N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
La Patria Grande
Algunas consideraciones sobre la integración
de Nuestra América
Carlos Véjar Pérez-Rubio *
1. La
utopía
En este
tiempo de globalización, cuando el futuro es bruma y espejismos y el pasado
huella deslavada, pensar en la integración latinoamericana y caribeña puede
parecer obsoleto. Las estructuras culturales se cimbran y nuestra identidad se
desvanece en el proyecto económico, político e ideológico de la unipolaridad,
la homogeneidad y la (inter)dependencia, ese que genera entre nosotros pobreza
y riqueza extremas, subordinación económica y política, desintegración social,
hambre, migraciones, inseguridad, violencia, vicio, depauperación del agro,
industria de maquila, urbanización anárquica y acelerada, deterioro
ambiental...
Allí está
como ejemplo Argentina, alguna vez, en palabras de Vasconcelos, "el país
más fuerte y el más hermoso de América"[1],
hoy saqueada, empobrecida y desmoralizada. Unos más, otros menos, todos los
pueblos de América Latina que, unidos, deberían conformar según Bolívar una
respetable "nación de repúblicas"[2],
sufren desunidos las consecuencias de la política impuesta por sus clases
dirigentes y los centros de poder.
Sujeto de la
anécdota en los libros de historia parece haber quedado el itinerario
triunfante del ejército internacionalista de Simón Bolívar por los campos de
América del Sur, ejército conformado por hombres y mujeres provenientes de los
más diversos rincones de la patria grande, unidos por un objetivo común: la
conquista de la independencia, la libertad, la dignidad y la justicia social.
Lejano está en el tiempo el Congreso Anfictiónico de Panamá, realizado en 1826
a instancias del Libertador para unir en una gran federación de estados libres
y soberanos a los pueblos de Nuestra América, bajo cuyos auspicios podrían
cultivarse las virtudes y talentos que los conducirían a la gloria y a la
felicidad. Sepultados en la memoria yacen tantos otros intentos frustrados de
integración política, económica y cultural de los latinoamericanos y caribeños.
Y sin embargo...
2. La
identidad
Identidad
nacional y regional, lo que nos une y nos separa, o mejor, nos distingue a los
latinoamericanos y caribeños. ¿Cuáles son las claves? Cintio Vitier, titular en
La Habana de la Cátedra de América Latina, opina que "Así como pensamos
que hay un modo peculiar de expresarse las esencias de cada país en la poesía y
en el arte, y que ese modo es su genuino aporte a la poesía y al arte
universales, creemos también que la conciencia moral existe y se desarrolla en
cada país con formas, argumentos y modulaciones propias que permiten conocer lo
que puede llamarse una ética en vivo o en acto y entender por dentro la
motivación espiritual de sus manifestaciones históricas... Nuestro punto de
partida es siempre la autoctonía como fundamento de la universalidad."[3]
La
autoctonía. Es indudable que la fuerza de las etnias originarias del Nuevo
Mundo impactó al grupo conquistador y colonizador europeo, modificándolo de tal
modo que aun quienes se conservaron sin mezcla alguna de sangre indígena, los
criollos, se hicieron americanos, diferenciados de los peninsulares. Es cierto
que con el establecimiento de los españoles y los portugueses en estas tierras
desaparecieron muchos rasgos de la población autóctona, pero muchos otros
perduraron y llegaron a ser parte importante del medio cultural que hizo de las
colonias americanas de España y Portugal agrupaciones originales, y no simples
desprendimientos de las metrópolis.
