N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
Obstáculos y Retos para el
Empresario Latinoamericano
Bernardo Olmedo Carranza *
Introducción
El crecimiento industrial registrado hasta los años
setenta en América Latina estuvo determinado particularmente por el papel
desempeñado fundamentalmente por Argentina,
Brasil y México. El modelo de sustitución de importaciones que sirvió de base
pretendió la protección de la naciente industria nacional aislando al productor
nacional del exterior argumentando que se traduciría en amplios beneficios
sociales. La intervención selectiva del Estado en ramas y sectores de la
economía trajo consigo dos problemas fundamentales: por un lado, la añeja
asimetría respecto de las economías más industrializadas indicaba que el
proceso de industrialización se haría al margen de la evolución tecnológica del
mundo y, por otro lado, el amplio apoyo del Estado a ciertos sectores
representantes de intereses particulares tuvo como efecto el surgimiento de una
industria deformada, altamente protegida, ineficiente, incapaz de enfrentar los
retos del exterior y con resultados extremadamente limitados al momento de la
apertura. El sector de la micro, pequeña y mediana industria lo resintió
particularmente, al grado que la empresa latinoamericana presenta actualmente
rasgos y características genéricos.
Lo
que aquí presentaremos será un acercamiento al perfil de la micro, pequeña y
mediana empresa en América Latina, que
se ajusta perfectamente al caso de México y que de alguna manera son elementos
que representan obstáculos y retos para el empresario latinoamericano.
Centraremos nuestra exposición en tres partes: 1) diagnóstico de la empresa
latinoamericana, b) ventajas y debilidades de la empresa en América Latina, y
3) necesidad de redefinir prioridades y reconceptualizar el proceso de industrialización
y las políticas sectoriales.
1. La política de industrialización en la región se distingue por
una escasa incorporación tecnológica, dándose una disociación respecto de las
potencialidades de desarrollo creativo al detectarse denodados esfuerzos por
imitar aquello para lo cual no se tiene capacidad real. De esta manera, ello se
traduce en una política de industrialización con un carácter defensivo,
errático, limitado y distorsionado, dificultando las posibilidades de una participación
más sana en el mercado externo.
El
Sistema Económico Latinoamericano (SELA) ha hecho una caracterización de los
procesos de industrialización en América Latina, definiéndolos como procesos
que «han carecido siempre de un dinamismo tecnológico endógeno de amplia
cobertura social y económica que fuese capaz de sustentar el crecimiento, a
diferencia de lo que ocurre en los países desarrollados [y que en su momento ha
ido ocurriendo de alguna manera en las economías emergentes del sur y sureste
asiático] que son fuente de un flujo permanente de innovaciones endógenas
articuladas socialmente.» [1]
Este
organismo ha realizado un diagnóstico global de la industria latinoamericana
que podría resumirse en los siguientes puntos y en sus principales problemas estructurales
presenta
-
un alto grado de dependencia de insumos, maquinarias y tecnología importada;
-
una desarticulación inter e intra sectorial que no permite al sector industrial
relacionarse de manera adecuada con los demás sectores de la economía. Los
eslabonamientos al interior del mismo sector industrial son débiles, pero lo
que resulta más impactante es que esta desarticulación económica sostiene y se
apoya a su vez en una desarticulación social e institucional;
-
una centralización geográfica de la industria que no permite un desarrollo más
armónico a nivel nacional, así como a nivel regional y local;
- una escasa absorción de mano de obra por parte del sector
industrial, ocasionando déficits nacionales en la generación de empleos
productivos, estimulantes y bien remunerados, pues los otros sectores de la
economía presentan limitantes físicas;
-
incapacidad para satisfacer las necesidades esenciales de las mayorías
nacionales pues la producción industrial se ha centrado en la demanda de los estratos
de ingresos medios y altos como resultado de una desigual distribución del
ingreso y un efecto derivado de la imitación de patrones de consumo similares a
los de países desarrollados;
- concentración de la propiedad y de la producción que provoca situaciones
de control monopólico y oligopólico en el mercado, «alienta ineficiencias y
privilegios, dando lugar a la llamada `economía mercantilista’. Esto a su vez
favorece la importación de tecnologías inapropiadas y concentra la distribución
del ingreso»;
-
escasa valoración social y precario liderazgo del empresariado nacional, que
trae como consecuencia extremar las dificultades para eficientar los procesos
de concertación de políticas sectoriales.[2]
A
partir de los resultados económicos obtenidos en la década de los ochenta, la
mayoría de los países del área decidieron reorientar su política económica
hacia la apertura de los mercados en contraste con los mercados cautivos
prevalecientes hasta entonces. Ello trajo consecuencias que derivaron en
desajustes cuyos efectos en el corto plazo se expresaron en bajos niveles de
competitividad de las mercancías nacionales respecto de las extranjeras, así
como en un «sesgo desindustrializador» provocado por la importación masiva de
mercancías, generando un creciente déficit en la cuenta comercial en la región.[3]
De
esta manera, América Latina se embarcó en un proceso de liberalización
generalizada de aranceles en momentos en que se presentaba un reacomodo
sumamente complejo en las relaciones económicas internacionales, lo que se ha
utilizado para afirmar que como región, América Latina «asumió ingenuamente el
proceso en base a las siguientes razones:
-
«Sacrificó unilateralmente los aranceles como arma de negociación económica.
