuente del poder, la forma del gobierno no
puede ser otra que la república, el gobierno donde todos podemos participar
para dirigir nuestras vidas. No es el gobierno de un hombre o una clase, es el
gobierno de todos los ciudadanos. Así Bolívar propone:
“Un gobierno republicano ha
sido y debe ser el de Venezuela, sus bases deben ser la soberanía del pueblo,
la división de poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la
abolición de la monarquía y de los privilegios”.
Igualdad y justicia social en
la diversidad Una república de iguales, una república sin privilegios. Aquí
encontramos otro principio del pensamiento de Simón Bolívar: la justicia
social.
La república y la libertad no
pueden existir en una sociedad con injusticia social. Es un deber republicano
corregir las desigualdades sociales, equilibrar los poderes, los saberes y las
virtudes de sus habitantes: oigamos sus palabras:
“La naturaleza hace a los
hombres desiguales, en genio, temperamento, fuerza y caracteres. Las leyes
corrigen esta diferencia porque colocan al individuo en la sociedad para que la
educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den igualdad
ficticia propiamente llamada política y social”, Bolívar está hablando de algo
más profundo que la igualdad ante la Ley, afirma que cuando las desigualdades
sociales ponen en peligro la república es un deber transformar la sociedad para
salvar la libertad nacional.
Viniendo de una familia de la
oligarquía criolla, luchó contra los privilegios de su propio círculo social.
La libertad e igualdad republicana era superior a los intereses mezquinos de su
propia clase.
Así vemos cómo luchó por la
abolición de la esclavitud en contra de la opinión de los amos criollos:
“Yo imploro la confirmación de
la libertad absoluta de los esclavos como imploraría mi vida y la vida de la
República”. Estas ideas representaron una verdadera revolución social en su
época y fueron rechazadas.
De igual modo el Libertador
entendió que los derechos de los pueblos indígenas debían ser reconocidos si
los americanos querían construir naciones verdaderamente unidas y libres.
Los pueblos indígenas son parte
fundamental de nuestra nacionalidad y corregir las injusticias que por siglos
impusieron los invasores sobre ellos es un deber republicano.
Así vemos cómo en un decreto de
1820 ordena, en defensa de los indígenas de Cundinamarca:
“Se devolverá a los naturales,
como propietarios legítimos, todas las tierras que formaban los resguardos
según sus títulos, cualquiera que sea el que aleguen para poseerlas los
actuales tenedores”. Tierra para los propietarios originales, tierra para los
que viven como exiliados en su propia nación, tierra para liberar
económicamente a los más débiles. Este es uno de los objetivos de la revolución
bolivariana.
Bolívar es revolucionario
cuando reconoce que la diversidad étnica de América no puede traducirse en
privilegios de casta y discriminación social. Los descendientes de indígenas,
africanos y europeos siendo diferentes formaban parte de una única y nueva
nación, que ahora aseguraba libertad, garantías sociales y oportunidades para
todos.
La educación pública
Obviamente una tarea de esta
magnitud no puede hacerse en un año, ni siquiera en una vida. Esta es una obra
de generaciones que, con claridad en sus principios, construye en el tiempo la
liberación de la nación.
Aquí encontramos otro valor
fundamental del pensamiento de Simón Bolívar: el poder de la educación popular.
Contrario a las ideas racistas de su tiempo, Bolívar es un firme creyente en el
carácter transformador de la educación.
No es la naturaleza de nuestro
pueblo la que determina las desigualdades sociales. La causa histórica de los
conflictos son cientos de años de exclusión social.
La escuela pública tiene por
los menos dos objetivos:
· Tanto aumentar la capacidad
de los ciudadanos para generar su propia prosperidad.
· Como fortalecer los valores
republicanos, única garantía contra la tiranía.
Escuchemos sus palabras:
“La educación e instituciones
públicas son el principio más seguro de la felicidad general y la más sólida
base de la libertad de los pueblos”.
“El primer deber del gobierno
es dar educación al pueblo.., la salud de una república depende de la moral que
por la educación adquieran los ciudadanos en la infancia”.
Es el Estado el primer
interesado en promover la educación pública, esta es una fuente de equidad y
progreso social. No puede haber república sin mujeres y hombres educados para
la libertad.
