N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Integración,
Posible Sólo Desde Abajo
Jesús Hernández Garibay
No obstante
las aspiraciones de próceres o las intenciones de grandes esfuerzos,
Latinoamérica fue hasta los años cincuenta una región económicamente sin mayor
relación entre sus países; la depresión de los treinta agrava la problemática
regional y sólo a partir de los cuarenta la industrialización cobra cierto
impulso. Con un mercado interno sobreprotegido, es hasta los sesenta cuando
algunos gobiernos comienzan a pensar que la integración regional contribuiría a
ampliar los mercados y propiciar el desarrollo, aunque los avances que entonces
se alcanzan son desiguales, lentos y enfrentados a una pesada deuda externa, a
la inestabilidad y la inflación. A partir de entonces comienzan a intentarse
nuevos proyectos que resultarían en acciones multilaterales y multinacionales.
Primeros Aportes
a la Integración
Con el
antecedente de la CEPAL en tratar de entender la dinámica del proceso económico
e influir sobre el mismo, se avanza en proyectos como la Asociación
Latinoamericana de Integración que sustituye a la Asociación Latinoamericana de
Libre Comercio; el Mercado Común Centroamericano que deriva en el Sistema de
Integración Centroamericano; la firma del Consenso de Cartagena, la creación de
la Corporación Andina de Fomento y el ambicioso propósito del Pacto Andino; la
Zona de Libre Comercio del Caribe que se transforma en Comunidad Económica del
Caribe y Asociación de Estados del Caribe; el Grupo de los Tres (Colombia,
México y Venezuela) al que se llega a considerar un mecanismo de equilibrio. En
la última década se firma el Tratado de Libre Comercio en América del Norte y
se crea el Mercado Común en el Cono Sur, que aspira a convertirse en un Área de
Libre Comercio Suramericana.
No obstante
estos avances que dan cuenta de algunas bondades del comercio y los beneficios
compartidos, a lo largo de los años han sido evidentes sus limitaciones por los
obstáculos del mercado y las múltiples tareas por acometer. Cumbres como la del
Grupo de Río y las Iberoamericanas surgen en los últimos tres lustros en busca
de mejores avances. El Grupo de Río, un mecanismo, con reuniones anuales, de
consulta y concertación, fue creado desde 1986 como continuación del Grupo de
Contadora y su ampliación al Grupo de los Ocho, con objeto de realizar un
proceso de consultas sobre temas que afectan o interesan a nuestros países. Las
Cumbres Iberoamericanas también anuales, han sido desde 1991 “foro de
reflexión” para los gobiernos, además de un espacio de cooperación y un mecanismo
de concertación sobre temas de interés común, el estudio, ampliación y
consolidación de los procesos de integración regional y su inserción en un
mundo en transformación.
Luego de
advertirse en los setenta la imposibilidad de resolver el problema de la deuda
externa, tanto a la inversión extranjera directa como a la privatización de las
empresas públicas se las ve como alternativas. El momento comulga con la
liberalización multilateral para readecuar la estructura productiva al libre
juego de la oferta y la demanda, elevar la productividad, introducir
tecnologías avanzadas e insumos de mejor calidad y menor costo, e insertarnos
en aquello que la CEPAL denomina regionalismo abierto, que pretende ampliar el
comercio regional, el acceso de los productos latinoamericanos a los mercados
internacionales y la modificación de las reglas internas para la más fácil
inserción de los capitales externos en los mercados nacionales. Esas
intenciones dan paso a propósitos integradores que renuevan la esperanza de
mejores tiempos, pero por desgracia, posponen las metas de completa estabilidad
y sobre todo de progresos sociales.
Al final del
siglo XX, dos son las propuestas que destacan desde arriba en esa pretendida
integración. La primera, como continuidad panamericanista en forma de un Área
de Libre Comercio de las Américas (ALCA); la segunda, sustentada en la
tradición latinoamericanista liberal en forma de mercados comunes
intrarregionales, donde el mayor adelanto es el del Mercado Común del Sur
(Mercosur). Aunque divergentes en sus orígenes, hay quien sostiene que ambas
pueden llegar a complementarse. Lo mismo que todos los discursos oficiales, el
ALCA considera “políticamente intolerable y moralmente inaceptable” que
subsista la marginación; por ello es que plantea la necesidad de mejorar la
satisfacción de las necesidades de la población, con base en el comercio sin
barreras, sin subsidios, sin prácticas desleales y con un creciente flujo de
inversiones productivas, además de la eliminación de obstáculos para el acceso
a los mercados. El Mercosur de su lado, que incluye a países del Cono Sur, es
un proyecto de integración latinoamericanista que continúa la tradición
independiente y liberal-reformista del subcontinente.
