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Cuestiones de América

N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004

 

Hacia un diferente estilo de integración latinoamericana

José Moncada Sánchez *

 

El carácter del presente ensayo

La sugerencia que oportunamente se me hizo para que escriba un corto ensayo sobre el tema, puso énfasis en destacar que lo que se buscaba era disponer de un material alejado de todo formalismo y hasta teoricismo. Se aspiraba y se aspira a contar con un libro colectivo de reflexiones sobre los problemas cotidianos, reales, de la mayoría de la población que generalmente se moviliza frente a las posibilidades de alcanzar grandes objetivos nacionales, sociales, de largo y corto plazos a partir de lo que ahora existe. El momento histórico que vive América Latina, el visible deterioro de la globalización del capital y el desgaste del neoliberalismo, así como cierto reflujo de la izquierda en los países de la Región, parecía y parece propicio para analizar las causas de los problemas y, sobre todo, de las propuestas necesarias de aplicar para asegurar las posibilidades del cambio económico y social.

Planteado el propósito del texto, se comprende lo inmensa y compleja que luce la tarea, así como lo incompletos e imperfectos que sin duda resultan los trabajos que, por lo mismo, deben ser considerados antes que como versiones terminadas y definitivas, más bien como productos en proceso de elaboración.

Las grandes interrogantes que sustentan el presente ensayo giran en torno a los siguientes aspectos: ¿en qué medida la integración de los países de América Latina puede contribuir a consolidar los cambios económicos, sociales y políticos en un país?, ¿de qué tipo de integración se trata?. O dicho de otra manera, ¿qué características debe contener un nuevo estilo de integración a fin de que sea una herramienta beneficiosa y funcional al cambio?, ¿qué grupos, clases sociales, gremios, instituciones, partidos políticos estarían en condiciones de apoyarla?

Es posible que, para muchas personas, quizás no tenga sentido plantearse este tipo de preocupaciones. Posiblemente argumentarán que las soluciones surgirán indefectiblemente en el momento oportuno, que ya se verá qué se hace cuando llegue la hora de actuar y que, consiguientemente, resulta ocioso y hasta especulativo dedicarse ahora a tratar estos aspectos. Y ciertamente ello puede ser así si es que se pretende llegar a nivel de detalle, sin embargo, parece conveniente tomar ciertas precauciones dado que lo que está en juego es el futuro mismo de cada uno de los países y del conjunto de la Región.

Consiguientemente, ningún profesional, intelectual, técnico, militante político y ciudadano común, puede ni debe renunciar a ocuparse de reflexionar sobre temas como los planteados. Los propios gobiernos, que en la práctica sirven intereses de los grupos económicos dominantes de adentro y de afuera de sus países, deberían tener la mínima responsabilidad de estudiar medidas alternativas a lo que hacen diariamente. Con mayor razón las universidades, particularmente sus facultades de economía, tendrían que examinar lo que correspondería hacer en el momento de actuar en favor de la construcción de una estrategia de desarrollo económico diferente a la neoliberal, o sea, en el momento de modificar substancialmente no solo las estructuras internas de poder sino la orientación misma del aparato productivo y de toda la economía doméstica.

Los grandes problemas asociados al cambio

Acaso lo que mejor ilustra la situación de un proceso de transición desde la realidad actual hacia otra donde se aspire a satisfacer las más importantes demandas sociales nacionales, sea lo que actualmente ocurre en la Argentina. Un país que, particularmente desde fines del año 2001 se encuentra en una situación de constante agitación social y donde, al parecer, actualmente ni siquiera existe una fórmula técnica para sacarlo de la crisis. Las medidas que hasta ahora se han ejecutado en Argentina, como moratoria de la deuda externa, establecimiento del "corralito" financiero o congelamiento de los depósitos bancarios de los ahorristas, declaratoria de constantes feriados bancarios, macrodevaluaciones de la moneda, mayor subordinación del gobierno a los dictados del Fondo Monetario Internacional (FMI), constante reducción del gasto público, seducción al capital extranjero para que invierta en el país, emisión de monedas provinciales, aparecen a la hora de la verdad como paños tibios que no resuelven absolutamente nada.