Sólo los tiranos están
interesados en privar a los pueblos de la educación, pues como él mismo lo
advierte “un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”.
Instituciones fuertes para
luchar contra la corrupción
La moral y la educación eran
centrales para la república, pero Bolívar no era ingenuo para pensar que los
vicios sociales desaparecerían por completo. Sólo unas instituciones fuertes,
con “leyes inexorables” y tribunales imparciales serían capaces de imponer la
justicia cuando fuera necesario.
Bolívar vio a la corrupción en
la administración pública como uno de los grandes peligros para la existencia
de una nación libre. La corrupción es un terrible enemigo, porque los ladrones
no tienen bando político, su única lealtad es hacia el dinero, y se ocultan en
los lugares más insospechados.
El Libertador nació en una
familia de ricos criollos y murió en la pobreza, con una camisa prestada. Este
es sólo un símbolo de su rechazo el uso del poder para el enriquecimiento
personal.
Así decía:
“La corrupción de los pueblos
nace de la indulgencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos.
Mirad, que sin fuerza no hay virtud, y sin virtud perece la república”.
La unidad cívico militar y la
corrupción de las armas Otro peligro para las repúblicas libres de América era
la corrupción de las armas, es decir, el abuso por parte de los jefes militares
del poder de los ejércitos para imponer la tiranía sobre sus conciudadanos.
Bolívar estaba muy consciente
de sus obligaciones como militar y como ciudadano.
Como militar la guerra le daba
prioridad a un ejército fuerte, al pueblo armado, capaz de lograr la
independencia.
Sin la disciplina militar la
república no hubiera sido posible.
Pero una vez lograda la paz el
ejército libertador no tenía ningún privilegio sobre la sociedad. Así Bolívar
afirma:
“Un soldado feliz no adquiere
ningún derecho para mandar a su patria. No es el árbitro de las leyes ni del
gobierno, es el defensor de la libertad”.
Los grandes ejércitos que
lograron la victoria militar ahora representaban un peligro para la libertad al
volver sus armas contra los ciudadanos.
Bolívar condenó la tentación
militarista. Como ciudadano, él sabía que los ejércitos no son una sociedad
aparte y que la unidad nacional entre civiles y militares, tan efectiva en la
guerra, debía mantenerse en la paz aceptando la única autoridad legítima, la
del pueblo soberano expresada en sus leyes e instituciones.
El militarismo, es decir en el
dominio de la sociedad por parte de una casta armada, es la degeneración de la
República.
No hay un Bolívar más claro que
el del Congreso de Angostura cuando afirma:
“Dichoso el ciudadano que bajo
el escudo de las armas de su mando ha convocado a la soberanía nacional para
que ejerza su voluntad absoluta.
Ese era el general no de un
ejército de opresores; era el general de un ejército libertador.
Integración latinoamericana
El rasgo más característico de
Bolívar que lo separa de la mayoría de los líderes venezolanos de la
independencia es la magnitud de su visión estratégica.
Bolívar pensó la patria en
términos del continente latinoamericano.
Las pequeñas naciones corrían
el riesgo de ser arrasadas por las grandes potencias si no entendían la
necesidad de la alianza entre repúblicas. Los débiles unidos serían fuertes, su
historia común los hacía semejantes entre ellos y diferentes del resto del
mundo. La pérdida de la libertad en cualquier parte de Latinoamérica
representaba un peligro para todos. Sólo la solidaridad y el claro beneficio
mutuo de una alianza permitirían el ejercicio de las soberanías nacionales.
Bolívar no impone un modelo de
gobierno a América Latina; él sabía bien que cada pueblo debe gobernarse según
sus necesidades. Lo que sí establece es el interés común de Latinoamérica en
proteger su independencia.
Así propone que:
“Nuestras repúblicas se ligarán
de tal modo, que no parezcan en calidad de naciones sino de hermanas, unidas
por todos los vehículos que nos han estrechado en siglos pasados, con la
diferencia de que entonces obedecían a una sola tiranía y ahora vamos a abrazar
una misma libertad con leyes diferentes y aun gobiernos diversos; pues cada
pueblo será libre a su modo y disfrutará de su soberanía, según la voluntad de
su conciencia”.
