N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Magdalena Galindo *
Cuando el mundo
parece marchar, a paso redoblado y con la vista fija, hacia una globalización
ineludible, plantear la unidad de Nuestra
América suena en el mejor de los casos a utopía y en el peor a un
anclaje en el pasado que ignora las promisorias oportunidades del porvenir. Tal
visión, sin embargo, y eso es parte de lo que me propongo demostrar en estas
notas, es reflejo del vendaval económico, político e ideológico que ha
afrontado América Latina a partir de la mayor crisis que ha sufrido el
capitalismo y de las estrategias de dominación impuestas por los países
altamente industrializados.
La unidad de
Nuestra América no es hoy una utopía, no es una nostalgia, es, en pocas
palabras, una necesidad de sobrevivencia. Si la conciencia de nuestros pueblos
no logra comprender este hecho, las tendencias indican y a esto dedicaré estas
breves notas, que no sólo enfrentamos la amenaza de una mayor explotación y el
fracaso económico, sino que la existencia misma de nuestras naciones está en
peligro. Cooperar en la toma de conciencia de esa exigencia de unidad es,
entonces, una tarea prioritaria.
A riesgo de
pasar por alto especificidades que tienen enorme importancia cuando se observan
las historias particulares de los países, intentaré un recuento a grandes
rasgos de la experiencia vivida por la región a partir del inicio de la gran
crisis económica en los albores de los años setenta. Un tanto arbitrariamente,
pero de algún modo simbólico, puede afirmarse que el grito de alarma de la
crisis se produce con la eliminación, por el gobierno de Nixon, de la
convertibilidad del dólar en oro que, dada la hegemonía monetaria, es la forma
concreta de devaluar la moneda estadounidense. En ese momento, cuando los Estados
Unidos enfrentan una pérdida de competitividad frente a sus adversarios
económicos, Japón y sobre todo Europa, con Alemania a la cabeza, la estrategia
nixoniana elige la devaluación como vía para elevar, diríamos extra
productivamente, la capacidad competitiva de las mercancías estadounidenses. No
esperaba Nixon que los productores organizados en la OPEP, precisamente por la
devaluación del dólar, que significaba un descenso de los ingresos reales para
los países petroleros, decidieran
elevar los precios del petróleo y de esta manera se acentuaran las tendencias
recesivas que, debido a la caída de la tasa de ganancia y a la pérdida de
eficacia de los mecanismos contrarrestantes, estaban ya presentes en las
economías altamente industrializadas.
La recesión
combinada con inflación se va a presentar de manera simultánea en los países
altamente industrializados en 1974 y, con altibajos, como expresión del ciclo
corto de "alto y siga", va a permanecer a lo largo de los setenta. La
respuesta de los países latinoamericanos en su conjunto, como medio de escapar
de la crisis ya en plena expresión en el Primer Mundo, va a ser aumentar
extraordinariamente el gasto público a fin de impulsar el crecimiento. Y en
efecto, lo consiguen. Durante los setenta la región no sólo crece, sino que en
algunos años llega incluso a tasas por encima de los promedios históricos. El
precio de ese dinamismo en tiempos de crisis fue el aumento acelerado de la
deuda. Fenómeno propiciado, como se ha reiterado, por la gran masa de capital financiero
que, precisamente por la recesión, no encuentra campos rentables de inversión
en los países centrales.
Con la
llegada de Reagan al poder en 1981, la estrategia estadounidense se modifica
radicalmente. En vez de la depreciación, se busca el fortalecimiento del dólar,
por medio de un alza notable de la tasa de interés que consigue atraer
capitales de todo el mundo, con los que se financia el abultado déficit fiscal
que resulta de un gasto militar incrementado al lado de recortes al gasto
social y la disminución de los impuestos a los ricos. Inequitativa y clasista,
la estrategia reaganiana consigue el objetivo de retomar el crecimiento, aunque
sea a tasas modestas, mientras para América Latina significa la crisis de la
deuda iniciada con la insolvencia de México declarada en agosto de 1982. Tal
crisis es consecuencia, por supuesto, del fuerte endeudamiento contraído por
nuestros países durante la década de los setenta con el fin de eludir la
recesión, pero también es efecto de la estrategia reaganiana que provocó a la
vez la fuga masiva de capitales de nuestros países y el aumento acelerado del
saldo y el servicio de la deuda como consecuencia del alza en la tasa de
interés.
