N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Una
reflexión alternativa
Desarrollo,
integración y cultura
Oscar Pino Santos *
Cuando John K. Galbraith –el mundialmente y por muchos
admirado economista norteamericano– acuñó en una de sus primeras obras la frase
“sabiduría convencional” (conventional wisdom), seguramente no pudo imaginar su
aplicación a la problemática contemporánea del subdesarrollo.
Subdesarrollo –en el sentido que lo utilizo aquí– es
sinónimo de atraso y pobreza, una condición que caracteriza a los países de la
“periferia” que constituyen el Tercer Mundo. Su antónimo suele utilizarse
identificando como desarrollados a los países del “centro” moderno,
industrializado y rico que, se nos dice, llegaron a esa envidiable situación a
través de un proceso de crecimiento económico. Tomando esto en cuenta, la
“sabiduría convencional” afirma que del subdesarrollo se puede salir y alcanzar
el desarrollo precisamente aplicándose al aprovechamiento de esa lección
histórica.
Pero, ¿acaso es correcta, útil y, sobre todo viable esa
orientación?
Y, si no lo es –como lo prueban la historia y la realidad
contemporánea de un mundo en el que lo que parece experimentar mayor
crecimiento es la escala de la abismal pobreza que abate miles de millones de
seres humanos en el sur subdesarrollado del planeta–, ¿existe la posibilidad de
una reflexión alternativa en el enfoque de esta problemática?
En estas páginas sugerimos una respuesta positiva a esa
interrogante.
Pero antes convendría adentrarse en el tema con dos ejemplos
de esa sabiduría convencional que tiende a identificar el desarrollo, sino
exclusivamente, al menos en lo fundamental con crecimiento económico.
Las etapas de crecimiento de Rostow
Luego que casi ya en los inicios de la segunda mitad del
siglo XX comenzó a adquirir cada vez mayor importancia la problemática del
subdesarrollo –y con esta también la de la dependencia–, entre las muchas y a
veces contradictorias percepciones sobre cómo superar tal condición y con ello
el atraso y la pobreza hubo una
derivada o influida por las tesis que el autor norteamericano W. Rostow expuso
en su obra Las etapas del
crecimiento.[1]
Esas teorías no
dejaron de estar en boga durante un tiempo entre aquellos preocupados y
ocupados por la problemática del subdesarrollo e incluso dejaron cierta huella
aun perceptible en posteriores planteamientos sobre el tema. Tal influencia fue
posible por la deducción –no apreciada en su simplismo en aquel entonces– de
que el desarrollo era alcanzable a través de etapas de crecimiento económico
como las que según Rostow habían cursado los países que llegaron a la de
“madurez” caracterizada por el consumo masivo de bienes y servicios. En otras
palabras: los altos niveles de ingreso y por tanto de vida de los países
desarrollados eran el resultado de una evolución en tramos históricos que mostraban cada vez más elevada producción por habitante debido
a adecuadas tasas de inversión –particularmente en el sector industrial. Consecuentemente,
se concluía, bastaba con dedicar los recursos y esfuerzos necesarios con el fin
de transitar esas etapas de crecimiento ya conocidas para reducir y aun
eliminar la “brecha” entre los países subdesarrollados y los ejemplarizantes
centros (capitalistas) económicamente avanzados.
Pero como más bien tempranamente advirtió Marshall Wolfe:
“Desde este punto de vista, los procesos de desarrollo
seguidos por los países que actualmente tienen altos ingresos no son válidos
hoy para el resto del mundo, salvo muy contadas excepciones. En realidad, los
países de altos ingresos han podido 'desarrollarse' en gran medida por su
capacidad para explotar y dominar a los demás, y con distintas apariencias esto
sigue siendo verdad hoy día. Mientras perduren sus actuales estructuras
económicas y políticas, son incapaces por naturaleza de ayudar a los demás
países a que los alcancen. Los modelos que ofrecen atraen al resto del mundo a
un callejón sin salida, debilitando la capacidad nacional de tomar las
decisiones necesarias para un desarrollo autentico y autónomo”.[2]
Ciertamente, se olvidaba que las etapas del crecimiento de Rostow –desde la “sociedad tradicional” hasta la “madura” del
consumismo contemporáneo cuya máxima expresión consistía en el masivo
de la “era del automóvil” (sic)– eran descritas por ese autor como trayectoria
en una suerte de vacío histórico que poco o nada tenía que ver con la evolución real de un capitalismo que desde sus comienzos en
el siglo XVI había comenzado “chorreando lodo y sangre de la cabeza a los
pies”. Esto es, con la destrucción y el genocidio de los pueblos aborígenes
americanos, el reparto y saqueo colonial del extenso espacio geográfico que
ocupa esto que hoy llamamos Tercer Mundo, el comercio y la explotación a escala
del régimen esclavista y la conversión de la vida social no en un modo natural
de solidaria colaboración humana sino en otro habitual de luchas de clases, rivalidades nacionales
y guerras.