Y nadie puede ni debe esperar que futuros gobiernos oligárquicos de ese país puedan asumir ni ejecutar un proyecto nacional distinto. Al fin y al cabo, es el conjunto de la oligarquía argentina la que ideó, puso en ejecución y se benefició del proyecto neoliberal que empezó a realizarse con más visibilidad y coherencia desde comienzos de la década de los noventa del siglo anterior, especialmente con la adopción de la convertibilidad. Fue la oligarquía la que aplicó al pie de la letra las recetas del FMI, la que a través del gobierno de Menem, especialmente, privatizó, robó, alentó la fuga de capitales. Entonces, un nuevo gobierno oligárquico o de derecha en la Argentina lo que seguramente hará es ejecutar un conjunto de medidas destinadas a ahondar el mismo modelo aperturista, flexibilizador del mercado financiero, desregulador de las relaciones laborales, creyente en las bondades del mercado, en suma, un modelo neoliberal.

En esta perspectiva, es posible incluso que el actual gobierno argentino, así como el FMI, las corporaciones multinacionales y el propio gobierno de los Estados Unidos, persigan ahondar el cuadro de dificultades hasta el punto de hacer aparecer a la dolarización como la medida inevitable capaz de salvar de la crisis al país. Simultáneamente, buscarían restringir mucho más los sueldos y salarios de los trabajadores, reducir a su mínima expresión el gasto público, contraer las transferencias del gobierno federal hacia las provincias, mantener en funcionamiento a los bancos extranjeros mediante el congelamiento de los depósitos de los ahorristas y preparar las condiciones para que el gran capital trasnacional continúe operando en ese país. Este conjunto de medidas, propias de un proyecto de naturaleza capitalista neoliberal, de corte antinacional y oligárquico, podría verse enormemente facilitado si es que quienes hoy mandan en Argentina aceptan el recetario del economista norteamericano Rudiger Dornbush de designar comisionados internacionales capaces de controlar la política fiscal, la recaudación tributaria, la política de comercio exterior y de inversiones en Argentina.

Por cierto, este recetario supondría aumentar la pobreza, contraer mucho más al mercado doméstico, confiar esencialmente en las exportaciones y en la afluencia de recursos externos vía nuevos préstamos e inversiones, aumentar la dependencia externa de Argentina, mantener intocada a la corrupción, acelerar la conformación del ALCA y, por supuesto, dar un golpe de muerte al MERCOSUR, previniendo de paso al Brasil donde hasta hoy se perfila como futuro presidente de ese país el candidato por el Partido de los Trabajadores y de la izquierda brasileña.

Independientemente de la eventual estabilidad que a corto plazo supondría la ejecución de un proyecto de esta naturaleza, es evidente que a mediano y largo plazo se generarían consecuencias adversas que fortalecerían el carácter dependiente de este país pues quedaría expuesto a condiciones externas absolutamente fuera de su control, entre estas, una intensificación de la crisis en los países altamente industrializados y una eventual devaluación del dólar que no corresponde descartar frente a los síntomas de recesión de la economía norteamericana.

Entonces, el caso argentino revela claramente los problemas a los que se enfrenta la necesidad del cambio y, por supuesto revela también la debilidad del movimiento social y popular así como de los partidos de izquierda para iniciarlo. Y conste que esto sucede en un país donde actúa un pueblo culto, donde a pesar de todo aún pesa una clase obrera con tradición de organización y lucha, un pueblo politizado y sobre todo conmovido, terriblemente golpeado y actualmente movilizado frente al empobrecimiento masivo y las inútiles medidas gubernamentales para pretender atenuarlo. La crisis argentina ha llevado incluso a que aflore una enorme desconfianza de la mayoría de la población a los aparatos de dominación estatal, al ejército que se encuentra dividido, a la iglesia, a los partidos políticos, a los banqueros, a los dirigentes empresariales.

Pero esta situación en la Argentina no es particularmente nueva. Se ha producido anteriormente en otros países de América Latina y seguramente se seguirá produciendo si es que no surgen medidas alternativas y fuertes como coherentes movimientos sociales y políticos para cambiarla. Antes, por ejemplo, problemas similares se vivieron en el Chile de Salvador Allende, en el Perú de Alan García, en la Nicaragua de los sandinistas. Es que cuando los países viven situaciones de crisis aguda, de agitación política y social, nadie da crédito al mensaje de los gobernantes de los intereses oligárquicos, ni a los cantos de sirena del gran capital nativo y trasnacional.