La
consecuente insolvencia coloca a los países latinoamericanos en una situación
desesperada, a la que los gobiernos, presos del pánico, responden con una
estrategia equivocada. En vez de convertir la debilidad en fuerza, a través de
la unión de deudores, confían en que serán premiados por su buena conducta y
eligen la negociación bis a bis con la banca internacional, esperanzados, cada
uno, en obtener financiamiento fresco. Aceptan, entonces, las exigencias del
Fondo Monetario Internacional y uno a uno aplican las draconianas normas de las
políticas neoliberales de primera generación. El objetivo fundamental, en esta
etapa, es garantizar el pago del servicio de la deuda y la lógica de los
programas de ajuste del FMI es conseguir una transferencia masiva de recursos
desde los trabajadores hacia el Estado y la burguesía, que son los deudores
directos de la banca internacional. Los mecanismos son conocidos:
macrodevaluaciones, disminución del gasto público, liberación de precios, topes
salariales, entre los más importantes.
El resultado
de tales políticas es la década perdida, en la que América Latina vive
simultáneamente las caídas de la producción y el desbocamiento inflacionario.
Mediante los programas del Fondo Monetario Internacional, los países altamente
industrializados, con Estados Unidos a la cabeza, consiguieron traspasar la crisis
a las naciones subdesarrolladas. No era suficiente, sin embargo. La crisis
iniciada en los setenta es de tal profundidad que los países hegemónicos
necesitaban emprender una reorganización de la división internacional del
trabajo y en general de las formas de acumulación de capital, a fin de retomar
el crecimiento sobre nuevas bases.
El sentido de
esa reorientación global del capitalismo obedece a los cambios que se habían
venido registrando desde los setenta en las bases técnicas del capital y en la
división del trabajo en el interior de las plantas. En ese terreno dos aspectos
me parecen los fundamentales. El primero está representado por los avances en
la automatización del proceso productivo a través de la robotización y, en
general, de la aplicación de las computadoras a la producción; así como en las
telecomunicaciones que permitieron el control remoto de la producción. La
informática y la telemática, pues, son las condiciones técnicas fundamentales
para que pudiera efectuarse el gran cambio en la organización del trabajo: la
internacionalización del proceso productivo. Esta nueva forma que asume la
internacionalización del capital consiste, como es sabido, en la división del
proceso productivo, de modo que los segmentos intensivos en capital se establezcan
en las casas matrices ubicadas en los países altamente industrializados,
mientras los segmentos intensivos en fuerza de trabajo se llevan a los países
subdesarrollados, a fin de disminuir costos por la baratura de la fuerza de
trabajo. Este es el gran cambio que se va a convertir en el eje del proceso de
globalización.
Internacionalizar
el proceso productivo necesita, ineludiblemente, de la libre movilidad del
capital en todas sus formas, esto es, como capital dinero, como capital
productivo y como mercancía. Y ese fue el objetivo que se propusieron los
países altamente industrializados. Para conseguirlo, utilizaron la crisis de la
deuda como palanca para abrir los mercados de los países subdesarrollados. Fue
entonces cuando, primero el Plan Baker y luego el Plan Brady, ofrecieron dinero
fresco para América Latina a cambio de aceptar lo que se conoció como la
condicionalidad cruzada, esto es las exigencias combinadas del Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial. El primero exigía los programas de ajuste de
corto plazo, cuyo fin, como ya dijimos era garantizar el pago de la deuda. El
segundo, el llamado cambio estructural: la privatización de empresas públicas,
la desregulación y en general el repliegue de la intervención del Estado en la
economía, la apertura no sólo comercial, sino a todas las formas del capital.