Como quiera
que sea, los límites y los alcances de las propuestas mencionadas los acota un
mercado que considera el camino de la integración como altamente conveniente
para el mismo, siempre y cuando se produzca desde arriba, bajo las reglas
acordadas de la competencia y para la búsqueda del mejor dividendo. Esos
proyectos y sobre todo el ALCA (aunque también el Mercosur que si bien advierte
que es necesario encontrar nuevos caminos al desarrollo de los pueblos,
encuentra que estos caminos van de la mano, esencialmente, del reinante libre
mercado), toman en cuenta a los latinoamericanos como potenciales consumidores,
pero escasamente como gente con grandes necesidades y exiguas oportunidades de
participar en dicho mercado. Esta es la grave dificultad y la razón por la
cual, aparte de las intenciones gubernamentales de proveer un camino más firme
a la integración, también se desenvuelve otra mucho más apegada a la sociedad
misma que intenta delinearse a través de distintos actores.
Nuevas Maneras de
Entender el Proceso
Ahí donde la
sociedad toma conciencia de su identidad y sus problemas, hace reverdecer la
esperanza de llevar su vida por delante del mercado. Los esfuerzos de los
noventa a través de redes científicas en busca de la mejor promoción del
conocimiento y la investigación, de permitir una mayor colaboración que
contrarreste las dificultades para el desenvolvimiento de dicho quehacer,
ofrecen nuevos pasos en el curso de un proceso de larga data, ahora más
posible: conocerse mejor, identificar los intereses comunes en una región que
busca oportunidades y pareciera tener más ocasión de hacerlo. Temas como el de
la sociedad civil adquieren aquí relevancia, mediante la participación de
actores sociales organizados que buscan alcanzar una sociedad más democrática,
base por cierto de un verdadero desarrollo económico.
Las redes de
la sociedad civil, caracterizadas por su flexibilidad, descentralización,
innovación y participación, sugieren experiencias y formas que coadyuvan a esa
integración democrática, pues incluyen en su trabajo asuntos y problemas de corte
nacional, regional y aun continental; el papel que juegan les permite un amplio
grado de participación en temas importantes para la realidad latinoamericana. A
través de su trabajo, esas redes refuerzan el cabildeo, la gestión e
instrumentación de proyectos que sobrepasan las realidades locales; en varios
países son interlocutores y gestionan propuestas con entidades públicas y aun
privadas. Así, las organizaciones no gubernamentales (ONG's) adquieren
legitimidad en temas públicos de foros y cumbres mundiales, y tratan de incidir
en la integración a través de movimientos sociales; buscan fomentar una
“cultura de la integración” que incorpore el desarrollo de una identidad
regional basada en el reconocimiento y respeto de la diversidad y el
pluralismo.
En el ámbito
sindical hay esfuerzos que juegan un papel importante en este proceso. Para la
Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT), por ejemplo, la integración no
debería limitarse al espacio económico, sino que es necesario promover el
espacio social, político y cultural como única vía para que la integración sea
la de los pueblos, la de los trabajadores. En particular, esta central ha
impulsado de manera entusiasta al Parlamento Latinoamericano (Parlatino) y
sustentado la idea de una Comunidad Latinoamericana de Naciones (CLAN). El
propio Parlatino nace reconociendo que la integración es históricamente
indispensable para nuestros pueblos; así, ésta se torna en su principal
objetivo, que concibe como una nueva etapa en la historia de América Latina por
la que pugna desde 1995, cuando entrega formalmente el proyecto de la CLAN al
Grupo de Río, quien lo recibe con interés.
En el ámbito
empresarial hay también intentos de empresarios medianos y pequeños que tratan
de sustentar en los recientes lustros esfuerzos multinacionales más allá de los
gubernamentales, que promueven asociaciones profesionales para formular
proyectos de negocios y facilitar la vinculación de empresas con centros de
investigación y fuentes de financiamiento. Estos esfuerzos buscan promover la
integración tecnológica, productiva, financiera y comercial entre los países
latinoamericanos y de estos con otras regiones del mundo, como un factor
práctico en la integración latinoamericana, complementario a los esfuerzos que
despliegan los gobiernos.