Se gestó así, en
un largo y complejo proceso sincrético, la identidad cultural de los pueblos
latinoamericanos y caribeños, producto de la simbiosis de la cultura occidental
europea con las culturas originarias del continente americano, y, en un segundo
momento, con las africanas, la tercera raíz, incorporadas a la dinámica de la
colonización vía el drama de la esclavitud. Posteriormente, el proceso se
enriquecería con las corrientes migratorias provenientes del Medio y Lejano
Oriente y de Oceanía, la cuarta raíz de nuestra identidad. Sujetos desde
siempre a la colonización y la dependencia, la antigua, la que empezó hace
quinientos años, y la moderna, la que se les impone hoy en día desde los nuevos
centros de poder, los pueblos de Nuestra América se han identificado también
por la rebeldía, por el cimarronaje, por la inconformidad con un destino
manifiesto diseñado al margen de su voluntad. Leopoldo Zea lo pone con estas
palabras:
“La América
Latina tiene, pese a la diversidad de razas y culturas que se han dado
encuentro en ella, más elementos de unión que los que pudieran tener asiáticos
y europeos dentro de sí. Nuestros pueblos, unidos por una cultura que ha
posibilitado la integración y mestizaje de razas diversas, poseen una lengua,
religión y sentido de la vida forjado en varios siglos de dependencia común y
la lucha por ponerle fin. Por ello sólo integrados estos nuestros pueblos
podrán entrar en relación con otras regiones de la tierra, con los bloques de
intereses que se están formando, en una relación que no puede ya ser la de la
dependencia.”[4]
3. El mundo
Una nueva y
sofisticada guerra mundial ha sido declarada unilateralmente "en el nombre
del bien" por Estados Unidos y sus aliados europeos, guerra en la que
todos los habitantes del planeta, de una manera u otra, estamos involucrados.
El enemigo, aunque parece estar concentrado principalmente en Afganistán y
algunos otros países integrantes del "eje del mal", puede estar en
cualquier parte, incluso dentro de las propias fronteras del imperio. No, no se
trata de un nuevo juego cibernético ni de una película de Hollywood. Es la
cruda realidad, la paranoia del amanecer del siglo XXI.
Más allá de
lo que significó para la humanidad la tragedia de los atentados terroristas en
las Torres Gemelas y el Pentágono, corazón civil y militar de Estados Unidos,
es un hecho que este suceso lamentable se convirtió en un excelente pretexto
para acelerar la conquista del mundo y ponerlo en su totalidad bajo la égida
del capital, cuyo centro neurálgico militar, tecnológico y financiero se
encuentra en el país del norte. Doce años habían transcurrido apenas desde la
caída del muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética y el llamado
socialismo real, acontecimientos que, si bien facilitaron la implantación
mundial de la economía de mercado y lo que ella conlleva política, social y
culturalmente, habían contribuido también a abrir la caja de Pandora.
Innumerables
odios y conflictos regionales asolaban al mundo a principios de los años
noventa del pasado siglo. Fenómenos tales como los nacionalismos exacerbados,
el fundamentalismo religioso, las guerras locales, las migraciones forzosas,
los reacomodos geopolíticos, el fanatismo, el terrorismo y el narcotráfico,
desafiaban al sistema dominante y entorpecían su globalización. Intereses
económicos geoestratégicos, como el petróleo y el gas, estaban también
involucrados. Una década después, los sucesos del 11 de septiembre de 2001
vinieron a facilitar su combate al legitimar estrategias en las que todo es
permisible, desde afectar al derecho internacional, el medio ambiente y la
ética de la información, hasta modificar los usos y costumbres de pueblos de
los cinco continentes para someterlos a los valores occidentales, por ejemplo,
el de la democracia representativa, que, junto al del libre mercado, se han
convertido en los caballitos de batalla ideológicos del capitalismo de nuestro
tiempo. (Interesante es reproducir aquí las palabras al respecto de Robert
McChesney en su introducción al libro Profit Over People. Neoliberalism and
Global Order, de Noam Chomsky: "Para los neoliberales, porque ganar dinero
es la esencia de la democracia, un gobierno que adopta políticas contra el
mercado es antidemocrático; cuando lo cierto es que el neoliberalismo es el
enemigo principal y más inmediato de una genuina democracia participativa, y que
