N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Es urgente la integración latinoamericana
Ana I. Mariño [1]
Es inocultable la
profunda transformación que en las últimas dos décadas ha sufrido el sistema económico mundial y, en
especial, la que se ha llevado a cabo en las economías latinoamericanas, las
cuales, sometidas a los intereses de las potencias industriales y a las
políticas globalizadoras de las empresas trasnacionales de esos países
principalmente, han sido objeto de aperturas
comerciales, políticas fondomonetaristas y aplicación de todo el catálogo
de medidas neoliberales que si bien han
provocado importantes cambios, no han modificado su status de países subdesarrollados.
La actual es una nueva situación
histórica de un capitalismo que lejos de debilitarse, a pesar de todos sus
problemas, se ha fortalecido después de la caída del “socialismo real”. Es la
de un capitalismo que se transforma sin dejar de ser capitalismo. En ese
contexto los desequilibrios de nuestros subdesarrollados países
latinoamericanos se han reforzado y profundizado, tanto los internos que se
manifiestan en una crecientemente inequitativa distribución del ingreso, en
mayores tasas de desempleo y deterioro salarial, en el florecimiento de la
economía informal, en la permanencia de los problemas de financiamiento del
desarrollo y en las crecientes dificultades para hacer frente a los compromisos
financieros externos e internos, sólo por mencionar algunos indicadores; como
en el plano internacional, expresados en una mayor subordinación –económica,
tecnológica y política– tanto hacia los países desarrollados como en especial
hacia las empresas trasnacionales de esos mismos países que han hecho del mundo
entero su campo de inversión.
La expansión sin
precedente de los movimientos de capital, tanto productivo como especulativo,
ha caracterizado a la llamada globalización del mundo que, en rigor, constituye
una verdadera trasnacionalización de prácticamente todos los países del orbe.
El gran capital trasnacional –con acceso a los avances tecnológicos, dominio de
las innovaciones en ellos sustentadas, capacidad de movilización financiera
para asentarse en cualquier país, posibilidad de parcializar sus procesos
productivos en diferentes regiones (de acuerdo con las ventajas que cada una de
ellas ofrezca), conocimiento y acceso al mercado mundial y los canales de
distribución y, en muchas ocasiones, pocos escrúpulos– se ha beneficiado como
nadie del proceso globalizador acelerado en la última década.
Desde los años
ochenta, cuando estalló la crisis de la deuda externa latinoamericana, tanto
México como los otros países latinoamericanos han recibido con beneplácito y
aun estimulado las inversiones externas, dedicadas en un buen porcentaje a
procesos maquiladores, han aplicado religiosamente las medidas impuestas por el
Fondo Monetario Internacional en cuanto a disciplina monetaria y fiscal y han
llevado a efecto las políticas modernizadoras neoliberales recomendadas por los
teóricos de los organismos internacionales; sin embargo, a despecho de breves
lapsos de resultados positivos, los desequilibrios han seguido creciendo y las
crisis no tardan en presentarse, en ocasiones tan explosivas y descontroladas
como la que aún vive Argentina.
Nos encontramos así
con economías como la de México, que han sufrido un fuerte proceso
desnacionalizador, acentuado a raíz de la puesta en vigor del Tratado de Libre
Comercio con los Estados Unidos (TLCAN), y donde a pesar de que el volumen de
exportaciones creció espectacularmente (sobre la base de un rápido incremento
de las plantas maquiladoras), el monto de las importaciones aumentó aún más, la
planta productiva nacional ha tenido un grave deterioro en virtud de la
transformación de muchos fabricantes en intermediarios, con altos niveles de
desempleo y auge de la economía subterránea mientras que la población en los
niveles de pobreza crece sin cesar.
Si bien la
mundialización es un hecho que puede ser irreversible, eso no quiere decir que
en aras de ella desaparezcan los intereses nacionales de los países
subdesarrollados como no desaparecen los de los países hegemónicos.
En respuesta a un
mundo unipolar dominado por los Estados Unidos, se han formado en diversas
regiones bloques económicos cuyos alcances iniciales han sido los de tratados
comerciales pero que en el futuro pudieran llegar a una integración política.
El más avanzado en este sentido es la Unión Europea, de cuya experiencia se
podrían obtener valiosos elementos para un intento similar.