Desde luego que tal desenvolvimiento histórico resulta
irrepetible. Pero las formas de dominación
–como el neocolonialismo–, y explotación –el intercambio desigual, la deuda y otros mecanismos ahora bajo el
amparo de la globalización neoliberal–, aunque han cambiado no han
desaparecido. Y, sumándose a todo ello,
hay contemporáneamente fenómenos tales como la recrudescencia sin precedentes
–a escala nacional e internacional– de
la desigualdad social y el auge impresionante de la pobreza, el incremento de
todas las formas de crimen y delictuosidad, las desenfrenadas manifestaciones
de discriminación y racismo, la dramática extensión del consumo de drogas.
Resulta obvio que si ciertos procesos históricos no tienen
reincidencia posible y en todo caso, si la tuvieran, parecerían venir
acompañados de fenómenos tan funestos como los últimos mencionados, la idea de
alcanzar el desarrollo partiendo primordialmente de las tesis de su
identificación con un crecimiento económico imitante de la trayectoria de los
países capitalistas avanzados de hoy no resiste el menor análisis.
Por otro lado, ahora
hace precisamente treinta años desde que Forrester y los Meadows
publicaron, bajo los auspicios del Club
de Roma, “Los límites del crecimiento”
–coincidiendo por cierto con la fundación por las Naciones Unidas del
Programa sobre el Medio Ambiente. La tesis de aquel libro era sencilla: de
continuar sin cambios las tendencias del crecimiento de la población mundial,
la industrialización y la contaminación, la producción de alimentos y el
agotamiento de los recursos naturales, los límites del crecimiento en este
planeta serían alcanzados en algún momento de los próximos cien años.
Esta obra, que desató una epocal controversia al publicarse
–por su metodología, análisis y conclusiones-- tuvo entre otras consecuencias
la de un golpe demoledor a las teorías que concebían el desarrollo, fundamentalmente, como un proceso mimético de la evolución de los países
capitalistas caracterizados por sus altos niveles de industrialización,
ingresos y niveles de vida. Celso Furtado estuvo entre los primeros en agarrar
aquella brasa y tomarla en cuenta desde el punto de vista de la cuestión del
subdesarrollo.
Escribió entonces el
economista brasileño:
“La importancia del estudio hecho por el Club de Roma radica
en el hecho de que en él se abandonó la hipótesis de un sistema abierto en
lo concerniente a la frontera de los recursos naturales... (Pues) una vez
cerrado el sistema (en vista del agotamiento futuro de esos recursos), los
autores del estudio se formularon la siguiente pregunta: ¿qué sucederá si el
desarrollo económico hacia el cual se movilizan todos los pueblos de la tierra,
llega efectivamente a concretarse, es decir si las actuales formas de vida de
los pueblos ricos llegan efectivamente a universalizarse? La respuesta a esa
pregunta es clara sin ambigüedades: si ello sucediera, la presión sobre los
recursos no renovables y la contaminación del medio ambiente serían de tal
orden (o, alternativamente, el costo del control de la contaminación sería tan
elevado) que el sistema económico mundial entraría necesariamente en colapso.”[3]
El caso de la integración latinoamericana
Desde los años finales de la década de los 50 un nuevo e
importante componente de los enfoques a la problemática del subdesarrollo se
añadió en nuestra región al crearse
la Asociación Latinoamericana de Libre
Comercio.
