N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Los dueños de la tierra hablan quechua y aymará
A propósito de la corriente transformadora empujada
por los pueblos de América Meridional (como gustaba Simón Bolívar referirse al
gran territorio que se extiende desde el Cono Sur, Argentina, hasta el norte
del Imperio Azteca, hoy México) queremos referirnos a los herederos de la
infinita civilización Inca. Los pueblos del Altiplano Andino. Los hijos del
Sol.
La expansión del
capitalismo de mercado a gran escala, a través de la voraz tendencia
globalizadota, como gustan muchos en llamar al neoliberalismo, no tiene como
objeto, por su condición de excluyente y por la dirección de sus beneficios
hacia los países desarrollados (los de la Organización de Desarrollo Económico
–OCDE) el crecimiento económico, ni menos el desarrollo de las naciones donde
perviven con fuerza modos de producción y técnicas, que antes de ser
desplazadas por los poderosos modismos, como se ha venido haciendo desde 1492,
mas bien deberían potenciarse, para aprovechar de ellas todas su sabiduría en
favor sus herederos.
La historia del desarrollo de los pueblos sería
otra si las culturas hídricas, como la egipcia (3200
a.C.), a orillas del río Nilo, no hubieran sucumbido a las pretensiones
del imperialismo rapaz de las potencias Atlánticas (España, Portugal, Holanda,
Francia e Inglaterra) que en búsqueda de productos para sus maltrechas
economías optaron por la explotación de los territorios allende los mares. Por ejemplo, la ocupación francesa de Egipto en 1798, fue
el comienzo de la destrucción de una civilización con una agricultura
diversificada y floreciente, gracias al padre río, constructora de grandes
edificios y sistemas de riegos. Esta gran cultura sería reducida, por la
ocupación inglesa (1882-1954) al mono cultivo del algodón, y a los ingresos
producidos por el problemático Canal de Suez.
Otro tanto sucedió con la
civilización del valle del Indo, en torno río del mismo nombre, en lo que hoy
es Pakistán y occidente de la India.
Este último país fue convertido en
escenario de cruentas guerras entre portugueses, holandeses e ingleses por el control de su fructífera
economía, basada en tecnologías propias, las cuales fueron suprimidas por el
imperio británico. Además de la extracción y destrucción de modo de producción
originario, las grandes civilizaciones fueron forzadas a soportar y poner sus
hijos como carne de cañón de las guerras mercantilistas y capitalistas de los
invasores europeos.
En América, avanzadas
ciudades-imperio sufrieron el rigor de la cruel expansión precapitalista. Un
caso es México asentamiento de algunas de las civilizaciones más antiguas y
desarrolladas del hemisferio occidental, cuyo ocaso se inicia en 1535 con la conquista
por los españoles, que al igual que sus vecinos ingleses, no llegaron en busca
de conocimientos, sino en pos de riquezas y nuevos territorios.
Un triste panorama de
aniquilación de los indígenas y su cultura se extendió por toda la América
—incluyendo Canadá y Los Estados Unidos—. Delante de la cruz del cristianismo
resonaba la pólvora asesina de mosquetes, arcabuces y carabinas; sobre los
templos sagrados de los aborígenes se plantaban insolentemente las catedrales
del renacimiento como tumba rojas y blancas para los dueños de la tierra.
De seguro, nuestro romanticismo
y expresión histórica de rabia contenida, intentará ser rebatido por los
defensores del tecnoglobalismo que promulga la tesis de que los países en vía
de desarrollo son los primeros beneficiados de las nuevas tecnologías. Por
supuesto, parten de la falsa idea de una transferencia de tecnología de los
países desarrollados a los menos avanzados. De plano esto no es cierto. Las
potencias Atlánticas disfrutaron gratuitamente de las tecnologías provenientes
de las civilizaciones no europeas (China, Arabia, Fenicia, India, Egipto,
Etiopía) las cuales transformaron para emprender sus aventuras bélicas y sus
conquistas extraterritoriales. El fluir tecnológico fue espontáneo hasta que la
venta de servicios tecnológicos se convirtió en un gran negocio en el Siglo XX.
Sin capital no hay acceso a las nuevas tecnologías.
Ante el arrollo de las nuevas
tecnologías, cabe preguntarse si aún queda algo del modo de producción de estas
culturas y ello es suficiente cómo para competir con el modernismo de estos
tiempos de globalización. O si las nuevas tecnologías son superiores a las
anteriores, en el sentido de proveer el bienestar a las mayorías y propiciar el
desarrollo. En suma un ejercicio de comparación entre lo de ahora y lo de antes
tomando como parámetros los resultados de la actualidad.