-
«No identificó claramente la práctica comercial de los países industrializados,
por lo que creyó que ésta debía ser el reflejo de sus postulados de libre
comercio.
-
«No preparó su infraestructura institucional para acometer la apertura
económica.
-
«No consolidó procesos de negociación y concertación sector público-sector
privado para direccionar los nuevos proyectos económicos.»[4]
2. La empresa latinoamericana, particularmente la
pequeña y la mediana, presenta rasgos y características genéricos similares en
prácticamente toda la región, y su inserción en el mercado mundial en un
ambiente de globalización, dados los antecedentes del modelo «hacia adentro»
llevado a cabo previamente y la crisis de los años ochenta y noventa en América
Latina, le significa encontrarse con serios problemas estructurales y en una
situación de desventaja frente a las empresas de los países desarrollados y de
las economías emergentes de mayor éxito, agravado por la forma «ingenua» en que
la región asumió el proceso de liberalización. Pasaremos ahora a tratar las
características genéricas, ventajas y debilidades del sector de la micro,
pequeña y mediana empresa latinoamericana, así como la necesidad de redefinir
el proceso de industrialización en la región e ir generando e impulsando
cambios en el contexto político y económico latinoamericano en beneficio de
este sector empresarial, en el marco de la integración y la cooperación
latinoamericana.
La
importancia del sector de la micro, pequeña y mediana empresa en el desarrollo
industrial latinoamericano se expresa en el hecho de que en el subcontinente
existen unas 50 millones de empresas de este tipo que generan alrededor de 150
millones de empleos. [5] Este sector podría caracterizarse
de la siguiente manera: [6]
-
constituye un instrumento fundamental de política para la creación de empleo,
dado que poseen una mayor capacidad de adaptación a la disponibilidad de
recursos en los países subdesarrollados pues requieren menos capital y divisas,
lo que resulta importante en un ambiente de restricción de estos elementos;
- este sector industrial empresarial presenta características que le
permiten ser más adaptable a los procesos de desconcentración y de desarrollo,
particularmente rural, más eficiente para servir a mercados pequeños, de amplia
flexibilidad para usar los recursos naturales locales, requiriendo poca
infraestructura y pudiendo constituir un vehículo de importancia para detonar
la industrialización rural, reducir las desigualdades del desarrollo regional,
reducir la gran urbanización y la metropolización;
-
son una forma de democratización de la propiedad de los medios de producción,
contribuyendo al desarrollo de un sistema empresarial menos excluyente;
-
es una forma de asistencia a la población de menores ingresos;
-
sea formal o informal, es un sector dinámico de alta capacidad empresarial que
en muchos países de la región se ve reprimido por los controles estatales y sus
«pretensiones regulacionistas» excesivas.
Como
contraste de las virtudes y fortalezas de este sector empresarial industrial,
el SELA señala igualmente sus debilidades que, en su momento, se convierten en
limitantes del posible impacto positivo que pudieran ofrecer.[7] Entre ellas se tendrían las
siguientes:
-
una cultura empresarial particular que le impide u obstaculiza su incorporación
a los procesos de modernización y a los cambios tecnológicos; ello se expresa
en una administración desarticulada en lo que se refiere a organización y
sistemas y en una exacerbación del individualismo;
-
sobrediversificación productiva y escasa especialización;
-
se limita a cubrir segmentos del mercado interno que no son atendidos por las
grandes empresas;
-
respecto del mercado externo, no
muestran una estrategia consistente para el desarrollo de mercancías de
exportación;
-
poca capacidad de autofinanciamiento e insuficiencia de garantías para tener
acceso al financiamiento «externo» a la empresa, sea nacional y menos aún
extranjero;
-
altos costos de producción por la inflexibilidad en los equipos y procesos
productivos;
-
mano de obra poco calificada y poco comprometida con los objetivos de la
empresa;
-
equipo e instrumentos de trabajo obsoletos;
-
dependencia de insumos importados.
3.
Para definir nuevas estrategias de industrialización hay que partir de los
diagnósticos del sector empresarial industrial en el contexto actual, de la
identificación de sus necesidades y de sus obstáculos, lo que permitirá
conducirse hacia a una redefinición de urgencias y prioridades y
reconceptualizarse como proceso a fin de diseñar e instrumentar, en términos de
objetivos de mediano y largo plazo y de metas concretas, las políticas
sectoriales -industrial, de ciencia y
tecnología, de educación, de capacitación, etcétera- que se requieren para
llevar a cabo el proceso de industrialización.
