N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Cuauhtémoc Cárdenas
México y toda
América Latina se encuentran hoy frente a una de las grandes disyuntivas de su
historia, un momento en el que las decisiones que tomen determinarán el destino
de la actual y de varias generaciones por venir: nuestros países tendrán que
optar entre una integración subordinada a los Estados Unidos, incorporándose de
lleno y en caída libre, sin defensas, al proyecto del Área de libre comercio de
las Américas (ALCA), o buscar, en un camino que hoy se ve sembrado de
dificultades, su integración política y económica como un gran bloque regional.
Vivimos una
época de globalización de los procesos económicos, de las finanzas, del alcance
y rapidez de la comunicación; de integración de grandes bloques geopolíticos y
la formación de extensos y potentes mercados, actualmente algunos ya muy
hechos, como Estados Unidos, Japón y el sureste de Asia, y la Unión Europea,
los primeros pugnando por ampliarse, el último con perspectivas de expansión
hacia el este, otros con grados distintos de desenvolvimiento, como China o
América Latina, otros más apenas gestándose como idea, como el Islam; una época
también de hegemonía político-militar unipolar y al mismo tiempo de reparto
implícito del mundo entre las potencias de alto desarrollo económico y
tecnológico: América Latina y el Caribe como zona de influencia de Estados
Unidos, Europa del Este de Alemania, el norte de África de Francia, el sur de
Asia de Japón; y de disputas por el dominio del petróleo y de las rutas del
petróleo hacia el mundo desarrollado, que hoy se libran con las armas en
Afganistán y en el terreno político, diplomático y económico, en ocasiones con
altas dosis de violencia, en los países del Asia Central que nacieron del desmembramiento
de la Unión Soviética, en el Oriente Medio y en América Latina.
El ALCA es el
proyecto de los Estados Unidos de hoy; es el proyecto de George W. Bush para
consolidar el sometimiento de América Latina a la hegemonía norteamericana y
mantenerla ahí aherrojada. Incorporarse al ALCA significará ceder la soberanía
de las naciones latinoamericanas para que en su nombre la ejerza el gobierno
norteamericano. Significará, por otro lado, que nuestros países vayan a la
integración con los estándares económicos cualitativamente más bajos, los de
las tecnologías más primarias, que es donde se tendrían que ubicar los
denominadores comunes. En esas condiciones, América Latina y el Caribe
quedarían condenados a no desarrollarse tecnológicamente y a constituirse, pues
sería su posibilidad única y su única salida, en proveedores de productos de
una maquila de baja tecnología y de mano de obra barata para la economía
norteamericana.
Dentro del
ALCA, América Latina vería la aplicación, con mayor profundización, de las
políticas derivadas de los consensos de Washington, y vería, en consecuencia,
por una parte, fluir su riqueza hacia el exterior, por la otra, acentuarse los
procesos de concentración de la riqueza en grupos de población cada vez más
reducidos; al mismo tiempo, estarían creciendo la pobreza y la migración;
vería, también, la caída, aun mayor, de la calidad de su educación y de la
atención a la salud de la gente, así como una mayor reducción de su
investigación científica, de la producción de profesionales, postgraduados e
investigadores formados con conocimientos de punta, del desenvolvimiento de
cadenas productivas con la racionalidad de aprovechar al máximo y transformar
sus muy ricos y variados recursos, así como la dilución y el estrechamiento de
sus culturas; y quedarían en sus mínimas expresiones el peso relativo de la
región en el concierto internacional y la influencia que pudieran tener sus
gobiernos en las decisiones políticas, económicas y sociales de mayor
trascendencia en sus propios países y en relación a sus propios pueblos.
Desde el
campo contrario, esto es, el de los intereses hegemónicos de Estados Unidos, la
integración política y económica de América Latina se ha querido ver y mantener
sólo como una utopía. Hoy es, ciertamente, una utopía, pero constituye también,
objetivamente, un ideal y una realidad alcanzables y la alternativa única, en
un mundo que tiende a las integraciones regionales, para que se abran, para los
pueblos de América Latina, verdaderas posibilidades de alcanzar los grados de
desarrollo y de lograr acceso a las oportunidades de mejoramiento que tienen ya
los segmentos de población en condiciones sociales, económicas y políticas
mejores en los países altamente desarrollados.