La ALALC fue el resultado –aunque distorsionado y mutilado–
de los estudios y gestiones de la
CEPAL, uno de cuyos grupos de trabajo elaboró las bases para un posible acuerdo
constitutivo del Mercado Común Latinoamericano” (1958) que, con los objetivos
de desarrollo usualmente considerados, comenzaría por una zona de libre
comercio, progresaría hacia la unión aduanera y culminaría –según lo aludido en
aquellas bases– en un mercado común. Pero la realidad de lo logrado estuvo bien
distante de esos fines. Los gobiernos
de entonces no intentaron ir más allá de las negociaciones arancelarias
implícitas en la fase de libre comercio, a la unión aduanera apenas se le
aludió y el mercado común sólo quedó como una idea apenas mencionada en
términos de retórica formal
En realidad, como apuntó Alfredo Guerra-Borges en su trabajo sobre la integración
latinoamericana-caribeña, “en el caso de la ALALC lo realizado distó mucho de
lo propuesto”[4] e incluso en
el objetivo de constituir una zona de libre comercio avanzó menos que cualquier otro esquema de la región, pronto perdió dinamismo y hubo de ser
sustituida por la Asociación Latinoamericana
de Integración (ALADI, 1980). Sin embargo, el mismo autor reconoce que
la ALALC “abrió una brecha” y, aunque coincidió cronológicamente con él durante un período exitoso Mercado Común
Centroamericano (1960), precedió a las otras iniciativas: Acuerdo de Cartagena del Grupo Andino
(1969), MERCOSUR (1991) y en el área antillana la CARIFTA (1968) devenida luego
CARICOM (1973)
Como en el caso de ciertas teorías –tan en boga durante una
época y entre las que pudiera incluirse la rostowiana de nuestro ejemplo
anterior– el enfoque de la solución del subdesarrollo mediante una integración
que pone el acento decisivo en el aspecto económico –con exclusión de otros– ha
probado hasta ahora, al cabo de más de cuarenta años de esfuerzos, su
insuficiencia. Generalmente no se ha ido más allá de la fase de zonas de libre
comercio, a veces acompañadas de otros acuerdos de cooperación y proyecciones
más avanzadas.
Pero los resultados, no obstante indudables progresos –y el
hecho a tomar en cuenta de que sus grandes beneficiarias fueron las empresas
transnacionales– permanecen todavía bien distantes del horizonte de sus
objetivos
El origen de estas limitaciones y frustraciones probadamente
tiene mucho que ver con aquella corriente llamada desarrollista cuyo contenido
de sabiduría convencional solía consistir en la idea de que la situación de los países industriales de altos ingresos
era alcanzable a través de una
política de crecimiento económico
Opiniones más recientes –la de investigadores como Estay,
Preciado, Saxe-Fernández y tantos otros– corroboran esas conclusiones. Jaime
Estay, por ejemplo, de la universidad de Puebla, ha argumentado contra el mayor
y hasta exclusivo énfasis en los aspectos económicos –comprendidos los
comerciales– de los esquemas regionales
de integración.
En vista de ello cabe preguntarse si no sería posible, en
términos de reflexión alternativa, identificar un enfoque más certero de los
esfuerzos por superar la problemática contemporánea del subdesarrollo.
A esa posibilidad se refieren los párrafos siguientes.
Una reflexión alternativa
Esa reflexión alternativa pudiera referirse a lo que Carlos Juan Moneta (SELA) calificó una vez
como “eslabón perdido de la integración: la dimensión cultural”.
Desde luego, que el papel de la cultura es posible
encontrarlo mencionado dentro de tal contexto en muchos documentos y acuerdos
internacionales. Pero ello no suele ir más allá de alusiones formales o, en el
mejor de los casos, como un elemento
complementario de políticas vinculadas a esfuerzos en algún campo del
progreso económico. En 1992, sin
embargo, por iniciativa de la UNESCO, la Asamblea General de las Naciones Unidas constituyó la
Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo y ésta, tres años después, rindió un
informe que representó un significativo
viraje en los enfoques tradicionales relacionados con la cultura, el desarrollo
y la integración.
Lo novedoso en los planteamientos de la Comisión –publicados
por la UNESCO– consistió en tomar en cuenta la cultura no como un componente
más de apoyo a las tareas del desarrollo, sino al revés, el desarrollo como
formando parte de un concepto amplio, comprensivo y profundo de la cultura Y, en esta inserción, no concebido sólo como
simple tarea de acabar con la pobreza, sino como proceso dentro de los marcos
de una sociedad que aspira a la multifacética –material y espiritualmente
completa– realización humana.
En las palabras del economista cubano Julio Carranza Valdes,
“La cultura debe ser asumida no como un componente
complementario y ornamental del desarrollo, sino como el tejido esencial de la
sociedad y por tanto como su mayor fuerza interna”.[5]
Esta concepción no tiene nada que ver con los llamados
“estándares de desarrollo utópico-normativos implícitos en la Estrategia
Internacional de Desarrollo y tantas otras declaraciones “que no se han
cumplido de manera convincente en parte alguna” (Wolfe).