Mientras los países altamente industrializados practican el proteccionismo para
sus propias economías, consiguen que América Latina abandone no sólo la
estrategia de la substitución de importaciones sin haber alcanzado la etapa de
bienes de capital, sino la propia conducción estatal del proceso y los
proyectos nacionales de desarrollo propio.
La
consecuencia de tal sometimiento a las exigencias del FMI y el Banco Mundial es
una devastación económica, política, social y aun diríamos nacional para los
países de Nuestra América. En el terreno económico, cuatro son las
consecuencias de mayor alcance. La apertura provoca de inmediato una inmensa
mortandad de empresas nacionales en todos los países. Esa mortandad, aunada a
las formas que asumen las privatizaciones de empresas estatales, genera una
extranjerización de la planta productiva en la que el poder de las
transnacionales se incrementa tanto en la proporción del capital que detentan dentro
de nuestras economías, como en el carácter clave de los sectores que acaparan.
Junto a la
extranjerización, la apertura también genera un proceso de maquilización, en
que las cadenas productivas, de por sí incompletas en nuestros países, se
desarticulan, y la producción por contrato pasa a ser el sector dinámico de la
economía. Lo que implica que las decisiones de producción se toman desde el
exterior, de acuerdo con las necesidades de las grandes corporaciones.
Un tercer
fenómeno es la reorientación del aparato productivo hacia el mercado exterior.
Este hecho tiene enormes repercusiones sociales, ya que implica que la
realización de la plusvalía se efectúa en el exterior y en consecuencia los
empresarios pierden interés en impulsar el mercado interno, hecho que implica
la grave consecuencia de que el precio de la fuerza de trabajo tienda a su
mínimo. O sea que los trabajadores no tienen que aparecer como consumidores en
el mercado, de modo que el interés empresarial está en disminuir los salarios
hasta el mínimo de supervivencia, a fin de alcanzar un mayor grado de
explotación y una más alta tasa de ganancia, pues a fin de cuentas ésta se va a
obtener en el exterior.
La
reorientación del aparato productivo hacia el exterior también ha tenido la
consecuencia de que en la nueva división internacional del trabajo nuestros
países se especialicen a la vez en segmentos del proceso productivo
internacionalizado de ramas como la electrónica, por un lado, y, por otro, en
algunas ramas de industrias ligeras, como la textil o la de vestimenta,
mientras los países altamente industrializados conservan para sí las ramas de
alta tecnología e intensivas en capital. Naturalmente, eso significa que
nuestros países están compitiendo en el mercado internacional, prácticamente
con un único elemento: la baratura de la fuerza de trabajo.
La
reorganización del capitalismo en esta etapa ha determinado igualmente un
intenso proceso de concentración y centralización de capital, caracterizado por
las megafusiones que establecen récords superados una y otra vez en las
dimensiones de los montos de capital. Al mismo tiempo, las alianzas de capital
han coincidido con reorganizaciones administrativas y técnicas, que implican la
exclusión definitiva de amplias masas de trabajadores de las actividades
productivas. Si en los países altamente industrializados la recalificación ha
sido escasa y, en consecuencia, el cambio en los procesos productivos significa
que los trabajadores despedidos no puedan reincorporarse en nuevas áreas de la
producción. En el caso de América Latina, la recalificación ha sido
prácticamente nula. Esa exclusión, junto a los dramáticos altibajos de la
producción, explica el crecimiento acelerado de la economía informal que,
presente en el mundo desarrollado, es todavía más intenso en los países
periféricos, en especial en los latinoamericanos. El nuevo papel en la división
internacional es, entonces, estructuralmente excluyente, tanto por la
pauperización generada por las políticas neoliberales, como por las nuevas
formas del proceso productivo.
