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Cuestiones de América

N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004

 

Los jóvenes latinoamericanos en tiempos de la globalidad y la globalifobia

Jéssica Cascante *

 

Soy de esos jóvenes con vocación latinoamericana, convencida del valor que tienen un proyecto de unidad y la riqueza del crisol que forman nuestras singularidades.

Al lado de los esfuerzos por acercar, integrar, unir y consolidar a nuestra región, a través de mecanismos políticos, económicos, sociales, ideológicos y culturales, los pueblos latinoamericanos han sido testigos de la fuga de los ideales de unidad e integración del subcontinente. Podemos hablar de proyectos que van desde el sueño bolivariano, la Conferencia de Naciones Americanas, la fracasada Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC, 1960) y otros muchos proyectos –de todos los tintes–  que han quedado en los confines del olvido; y al mismo tiempo –desde una visión más optimista de las cosas– hablar de la puesta en marcha de esquemas de integración, acuerdos de libre comercio y proyectos variados de alcance latinoamericano.

Para algunos analistas, luego de haber experimentado retrocesos y crisis, el proceso de integración latinoamericana ha recorrido durante la última década un camino dinámico de interacciones más estrechas en los ámbitos político, económico, social y cultural. Sin embargo, la constante ha sido el incremento del intercambio comercial, el crecimiento de las inversiones y un mayor diálogo entre los gobiernos de la región, que no siempre se ha traducido en la consolidación de un espacio público solidario que derive en resultados concretos sobre el desarrollo de los pueblos.

Entre los esfuerzos económicos regionales y subregionales puede aludirse el Mercado Común del Sur (1991), la Comunidad Andina, el Grupo de los Tres, el CARICOM, el Mercado Común Centroamericano, entre otros. Empero, todos ellos tienen el rasgo común de ser búsquedas integracionistas con un enfoque predominante comercial, cuyas limitaciones, como instrumentos para lograr un desarrollo integral, se han hecho evidentes. Basta citar el Plan Puebla Panamá.

El privilegio de la integración económica y comercial cumple con una de las condiciones necesarias del desarrollo, pero dista mucho de ser suficiente para modificar las estructuras y relaciones de inequidad, marginación, desigualdad y asimetría que privan en los países latinoamericanos; región del mundo con la mayor desigualdad en la distribución de la riqueza.

Sin embargo, existen otras dimensiones indispensables que deben ser analizadas para poder discutir en este nuevo siglo los desafíos que enfrenta nuestra región, en aras de lograr una unidad e integración que le permita mirarse con la conciencia de que al interior de los mercados priva la justicia social, las oportunidades, la solidaridad y el aprecio sobre el valor de esa singularidad común que nos caracteriza.

Podemos partir de la existencia de un espacio cultural, histórico y de pertenencia en el que coexisten alrededor de 500 millones de personas; un espacio que nos plantea permanentemente la pregunta sobre la necesidad y viabilidad de su integración. Como ha señalado Néstor García Canclini, las nociones de cultura e identidad son buenas coordenadas de partida para reflexionar sobre el lugar de América Latina en la era de la globalidad, pues la cultura representa una constelación de procesos de producción, circulación y consumo de las significaciones de la vida social y una dimensión central para definir el futuro de nuestros países.

El autor señala que pese a que existen varios enfoques y narrativas en conflicto respecto a la identidad; los antropólogos, sociólogos, historiadores y otros estudiosos reconocen la importancia de los procesos de identificación sociocultural en la construcción de etnias, naciones y otras comunidades. Estos modos de agrupación cohesionan conjuntos sociales y alcanzan cierta fuerza política. García Canclini subraya además que las identidades no tienen consistencia fuera de las construcciones históricas donde fueron inventadas y que la mayor parte de los componentes que suelen utilizarse para definir las identidades, oscilan entre determinaciones histórico-culturales, biológicas y convicciones subjetivas inasibles.

Respecto a la identidad latinoamericana, podemos hablar de diversos enfoques y narrativas identitarias, algunos contradictorios entre sí, incluso dentro de las generadas por los propios latinoamericanos. Pero la identidad se define y redefine; se enriquece y sedimenta a partir del modo en el que nos miramos y del que nos miran los otros.