Unidad en la diversidad, unidad
para ser libres de decidir nuestros destinos.
Ésta era la concepción de la
patria latinoamericana.
Estas son las líneas
fundamentales del pensamiento de Simón Bolívar. Sus ideas fueron mayormente
rechazadas en su tiempo. Sin embargo, Bolívar es un patrimonio espiritual de
los venezolanos, de los latinoamericanos.
En el fondo sus ideas son una
invitación a mirarnos en el espejo y reconocer quiénes somos, a pensar desde
nuestra realidad. El inicio de toda independencia comienza con la emancipación
del pensamiento y nosotros aceptamos ese reto hoy.
¿Qué significa ser
bolivariano en nuestros tiempos?
No es una religión, un dogma,
una repetición del pasado. Es una posición ética y política ante los problemas
de nuestro presente.
Es partir de nuestra historia
aceptando libremente que los valores de Simón Bolívar pueden ser
reinterpretados, proyectados, complementados de acuerdo con las aspiraciones de
los pueblos hoy.
Así, los bolivarianos
participamos en un movimiento de transformación de la sociedad que lucha por el
rescate de la soberanía nacional, por la transferencia del poder de las élites
tradicionales a las mayorías excluidas y por la libertad y prosperidad de todos
los venezolanos.
Creemos en la combinación más
adecuada entre mercado y Estado para nuestra sociedad. No somos dogmáticos.
· Creemos en un sector privado
vigoroso con miles de empresarios pequeños, medianos y grandes generando empleo
y riqueza.
· Creemos en la necesidad de un
Estado fuerte y eficiente que corrija las distorsiones sociales del mercado,
que administre nuestros recursos naturales estratégicos y que provea servicios
económicos y sociales para toda la población.
· Pero también luchamos por el
tercer sector, el sector solidario, formado por mujeres y hombres que se
asocian voluntariamente para apoyarse entre sí. El sector donde el pueblo ayuda
al pueblo, organizándose en amplios movimientos de indígenas, campesinos,
obreros, mujeres, estudiantes, intelectuales, cooperativas, comités de tierras,
motorizados, medios comunitarios, clase media en positivo y, por supuesto,
nuestros incansables círculos bolivarianos.
Estas gigantescas fuerzas
sociales son el motor de nuestra democracia participativa. Son las mayorías
recuperando su dignidad y su iniciativa, que controlan al Estado y le exigen
que abra sus puertas a las demandas sociales.
Nuestra lucha es por la
democracia política, económica, social y cultural.
· Luchamos por la equidad y la
inclusión social, por el respeto a la diversidad étnica, por la igualdad de
género.
· Defendemos los derechos
históricos de nuestros pueblos indígenas sobre sus tierras y formas de
organización social y cultural.
· Luchamos por los derechos
humanos de los niños, de los ancianos y de los enfermos, de los más débiles de
nuestra sociedad.
· Luchamos por una educación
pública, popular y gratuita que forme ciudadanas y ciudadanos libres, iguales,
y solidarios.
· Luchamos por una salud
pública universal y gratuita que libere a nuestro pueblo de la enfermedad.
· Apoyamos un sindicalismo
independiente y fuerte que no traicione los intereses de los trabajadores.
· Luchamos por tierras para los
campesinos como base para su liberación económica.
· Creemos que el acceso a la
cultura y el deporte son derechos de todas las venezolanas y los venezolanos.
· Creemos que los militares
venezolanos son parte integral del pueblo soberano y que esta unidad de
intereses y fines es la garantía de nuestras libertades.
· Sabemos que nuestro destino
está ligado al de los pueblos de América Latina y por eso impulsamos una
alianza solidaria, que respetando nuestras diferencias, fortalezca la soberanía
de nuestras naciones y las libertades de nuestros pueblos.
Nuestra afirmación de la
soberanía nacional no es una negación de lo extranjero, querer los propio no es
odiar lo ajeno. Los bolivarianos somos abiertos a las influencias
internacionales en la manera expresada por el gran patriota cubano José Martí,
otro bolivariano, cuando dijo “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero
el tronco ha de ser de nuestras repúblicas”.