La asociación entre
semejantes, con identificación de metas y problemas similares puede arrojar
beneficios comunes, en tanto que la alianza entre desiguales subordina siempre
al más débil a los intereses y objetivos del fuerte. A riesgo de continuar de crisis
en crisis, de ampliar las masas que subsisten en la pobreza y de supeditar el
futuro a decisiones externas, América Latina debe diseñar una estrategia
regional conjunta que le permita superar su atraso y mejorar los niveles de
vida de su población. A pesar de que anteriormente se realizaron intentos de
uniones comerciales que resultaron fallidos, nuestra América debe adquirir
conciencia de que sólo uniéndose podrá hacer un contrapeso a los designios de
nuestro vecino del Norte, cuya intención es manifiesta en la iniciativa del
Área de Libre Comercio de las Américas
(ALCA), el cual de acuerdo con las negociaciones en marcha entraría en
vigor en 2005 y que reproduciría los patrones inequitativos y excluyentes del
TLCAN.
De ahí la urgencia
de plantear una alianza latinoamericana que privilegie el desarrollo humano,
redistribuya la riqueza, promueva el respeto y la recuperación de ecosistemas y
regule el funcionamiento del capital trasnacional –en especial el
especulativo–, al mismo tiempo que preserve la identidad y la soberanía de cada
nación.
La agenda de
negociaciones debiera tener como objetivos –entre muchos otros–: reforzar la
inversión pública, privada y social; disminuir la dependencia tecnológica
mediante el impulso a la investigación y la innovación; el mejoramiento de las
condiciones de trabajo por medio de la recuperación de los salarios reales de
todos los sectores; y sobre todo, la expansión del mercado interno como base
para un sano crecimiento económico que sin olvidar y aun fomentando las exportaciones
tenga como finalidad la satisfacción de las necesidades de sus propios pueblos.
Debe estar acompañada por el fortalecimiento de las instituciones genuinamente
democráticas internas e internacionales, esto es, en el plano internacional la
alianza latinoamericana debiera pugnar por el establecimiento de un nuevo orden
económico internacional más justo, que reconozca las asimetrías entre los
países o regiones, que respete la diversidad cultural y los derechos humanos
individuales, sociales y laborales y simultáneamente se proponga la
preservación del medio ambiente. En fin, los puntos a incluir son múltiples, y
van mucho más lejos que los puramente económicos, en pocas palabras, debieran tener por finalidad el desarrollo
humano integral.
Sin embargo, es
inobjetable que tal acuerdo sólo podría negociarse a partir de gobiernos
latinoamericanos democráticos, comprometidos con el bienestar de sus pueblos y
conscientes del potencial que tendrían los países latinoamericanos actuando
conjuntamente.
Entretanto, aunque
en un plano muy modesto, las organizaciones de la sociedad civil, como
AUNA, podrían promover acercamientos
con sus similares de países hermanos, de forma tal que el conocimiento mutuo
fuera paulatinamente destacando la identificación de intereses y objetivos
comunes, mediante la organización de encuentros, seminarios, cursillos, etc.
Eso podría multiplicarse con esfuerzos semejantes tanto en los ámbitos sindicales (a pesar de que los sindicatos se
han debilitado frente a la ofensiva neoliberal) como universitarios o
estudiantiles en general por medio de intercambios vacacionales, promoción de
estancias de turismo social, realización de cursillos sobre historia
latinoamericana y local, etc.
El momento parece
propicio por el impulso participativo que se despertó en importantes sectores
de la sociedad mexicana a partir de la más reciente elección presidencial y la
esperanza de cambio que para muchos representaban sus resultados. El desempeño
en funciones del actual régimen ha sensibilizado a diversos grupos de la
población acerca de la importancia de contribuir por sí mismos a la defensa de
sus intereses y los ha hecho percibir la necesidad de participar en nuevos
proyectos sociales.
En todo caso, se
trata de ensanchar la base social que en cada país haga suyo el propósito de la
alianza latinoamericana para que se convierta en una demanda popular ante los
diferentes gobiernos.
Podemos concluir
afirmando, como lo hace Fernando Carmona:
La marcha hacia un
futuro mejor pasa por la difícil y compleja batalla, por fortuna ya iniciada en
cada patria nuestra, por construir, organizar y movilizar la constelación de
fuerzas pluripartidistas, pluriclasistas, plurideológicas y con una proyección latinoamericana, cuyos
objetivos paso a paso se identifican y sin la cual no tendríamos capacidad para
derrotar al férreo bloque en el poder, que dispone de todos los medios de
dominación nacional y del respaldo imperial, mantiene y reproduce el
capitalismo neoliberal trasnacionalizador y con él, la mayor dependencia
estructural y el cada vez más profundo contraste nacional e internacional de
riqueza y miseria. [2]
Mayo de 2002.
* Impulsemos la Integración y la Unidad
de Nuestros Pueblos, AUNA México.
Página Vigente de América
Semanal...