Una de las narrativas que tomo como base para exponer mi convicción de que los jóvenes latinoamericanos tienen un papel decisivo que jugar en los años venideros para lograr la unidad de nuestros países –basada en una definición enriquecida de la identidad– es aquella que se refiere a la inconmensurabilidad de las identidades anglosajona y latina o latinoamericana. Si bien no se trata de oponer una dicotomía de civilización y barbarie, de desarrollo y subdesarrollo o de dominio sobre dependencia, es clara la necesidad de identificar lo que nos hace distintos en historia, cultura, horizontes de desarrollo e identidad, frente al resto del mundo.

Los proceso globales en curso, hoy tan en boga, exigen conocer mejor a los otros, a partir de nuestro propio reconocimiento, para indagar la forma en que nuestra riqueza y diferencia pueden convivir.

Pese a que reconozco lo artificial que puede resultar unificar un perfil identitario entre entidades diversas como la mesoamericana, la caribeña, la andina, la brasileña o la mexicana, podemos afirmar que en América Latina tenemos una historia común, enriquecida con elementos afines que permiten hablar de un espacio cultural latinoamericano en el que coexisten múltiples identidades, cada una de las cuales designa parcialidades y singularidades que se entremezclan en un abigarrado, pero común denominador.

En este espacio cultural latinoamericano ocurren intercambios de personas, bienes, mensajes, producciones, capitales, alianzas, disputas y confrontaciones; y en ese mismo espacio es indispensable hacer cada vez más clara la necesidad de aprender a colaborar en un espacio público y solidario que esté diseñado y perfeccionado en función de los intereses colectivos y multiculturales con los que América Latina transita en las aguas de la globalidad.

Sobre estas bases, y tomando nota de realidades palpables durante las dos últimas décadas, como el significativo crecimiento de la pobreza, la polarización social, la desigualdad en la distribución del ingreso y las oportunidades; la heterogeneidad productiva, la deuda externa y las desigualdades entre regiones, al interior de los países y entre ellos, podemos afirmar que es necesario replantear las bases sobre las que las sociedades en su conjunto han de avanzar en la consolidación de la unidad latinoamericana, cuyo móvil principal ha de ser la justicia y una mayor equidad.

¿Qué papel tienen los jóvenes? Empiezo por señalar acerca de la disyuntiva planteada entre globalifilia o globalofobia, no considero que sean opciones sobre las que debamos vislumbrar el horizonte de los jóvenes latinoamericanos y del mundo frente al nuevo siglo. Considero que si bien podemos analizar y entender las causas y motivaciones del llamado “movimiento globalifóbico”, cuyas manifestaciones vemos –con distintos acentos– en casi todos los rincones del planeta (léase Seattle, Praga, Porto Alegre, Cancún, Génova, etc.), el desafío no consiste en pronunciarse a favor o en contra ni de la llamada globalifobia, ni de la globalización a ultranza.

La globalidad está en la palestra y se le puede analizar desde la perspectiva y los enfoques de las ciencias sociales, las exactas, o los enfoques interdisciplinarios u holísticos. Éstos deben en todo caso servir, no para sentenciar o glorificar, sino para –desde una posición objetiva y crítica– entender las transformaciones, los desafíos y las oportunidades con las que cuenta una región como América Latina para lograr el objetivo del desarrollo en solidaridad.

Cada una de las múltiples entidades constituyen patente de un paradigma que en algún momento se ha supuesto el adecuado. Cada uno alude a alguno de los componentes del caleidoscopio posmoderno de nuestra región, y podemos decir –evitando caer en el eclecticismo tibio y acrítico– que cada uno de ellos es necesario para entender y conformar el proyecto de una América Latina integrada, no sólo en lo económico, sino en lo político, social y cultural. Elementos respecto a los que es necesario desentrañar particularidades, riquezas y posibilidades, en aras de construir una Comunidad Latinoamericana de Naciones.

Y en este proyecto los jóvenes tenemos un compromiso decisivo pues no sólo somos la generación que conducirá los destinos de nuestros países en los próximos años, sino que sobre nosotros recae el compromiso –desde todas y cada una de las arenas de lucha– de hacer real un espacio de convivencia en el que coexistan nuestra diversidad creativa con la solidaridad necesaria para hacer del objetivo del desarrollo, la estrella polar de nuestro andar.

América Latina necesita una juventud que asuma el compromiso de desarrollar nuevas estructuras políticas, económicas, sociales, educativas, artísticas y culturales, y concientizar a las nuevas generaciones sobre nuevas bases de convivencia y valoración de las identidades y la cultura que nos unen y que son fuente de nuestra fortaleza y desarrollo en el mundo.

* Los Jóvenes en la Lucha por la Unidad de América Latina y el Caribe, AUNA México.

 

 

 

 

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