N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Podemos hacer esto, y más...
¿Qué podemos hacer, nos pregunta AUNA México, para
avanzar en el proceso de integrar regionalmente y unir a nuestros pueblos?
Probablemente, más de lo que casi siempre pensamos; lo que desde luego no
significa que el camino por recorrer sea despejado y fácil. Sabemos que no hay
atajos ni caminos cortos y que habrá que superar tenaces obstáculos, cambiar
una desfavorable correlación de fuerzas y tener claridad acerca de lo que
queremos; expresarlo en metas precisas y bien definidas y establecer desde un
principio cómo pretendemos alcanzarlas.
Podríamos
seguramente mencionar numerosas posibles acciones a nuestro alcance. Pero en
vez de ofrecer una larga lista de ellas, me limitaré a destacar unas cuantas,
en las que sería importante avanzar.
Una primera que
habitualmente damos por supuesta o dejamos de lado y que sin duda es
fundamental, consiste en que si no nos conocemos, no podremos integrarnos ni
unirnos. Y la verdad es que no nos conocemos; ni siquiera conocemos a países
geográficamente cercanos y aun vecinos. Pues bien, ¿cómo conocernos mejor unos
a otros? Una primera vía para lograrlo es la escuela. Desde la primaria hasta
los estudios superiores debiéramos prestar atención a Nuestra América, es decir
Latinoamérica y el Caribe, pero desafortunadamente no es así.
Cuando yo fui
estudiante rara vez se hacía, incluso en la Universidad, referencia a América
Latina. Se nos hablaba principalmente de Europa, y casi siempre desde una
perspectiva europeizante e incluso eurocéntrica. Como han pasado muchos años
desde entonces, temiendo que mi visión fuera ya anacrónica e invigente, antes
de escribir estas líneas me acerqué a varios jóvenes y a otras personas
familiarizadas con los planes de estudio actuales a distintos niveles, y las
opiniones que recogí coincidieron, en esencia, en que las cosas no han
cambiado, o sea que Latinoamérica y el Caribe siguen sin estudiarse seriamente.
Por eso yo diría que
desde que un niño entra a la escuela, debiera saber que somos parte de
Latinoamérica, que como lo pensó Bolívar ella es nuestra “patria grande”, y que
desde entonces, y sobre todo a partir de la secundaria, empezara a interesarse
en la historia, la geografía, la economía, las letras, el arte, la cultura y la
vida toda de Nuestra América. Y al estudiarse el desarrollo de México, en vez
de vérsele como un país aislado, se le situara en ese marco y se comprendiera que
aparte del idioma y una identidad cultural análoga, entre otros rasgos comunes
somos un país excolonial, subdesarrollado y dependiente, y que, sin perjuicio
de mantener relaciones bilaterales y tener un importante intercambio con las
grandes potencias, en el internacionalizado mundo de nuestros días, el
integrarnos y unirnos regionalmente como una comunidad latinoamericana de
naciones es condición del desarrollo y nuestra mejor respuesta a un capitalismo
globalizante, injusto y desigual, que se extiende y profundiza de hecho en todo
el planeta.
Otra vía para
conocernos mejor consiste en que promovamos el conocimiento directo y mutuo de
nuestros países, lo que podemos hacer de diversas maneras. Por ejemplo debiera
interesarse a un número cada vez mayor de mexicanos para que conozcan países
hermanos, y lo mismo hacerse en éstos. A ello podría contribuir poner en marcha
programas de intercambio en múltiples campos, otorgar becas para estudiar en
esos países y ampliar las facilidades que ya han permitido que millares de
jóvenes de otras naciones estudien, sobre todo en México, Argentina y Brasil;
dar descuentos sustanciales en medios de transporte, alojamiento y otros
servicios; realizar conjuntamente una labor de promoción turística para que se
conozcan no sólo ciertos países sino Latinoamérica y el Caribe en conjunto, y
pensar en la posibilidad y conveniencia de conceder créditos para viajar a
nuestros países, a pagarse en plazos medios y largos, con bajas tasas de
interés.