Respecto
de la conceptualización y diseño de una política industrial vinculada a una
estrategia de industrialización orientada hacia el sector externo en países
como los de la región latinoamericana,
se requiere considerar las características y particularidades del sector
empresarial objeto de nuestra reflexión, lo que no significa que deba
constituirse específicamente para ese sector sino para todos los agentes y
unidades económicos que, aunque ciertamente con un sentido diferenciador en
función de su tamaño, magnitud y sentido, forman el entramado industrial
nacional. Una cuestión ineludible que debe ser considerada en la
conceptualización y diseño de las políticas industriales nacionales se refiere
a las particularidades de su entorno institucional, del ambiente cultural y de
tradiciones y de otras especificidades aún difíciles de medir y/o cuantificar.
Ello resulta importante pues aunque existe la
necesidad cuasi ineludible de orientar el proceso de industrialización hacia el
sector externo, no hay que perder de vista lo sustancial: el desarrollo
interno. Esto es cierto al considerar que las particularidades de nuestra
sociedad y economía no permiten trasladar o imitar de manera automática
estrategias, políticas o instrumentos aplicados en otro tipo de sociedades y
economías, particularmente las desarrolladas.
La
reflexión anterior deriva de la experiencia que en materia de política
industrial han seguido las economías desarrolladas, donde se ha seguido un
modelo más bien pragmático para fortalecer la competitividad de sus economías
nacionales.
Como
factor paralelo de la política industrial, la conceptualización y diseño de una
política de ciencia y tecnología para lograr un avance tecnológico es
determinante, lo mismo que para el caso de las políticas de educación y de
capacitación, elementos imprescindibles en cualquier estrategia de desarrollo
industrial.
El
modelo seguido por la mayoría de las economías desarrolladas y emergentes
exitosas supone la existencia de un sector industrial activo como base para la
promoción de las exportaciones. En nuestro caso debe suceder lo mismo y los
procesos productivos deben combinar satisfactoriamente el recurso humano, la
creatividad, los recursos naturales y el capital. Para ello, la formulación de
políticas que inciden en el proceso debe armonizar con la selección de
instrumentos y estrategias de acción.[8]
Para
ilustrar la enorme competencia a que nos enfrentamos, baste señalar que en el
mercado mundial se realizan operaciones comerciales anuales del orden de los
cuatro billones de dólares, de ellos el 50 por ciento es concentrado por
empresas trasnacionales y alrededor del 80 por ciento es comercio administrado
(previamente negociado). Europa responde por el 40 por ciento de este comercio,
Asia del 35 por ciento, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN) del 17 por ciento y América del Sur por únicamente el 2.5 por ciento.[9]
Ahora
bien, repensando la posibilidad de un incremento de los intercambios
comerciales en la región, las expectativas y las oportunidades pudieran derivar
no sólo en una mayor presencia de América Latina en el mundo sino, aún más, en
un incremento verdaderamente significativo de las relaciones comerciales al
interior de la región en función de los acuerdos comerciales, las políticas de
cooperación y demás instrumentos de política económica que se tienen y que se
pudieran acordar a nivel del subcontinente, remodelando y ofreciendo así una
nueva cara de la empresa latinoamericana, lo que haría inaplazable no sólo una
nueva estrategia de industrialización y una reestructuración de la industria en
América Latina sino, de igual manera, nuevas formas de cooperación de las
empresas al interior de sus países, dentro de la región latinoamericana y aún
con las de otros países del mundo. Y para ello se requiere también de la
participación activa de los empresarios.
Para
llevar a cabo cualquier cambio en el estado de cosas existente es pertinente
contar con diagnósticos generales cada vez más precisos y puntuales. No
obstante, cualquier recomendación emanada de los diagnósticos y de las
experiencias se verá limitada por las condiciones económicas y políticas
particulares de cada país, pues los modelos económicos no han respondido a las
necesidades sociales y porque esos modelos han atentado además contra la supervivencia
del sector de la micro, pequeña y mediana empresa como ha sucedido en México
donde se cuenta con un entorno de dificultades: la banca cuenta con recursos
pero no presta, se destinan más recursos sociales infinitamente más cuantiosos
a salvar a la banca privada que lo que
se destina a educación y a ciencia y tecnología, y en general al gasto social;
la burocracia oficial y en ocasiones hasta la privada parecen tener como
consigna el entorpecer el desarrollo de la empresa; la corrupción se presenta hoy
como signo cultural de nuestro tiempo;
el avance democrático se ha visto fuertemente obstaculizado y lo
avanzado ha sido más por los esfuerzos de la sociedad civil que del gobierno
mismo; los intereses nacionales se han visto supeditados a intereses extranacionales;
no se han sentado las bases para un desarrollo industrial de largo plazo con
características diferentes, etcétera.