Un cuarto
aspecto que resulta especialmente relevante en el terreno económico es que la
libre movilidad del capital exigida por el Banco Mundial ha conducido a la
aparición de los mercados emergentes de capital, ya que, a pesar de la
reorganización del capitalismo, son tantas las contradicciones de esta etapa,
que la burguesía transnacional no encuentra campos rentables de inversión que
le garanticen una acumulación ampliada de capital y, en respuesta, se ha
refugiado en la especulación. Este hecho ha provocado una acendrada
interrelación entre las economías que, para el caso de América Latina significa
una alta vulnerabilidad, ya que el magro crecimiento y la mediocre estabilidad
conseguidos en los últimos años han tenido como base las grandes corrientes de
capital que se han dirigido a la región en busca de ganancias rápidas. Pero
esto significa que al menor signo de dificultades económicas o políticas, ese
capital especulativo emigra. Y me refiero no sólo a las inversiones de cartera,
sino también a la inversión extranjera directa que se ubica en la industria,
pues dadas las características de los nuevos procesos productivos, el capital
está en capacidad de mudarse de un país subdesarrollado a otro con enorme
facilidad. Y así lo ha venido haciendo. Basta recordar la crisis argentina que
provocó la caída de sucesivos gobiernos en 2002, o el cierre de empresas
maquiladoras en el norte de México.
Desde un punto
de vista político, hay que decir que el sometimiento a las políticas neoliberales
del Fondo Monetario Internacional en cuanto al corto plazo y del Banco Mundial
en lo que atañe al cambio estructural, significa en lo inmediato una cesión de
soberanía, puesto que las principales decisiones de política económica se toman
por los organismos financieros, hegemonizados, no hay que olvidarlo, por
Estados Unidos; igualmente las decisiones que atañen a la producción se toman
en el exterior, en los centros de las empresas transnacionales. Y eso incluye
aspectos tan determinantes en el plano social, como la negociación del precio
de la fuerza de trabajo, que está en la base tanto de la creciente desigualdad,
como del incremento de la pobreza que se registran en el subcontinente.
Frente a esa
realidad, en verdad devastadora, que vive Nuestra América, lo más dramático es
la falta de conciencia de gobiernos y clases dominantes, que bien podríamos
describir como la miopía del pobre: Ante los problemas angustiantes de la
deuda, ante la caída de la actividad productiva, ante la inestabilidad
económica, burguesías y gobiernos han creído salvarse entregando su suerte a la
voluntad de los países hegemónicos y a través de la asociación subordinada con
el capital extranjero. Esa estrategia equivocada significa no sólo la pérdida
de soberanía (que seguramente no les preocupa mayormente), sino también la
creciente imposibilidad de protagonizar un proceso de desarrollo propio que
permitiera enfrentar la competencia en un mundo globalizado. Al grito de
sálvese quien pueda están hundiendo la barca de todos, incluidos ellos mismos.
Y frente a ese hecho, lo peor es que un conjunto de factores, entre los que se
cuentan la caída de los países socialistas, con el desencanto y la confusión
ideológica que provocó; las propias condiciones económicas que colocan a
amplios sectores de la población en la lucha por la sobrevivencia inmediata; la
crisis de las organizaciones de masas, como partidos y sindicatos; así como una
intensa propaganda oficial a través de los medios masivos de comunicación a
favor del neoliberalismo y la globalización, han determinado una falsa
conciencia de los trabajadores que miran a la realidad económica como un
destino sin alternativas y a los intereses nacionales como utopías del pasado.
En estas
condiciones, es evidente que la correlación de fuerzas no favorece a América
Latina. Pero también es obvio que ningún país de la región podrá,
individualmente, enfrentar la mayor ofensiva que para la existencia misma de
nuestras naciones haya existido en la historia. La unidad de Nuestra América no
es hoy una utopía, sino una necesidad de sobrevivencia.
* Impulsemos la Integración y la Unidad
de Nuestros Pueblos, AUNA México.
Página Vigente de América
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