Nuestra afirmación de independencia
es democrática y pacífica; defender lo propio no es atacar lo ajeno, y
declaramos ante el mundo que no somos enemigos de ninguna nación, de ninguna
cultura, de ninguna religión.
La diversidad del mundo es su
riqueza y la paz mundial nuestro ideal.
Nosotros luchamos contra la
pobreza, la ignorancia, la enfermedad, el racismo, el militarismo y el
neoliberalismo.
Nuestros propósitos están
condensados en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la
única constitución de nuestra historia aprobada directamente por el pueblo
soberano. Ahora bien, como en el caso de Simón de Bolívar, nuestro proyecto no
puede cumplirse en un año, o en una vida, es una tarea de generaciones.
El golpe fascista del 11 de
abril
Con aciertos y errores hemos
labrado un camino desde 1998, pero estos esfuerzos se encontraron con la
reacción violenta de las fuerzas de los privilegiados.
Hoy, hace un año, los enemigos
de la libertad trabajaban en la oscuridad. Por meses habían planeado su crimen.
Comprados con dinero extranjero estaban listos para traicionar a sus propios
seguidores.
Hoy, hace un año, ya tenían
escrito el decreto fascista con el que querían convertirnos en sus esclavos.
Ya sabían de la masacre que iba
a ocurrir el día siguiente como una etapa más de su estrategia, todo estaba
fríamente calculado.
Los venezolanos asesinados el
11, 12 y 13 de abril, sin importar sus posiciones políticas, fueron víctimas
inocentes de una conspiración antidemocrática y antinacional. Ellos son
mártires de la democracia y los recordamos con dolor y con respeto. Nunca
debemos olvidar que entre ellos pudo haber estado cualquiera de nosotros.
Si el 11 de abril fue el día de
la tragedia, el 12 de abril fue el día de la vergüenza. Ese día se instauró en
Venezuela una dictadura patronal-militar, una tiranía fascista.
En menos de 24 horas,
eliminaron todos los poderes públicos, todas las garantías y libertades. En
sólo un día cerraron estaciones de radio y televisión, persiguieron a miles de
dirigentes políticos y sociales, asaltaron la embajada de Cuba, violaron más
derechos humanos que en los últimos 30 años.
En un solo día anunciaron su
plan de gobierno. El retiro de Venezuela de la OPEP, un acuerdo con el FMI, la
venta de nuestra empresa petrolera PDVSA, el inicio de un plan armamentista, la
abolición del aumento de salario de los trabajadores, la ruptura de relaciones
con el gobierno de Cuba. Sólo en un día.
Sus acciones fueron saludadas
por potencias extranjeras y por el FMI. Sus anuncios fueron celebrados por
políticos, sindicalistas, empresarios, intelectuales, periodistas, cardenales,
obispos y dueños de medios de comunicación.
Todo para su eterna vergüenza.
Y no fue por casualidad que en
esa hora oscura de nuestra historia los partidarios de la tiranía escondieran
el retrato de Bolívar del Palacio presidencial y eliminaran el nombre de la
República Bolivariana de Venezuela.
Ellos mismos declararon su
desprecio por nuestra historia y por los valores centrales de nuestra nación.
Eliminando el símbolo creyeron que podrían destruir la moral de un pueblo.
Aquí debemos recordar las
palabras de José de San Martín, el Libertador de la América del Sur, cuando
afirmó:
“Lo que no puedo concebir es
que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al
extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la
que sufríamos en tiempos de la dominación española.
Una tal felonía ni el sepulcro
puede hacer desaparecer” El 13 de abril es el día de la dignidad. Lo que sigue
es una de las miles de historias de ese día. Un dirigente social era buscado
por la represión y temía por su vida. Por la radio anunciaban su nombre como el
de un peligroso terrorista. Él buscó refugio en uno de los barrios pobres del
este de Caracas mientras pensaba sus próximos pasos. En la madrugada del 13 de
abril, unas señoras del barrio que sabían que él se escondía ahí fueron a
buscarlo y le preguntaron: “ ¿Y ahora qué vamos a hacer?”. Él les respondió que
no sabía, pero que lo mejor era protegerse y esperar. Ellas insistieron: “Pero
tú eres un dirigente y tienes que saber. ¿Qué vamos a hacer?” . Él repitió “no
lo sé”. Ellas dijeron “nosotras tenemos que hacer algo, vamos a bajar a la
plaza para discutir qué hacemos”.