lo que algunos suponen expresión de la «democracia» y el «libre comercio» es,
en realidad, «resultado de la acción de poderosos gobiernos, especialmente el
de Estados Unidos», que imponen a otros pueblos acuerdos comerciales para
favorecer a las grandes compañías y a los ricos."[5])
El saldo de
poco más de dos décadas de aplicación de las políticas neoliberales a la
economía mundial es en extremo contradictorio y plantea a la humanidad
problemas graves. Al tiempo que las estructuras del capital se internacionalizan
cada vez más y se desarrollan aceleradamente la ciencia y la tecnología, la
comunicación y la información, la producción agropecuaria e industrial
(incluyendo a la sofisticada industria militar y a la del entretenimiento),
crecen la marginación, la miseria, el hambre y la desesperación de casi tres
cuartas partes de la población mundial, hacinada en los países subdesarrollados
principalmente, incluidos los latinoamericanos y caribeños. No es de
sorprender. En realidad, desde hace muchos años pensadores como André Gunder
Frank establecieron que el desarrollo y el subdesarrollo —el centro y la
periferia—, son las dos caras de una misma moneda, de una misma realidad social
derivada de la expansión y concentración del capitalismo.[6]
Para poner en
cifras la inequidad y la desigualdad entre ambas caras, mencionemos tan sólo
que, mientras en los países desarrollados la pobreza abarcaba en promedio a
menos del 15% de la población, en América Latina comprendía para comienzos del
año 2000 a casi el 50%, esto es, a 220 millones de habitantes (en Venezuela se
estimaba entre 70 y 80%, lo mismo que en Guatemala; en Ecuador, 62.5%; en
Brasil, 43.5%).[7] Un estudio
de la Organización Panamericana de la Salud divulgado recientemente en
Nicaragua establece que unos 17 millones de centroamericanos, el 50%
aproximadamente de los habitantes de la región, sufre hambre ocasionada por la
pobreza crónica, problema que incide en su tamaño cada vez más pequeño y en la
aparición de enfermedades ya superadas.[8]
Y mientras
tanto, buena parte de los habitantes de las metrópolis industrializadas pasan
de la frivolidad, el hastío, el hartazgo y la indiferencia a un egoísmo
militante y chovinista que los predispone contra todo aquello que ponga en
peligro sus conquistas materiales y sus paraísos artificiales, como lo es por
ejemplo el caudal multicolor de inmigrantes proveniente de los empobrecidos
territorios del sur. Han recobrado así fuerza en Estados Unidos y en Europa
lacras ancestrales como el racismo, la xenofobia, la exclusión y la
intolerancia, que hoy nutren ideológicamente a los partidos y corrientes
políticas de extrema derecha, en continuo ascenso en esas latitudes. El sonado
caso de Jean Marie Le Pen y su Frente Nacional en el proceso electoral de
Francia de abril de 2002, no es más que una nueva llamada de atención.
4. La
desintegración
"¿Qué
piensan los latinoamericanos sobre lo que está sucediendo en la región?",
se pregunta Bernardo Kliksberg al inicio de su ensayo Diez falacias sobre los
problemas sociales de América Latina.[9]
Y luego dice que, al preguntárseles si creían que estaban viviendo mejor o peor
que sus padres, sólo un 17% respondió que mejor, lo que evidencia un hondo
descontento de la mayoría con una situación que para 1999, fecha de la
encuesta, se había deteriorado sensiblemente.
Lo más
importante de esas diez falacias enunciadas por Kliksberg, que presentan la
visión distorsionada y pragmática de los problemas sociales de América Latina
que tienen los centros de poder, es que han sido fuente de inspiración de las
erróneas políticas públicas (y privadas), nacionales y transnacionales, que han
llevado a la región a la crítica situación en la que se encuentra actualmente.
En ellas se niega, por ejemplo, la gravedad y la extensión de la pobreza[10]
y no se considera la irreversibilidad de los daños que produce; se argumenta
que el crecimiento económico por sí solo puede resolver los problemas; se
desconoce la trascendencia de la desigualdad y de la inequidad social; se
desvaloriza la función de la política social; se descalifica la acción del
Estado; se desestima el rol de la sociedad civil y del capital social; se
bloquea la participación comunitaria[11];
se eluden las discusiones éticas; y se presenta al modelo reduccionista
impuesto por el pensamiento único de nuestro tiempo como la única alternativa
posible de desarrollo.