Los Incas
En una región como América
Meridional, donde organismos internacionales como la UNESCO, estima la
población indígena (generalmente clasificada como campesina) en 26, 3 millones
—la mayoría ubicada en Bolivia, Ecuador, Guatemala, México y Perú—, con solo un
1,5%, Brasil, Colombia, Panamá, Paraguay y Venezuela, calificada como tribal
(es decir, que no descienden de las grandes y complejas civilizaciones de América),
es lógico suponer la existencias de tecnologías alternativas legadas por esas
avanzadas culturas. No entraremos a explicar, el porque usamos el calificativo
de avanzado, pues la abundante literatura histórica ha probado los alcances en
ciencia, astronomía, agricultura, artes, arquitectura, medicina, matemática,
física, redes de comunicación y almacenamiento de los Mayas, Aztecas e Incas.
En el altiplano andino, situado entre Bolivia, Perú y
Ecuador, a lo largo de la Cordillera de los Andes, floreció la inmensa
civilización Inca hacia el Siglo XII de nuestra era. De
ella aún sorprenden sus misteriosas y monumentales construcciones de piedra
tallada, el uso optimo de las escarpadas laderas a través de las terrazas de
cultivo, y de las zonas altas inundables, mediante los waru waru (camellones), el arado de pie o chaquitaclla; sus coloridos trajes y su encantadora música que,
aunque así lo piensen los turistas, siguen vigentes.
El modelo tecnológico andino, aunque estancado y en
vías de desintegración por causa de la dominación post-colonial, subsiste y
funciona como soporte del sistema económico agropecuario en un medio ecológico
y difícil. Es la única manera de supervivencia de una comunidad de más de 20
millones de habitantes —un 52% de los habitantes de Perú, Ecuador y Bolivia son
indígenas—. Es un sistema que posibilita el cultivo de alimentos básicos e
históricos para la dieta campesina: papa, y el maíz (en múltiples variedades y
cosechados durante todo el año), además del ají, la chirimoya, la papaya, el
tomate y el frijol; productos agroindustriales: quesos, hilados y tejidos. La
llamada por los estadísticos “cesta/canasta básica” o consumo mínimo de caloría
y proteínas, es provisto a esa población merced el modo de producción inca
¿Cuántas naciones están hoy en capacidad de hacer esto, incluyendo a las
desarrolladas, utilizando teorías como las ventajas comparativas o
competitivas? Entre los males del altiplano, gracias a Inti no se cuenta la
desnutrición.
El sistema incaico, superó el sino de las colonias
latinoamericanas donde se aplicó la mecánica de la dependencia que las rezagó a
la monoproducción, en la cual se producía sólo que necesitaba y luego compraban
las metrópoli. De esa manera las naciones que antes tenían una agricultura
diversificada capaz de surtir la cesta básica se vieron compelidas a comprar en
el exterior lo necesario para comer. Perdieron el derecho soberano a producir
su propia comida. El altiplano se rebeló a ello.
¿Por qué suscite el Sistema Incaico?
Los nuevos métodos tecnológicos presentados por el
capitalismo aún no han podido superar al ancestral Sistema Andino.
Casa rojizas empotradas en la montaña; grandes extensiones de tierra
preparada para los diversos cultivos, libres para el pastoreo de llamas y
ganado vacuno; telares familiares en continua producción soportan el paso del
tiempo. El secreto de los Incas no parece ser solo las técnicas y la maquina.
Como todas las grandes civilizaciones de la antigüedad han tenido una fuente de
inspiración o motivación.
En el Altiplano la fuerza de producción se basa en la Cosmovisión
Andina, centrada en la conciencia de su identidad étnica e histórica, en la
validez de sus valores y orientada por las necesidades y objetivos propios de
la familia y de la comunidad (practicaban el crecimiento hacia adentro, hoy
divulgado como “Desarrollo Endógeno). El mito ecológico andino, la ética de los
hijos de la tierra, el ayllu, la
tierra de los ancestros y los recursos espirituales parecieran ser la energía
que mueve la producción andina. Cuando se recorre la arquitectura Inca, sus
caminos, cuando desde la Cumbre de Machu Pichu se observa la inmensidad de la
historia, cuando la calidez de los pobladores de Cuzco, Cuenca, los pueblos
andinos envuelven la atmósfera es inevitable creerlo.
En un plano más terrenal, no podemos negar que el modo de producción
andino se ha enriquecido, a través de la historia, por la incorporación de
técnicas europeas. Pero esta ha sido hecha para mejorar y no para suplantar.
