N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004
La Integración Latinoamericana, un
Proceso de Importancia Estratégica
Para la Asociación por la Unidad
de Nuestra América el tema de la integración latinoamericana es uno de
envergadura estratégica, es decir, un tema referente a problemas fundamentales
del desarrollo de nuestras naciones situados en una perspectiva histórica, de
largo plazo, que plantean complejas exigencias económicas, técnicas, sociales,
culturales, y desde luego políticas,
que se han venido examinando en su Foro Permanente durante los últimos años y
cuyos resultados ha hecho un esfuerzo por publicar en pequeños libros.
La presente reunión es la segunda
en que nuestro tema se analiza desde el ángulo del papel de los empresarios
mexicanos y latinoamericanos en la integración. Complace a la AUNA la
intervención de tres distinguidos ponentes conocedores del tema. Intervendrá en
primer lugar el licenciado Jorge Marín Santillán, quien entre otras cosas en su
destacada carrera en el mundo de los negocios ha sido presidente de la CONCAMIN
y del Consejo Coordinador Empresarial, los dos importantes organismos del
empresariado mexicano, con una amplia experiencia y conocimiento de los
problemas de la economía mexicana que incluyen su participación en las
negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y otras de
carácter internacional, tanto públicas como privadas.
Contamos asimismo con dos
académicos que han dedicado años de su esfuerzo al estudio de diversos aspectos
de los procesos internacionales de integración, Alejandra Salas-Porras,
antropóloga de origen y con estudios de posgrado en la Escuela de Economía y
Ciencia Política de la Universidad de Londres, la célebre London School of
Economics and Political Science, actualmente profesora-investigadora de la
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales donde coordina un sector de la
maestría y el doctorado de dicha Facultad. Y escucharemos las reflexiones de
Bernardo Olmedo Carranza, investigador del Instituto de Investigaciones Económicas
con estudios de posgrado en París, con más de dos décadas de dedicación al
conocimiento de la economía mexicana y quien durante los últimos años se ha
abocado al estudio de la pequeña y mediana industria mexicana. Ambos son
académicos de tiempo completo en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Quisiera ahora hacer una breve
reflexión intro-ductoria al tema que nos ocupa. Como se sabe los propósitos
económicos y políticos integradores de Nuestra América, de una casi
bicentenaria estirpe bolivariana, no pasaron de la retórica en discursos de
políticos y de odas y ensayos románticos de intelectuales nacionalistas, hasta
la segunda mitad del siglo XX. Aún menos se oyeron las voces del empresariado
latinoamericano. Todavía a principios de los años sesenta, como lo señalara el
licenciado Julio A. Millán en la anterior sesión, cuando se fundaba la ALALC,
realmente no había empresarios latinoamericanos con una visión internacional;
la mayoría eran empresarios puramente locales y nacionales, si bien algunos empezaban
a trabajar en empresas trasnacionales (me atengo a la versión de la revista
mexicana, Macroeconomía, Año 8, Nº 87, del 15 de octubre de 2000, pp.
26-27).
Desde aquellos ya lejanos años, la
conversión de la ALALC en ALADI en los ochenta, los fracasos y los modestos
éxitos alcanzados por estos organismos y las subsecuentes transformaciones de
los escenarios mundial y nacionales del desarrollo del sistema del capital, en
las que ocupan un lugar sobresaliente, en el marco de una meteórica internacionalización
de economías y sociedades, los procesos de integración tanto regionales –que
podríamos llamar continentales: europeo, asiático y americano– como
subregionales de integración, son hechos que nos dejan valiosas experiencias.
Son procesos que reclaman no sólo la participación de gobiernos, Estados y
organismos multilaterales, e inacabables y cada vez más frecuentes
negociaciones bilaterales, y que exhiben la sin duda decisiva participación de
los empresarios, que en el sistema son los principales ejecutores de la integración
real. Y no debiéramos olvidar la indispensable participación de los
trabajadores, los partidos políticos, los medios de comunicación, los centros
académicos, las instituciones y organizaciones sociales.