Un punto nos
interesa destacar de todos los anteriores, por la importancia que tiene para la
integración de nuestros pueblos: el de la desigualdad, que se manifiesta de
varias maneras y en varios campos. Es conocido que América Latina es
considerada como la región más desigual del planeta. Las tesis que plantean que
ese fenómeno es una etapa inevitable del camino al desarrollo, han fracasado
aquí estrepitosamente. Se les olvida a los teóricos primermundistas que esta
región es producto de la colonización, en cuya misma raíz está la desigualdad,
la inequidad y más aún, la injusticia social. En todo proceso colonizador, los
pueblos autóctonos son derrotados, sometidos, esclavizados, explotados e
ideologizados por los conquistadores. Por ese proceso inmoral pasaron nuestros
pueblos indígenas y los esclavos africanos y asiáticos importados a estas
tierras americanas. Lamentablemente, la independencia política lograda por los
latinoamericanos y caribeños en el siglo XIX, en la que los criollos jugaron el
papel protagónico, y las repúblicas que emergieron de ella, no mejoraron en
nada su situación (a veces, incluso, la empeoraron).[12]
Los actuales movimientos reivindicativos de los indígenas de Chiapas y de sus
hermanos de la cordillera andina, responden a ese estado de cosas.
La
desintegración social en América Latina y el Caribe, producto de la citada
desigualdad, es preocupante y puede significar un obstáculo para la integración
de nuestros pueblos si no se toman las medidas adecuadas para enfrentarla. La
polarización creciente de la sociedad contemporánea conforma ya una dualidad
central: incluidos y excluidos, que se manifiesta al interior de todos nuestros
países (Cuba puede ser la excepción), como se manifiesta también a escala
universal.
5. El
modelo
El proceso de
integración de América Latina y el Caribe pasa actualmente por un momento
extremadamente delicado, que amerita una profunda reflexión y una amplia
difusión en todos los niveles. En efecto, la conformación de un bloque
continental basado en el proyecto secular de dominación hemisférica de Estados
Unidos, revitalizado con las Cumbres de las Américas y la propuesta del ALCA,
proyecto que concibe al comercio como motor fundamental del desarrollo e impone
cada vez más abiertamente el tema de la cooperación militar,[13]
es inminente. Dicha iniciativa, que modernizará nuestra dependencia económica y
política, actualizará nuestros problemas sociales y terminará por diluir
nuestros valores culturales, cuenta hasta el momento con la anuencia de la
mayoría de los gobiernos y las fuerzas económicas y políticas de la región.
Uno de los
primeros efectos de ese «Acuerdo de Libre Comercio de las Américas» será el
languidecimiento de todos aquellos esfuerzos integradores que se realizan al
margen de Estados Unidos, como son, entre otros, las Cumbres Iberoamericanas
animadas desde 1991 por España y Portugal, la Comunidad Andina, el Mercosur, el
Grupo de Río, el G-3, la Asociación de Estados del Caribe (AEC), el Pacto de
San José y el Parlamento Centroamericano. Es muy probable que las mismas
relaciones con otros bloques, como la Unión Europea, que para los países del
Mercosur es el primer socio comercial e inversor, se vean también afectadas.
¿Cómo
enfrentar este escenario? ¿Qué alternativas proponer? Alonso Aguilar Monteverde
coincide en que ningún país puede resolver sus problemas aislado y solo.