De otro lado,
el Congreso Anfictiónico originalmente convocado por Simón Bolívar en Panamá
hacia 1826, bajo la misma pretensión integradora es retomado en años recientes
por nuevos latinoamericanos, entre ellos el presidente de Venezuela Hugo Chávez;
de 1997 a 2001 se llevan a cabo encuentros en Caracas, Panamá y Buenos Aires a
la búsqueda de la soberanía de nuestros pueblos, en un proyecto concebido como
un espacio de coordinación de organizaciones populares para crear una
organización amplia, democrática, fiel a los principios de unidad,
independencia y justicia social, y construir un proyecto sustentado en el
pensamiento de Simón Bolívar y los próceres que lucharon en su momento por la
unidad y la emancipación de América Latina.
Entreverado
con lo anterior se construye en años recientes un movimiento mundial que busca
un cambio global y resulta coadyuvante de una integración distinta a la pensada
desde arriba: el Foro Social Mundial (FSM) de Porto Alegre, un proceso de
reflexión global en torno de la producción de riquezas y la reproducción
social, el acceso a las riquezas y la sustentabilidad, la afirmación de la
sociedad civil y los espacios públicos, el poder político y la ética en una
nueva sociedad. Bajo la consigna, “Otro mundo es posible...”, lo que pretende
este esfuerzo es abrir un espacio de reflexión global y búsqueda de
alternativas al modelo dominante en el mundo del libre y depredador mercado.
Antecedente
del FSM es el Foro Mundial de las Alternativas (FMA) que nace en 1996 en
Europa, toma forma en 1997 y cuyas líneas principales hablan de la necesidad de
revertir el curso de la historia, poner la economía al servicio de los pueblos,
derribar el muro entre el Norte y el Sur, encarar la crisis de civilización,
rechazar el poder del dinero, transformar el cinismo en dignidad y la dignidad
en poder, reconstruir y democratizar el Estado, ser verdaderos ciudadanos,
volver a nuclear los valores colectivos, mundializar las luchas sociales y
despertar la esperanza de los pueblos...
Como una “cumbre
alternativa” a la Segunda Cumbre de las Américas de Santiago, en 1998 se lleva
a cabo la Cumbre de los Pueblos de América, Hacia una Alianza Social
Continental. Esta plantea que la aprobación del ALCA se someta a un plebiscito
continental y que sus acuerdos comerciales cumplan con las exigencias de una
Carta de Derechos Sociales y Laborales. Simultáneamente a la Tercera Cumbre de
Québec, en 2001 tiene lugar una marcha encabezada por aquella Alianza, en la
que participan miles de trabajadores organizados sindicalmente, ambientalistas,
profesores y estudiantes universitarios, profesionistas, jóvenes, mujeres y
otros, principalmente canadienses pero también de los Estados Unidos y otros
países. Todos plantean estar a favor de la integración económica de las
Américas, pero bajo la forma de una integración social que respete los derechos
del trabajo y mejore las condiciones de vida y ambientales.
En muchas
otras cumbres internacionales (Río de Janeiro en 1992, Copenhague en 1994, El
Cairo en 1994, Beijing en 1995, Roma en 1997), se da cuenta del creciente
interés de grupos sociales diversos en las críticas condiciones actuales y los
destinos de la humanidad; a estas se suman muchos encuentros más que buscan
alternativas, como la Cumbre Sobre la Deuda Social con los Pueblos de 2001 en
Caracas, los Encuentros contra el Neoliberalismo y por la Humanidad promovidos
por el EZLN, la Conferencia del Milenio en el 2001 de Panamá, la Cumbre de los
Pobres de la UNCTAD en Bruselas. Esfuerzos todos estos, que concluyen que el
camino al desarrollo sólo es viable acompañado por la atención puntual a las
condiciones de vida de la gente.
No obstante
los esfuerzos anteriores, lo cierto es que a pesar de que la integración
regional y las soluciones de mayor fondo a los problemas de nuestro tiempo son
cuestiones que ahora se toman con mayor empeño por más latinoamericanos, muchos
otros guardan todavía el tema de una Latinoamérica integrada y unida en el
cofre de las incomprensiones y segundas prioridades, como se advierte en el desconocimiento
que sobre el mismo subsiste en general en todas nuestras sociedades y en
particular en varios de nuestros quehaceres.
La
Integración, Posible Sólo con la Gente
Son muchos
todavía quienes creen que tanto la integración como la unidad son hoy causas
perdidas cuando provienen desde la propia sociedad, a la cual le conceden
esperar a que los gobiernos sean los que trabajen por aquella que consideran
conveniente, sin reparar que lo que estos conducen inevitablemente es el curso
de los intereses predominantes en el mercado. Por el contrario, los profundos
cambios en el contexto mundial —más allá de ser sólo económicos, financieros o
comerciales—, hoy resultan en una verdadera necesidad histórica de esa unidad e
integración, que reclama acciones en todos los sectores sociales y
gubernamentales, privados y públicos a nivel nacional, regional y continental.