Perfiles de una integración latinoamericana favorable al cambio

Bastante diferente fuera la situación de Argentina o de cualquier otro país en procesos similares, si es que entre todas las naciones latinoamericanas existiera una densa red de intercambios comerciales y financieros, una tupida red de medios de transporte y comunicaciones, aparatos productivos interesados en preservar y enriquecer los intercambios. Y eso que Argentina es de alguna manera un caso especial también en este aspecto pues se trata de un país con una economía bastante diversificada, que forma parte del Mercado Común del Sur, MERCOSUR, un esquema de integración que incluye a Brasil, Paraguay y Uruguay, con los cuales mantiene altas corrientes de intercambio comercial y que por lo mismo están interesados en seguir comercializando con Argentina.

Pero el gran problema a pesar de todo sigue siendo la amenaza de bloqueos comerciales y financieros que se ciernen sobre Argentina. La advertencia del FMI de cerrarle todo crédito y de recomendar al sistema financiero mundial que cancele toda posibilidad de concederle crédito a la Argentina. La intimidación y real ejecución de cierre de mercados para la producción exportable de Argentina, de boicot financieros, las incautaciones de la producción, la cancelación de toda operación comercial que implique por ejemplo abastecer a Argentina de repuestos para sus equipos industriales. De ejecutarse este tipo de medidas, sin duda que la economía argentina o la de cualquier otro país que opte por un cambio económico y social de naturaleza anticapitalista o antimperialista, resentiría considerablemente a su aparato productivo, a la ocupación de su mano de obra, a la transformación de sus recursos naturales, a las posibilidades de abastecimiento productivo y tecnológico desde el exterior, al sostenimiento a corto plazo de un nivel de actividad económica más denso e integrado con la economía internacional.

Probablemente esté magnificando la trascendencia de las acciones de represalia de ciertos países desarrollados, particularmente de los Estados Unidos en la situación internacional actual, frente a las medidas propias de un proyecto nacional de cambio que emprenda cualquier país latinoamericano. No cabe olvidar el hecho de que Cuba, un pequeño país, con una economía unas quince veces menor que la economía argentina, ha podido resistir el bloqueo económico que durante más de 40 años le ha impuesto Estados Unidos. En la década de los noventa del siglo anterior, Cuba incluso vio agravada su situación frente a la descomposición de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que le ofrecían tan significativo respaldo. Vivió entonces Cuba un doble bloqueo que ha podido soportarlo con enormes dificultades. Pero vale la pena subrayarlo, para poder hacer aquello, Cuba dispuso de la sólida voluntad y dignidad revolucionaria de su pueblo, sin la cual le hubiera resultado imposible enfrentarlo. Entonces, el camino a recorrer no es fácil ni mucho menos. Un país que se decida a transitar la vía del cambio revolucionario se verá expuesto a múltiples oposiciones internas e internacionales. Se intensificarán las agresiones y las exigencias para que, como en el actual caso argentino, el país retorne a la economía de mercado, "cumpla con sus compromisos" y pague su deuda externa, para que se reinserte en la globalización como condición ineludible para afirmar la democracia como sistema político, o sea, para que los futuros gobiernos, como representantes de los intereses económicos de los más poderosos grupos económicos del país, alineados en favor de las políticas del FMI, del Banco Mundial y del gobierno norteamericano, sigan ejecutando las mismas o más refinadas medidas de política económica que han hecho posible el saqueo y la destrucción económica del país.

Pero creo que es absolutamente claro que la gravedad de las relaciones externas podrían reducirse y hasta abandonarse si en América Latina nos empeñáramos en promover otro estilo de integración. Una integración, naturalmente dentro del capitalismo, que se empeñe en crear redes potenciales y reales de intercambio y comunicación entre los países de la Región. Por ejemplo, fomentar la integración fronteriza no sólo en el ámbito comercial sino en la construcción y el aprovechamiento de una infraestructura económica común, como interconexión eléctrica, aprovechamiento de cuencas hidrográficas comunes, libre tránsito de personas y de mercancías, fomento de actividades educativas y de turismo, encuentros especialmente de la juventud para crear un clima de entendimiento frente a múltiples problemas que se viven en el mundo y en la Región. Toda acción que una a los países empezando por sus áreas fronterizas, debe ser alentada significativamente. La frontera, comúnmente considerada como un sitio de oposición entre países, pues traspasarla significa encontrarse con otra bandera, otra moneda, otras autoridades, debe ser más bien apreciada como el sitio de encuentro de países que pueden y deben obtener beneficios comunes que los acerque y tienda lazos de unidad que con el correr del tiempo se afirmen significativamente.