"En Latinoamérica, por ejemplo —dice—, tenemos que ver la región en su
conjunto, entender los problemas comunes y conjugar esfuerzos para enfrentarnos
a ellos con éxito; e incluso una visión latinoamericana, si bien necesaria, no
es suficiente. Hoy como nunca antes somos parte de un mundo cuyos problemas,
condiciones y contradicciones nos afectan a todos y nos obligan a tirar nuevos
puentes, acercarnos a otros países, solidarizarnos con aquellos que luchan por
su independencia o por otras justas causas —porque al hacerlo defendemos
nuestros más legítimos intereses— y entender que aun con las naciones más
poderosas, con las que tenemos serios problemas, debemos encontrar una nueva y
mejor manera de relacionarnos."[14]
Bernardo Kliksberg, por su parte, sostiene que los latinoamericanos no aceptan la
falacia de que no hay otras alternativas y que "aparece en su imaginario
con fuerza creciente que es posible, como lo han hecho otros países en el
mundo, avanzar —con las singularidades de cada país y respetando sus realidades
nacionales— hacia modelos de desarrollo con equidad, desarrollo compartido, o
desarrollo integrado, donde se busca armonizar las metas económicas y sociales.
Ello implica configurar proyectos nacionales que impulsen la integración
regional (que puede ser un poderoso instrumento para el fortalecimiento
económico de la región y su reinserción adecuada en el sistema económico
global), la pequeña y mediana empresa, la democratización del acceso al
crédito, el acceso a la propiedad de la tierra para los campesinos, una reforma
fiscal orientada hacia una imposición más equitativa y la eliminación de la
evasión, la puesta al alcance de toda la población de la tecnología
informática, la universalización de la cobertura en salud, la generalización de
posibilidades de acceso a educación preescolar y de finalización de los ciclos
primario y secundario, el desarrollo del sistema de educación superior, el
apoyo a la investigación científica y tecnológica, el acceso de toda la
población al agua potable, el alcantarillado y la electricidad, y la apertura
de espacios que permitan la participación masiva en la cultura."[15]
El momento
histórico en que vivimos está marcado por el cambio, por el surgimiento de
nuevos paradigmas que permitan construir un mundo más justo, más bueno y más
bello para todos, un mundo en el que se respeten las diferencias y se eliminen
las desigualdades. El hombre ya no soportará por mucho tiempo el sufrimiento y
el abandono en que se debate la mayoría de sus congéneres. Es un problema de
ética, y de lógica.
6. La
estrategia
El proceso de
integración de Nuestra América debe comprender a nuestro juicio tres etapas. En
la primera se emprenderá la construcción de la Comunidad Latinoamericana y
Caribeña de Naciones, con el concurso de las más diversas fuerzas económicas,
políticas y culturales de los estados nacionales y una amplia participación
popular. En la segunda se establecerán los vínculos de dicha Comunidad con
España y Portugal, países con los que conformará un sólido Bloque
Iberoamericano que estará llamado a jugar un importante papel en el mundo
globalizado y nos permitirá estrechar la relación con la Unión Europea.
Posteriormente, en una tercera etapa, la Comunidad Latinoamericana y Caribeña
de Naciones negociará con Estados Unidos y Canadá los acuerdos y tratados más convenientes
para un desarrollo más justo, equitativo y equilibrado de las Américas,
desarrollo que permita cerrar gradualmente la creciente brecha que ahora las
separa.
Bolívar, el
gran comunicador, el fundador de periódicos y autor de innumerables cartas,
discursos y proclamas, diría que para integrarnos debemos antes conocernos. Lo
mismo diría Martí, quien supo combinar siempre sus dotes literarias con su
oficio de periodista y su misión de ideólogo, organizador y combatiente por la
libertad. Y para conocernos, debemos comunicarnos, tarea que cobra relevancia
en la época actual, impregnada por la cultura del consumo y el entretenimiento,
auspiciada en buena medida por los medios masivos de comunicación
transnacionales y latinoamericanos, en su mayoría dominados por las fuerzas del
mercado y fieles reproductores de su ideología.
El frustrado
golpe de estado en Venezuela, en el que los medios jugaron un destacado papel,
ha vuelto a poner en el centro del debate las funciones básicas de la
comunicación social: información, orientación, educación y entretención. Los
puntos de la agenda son: la propiedad de los medios; la transnacionalización de
los medios; el destino de los medios; el Estado y los medios; la política de
medios; la comunicación popular alternativa; el papel de los comunicadores, y
la ética y la estética de la comunicación.