Otra manera de
conocernos mejor seria editar y coeditar multinacionalmente cuadernos y
pequeños libros que se publiquen en grandes tirajes y se vendan a precios muy
bajos, en los que se dé cuenta de países hermanos y se destaquen aspectos
importantes de su evolución reciente y su situación actual. Algunas
publicaciones podrían referirse a la vida y obra de grandes pensadores,
artistas, escritores, dirigentes políticos latinoamericanos, de protestas
-hombres y mujeres-, y otras, recoger datos atractivos e interesantes de
nuestras grandes ciudades, universidades, sitios turísticos importantes,
centros arqueológicos, así como cine, música y deporte. Y sin perjuicio de lo
anterior y otras actividades análogas, hoy no sería difícil y sí muy útil crear
nuevas redes en campos en los que son necesarias y aún no existen, así como
abrir páginas sobre temas latinoamericanos en Internet, y preparar videos y
videoconferencias, en que destacados latinoamericanos dieran su opinión sobre
problemas comunes y otros temas.
Algo que incluso
puede parecer obvio e innecesario es explicar en qué consiste la integración
regional, por qué se requiere, y cómo, no obstante limitaciones y dificultades,
podemos avanzar en ese proceso.
Un primer error, por
cierto bastante extendido, es creer que la integración es sólo económica y aun
meramente comercial. No son pocos los que la identifican con la creación de
zonas de libre comercio, y consideran que una política aperturista lleva a la
integración, sin darse cuenta de que, en la práctica, más bien puede conducir a
una mayor desigualdad e incluso a una creciente desarticulación.
Aun pensando
solamente en lo económico, la integración regional de nuestros países podría ir
mucho más lejos que hasta ahora; pero ello supondría entender que el mercado y
el libre comercio no son, como creen los neoliberales, el eje central del
proceso; éste es más bien el desarrollo, visto como un fenómeno
multidimensional, y cuyo impulso y fortalecimiento requiere de una estrategia
que permita movilizar, hacer crecer y utilizar mejor todos los recursos.
El solo hecho de
realizar conjuntamente, y no en forma aislada, ciertas actividades, ampliará
sensiblemente la dimensión de lo que se haga. Y en no pocos campos hay espacios
y condiciones propicias para ello. La acción conjunta y el apoyo mutuo son hoy necesarios
para superar ciertos obstáculos, modernizar la infraestructura productiva y
hacer frente a una crisis realmente global que afecta a todos. A menudo vemos
la relativa desterritorizalización y el desplazamiento de las relaciones
sociales más allá de las fronteras de cada país, solamente como una amenaza, y
no advertimos que ello puede, también, abrirnos mayores posibilidades de
cooperación y de conjugación de esfuerzos.
En años pasados, en
el marco de políticas sustitutivas de importaciones se logró, sobre todo en
ciertos países, producir bienes de consumo que antes se importaban,
principalmente de las naciones industriales. Pero nuestras importaciones de
bienes intermedios y de capital crecieron con rapidez y aun peligrosamente, lo
que acentuó la dependencia. El problema es tan grave que aun en países como el
nuestro, en que la exportación aumentó como nunca antes, se ha venido operando
con un déficit comercial porque lo que se vende no alcanza para pagar lo que se
compra a otros países. Algunos piensan que, como ocurrió años atrás con ciertos
artículos de consumo, procediendo aisladamente podremos producir lo que nos
falta. No reparan en que los bienes intermedios y especialmente los bienes de
capital reclaman cuantiosas inversiones, tecnologías más complejas y costosas,
personal más calificado y mayores mercados.
Pues bien, ¿no será este el momento de saber cuáles de
esos productos, pese a las exigencias que plantean, sin volver a las viejas
políticas y al excesivo proteccionismo de entonces, podrían ser producidos por
nosotros, sí dos o más países conjugan
esfuerzos y se apoyan mutuamente? ¿Por qué no abrir nuevos y más anchos
horizontes para impulsar, reorientar y fortalecer el desarrollo, y ampliar las
fuentes de empleo, de producción y de ingreso?
Como decía
recientemente el economista argentino Eric Calcagno, “... frente al vaciamiento
de Aerolíneas (Argentinas) y VIASA, (venezolana), ¿por qué no pensar en una
línea aérea de varios países latinoamericanos?”; por qué no impulsar “... la
investigación científica en materia de biotecnología?. (Y) los ejemplos se
multiplican en cuanto se considere cualquier actividad.”[1][1]
Inclusive podría
pensarse en nuevas formas de cooperación financiera, tecnológica y
organizativa, y en que algunas grandes empresas latinoamericanas, sin perjuicio
de competir entre sí, se apoyaran unas a otras, para realizar conjuntamente
actividades importantes para el desarrollo regional.