Otro elemento propio de una integración latinoamericana diferente, es la programación de los diferentes sectores económicos de los países. Así por ejemplo, al comienzo de la integración de los países andinos y aun en el marco de la antigua ALALC, se previó un mecanismo de programación industrial conjunta como los acuerdos de complementación que tendían a distribuir las inversiones destinadas a producir aquellos bienes que los países importaban del resto del mundo y que se proponían sustituir a escala subregional o regional. Desafortunadamente, este tipo de acuerdos no avanzaron precisamente por la oposición del capital trasnacional que entonces empezaba a emerger, de los gobiernos de los países desarrollados y de ciertos poderosos grupos económicos nacionales y regionales.

Otro aspecto interesante a estudiar como parte de un esquema de integración diferente, es la eventual creación de una moneda andina o latinoamericana común, como el peso andino o regional. No cabe olvidar que la Unión Europea adoptó como su moneda al euro que hoy facilita las transacciones de todo orden entre los países que la integran y acerca a las naciones en la defensa de una soberanía monetaria y cambiaria común. Qué diferentes lucen en cambio los empeños de algunos países latinoamericanos de adoptar al dólar como su moneda oficial, lo cual implica subordinar el manejo de un aspecto esencial de sus economías a las disposiciones de las autoridades del Banco Central o Sistema de Reserva Federal del gobierno norteamericano.

Los aspectos anotados sugieren que en la definición de un estilo de integración diferente al actual, es imprescindible emprender acciones no solo comerciales ni económicas sino jurídicas, culturales, tecnológicas, educativas, políticas, sociales, ambientales, conforme ya ocurre con la creación de la Unión Europea. Esto implica alejarnos de todo empeño por conformar una integración latinoamericana de carácter fundamentalmente fenicio o comercial. Luce desde todo punto de vista conveniente conjugar de mejor manera los mercados de los países latinoamericanos, utilizar en mejor forma los escasos ahorros y divisas que con tanto esfuerzo las obtenemos, participar en la lucha por contribuir a crear una nueva división internacional del trabajo e incluso del conocimiento, comprometer a todos los países de la Región a evitar el deterioro de nuestro ambiente y la destrucción de nuestros recursos naturales, afianzar la democracia, luchar conjuntamente contra la corrupción, definir y ejecutar una posición conjunta frente al problema de la deuda externa que afecta a todos los países, concertar una firme defensa de los recursos naturales de las diferentes naciones, sostener con firmeza los principios de no intervención y preservar la paz en la Región.

Una mayor aproximación de los países latinoamericanos no significa propiciar el aislamiento de la Región frente a la comunidad internacional que, en la hora actual, ni parece posible ni tampoco conveniente. Lo que debemos perseguir es lograr una mejor inserción de nuestros países en el mundo globalizado de nuestros días, una inserción que no implique supeditación a gobiernos e instituciones extranjeras en aspectos esenciales para el desarrollo económico interno.

Respecto a esto último, hay muchas personas que sostienen que dados los innegables avances tecnológicos en campos como los transportes y especialmente en las comunicaciones, actualmente no es posible plantearse siquiera una estrategia autónoma y diferente de desarrollo. Al respecto, conviene destacar que ciertamente el avance en materia de comunicaciones a nivel mundial es espectacular. La transmisión vía satélite, las antenas parabólicas, el video, la computación, el fax, las tarjetas de crédito, el correo electrónico, el Internet, son progresos muy útiles y deslumbrantes. Pero a los citados avances no cabe tampoco idealizarlos ni menos despojarlos de su contenido ideológico, ético y al servicio de los grupos de poder; consecuentemente, no cabe confundir fines con medios, cosas con personas. Incluso no es pertinente desconocer lo francamente contradictorio que significa el hecho de que, teniendo hoy la comunidad mundial a su disposición tantos conocimientos y tecnologías, estos no sean debidamente orientados y aprovechados para conseguir un desarrollo socialmente equitativo y ecológicamente sostenible.

Una integración latinoamericana alternativa y al servicio del cambio que los países individual y conjuntamente reclaman, debe tener muy en cuenta la indispensable homogeneización entre las partes. Aun en tratándose de esquemas de integración tan simples como la conformación de Áreas de Libre Comercio, se reconoce que para que rinda frutos equitativos a los países que deciden integrarla, se requiere que entre estos exista una cierta homogeneidad económica pues la presencia de abismales diferencias en la situación actual, termina por consolidar las discrepancias y crear potencialidades económicas distintas.