Es necesario
y urgente llevar al terreno de los mass media el tema de la integración
latinoamericana y caribeña, para cuya concreción han de ser palanca poderosa.
El emisor debe estructurar un mensaje claro, atractivo y convincente, que
explique a la población receptora la importancia de llevar a cabo felizmente
dicha empresa, que permitirá invertir las tendencias del desarrollo en
beneficio de los sectores más desprotegidos de Nuestra América y transformará
positivamente, en consecuencia, nuestra realidad social.
Luis Ramiro
Beltrán, destacado comunicólogo boliviano, se preguntaba y respondía no hace
mucho: "¿Quién ha de encabezar esa misión de lucha quijotesca por el
cambio en este mundo internético, globalizado y neoliberal? Sin duda, tendrá
que hacerlo el segmento de la juventud a la que los destellos de la
mercadocracia no han podido obnubilar, aquellos comunicadores que sienten que
su oficio está comprometido con el anhelo de una sociedad próspera, pero ante
todo, libre, justa y verazmente democrática."
* Impulsemos la Integración y la Unidad
de Nuestros Pueblos, AUNA México.
Página Vigente de América
Semanal...
[1] José Vasconcelos: La Raza Cósmica, Espasa-Calpe, México, 1948, p. 210.
[2] Ver Gustavo Vargas Martínez: Simón Bolívar. Semblanza y documentos, FCE, México, 1998, p. 16.
[3] Cintio Vitier, Ese sol del mundo moral, Siglo XXI, México, 1975, p. 8.
[4] Leopoldo Zea, "La integración latinoamericana como prioridad", en Cuadernos Americanos, Nueva Época, núm. 25, México, Enero-Febrero 1991, p. 20.
[5] Citado por Alonso Aguilar Monteverde en Globalización y capitalismo, Plaza & Janés, México, 2002, p. 191.
[6] En Horacio Cerutti Guldberg: Filosofía de la liberación latinoamericana, FCE, México, 1992, p. 81.
[7] En Bernardo Kliksberg: Diez falacias sobre los problemas sociales de América Latina, Ediciones Imprenta Nacional, Caracas, 2001, pp. 14-16.
[8] Periódico Reforma, México, 19 de mayo de 2002.
[9] Bernardo
Kliksberg: Op. cit., p. 11.
[10] Es de hacer notar que la pobreza ha alcanzado incluso a las clases medias, en las que el deterioro de sus bases económicas ha generado un estrato social denominado «los nuevos pobres». En Argentina, esas clases medias han participado activamente en los cacerolazos de los últimos meses, al lado de los piqueteros.
[11] La democracia participativa, que viene a complementar a la democracia representativa tradicional, es ejercida crecientemente por amplios sectores de la población latinoamericana y caribeña, y en casos como el de Venezuela o el de Cuba cuenta con el respaldo del Estado.
[12] Las cifras relativas a la pobreza de la población indígena actual son reveladoras y muestran claramente la desigualdad. En Guatemala, por ejemplo, se halla por debajo de la línea de pobreza el 86% de la población indígena, frente al 54% de los no indígenas, mestizos en su mayoría. Ver Bernardo Kliksberg: Op. cit., p. 15.
[13] No es sólo la presencia de asesores militares estadounidenses en Colombia y la creación de la base aérea en Mantua, Ecuador, con el pretexto del combate al narcotráfico, lo que debe preocuparnos. En Argentina, luego de la criminal política económica de Menem y los organismos financieros internacionales de canjear "deuda por activos", que condujo a la privatización de las empresas estatales y a la quiebra del país, se ha echado a andar una campaña publicitaria para inducir a ese pueblo a aceptar en un futuro no lejano el canje de "deuda por territorio"; y uno de los destinos manifiestos de ese territorio es precisamente la instalación de bases militares y científicas norteamericanas.
[14]
Alonso Aguilar Monteverde: Op. cit., p. 429.
[15] Bernardo
Kliksberg: Op. cit, p. 59.