Me parece claro que los empresarios,
los gobiernos y los organismos sociales mexicanos tienen un papel fundamental
que cumplir en la integración económica latinoamericana, no menos que los de
otros países de nuestro subcontinente considerados como países emergentes (Brasil,
Argentina o Chile). Recordemos, como
escribe un historiador peruano, que “… cuando surgieron las tendencias
unionistas, las empresas trasnacionales procedieron a redistribuir sus propias
filiales, de modo que ellas resultaron siendo partícipes del proceso integrador
y de la formación de uniones aduaneras y de los bloques económicos”, los cuales
“… ocupan un lugar clave en cada región o grupo de países, o son también
aquellos en los cuales ya se había
creado una importante industria básica, lo que le sirvió de punto de partida
para expandir su base productiva, por causa precisamente de las
reconcentraciones de las unidades productivas de las gigantescas empresas de
dimensión mundial, que obviamente, las favorecieron …” (Virgilio Roel Pineda,
“Los países andinos ante el reto de la globalización”, Desarrollo
Indoamericano, Barranquilla, Colombia, año XXXI, No. 110, noviembre de
2000, pp. 20).
En los años de la llamada
globalización la actitud de miles y miles de empresarios mexicanos y
latinoamericanos no es ya la que nos recordara en la reunión anterior el
licenciado Millán, presidente de Consultores Internacionales, A. C. Los espectaculares cambios los han lanzado
más allá de los ámbitos local, regional interno y nacional para proyectarlos
hacia el mercado mundial o al menos al subregional externo (subcontinental).
Sin embargo, en los mismos decenios últimos la integración que más ha avanzado
en la América Latina no es la de las empresas y el capital nacional
latinoamericano sino la propulsada por el capital trasnacional, principalmente
el estadunidense. Concretamente la integración mexicana ha sido y es, cada vez
más, no hacia Centro, Sudamérica y el
Caribe, sino hacia los Estados Unidos –y Canadá–, no hacia el Sur sino hacia el
Norte.
Recordemos, como afirma un estudio
de la CEPAL, que “… el interés de los inversionistas extranjeros se ha centrado
de manera creciente en algunas áreas de servicios, particularmente las
telecomunicaciones, el comercio minorista, la banca, las administradoras de
fondos de pensiones, la energía eléctrica y la distribución de gas. Aunque la
apertura de estos mercados no ha estado exenta de dificultades, las empresas
trasnacionales estarían apostando a la integración de México en la red de
producción y distribución de la economía estadunidense… los planes de inversión
en el país –concluye– se están definiendo sobre la base de horizontes de largo
plazo” (La inversión extranjera en América Latina y el Caribe. 1999.
Santiago de Chile, 2000, pp. 136-137). Me permito añadir una transcripción más
de este estudio cepalino, que subraya un aspecto central al que deberá hacerse
frente y reclama claridad estratégica tanto de parte de los empresarios como
del Estado y la sociedad mexicana en este proceso: “En el periodo reciente, la
suscripción del TLC representó una línea divisoria con respecto a la IED y se
ha convertido en un techo para la negociación de los tratados bilaterales…”
Prosigue: “En las ramas con mayor
participación de IED –automotriz, computadoras y confecciones– para la economía
y la industria estadunidenses las operaciones localizadas en México se han
convertido en un elemento crucial para hacer frente a la competencia asiática…
México se ha convertido en parte integral de la red global de producción y
distribución de algunas de las más importantes empresas trasnacionales en el
ámbito internacional. No obstante en la mayoría de los casos, México forma
parte de la red estadunidense o norteamericana, y no
necesariamente de la global… las negociaciones con la Unión Europea
podrían atenuar esta tendencia, incrementándose la diversificación de los
mercados de destino de las exportaciones mexicanas”.
Empero, conviene tomar en cuenta,
como se afirma en una publicación reciente, que la apertura y desregulación de
la economía mexicana, “… ha propiciado la llegada de importantes flujos de
capital extranjero durante el curso de los noventa. Estados Unidos, su
principal socio comercial, es el que más ha aprovechado todos estos cambios:
responde por 60% de los flujos de inversión extranjera directa (IED) que ha entrado al mercado mexicano,
cuando los países europeos apenas aportan 20%, si bien las relaciones
comerciales con estos últimos están mucho menos desarrolladas” (Banco Nacional
de Comercio Exterior, S.N.C., revista Comercio Exterior. 50 Aniversario,
México, Vol. 50, Núm. 8, agosto de 2000, pp. 644). Consideremos, además, como
opinan dos académicos españoles citados en el editorial de esta revista, que la
circunstancia de “… que los recursos del exterior se hayan dirigido de manera
preferente a la bolsa o a la compra de empresas establecidas, en lugar de crear
nuevas, plantea dudas sobre la contribución favorable de los flujos foráneos
para resolver los problemas del sistema productivo mexicano mediante un
crecimiento estable y sostenido que permita un mayor y mejor desarrollo
económico del país” (pp. 646).