En las primeras horas de la
mañana había sólo unas decenas de señoras, más tarde fueron cientos y luego
miles. Ellos decidieron ir a Miraflores para ver qué hacían. Al ver esto el
dirigente pensó que era más seguro ir con los miles por las calles en vez de
esperar a la policía en la casa. En la tarde ya eran centenas de miles, millones
en las ciudades más importantes del país.
Esas señoras del barrio
demostraron un entendimiento superior de los valores republicanos que el de las
elites ilustradas de Venezuela. Esas señoras son dignas representantes de un
pueblo libre. Ellas son mujeres bolivarianas.
Porque fue el pueblo en sus
miles de manifestaciones espontáneas el que rechazó la guerra sicológica de los
medios de comunicación, y la represión de la policía en las calles, para exigir
su libertad.
Fue el pueblo con su
constitución en la mano, en unión con los militares defensores de las garantías
sociales, el que derrotó al fascismo y restituyó en el gobierno al Presidente
Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Rafael Chávez
Frías, quien se ha ganado su puesto al frente de este movimiento.
Nunca antes en nuestra historia
ocurrió algo como el 13 de abril. Por eso digo con orgullo que hoy hablo ante
un pueblo libre.
El sabotaje económico
La derrota de la tiranía
fascista de abril fue seguida por un hecho inusitado en Venezuela: es la
primera vez en más de cien años que los golpistas derrotados no son perseguidos
por los vencedores. Una mezcla de perdón político y lenidad en los tribunales
permitió a los golpistas regresar a sus hogares como si nada hubiera ocurrido.
Era la oportunidad para
intentar la reconciliación de la dirigencia política venezolana. Sin embargo,
los golpistas interpretaron la situación como un signo de debilidad del
gobierno y reiniciaron la conspiración.
Aquí se repitió lo que Simón
Bolívar describió como una de las causas de la caída de la primera república.
Él afirmaba:
“... a cada conspiración
sucedía un perdón y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a
perdonar, porque los gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia.
¡Clemencia criminal, que contribuyó más que nada, a derribar la máquina que
todavía no habíamos enteramente concluido!” La corrupción de los tribunales
sigue siendo una de las grandes manchas de nuestras instituciones.
Los mismos que conspiraron en
abril ejecutaron el acto de agresión más brutal desde que el imperio británico
bloqueó nuestras costas en 1902.
Los mismos personajes, la misma
coalición, los mismos objetivos, pero ahora con una estrategia más destructiva.
Actuando como una quinta
columna de un ejército extranjero los fascistas bloquearon los puertos para
asfixiar económicamente a nuestro pueblo.
Secuestraron barcos,
destruyeron los sistemas de control de refinerías, oleoductos y campos
petroleros. Cerraron las escuelas y los mercados, congelaron el dinero de los
ahorristas.
Llevaron a la quiebra a miles
de pequeñas empresas y destruyeron decenas de miles de puestos de trabajo.
Dejaron a Venezuela sin
gasolina y sin gas doméstico e industrial. Todo en medio de una incesante
campaña de sicoterrorismo en los medios de comunicación, los cuales
sustituyeron su publicidad por permanentes llamados al golpe de estado.
Sólo con millones de dólares de
dinero extranjero puede entenderse el mantenimiento de esta agresión a
Venezuela.
Ya no estaba en juego un
presidente o la democracia, ahora se atacaba la vida de millones de venezolanos
y la existencia misma de la soberanía nacional. Como siempre, los primeros en
sufrir fueron los más débiles: los niños, los ancianos, los enfermos, las
mujeres cabeza de familia, los pobres en general.
El golpe de estado nunca llegó,
la explosión social nunca llegó. ¿Qué ocurrió? El pueblo bolivariano resistió
el golpe antinacional con una disciplina colectiva nunca antes vista.
Mujeres y hombres resistieron
largas filas para comprar gas y gasolina, resistieron la escasez de alimentos.
Los conductores del transporte público resistieron las trancas de calles y
avenidas, resistieron los disparos a sus unidades con el objeto de forzarlos a
parar.