A diferencia de lo
que acontecía, digamos hasta hace unos decenios, en que las pequeñas y medianas
empresas seguían siendo muy importantes, varias centenas de grandes grupos
empresariales son hoy, al menos en los principales países de nuestra región,
las mayores fuentes de capital, producción, ingreso e incluso empleo. Pero
aunque pesan cada vez más en nuestras economías, en general falta claridad
acerca del papel que deben jugar en la integración y el desarrollo, y tampoco
está clara la función del Estado y de la inversión pública. Todo ello debiera
precisarse cuanto antes, sin perjuicio de apoyar a las pequeñas y medianas
empresas de diversas maneras.
Al margen de lo que
podría hacerse en lo económico para llevar adelante la integración, acaso un
campo aún más prometedor es el propiamente cultural. De la cultura y su
importancia se habla a menudo, aun cuando casi siempre de manera retórica y
convencional. Nuestro patrimonio cultural es indudablemente rico, pero en
general se le desconoce y menosprecia, y bajo la influencia de la ideología
dominante muchos creen que lo que viene de otros países es siempre superior a
lo nuestro. Al respecto, sin caer desde luego en posiciones estrechas y menos aún chovinistas ni cerrar las puertas
a una comunicación e intercambio que nos son necesarios y pueden ser enriquecedores,
debiéramos recordar pasajes de nuestra historia que muestran que inclusive en
las condiciones más adversas logramos no pocas veces superar grandes obstáculos
y salir adelante. Debiéramos conocernos mejor a nosotros mismos, esto es lo que
somos y lo que nuestra identidad cultural tiene de común y de diverso y cómo
podríamos afirmarla. Y al pensar en la cultura debiéramos entender que no es
algo elitista y de salón, sino una expresión fundamental de nuestra vida
cotidiana, esto es de lo que hacemos para ganarnos la vida, de lo que pensamos
y de lo que quisiéramos ser y hacer.
Conocer mejor lo que
es hoy Latinoamérica tendría seguramente significación cultural. Nos permitiría
descubrir y redescubrir valores, principios, ideales, prácticas, costumbres,
limitaciones y modos de ser, cuya diversidad y rasgos comunes expresan la rica
cultura de nuestros pueblos. Y si conociéramos un poco de su historia, de su
literatura y concretamente su poesía, de su música y artes plásticas, de sus
artesanías populares, de su trabajo diario y qué hacen en su tiempo libre, no
sólo sabríamos más de los pueblos hermanos, sino que se multiplicarían las
posibilidades de hacer juntos muchas cosas, porque en numerosas actividades
podemos cooperar, conjugar esfuerzos y apoyarnos mutuamente. Y a la vez hacer
todo ello espontáneamente y en forma aislada sería difícil y aun imposible, de
ahí la importancia de una genuina política cultural latinoamericana y
latinoamericanista.
Aquí, sin embargo,
cabría subrayar que el nacionalismo cultural que hoy se requiere es uno que
rebase la visión burguesa tradicional, que no se identifique con la
preservación del orden social existente, que acepte y aun promueva una
transformación profunda, que incorpore a los pueblos indios y respete su
cultura y sus derechos, y entienda que lo nacional no debe aislar a nuestros
pueblos de sus hermanos sino acercarlos a ellos y hacer que todos comprendan la
necesidad de unirse.
Aun si la
integración se limita a crear zonas de libre comercio entre dos o más países,
es preciso suscribir ciertos acuerdos internacionales. Y si se la concibe como
un proceso de mucho mayor alcance y profundidad, entonces resultaría necesario
realizar reformas jurídicas y políticas, que rebasan lo que hasta aquí se ha
hecho.
Por ejemplo, si como
ha ocurrido con la Unión Europea, pensáramos en nuestra región en crear una
Comunidad Latinoamericana de Naciones, es decir una especie de confederación en
la que, teniendo cada país su propia Constitución, sus órganos de gobierno y el
derecho de elegir su forma de organización social y política, fuera a la vez
parte integrante de esa Comunidad, actividades que hoy se realizan aisladamente
por cada país, serían probablemente acciones conjuntas, y todo ello traería
consigo importantes modificaciones en el régimen jurídico y político, y tanto en
materia de Derecho Constitucional como Internacional.