En realidad, tiendo
a pensar, parte de la idea de
que, aunque el desarrollo implica ciertas leyes o uniformidades más o menos
universales, cada sociedad, nación o
país, incluso, a veces conjunto de países, tiene sus propias y
singulares características –tamaño de su territorio y volumen de su
población, dotación de recursos
naturales, historia, modo de producción, clases y capas sociales, organización
institucional y otras supraestructuras–, esto es, una formación
económico-social con valores culturales
en ésta comprendidos.
Y, aquí, resulta oportuno recordar la tesis sostenida por
José Martí cuando a fines de 1890 escribió aquel ensayo cuyo texto, en las
palabras de Pedro Pablo Rodríguez, “se convertiría en una de las piezas
capitales del pensamiento latinoamericano”
Escribió el Maestro en “Nuestra América”:
“A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para
gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se
gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho
su país, y cómo puede ir guiándolos en junto... El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma
de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de
los elementos naturales del país”.[6]
Y también sentenció:
“...injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el
tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.[7]
Lo cual implica defensa de la soberanía y la independencia
nacionales y firme rechazo a lo que en el tal vez más consecuente documento
producido por un organismo de las Naciones Unidas –Evaluación de Quito, CEPAL,
1973– se denuncia como una situación en
la que
“algunos países que emprenden transformaciones de
estructuras, lo cual está de acuerdo con la Estrategia Internacional del
Desarrollo, enfrentan a veces la hostilidad y la agresión económica del
exterior”.[8]
La historia latinoamericana-caribeña abunda en ejemplos de
tales casos –el de Cuba, contemporáneamente, siendo solo uno de ellos, aunque
sin duda el más escandaloso, abusivo y persistente que se pueda recordar,
Guatemala (1954), Chile (1973)
Venezuela (actualmente) y otros, resultarían también referentes de tal política
de hostilidad y agresión, que siempre procede
desde inicios del siglo XX del
vecino imperial. Pero este sería tema para otro trabajo.
Como lo sería también extenderse aquí sobre el complejo –y
aun polémico– concepto de cultura. En
cambio, conviene por lo menos aludir al de los valores culturales y, más
precisamente, a los que no lo son, como apunta el ya citado Julio Carranza en
el sentido de que
“Sin embargo, es necesario entender que el atraso, la
miseria y el subdesarrollo no son valores culturales. La cuestión para un país subdesarrollado es vencer el reto civilizatorio y hacerlo preservando y desarrollando su propia
cultura”.[9]
Lo que, según ese mismo autor, implica que pensar el
desarrollo desde una concepción cultural no está excluyendo la importancia que
tienen las consideraciones de carácter técnico-económico. Ello me parece atinada observación, pues los componentes supraestructurales de
la cultura requieren la sustentación material de una base en la que campean
categorías que incluyen financiamiento,
inversión y acumulación, intercambio comercial, distribución de ingresos,
patrones de consumo y así por el estilo –con el trasfondo en muchos casos de la
necesidad de cambios estructurales.
Como tampoco sitúa al margen,
sino en el eje central de los esfuerzos, la lucha por un orden económico
internacional más justo –implicando, entre otras medidas, la ayuda financiera
que histórica, moral y, por motivos contemporáneos aún más perentorios deben
otorgar las potencias del primer mundo a los países del tercero; la rectificación o compensación por el
intercambio desigual; el cese de una monstruosa deuda externa que,
increíblemente, mientras más se paga más
aumenta.
Globalización y cultura
Los importantes cambios experimentados en las últimas
décadas del siglo XX por el régimen capitalista –objeto por cierto de profundo
y exhaustivo tratamiento en la ya aunque más reciente e imprescindible obra de
Alonso Aguilar Monteverde– y su traducción en el fenómeno de la globalización o
mundialización, permiten pensar que la cultura –una de cuyas dimensiones
determinantes es el desarrollo– tenderá cada vez mas a formar parte de los
análisis sobre esos temas.