Si se considera que la propiedad
implica también el control y desde luego, dado el enorme poder de las
trasnacionales modernas, también influencia sobre las políticas económicas
puestas en práctica en los países receptores, entenderemos mejor la convicción
que muchos tenemos de que, si bien son avasalladores los hechos que se
desprenden de esta situación, en la cual, sin embargo, los empresarios
mexicanos y latinoamericanos encuentran mejores coyunturas para vincularse al
mercado mundial, siempre será posible lograr un mayor espacio a la ahora cada
vez más constreñida soberanía nacional de México y, en mayor o menor medida, de
todos nuestros países. Lograrlo reclama un gran esfuerzo, con conocimiento de
la realidad, incansable y sin desmayo de los latinoamericanos.
Una perspectiva en que seamos
nosotros, los latinoamericanos, los que decidamos nuestro propio destino, es
cada vez más difícil. Aunque no sin contradicciones continúa avanzando el objetivo
estadunidense, planteado con todas sus letras desde las Conferencias
panamericanas de Washington de fines del siglo XIX –la de libre comercio y la
monetaria, que tan brillantemente analizara José Martí– de crear una zona
hemisférica de libre comercio, primero propuesta por el presidente George Bush
(senior), retomada por William Clinton con el nombre de Area de Libre
Comercio de las Américas (ALCA), respaldada por los dos principales
contendientes de la elección presidencial del 2000 en los Estados Unidos y
acordada por los jefes de Estado del continente, excepto Cuba, para quedar
constituida en 2005. El designio es que el continente americano “… se convertirá en la más grande zona de
libre comercio en el mundo, con 800 millones de consumidores, cada uno
invirtiendo en el futuro de todos, enriqueciendo las vidas de todos y haciendo
avanzar los intereses de todos” (citado por Leopoldo Zea, “TLC para las
Américas”, Excélsior, 22 de octubre de 2000, pp. 9-A).
Si el libre comercio de
nuestros días significa, cada vez más, la libertad de los consorcios
trasnacionales que dominan ampliamente las transacciones internacionales y en
cada nación, las de mercancías, tecnologías y recursos financieros, y ejercen
una influencia determinante en los principales organismos internacionales desde
el FMI y el BM hasta la OMC, la OCDE y demás, esta dominación también será cada
vez la realidad. Por esto en nuestro empeño de preservar un espacio respirable,
autónomo, que de viabilidad a la liberación de nuestro gran potencial acumulado,
tanto o más importante que la diversificación del comercio, el origen de los
flujos de capital extranjero y de nuestras relaciones económicas
internacionales todas hacia Europa, con la cual se ha desplomado el peso de
nuestro comercio (menor del 5 o 6% del total), es impulsar la diversificación
hacia América Latina, con la que nuestras relaciones se han vuelto
verdaderamente minúsculas. Hoy el gran capital mexicano y latinoamericano, no
sólo el más dependiente del trasnacional, de cuya tecnología y recursos ninguno
puede realmente prescindir, realiza inversiones y transacciones significativas
y crecientes en nuestros países.
Hay un medio centenar de empresas
mexicanas industriales, comerciales y de servicios con inversiones en Centro,
Sudamérica o el Caribe, aunque en una cada vez más importante medida también en
los Estados Unidos mismos. Esto nos habla de posibilidades, sí, pero también de
las necesidades, más y más urgentes, de redefinir rumbos, estrategias de
desarrollo, formas de frenar los procesos que subordinan al empresariado y a la
nación, y que lo coloca ante una amenaza que crece de verse convertido en “cola
de león”, en vez de “cabeza de ratón”, de un ratón con vida y objetivos
propios. Este propósito se verá fortalecido si los empresarios se deciden a
impulsar la integración económica y cultural de nuestros países, objetivo que
reclama la unidad de nuestros gobiernos, nuestros empresarios y nuestros
pueblos. No debiera ser el único camino posible para los mexicanos el de servir
como plataforma estadunidense hacia nuestra América y el mundo, y de las
trasnacionales europeas y asiáticas hacia el mercado de Estados Unidos.
Dispongámonos a escuchar a
nuestros tres ponentes y a intercambiar con ellos dudas, preocupaciones, ideas
sobre este trascendente tema.
Página Vigente de
América Semanal...