Avanzar en la
integración política y económica de pueblos y naciones de América Latina no
será fácil. Desde los días del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por
Simón Bolívar en 1826, hasta nuestros días, un propósito firme de la política
exterior de los Estados Unidos, que le ha resultado en este caso exitosa, ha
sido el de bloquear y contrarrestar todo esfuerzo de integración
latinoamericana, ya sea en lo comercial, ya sea en lo político.
Un primer
paso que debe darse para impulsar la integración de nuestros pueblos, es ganar
para la causa a gobiernos, partidos políticos, sectores y grupos de opinión y
personalidades de la cultura, el arte, la vida pública en general, de modo que
se vaya creando conciencia tanto de las ventajas que la integración ofrece para
los latinoamericanos, como de las condiciones de subordinación política, freno
y condicionamientos al crecimiento económico y exclusiones sociales que
representa la integración dominada por la hegemonía norteamericana, en el ALCA
o en cualquier otro esquema similar.
Echar abajo
el proyecto del ALCA representa oponerse a los Estados Unidos en los momentos
actuales, cuando su gobierno está dispuesto a recurrir a cualquier recurso, así
sea la agresión bélica sin declaración formal de guerra, lo que no debe
desestimarse, para alcanzar los fines que ha dado a su política, y exige que
América Latina ofrezca una alternativa viable, aceptable para sus poblaciones y
que no reciba el rechazo del norte, que considere tanto la integración de un
mercado y un potencial productivo de gran escala, como el compromiso de una
colaboración continental sobre bases de equidad.
Estas dos
condiciones se cumplen si América Latina se plantea y da pasos firmes en su
integración política y económica y si América Latina plantea además a Estados
Unidos y Canadá, la celebración de un acuerdo continental de desarrollo y
comercio del que todos obtengan y compartan beneficios.
En el primer
caso, los países latinoamericanos tendrían que desenvolverse en dos planos: el
de su desarrollo como un gran mercado regional, que buscara, al mismo tiempo
que fortalecer los intercambios entre sus integrantes, diversificarse lo más
posible en sus intercambios con otros grandes bloques continentales o
regionales; y el de integrar con la mayor solidez y celeridad posibles, la
federación política y sus órganos tanto parlamentarios como ejecutivos. Y en lo
que hace al acuerdo continental, visualizar su negociación como la negociación
entre la porción en desarrollo o subdesarrollada del continente –América Latina
y el Caribe– de un lado, y la parte desarrollada –Estados Unidos y Canadá– del
otro; un acuerdo que previera fondos de inversión y mecanismos de compensación
para hacer equivalentes los grados y calidades de desarrollo y de vida en ambas
porciones, que considerara también acuerdos en el campo de lo ambiental y en
relación a las condiciones de los trabajadores, incluyendo en este caso, en un
tiempo razonable, la liberalización del tránsito de personas.
La
integración económica de nuestros países debiera empezar en aquellas áreas en
las que es posible ya tener objetivos y desarrollar políticas comunes: en el
sector energético, en particular en una política petrolera de prolongación lo
más posible de la vida de las reservas existentes y de industrialización del
recurso localmente; en el aprovechamiento de los recursos hidráulicos; en la
educación superior, la investigación científica y el desarrollo tecnológico; en
el transporte aéreo y marítimo; en la industria siderúrgica; en el cuidado y
aprovechamiento de la biodiversidad y en sus políticas ambientales.
Por otra
parte, para lograr una buena instrumentación del acuerdo continental, habrá que
revisar y adecuar al convenio superior los tratados subregionales que hasta el
momento se hubieran suscrito, ya sea de integración económica, como el Mercosur,
o de libre comercio, como el de América del Norte entre México, Canadá y
Estados Unidos.
En el caso
particular de México, además de crear conciencia entre la población de las
necesidades y conveniencias de la integración, para avanzar en este proyecto,
será preciso vencer en el terreno cívico-político tanto el entreguismo como las
políticas restrictivas del crecimiento económico que ha venido imponiendo el
régimen neoliberal.
La
integración política y económica de América Latina es un proyecto que nace
contra la opresión colonial en el siglo XIX, hoy es el proyecto de las fuerzas
progresistas del continente, a las que, en sus expresiones nacionales,
corresponde convocar al apoyo a este proyecto y las que deberán proponerse el
trabajo conjunto para afinarlo en su elaboración, impulsarlo y convertirlo en
realidad.
* Impulsemos la Integración y la Unidad
de Nuestros Pueblos, AUNA México.
Página Vigente de América
Semanal...