El propio Alonso Aguilar Monteverde advierte
“Con frecuencia se reconoce que la integración regional es
en nuestros días condición del desarrollo, y que uno de sus más ricos elementos
es la integración cultural; pero, a la vez, ésta queda en segundo plano y el
potencial cultural se desaprovecha. Con
frecuencia, asimismo, cuando se repara en ciertos problemas sociales y
políticos, aun mencionando lo cultural, en realidad no se toma debidamente en
cuenta. Cuando se reconoce convencionalmente
la importancia de la internacionalización de la cultura, a menudo no se
comprende que éste es un proceso profundamente desigual, que más que interdependencia
expresa dominación y dependencia, que resultan ser tenaces obstáculos al
desarrollo cultural”.[10]
El fenomenal desarrollo de los medios de comunicación –del que ahora disponen las potencias ricas
y particularmente los Estados Unidos– conlleva una peligrosidad sin precedentes
para el mundo subdesarrollado que es preciso tomar en consideración. Ello
resulta sobre todo cierto en el
campo de la cultura cuya internacionalización –como apuntaba Aguilar Monteverde en el
texto mas arriba citado– “es un proceso desigual, que más que interdependencia
expresa dominación y dependencia”.
Tal circunstancia suele traducirse –entre otras formas y mecanismos– en una transmisión a escala
universal de los valores, incluidos los culturales en su más amplia acepción,
que interesa a los más poderosos sectores del capitalismo hoy hegemónico
inculcar en los pueblos –muy singularmente en los del mundo subdesarrollado.
Tales los casos, en sumaria ejemplificación, de ideas que no resisten el menor
análisis objetivo, (como las del mercado libre, espontáneo y ciego regulando
óptimamente la economía y la vida social); mitos cada vez mas desprestigiados
como los relativos a derechos humanos (defendidos por sus mas desvergonzados
violadores); la “democracia representativa” (basada en procedimientos
electoreros de sustitución de un grupo
explotador dominante por otro); y la propia “cultura” (limitada a toda suerte
de banalidades, cuando no a la violencia, la discriminación y el racismo); las
corrientes modeladoras de un comportamiento social al servicio de los intereses del sistema (espíritu de lucro, individualismo, consumismo) y así
por el estilo.
Ha surgido, incluso, la llamada “industria de la cultura”
–un sector que va avanzando a ritmo acelerado de expansión. Esta, por una parte mercantiliza el resultado de la obra creativa
e intelectual poniéndola al servicio de la lógica de la ganancia y la acumulación. Y, por otra, introduce y difunde por todo el mundo los patrones
de valor afines al capitalismo desarrollado,
particularmente el hegemónico de los
Estados Unidos
Por otro lado, la necesidad de integración regional de
Nuestra América parecería haber cobrado aun más urgente atención
–particularmente en su enfoque más amplio como el cultural– ante el alarmante
peligro que hoy representa la política norteamericana impulsora de la llamada
Área de Libre Comercio de las América (ALCA) –bien analizada en foros, estudios
y movimientos progresistas, cuyas
conclusiones caben en pocas palabras: esa iniciativa de los Estados Unidos
significa la anexión de los países latinoamericanos y caribeños a la gran
potencia norteña. Invitación semejante tuvo lugar a fines del siglo XIX y
sobre ella escribió José Martí sus más
proféticas y alertadoras palabras:
“Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que
requiera mas sensatez, ni obligue a mas vigilancia, ni pida análisis mas claro
y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de
productos invendibles y determinados a
extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos
poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para
ajustar una liga contra Europa y cerrar tratos con el resto del mundo. De la
tiranía de España, supo salvarse la América española; y ahora, después de ver
con ojos judiciales los antecedentes,
causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora
de declarar su segunda independencia”.[11]
* Impulsemos la Integración y la Unidad
de Nuestros Pueblos, AUNA México.
Página Vigente de América
Semanal...
[1] Rostow, W.W.: Las etapas del crecimiento económico. Fondo de Cultura Económica, México 1961.
[2] Wolfe, Marshal: El desarrollo esquivo. CEPAL. Fondo de Cultura Económica, 1976.
[3] Furtado, Celso: El subdesarrollo latinoamericano, ensayos Fondo de Cultura Económica, México, 1991.
[4] Guerra-Borges, Alfredo: La integración de América Latina y el Caribe. Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, México, 1991.
[5] Carranza, Julio: "Cultura y desarrollo: incitaciones para el debate". Revista Temas. La Habana. Julio-Diciembre 1999.
[6] José Martí,.: “Nuestra América” en Obras Escogidas, 3 tomos, Editorial Política, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1979, Tomo 2, p. 521.
[7] Op. cit., p. 522.
[8] CEPAL. "Evaluación de Quito de EID”. UN. 1973.
[9] Carranza, Julio. Op. cit.
[10] Aguilar Monteverde, Alonso: Globalización y capitalismo, Plaza & Janés, Barcelona y México 2002, pág. 379.
[11] José Martí, "Congreso Internacional de Washington", NY, 2 de nov. de 1889. Op. cit., pág. 476.