Cuestión que sería necesaria porque su principal sostén es el ser humano,
motivado a cultivar la tierra, sin importar la dificultad. Tampoco podemos
omitir los daños que hicieron los invasores durante la colonia, llevados por el
miedo a la espiritualidad indígena que los llevó a perseguir por toda América y
Europa a toda la descendencia de la familia real Inca para evitar que los
descendientes de Atahualpa se reorganizaran y recuperaran el imperio. Por ello
intentaron desaparecer cada vestigio, cada casa, cada templo, cada
manifestación cultural.
“por el
conocimiento del medio ambiente, tecnología tradicional (desarticulada pero
adecuada) por su conciencia histórica y cultural enraizada profundamente en
esta tierra y vinculada a la ecología de la zona por su motivación y sus
reservas morales para continuar su sistema de vida y de explotación
agropecuaria” (Kessel, 1987).
Lo lógico es que este modo de producción que ha sostenido durante siglos
a millones de habitantes sea optimizado a partir de su propia capacidad, para
volver de nuevo a su articulación inicial. Equivocado sería relegarlo al
recuerdo, a los museos cuando no existen alternativas de producción adecuadas
para el medio geográfico. El objeto debe ser mejorar la calidad de vida del
campesino —según su cultura— nunca imitando los patrones de consumo urbano, ya
que las nuevas tecnologías pueden violentar el sistema y provocar una
discontinuidad y ruptura del modelo tradicional. De hecho, la penetración
religiosa se ha constituido en un peligro para la Cosmovisión Andina, trayendo
como consecuencia, casos de confusión personal, desunión comunal y de familia,
desaparición de celebraciones colectivas tradicionales, desaparición de la
autoridad tradicional (Jila Kata), y
ofuscación en la conciencia campesina de su identidad histórica y cultural.
Optimizarlo a partir de su propia capacidad de retroalimentarse de otras
técnicas, es emplear la tecnología para la construcción de diques de contención
y canalización de ríos y corrientes, para el control de la erosión, el trazado
de caminos, reconstrucción de terrazas y sistemas de riego arruinados por el
paso del tiempo.
Optimizarlo es emplear racionalmente la ciencia para valorizar las
antiguas técnicas andinas en materia de construcción e ingeniería hidráulica y
de vialidad con fines de ampliación de tierras de cultivo. Sería ofrecer a los
jóvenes y adultos de las comunidades incas, la posibilidad de aprender estas
técnicas antiguas.
En suma, optimizarlo es reconocer la necesidad de recuperar la
tecnología antigua desarrollándola con elementos modernos seleccionados en
favor de la gran comunidad del altiplano, la que habla quechua y aymará, la de
Viracocha, Pachacamac. Inti, Mamaquilla, Pachamama, Llana; la heredera de los
Incas Huayna Cápac y Túpac Amaru.
Pero la optimización sólo es factible si los pueblos indígenas se hacen
de nuevo de la conducción de sus destinos, de su tierra, de sus montañas y
selvas.
Los dueños de la
tierra
suben a los colectivos a vender mercancía, caramelos, comida
viajan de un lado a otro con sus chompolas, abrigos,
sombrero de copa y gorros;
con su mochila que sirve para guardar cosas,
para llevar su niño, para abrigarse;
su mochila que es cobija, mantel y esperanza.
Los dueños de la
tierra
venden su mercancía en las estaciones del tren,
en las ferias, en las gasolineras, en las plazas.
Lustran zapatos, hacen proezas atléticas
para ganar propinas.
Sus construcciones imperiales
maravillan al extranjero
cuyo ascendiente un día los sepultó,
creyendo enterrar el pasado
de sol, de luna, de maíz, de oro, de plata, de energía.
Los dueños de la
tierra
hablan aymará y quechua,
entienden inglés y español
para poder vivir en su suelo.
Venden películas kodak y agua mineral.
Son fuertes y pacientes,
de mejillas rojas, con prole robusta y hermosa;
van a los rituales cristianos.
Hay energía en toda esta paciencia,
hay sabiduría, tradición oral, trabajo.
Los hijos del sol aguardan
sonriendo, orando a sus dioses,
hablando con su voz cantarina,
a que la tierra los reclame
para reinar de nuevo sobre ella.
Saben que así
será. Esta escrito.
Referencias
Bibliográficas:
KESSEL, J.Van (1987). Calidad y
técnica total: Sugerencias para el ajuste de la oferta del PMPR II a la demanda
campesina. La Paz Bolivia.
CEPAL (2000). Indicadores
económicos. Anuario.
Página Vigente de
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