De ahí que en la conformación de esquemas de integración comercial, las diferencias entre los países se buscan atenuar mediante el otorgamiento a los más débiles, de tratamientos preferenciales capaces de contrarrestar las diferencias que los separan frente a los países más fuertes en materia de producción, productividad, ingresos, capacidad competitiva, infraestructura, niveles educativos, calidad de gestión empresarial, etc., etc. La experiencia del funcionamiento de varios esquemas de integración y de conformación y operación de Áreas de Libre Comercio en varias partes del mundo, destaca sin embargo que aun con la aplicación de estos tratamientos preferenciales, las diferencias entre países ricos o desarrollados y países pobres o menos desarrollados, no se logran superar y se mantienen y hasta aumentan.

No voy a cansar al lector con infinidad de datos que destacan las enormes diferencias que en múltiples aspectos existen entre los Estados Unidos y el conjunto de América Latina. Baste quizás señalar que mientras en 1980, el producto interno bruto de los Estados Unidos fue 3.7 veces mayor, en 1990 la diferencia había crecido a 6.1 veces y en el año 2000 a aproximadamente 10 veces. La desigualdad en términos de producto interno bruto o ingreso por habitante fue y es aún mayor 5.6 veces en 1980, 10.6 veces en 1990 y 13.7 veces mayor en el año 2000. Las diferencias en solo estos dos conceptos se han agrandado en los últimos 20 años. Por otro lado, la población de los Estados Unidos forma parte del 20 por ciento de la población mundial que consume el 80 por ciento de los recursos naturales del planeta. Repárese, por ejemplo, en el significado del consumo promedio de energía de cada habitante norteamericano, equivalente al consumo de energía de 6 mexicanos, 9 brasileños, 35 hindúes, 208 tanzanios. Los Estados Unidos consumen 25 millones de barriles de petróleo por día, la tercera parte de los 75 millones de barriles que se producen diariamente en todo el mundo.

Las diferencias mencionadas y muchas más, no responden exclusivamente al tamaño de los países, pues hay ciertos Estados nacionales como Suiza, por ejemplo, cuya superficie territorial es menor a la quinta parte del territorio ecuatoriano y, sin embargo, tiene indicadores económicos y sociales por habitante iguales y en algunos casos superiores a los estadounidenses.

Las diferencias anteriormente citadas y muchas otras tampoco son producto del azar, no responden a determinadas circunstancias coyunturales y, sin duda alguna, aquellas no será posible reducirlas peor eliminarlas a través de una suerte de contagio resultante de asociarnos con Estados Unidos o esperando cosechar los dividendos del "libre comercio". Se trata de diferencias producto de todo un proceso histórico al cual resulta elemental analizar para darnos cuenta del verdadero origen de las abismales disparidades entre los niveles de vida de los habitantes de los Estados Unidos y de los países latinoamericanos. Solo tal análisis nos permitirá comprender lo definitivamente improbable que resulta confiar en que gracias a la conformación del ALCA, será posible inaugurar un rápido y diferente crecimiento económico latinoamericano.

Múltiples otros aspectos deberían ser tratados bajo el título de este corto ensayo. Desafortunadamente, no dispongo del espacio ni del tiempo necesario. Por ello y para finalizar, quiero enfatizar sobre un aspecto. La necesidad de contar con una integración favorable a la consolidación del cambio económico y social de los países latinoamericanos, evidencia también la conveniencia de buscar una adecuada convergencia de los proyectos nacionales de transformación. La idea de avanzar en la satisfacción de los intereses nacionales fundamentales, en la actual etapa histórica del proceso mundial, exige establecer alianzas con otros Estados interesados en alentar similares proyectos. Esto, por cuanto en la actual situación mundial, ningún país podrá resolver aisladamente sus más graves problemas.

Avanzar en la convergencia de iniciativas de integración latinoamericana, no implica llegar al nivel de detalle pero si ofrecer elementos que nos permitan más adelante actuar; esto es, apreciar las cosas con la mirada de un constructor que busca por todos lados materiales útiles para la obra que proyecta. Es lo que, modestamente, he pretendido hacer con este ensayo.

* Impulsemos la Integración y la Unidad de Nuestros Pueblos, AUNA México.

 

 

 

 

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