En
un entorno así las iniciativas por desarrollar y consolidar un sector pequeño y
mediano empresarial moderno y competitivo a nivel nacional y latinoamericano se
verán fuertemente reducidas a meros enunciados discursivos, de escaso o nulo
impacto.
Digamos
que habría que cumplir otras condiciones. Y para ello se requiere, antes que
nada, que el proceso de industrialización se finque sobre otras bases, que el
sector educativo se vea fuertemente apoyado para formar recursos humanos de una
calidad cada vez mejor, que de igual manera el sector científico se vea
premiado y no castigado, que se sienten, en suma, las bases materiales y
sociales para un desarrollo productivo sostenido de largo alcance que permita
prepararnos mejor internamente y estar en capacidad de competir con
posibilidades reales en el mercado mundial y en nuestro propio mercado interno.
Por
ello, no deben perderse de vista las limitaciones estructurales que
caracterizan a nuestro país y a nuestros empresarios, y tratar de que el
empresariado nacional sea un interlocutor que genere influencias e impactos de
mayor trascendencia en los tomadores de decisiones. En este sentido los
empresarios deben asumirse como actores y protagonistas e incidir en el diseño
de las políticas públicas que les atañen, y aquí no me refiero al papel que han
jugado históricamente las cámaras empresariales sino a aquel que deberán jugar
de hoy en adelante. Ya en el último programa de política industrial del
feneciente sexenio gubernamental se consideraba a los empresarios como actores
que debían actuar en este sentido. Sin embargo, sus estructuras de
representación no se han democratizado como para expresar las inquietudes
reales e incidir en la toma de decisiones al momento de diseñar las
estrategias, las políticas y los instrumentos de política, tanto a nivel
nacional como regional y local.
Si
esto se lograra no sólo en México sino a nivel del subcontinente, entonces la
posibilidad de generar un proceso de integración regional se vería fuertemente
respaldada, mediante la promoción de la integración y complementación de
procesos de producción, de alianzas y cooperación entre unidades económicas de
diversos países, de coinversiones, por mencionar algunas posibilidades de
integración.
El
próximo gobierno en nuestro país tendrá como presidente a un empresario. Las
expectativas son muchas y diversas, pero quizás exista por parte de la próxima
administración gubernamental una percepción diferente acerca del sector
empresarial, de su importancia para la economía nacional y del innegable papel
social que debe jugar.
* El Papel del
Empresario Mexicano en la Integración de América Latina y el Caribe, AUNA México.
Página Vigente de
América Semanal...
* Investigador Titular del Instituto de
Investigaciones Económicas y profesor definitivo de la División Sistema de
Universidad Abierta de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.
E-mail: bolmedo@ servidor.unam.mx
[1]
Sistema
Económico Latinoamericano (SELA), “El
desarrollo de la pequeña y mediana industria en el contexto de la modernización
del aparato productivo y la competitividad en América Latina”, SELA, I
Reunión del Foro Regional sobre Política Industrial, San José, Costa Rica,
27-28 de octubre de 1994 (SP/IR/FRPI/DT núm. 11), pp. 3.
[2]
Ibid, pp. 7-8.
[3]
Fuente:
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), con base en cifras
del Fondo Monetario Internacional y de entidades nacionales, en: CEPAL, Estudio
económico de América Latina y el Caribe 1994-1995, Santiago de Chile,
CEPAL/ONU, septiembre de 1995, cuadro IV-10, pp. 99.
[4]
SELA, “El
desarrollo de la pequeña y...”, Op.
cit., pp. 3-4.
[5]
Enrique
Iglesias, Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en su
alocución durante la inauguración del Foro Bolívar de la Empresa
Latinoamericana, Punta del Este, Uruguay, 23 al 26 de noviembre de 1995.
[6]
SELA,
Op. cit., pp. 8.
[7]
Ibid, pp. 9.
[8]
Luz
Elena Espinosa Padierna. “Desarrollo
industrial y apertura comercial. Consideraciones en torno de la formación de
recursos humanos”, ponencia presentada durante el
IX Congreso de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales (AMEI),
Querétaro, México, 19-21 de octubre de 1995.
[9]
Cálculos
con base en datos presentados por la CEPAL, Balance preliminar de la
economía de América Latina y el Caribe en 1994, Santiago, diciembre de
1994. Los datos para 1993, provisionales, provienen de la Secretaría de la
ALADI. La participación del TLCAN se ha incrementado un poco en función del
aumento sustancial de las exportaciones mexicanas después de la firma de este
acuerdo comercial, y ubican hoy a México como la décima principal economía exportadora en el mundo.