Los trabajadores del Metro de
Caracas resistieron las amenazas de bombas en sus lugares de trabajo. Los
obreros de Guayana combatieron los cortes de gas a sus industrias para salvar
el pan de sus familias.
Miles de vecinos, organizados
en círculos bolivarianos, fueron a apoyar a los trabajadores petroleros. La
Fuerza Armada se declaró en máxima movilización para llevar alimentos al
pueblo, así como proteger y operar la industria petrolera.
Los obreros, técnicos, marinos
y gerentes bolivarianos de PDVSA avanzaron día a día en la recuperación de la
industria hasta los niveles en que se encuentra hoy.
El alto gobierno dirigió y
coordinó el abastecimiento petrolero y de alimentos tanto dentro como fuera del
país. Al mismo tiempo respondía a las conspiraciones políticas del golpismo.
En los momentos más difíciles
la solidaridad internacional se hizo presente.
Brasil, Cuba, República
Dominicana, Trinidad y Tobago, y Quatar rompieron el bloqueo económico.
Las manifestaciones de apoyo no
se hicieron esperar, desde Porto Alegre hasta México, desde Madrid hasta
Estocolmo se combatió la campaña internacional contra Venezuela. A todos ellos,
a todos Uds. presentes aquí hoy, vaya nuestro infinito agradecimiento.
Fue esa combinación de fuerzas
la que derrotó al golpe económico contra los venezolanos.
Toda esa historia merece ser
contada al mundo. Nosotros nunca la olvidaremos.
El pueblo bolivariano esta hoy
unido en sus victorias contra el fascismo. Pero nuestra economía ha sido dañada
como si hubiéramos sufrido una guerra. La pobreza y el desempleo nos azotan en
la cara y debemos iniciar la reconstrucción del país. Nuestra administración
pública no se ha puesto a la altura de la emergencia en que vivimos.
Los grupos fascistas derrotados
se reorganizan recurriendo al terrorismo y a campañas de desprestigio contra
Venezuela en el mundo.
En su locura van declarando a
su país un “Estado forajido”, soñando con una invasión extranjera. Todo esto
ocurre en medio de la campaña electoral más sucia de nuestra historia.
Pero si mantenemos el vigor de
la alianza bolivariana, si llevamos nuestro mensaje a todos los venezolanos y
venezolanas y a todas las naciones del mundo, no hay duda que otra vez
venceremos.
Los Bolivarianos y América
Latina
Nos ha tocado vivir tiempos
extraordinarios. Cuando miramos hacia atrás nos damos cuenta de los mucho que
hemos avanzado, pero parece poco cuando miramos hacia el futuro.
Venezuela está cambiando.
América Latina está cambiando. Grandes fuerzas sociales están en movimiento
re-definiendo nuestra identidad y nuestras aspiraciones.
Los indígenas, los
afroamericanos, los campesinos, los trabajadores de las ciudades, las mujeres,
todos están forjando alianzas para elegir por primera vez en siglos gobernantes
que se parecen a las mayorías que ellos representan.
José Martí decía: “lo que quede
de aldea en América ha de despertar” y pedía: “los pueblos que no se conocen
han de darse prisa en conocerse”. Nuestro reloj continental está marcando la
hora de que los pueblos ayuden a los pueblos.
En esta nueva emancipación de
América, los venezolanos ofrecemos a Bolívar. Y ahora podremos responder mejor
¿Por qué Bolívar? Porque ya no es un hombre solo, o unas ideas en un libro,
ahora es un pueblo en acción.
Porque es una invitación a
todos los latinoamericanos a aprender los unos de los otros. A fortalecernos en
nuestro pasado y presente común.
Porque cuando decimos Bolívar
queremos decir Tupac Amaru, San Martín, Morazán, Martí, Juárez, Artigas y todos
los que lucharon y luchan por la liberación de sus pueblos.
Y finalmente, porque nos
permite decirle a Uds. que esta también es su patria.
* Encuentro
Mundial de Solidaridad con la Revolución Bolivariana, Caracas, 9 de mayo del
2003. Samuel
Moncada es Director de la Escuela de Historia de la Universidad Central de
Venezuela.
Página Vigente de
América Semanal...