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Cuestiones de América

N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004

 

En búsqueda de la utopía latinoamericana

Graciela Figueroa *

 

Jorge Luis Borges se preguntaba: “¿quién mueve la mano detrás de la mano de Dios?, ¿qué trama empieza?”. El encanto está en la festividad de las letras por expresar no sólo cultura o política, sino por mantener viva la esperanza y el deseo de planear construir un futuro... ¿Dijimos futuro? Bueno, esperamos que no nos haya escuchado Enrique Iglesias; él sabe bien que antes que naciéramos, teníamos ya compradas, vendidas, revendidas y recompradas nuestras almas por y para Washington.

¿Cuántas monedas vale el mundo, cuánta hambruna se ha de padecer, cuántas boletas falsas y no computadas tendrá que soportar la prostituida democracia? Alguien dijo que Aristóteles fue tajante con la noción de esclavitud para justificar su tiempo, hoy codificamos el discurso y hablamos de “libertad de empresa”, de “marketing político”, de “democracia” y “sociedad civil” para justificar el nuestro. Pero lo único cierto y tangible es que las economías latinoamericanas tienen de 80 a 100 millones de personas que viven en la pobreza extrema. Según datos recientes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), somos 224 millones de pobres “a secas”, de un total de 500 millones de habitantes en toda la región.

Recientemente el director del BID, Enrique Iglesias, dijo que “somos, desgraciadamente, la región más desigual del planeta, donde 10 por ciento de la población más acomodada maneja el 40% del ingreso, mientras... el 30%... más pobre tiene sólo el 7.5% del ingreso”; la frase es justa sólo en lo general.

Inmersos en la vorágine canibalista del desarrollo tecnológico y la apertura de mercados para captar inversiones extranjeras, los países latinoamericanos se han visto obligados a reestructurar sus economías para alcanzar el grado de “sustentabilidad” que piden los organismos de crédito internacional para apoyar “su desarrollo”.

En la Cumbre del Grupo de Río, reunida en Chile, los mandatarios de América Latina y el Caribe acordaron unirse y levantar una sola voz contra los problemas de la globalización y rechazar “las recetas” que nos imponen los organismos crediticios para soliviantar la crisis económica a la que cíclicamente exponemos.

Como dijera el propio presidente chileno, Ricardo Lagos, “hemos aprendido que no queremos que se nos impongan recetas simplistas, mezquinas, amargas, con un tremendo costo social. Hemos demostrado que cuando hay que hacer cosas que implican un costo social las hacemos”.

No importa que las protestas sociales se sucedan desde México hasta la Argentina, que los jóvenes no cuenten con oportunidades de empleo, que el analfabetismo, en algunos países como Guatemala alcance al 40% de su población, ni que el crecimiento de la región en su conjunto no rebase el 2% de su PIB, porque, eso sí, para participar de los beneficios de la globalización es necesario “el sacrificio de las sociedades y políticas sistemáticas”, aunque el beneficio sólo llegue a unos cuantos y el sacrificio a la mayoría de la población.

Por el contrario, para los líderes latinoamericanos, el bienestar de nuestros países no depende de una reforma general a sus políticas económicas, sino de que América Latina logre revertir su inadecuada preparación para entrar a la Nueva Economía o Sociedad de la Información.

Como ellos señalaran: “Es necesario crear nuevas ventajas competitivas, mediante “la incorporación de nuevos conocimientos e innovaciones a la producción de bienes y servicios, formar una fuerza de trabajo de calidad mundial y estimular la emergencia de nuevos sectores intensivos en tecnologías digitales”.

En ese contexto, en donde los últimos avances tecnológicos se convierten en la panacea del desarrollo, la especialización y capacitación se transforman en las frases del día, que no dejan cabida a aquellos que no cumplen con estos requisitos, excepto para incrementar el stock de mano de obra barata para las grandes transnacionales.

La migración se convierte en una de las más viables consecuencias de este esquema de desarrollo en Latinoamérica, siendo las áreas rurales las más afectadas, por su bajo grado de estudios y preparación.

Nuestra dependencia económica y tecnológica del extranjero ha dado origen a una concentración del capital y la tecnología en unas cuantas ciudades, que se convierten en polos de atracción para los migrantes.

Esto junto a los bajos niveles de industrialización ha traído como consecuencia las altas tasas de desempleo y subempleo en la región, obligado a los trabajadores migrantes a aceptar míseras condiciones de trabajo y de vida así como la constante violación de sus derechos humanos.

La juventud latinoamericana se enfrenta a la constante presión de buscar una oportunidad de mejorar su vida, como lo demuestra la encuesta sobre migración en la frontera norte de México, que señala que más de la mitad de los entrevistados con intención de cruzar la frontera son jóvenes menores de 25 años.

Hoy en día, los jóvenes tenemos que soportar el discurso de quienes nos prometen un presente universal y globalizado donde el futuro ya no es importante, sobre todo porque hemos llegado –según ellos– al punto máximo de desarrollo de la sociedad humana, donde la historia termina; nos niegan la memoria ya que el pasado sólo es importante en cuanto da razón de ser al sistema social actual. Así pues, nos niegan la memoria y la utopía.

En este panorama, los jóvenes tenemos que reconsiderar a la utopía como parte de nuestros proyectos en un sistema económico, político y social en que la historia se reduce al presente. Nuestra cultura, nuestro pensamiento, la formación de nuestros pueblos y nuestro futuro son reducidos a lugares que no existieron y que tampoco existirán.

Utopía significa lugar que no es o que no existe. Si la utopía es un lugar que no existe en el presente, y si la historia es una proyección del pasado en el presente donde el futuro se constituye de manera constante, entonces la utopía es un lugar que puede ser en el futuro.

La utopía de una América Latina unida ha sido una proyección en nuestro pasado histórico. En la época de las luchas de independencia se trataba de unirse en la búsqueda de la libertad económica y política; un siglo después empiezan las luchas por la libertad social. Revolución y evolución. Tenemos una historia de enfrentamientos en búsqueda de esa libertad pero aún hace falta construir la utopía más allá del enfrentamiento, es decir, un proyecto de liberación que rebase los aspectos económicos y políticos, y llegue hasta los cimientos de la sociedad.

Como colectivo nuestra propuesta de acción juvenil en torno a la unidad latinoamericana es la siguiente:

Si consideramos que la mayor parte de los esfuerzos para unir a América Latina toman a los jóvenes como un segmento de los planes que llevan a cabo las instituciones, y no como un proyecto propio de la juventud a futuro, las organizaciones juveniles deben, pues, convertirse en un acto determinante en el desarrollo del presente y en cuanto a la unidad latinoamericana, debemos considerar si ésta es posible y en qué ámbitos.

La unidad latinoamericana debe ser el gran objetivo que debemos alcanzar con base a objetivos y acciones más concretas, alcanzables y evaluables. Es indispensable que a partir de hoy toda acción, ya sea individual o grupal, sea hecha de manera concertada asumiendo un grado de compromiso.

Nuestra propuesta se concentra en tres puntos:

La creación de una red de comunicación entre las organizaciones y los individuos que asisten a este foro.

La realización de una agenda que tenga como primer punto la organización de un encuentro más amplio y con ejes temáticos concretos.

La formación de un órgano juvenil independiente que trabaje por la unidad latinoamericana, que sea congruente en su base y su acción, siendo fuente de un trabajo serio y fundamentado en el presente, que logre la viabilidad de nuestro proyecto a futuro.

* Los Jóvenes en la Lucha por la Unidad de América Latina y el Caribe, AUNA México.

 

 

 

 

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* Ponencia del Colectivo América Perdida.