Algunos podrían
pensar que tales modificaciones serían lesivas a la soberanía nacional, mas lo
cierto es más bien lo contrario. Hoy, bajo la llamada globalización y las
políticas neoliberales, las condiciones que imponen las grandes potencias a los
demás países, y las exigencias de los poderosos organismos financieros
internacionales, y desde hace poco tiempo de la recién creada Organización
Mundial del Comercio, son con frecuencia restrictivas y limitantes. Lo son
porque se imponen desde afuera y en realidad por la fuerza, sin la
participación real de los países que a la postre resultan dañados por ellas. En
una genuina integración latinoamericana y caribeña las cosas serían muy
diferentes y aun opuestas, porque cada nación decidiría, en ejercicio de
soberanía, lo que acepta hacer con las demás. Para entender lo que ello
significa, sería preciso tener presente que en el mundo de nuestros días los
países económicamente subdesarrollados, débiles, pobres y cada vez más
dependientes encuentran muy difícil ejercer su soberanía si proceden en forma
aislada. En cambio, actuando conjuntamente con otros seguramente tendrían mayor
capacidad de negociación, una mejor inserción en la economía mundial y la
posibilidad de reorientar y fortalecer su desarrollo independiente, en
respuesta a los intereses de sus pueblos.
Todo ello deja ver
con claridad que los principales problemas por resolver son propiamente
políticos, y el más importante de ellos es si persistimos en el propósito de
ser países soberanos e independientes, o si, ganados por quienes creen que la
independencia es ya imposible, aceptamos que otros, y en particular los Estados
Unidos decidan nuestro destino. En el fondo ello es lo que hoy se debate en
torno a la integración latinoamericana y el proyecto norteamericano de un Area
de Libre Comercio para las Américas (ALCA).
Si se opta por el
primer camino tendría que reconocerse que hay mucho por hacer. Entre otras
cosas: fortalecer el Grupo de Río; ampliar y enriquecer los diversos esquemas
subregionales de integración, avanzar hacia la integración política
latinoamericana y caribeña; y comprender que al margen de los avances que
logren tales esquemas y proyectos, la acción conjunta y la estrecha cooperación
de Brasil, México y Argentina es fundamental.
Quienes creen que la
subordinación a Estados Unidos en el marco del ALCA es lo único posible,
expresan a menudo que esfuerzos regionales como el Plan Puebla Panamá y otros
similares son pasos importantes, no hacia la integración latinoamericana, sino
hacia la formación de una zona de libre comercio hemisférica, dominada por
Estados Unidos.
Esto, nada menos, es
lo que está en juego. Y en mi opinión no sólo no es el ALCA lo que resolverá
los más graves problemas, sino que si nos limitamos a oponernos a esa política
monroista norteamericana, no tendremos éxito.
El tiempo apremia.
No es hora de cruzarnos de brazos y esperar. Sobre todo de aquí a diciembre de
2005, o sea la fecha prevista para la implantación del ALCA, impulsemos nuestra
verdadera integración regional; demostremos en la practica que ésta puede hacer
lo que el ALCA no hará, y asignemos a esa integración la más alta prioridad. Y,
cuando hayamos logrado integrarnos políticamente, invitemos a Estados Unidos, a
la Unión Europea, a Japón y los países más industrializados de Asía oriental, a
establecer nuevas y más equitativas relaciones que convengan a todos y
contribuyan a crear un mejor y menos injusto orden mundial.
Una genuina
integración latinoamericana y caribeña es hoy condición de nuestro desarrollo.
Y aunque tal integración es todo menos fácil, por fortuna tampoco es imposible.
Pero a fin de lograr una y otro es preciso llevar adelante la transformación
social. Bajo el desigual e injusto capitalismo que padecemos no podremos
liberarnos. Para avanzar será preciso realizar cambios profundos, reformas
realmente estructurales, y no los conservadores ajustes palaciegos que el FMI y
el Banco Mundial intentan hacer pasar como reformas profundas, y que en realidad
son pequeños cambios para que todo siga igual. Afortunadamente es falso que lo
único viable en nuestros días es la injusticia, la desigualdad, la pobreza de
millones de seres humanos, la corrupción, la inseguridad y el crimen
organizado. Inclusive mucho de lo que hasta aquí fue imposible, empieza a ser
posible.
Y otra cuestión que
conviene tener presente desde ahora, es que la integración no se hará de arriba
abajo, burocráticamente y sólo por los gobiernos. La gente tiene en ella un
papel fundamental, hombres y mujeres, jóvenes y viejos; los ciudadanos todos
tienen que comprender que el esfuerzo para unirse es una lucha, y que, como en
otros procesos y decisiones importantes, ellos tienen que participar y hacerse
oír. Lo que en otras palabras significa que la causa de nuestra unidad se
vincula estrechamente no solo a la lucha por la independencia nacional sino
también por la democracia y por asegurar una vida digna para todos.
* Impulsemos la Integración y la Unidad
de Nuestros Pueblos, AUNA México.
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