Tales acciones son indispensables si lo que se pretende es en verdad elevar el
nivel de vida de regiones atrasadas y sectores sociales rezagados.
Otros han
llegado a considerar que la integración y el libre comercio son incompatibles,
cuando se trata de resolver de fondo nuestros problemas. Y si bien esto podría
ser verdad bajo ciertas reglas, no lo sería siempre y cuando en vez de tratar
de imponerse desde fuera y en forma unilateral, de arriba abajo y en beneficio
de los países o los sectores más poderosos, se gestaran desde el seno de cada
país y con la participación de la gente. Así, tal y como la integración no se
limita a lo económico, el desarrollo tampoco se reduce a la competencia en el
mercado, sino que es viable en un proceso social de gran alcance en el que lo
humano sea justo el centro del proceso; es decir, que la gente no sea
considerada como un sujeto de consumo, sino como el eje y conductor principal
de una dinámica cuyo bienestar, trato justo y participación real en la toma de
decisiones, definan las vías del porvenir con base en una genuina democracia.
Pero es aquí
donde hay más trabajo por hacer, pues tanto como no bastan sólo las intenciones
gubernamentales desde arriba, tampoco bastan sólo los movimientos
contestatarios desde abajo, en contra de proyectos que se trabajan
pertinazmente de tiempo atrás y con grandes recursos por los propios gobiernos.
Así, tan es imposible la integración sin tomar en cuenta a la gente, como
insuficiente sólo el generar un movimiento latinoamericano para oponerse al
neopanamericanismo presente en el ALCA y caer eventualmente en la frustración
de no lograr atajarlo. Por ello, junto a la movilización popular necesaria en
contra de los efectos devastadores del mercado, lo que resulta imperioso es
movilizarse, pero con una alternativa propia que destaque aspectos específicos
indispensables de incorporar en un nuevo proyecto económico, social y cultural,
nacional, regional y continental.
Mucho se ha
mencionado acerca de la necesidad de regular la inversión regional con base en
restricciones claramente delimitadas y que frenen la especulación; de una
política fiscal que mantenga el principio de que pague más el que más tiene y
menos el que menos tiene; de resolver en definitiva la deuda externa, hoy más
impagable que nunca a pesar de las eternas renegociaciones; de las políticas de
distribución del ingreso y el apoyo a los sectores más desprotegidos. Lo cierto
es que cualquiera pretensión integradora y de apoyo al desarrollo, tiene que
avanzar mucho más adelante que cualquier programa asistencial sólo eficaz como
paliativo, en busca de sustentar el derecho al trabajo como pieza clave sin la
que no es posible pensar en combatir a la pobreza. Un movimiento continental
por el pleno empleo que en verdad combata de fondo y en forma creciente la
desigualdad social, resulta así imprescindible.
Pero esto que
aquí se reitera no puede ser solamente un rosario caprichoso de demandas; a fin
de construir en verdad un proyecto que pertenezca a la sociedad, son necesarios
mecanismos y puentes delimitados hacia la construcción de un movimiento
continental en favor de una integración desde abajo, que tendría que incluir
entre otros, elementos mínimos de un carácter nacional y regional, como los
siguientes:
1. Una
política de comunicación amplia, sistemática y permanente, que dé cuenta de los
proyectos existentes en torno a la integración y explique el alcance y las
limitaciones de cada uno de ellos.
2. Una amplia
política de organización de la gente, en apoyo a sus demandas y al conocimiento
de las demandas de otros, donde participe en mayor medida cada vez el conjunto
de la sociedad.
3. El
establecimiento de vínculos y puentes no solamente al interior de cada unos de
los sectores sociales, sino a la vez entre estos distintos sectores con otros,
en la conformación de un amplio movimiento nacional, regional y continental en
favor de un proyecto de integración ampliamente reconocido.
4. La formación
de cuadros especializados en el tema, así como de grupos multidisciplinarios de
investigación en las universidades y más allá de éstas, en torno a los alcances
de la integración regional y continental.
5. El
establecimiento nacional y continental de amplias redes informativas y de
coordinación de acciones y propuestas.
Al final de
cuentas, más allá de los intereses privados que rondan los esfuerzos
gubernamentales en el cardinal tema de la integración, de lo que se trata es de
encontrar una vía mediante la participación consciente de las más amplias capas
de la población, en el diseño a futuro de su propio entorno.
* Impulsemos la Integración y la Unidad
de Nuestros Pueblos, AUNA México.
Página Vigente de América
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