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Cuestiones de América

N° 16, Diciembre 2003-Marzo 2004

 

Nuestra América: Entre el Racismo y la Liberación

Francisco Pineda *

En memoria de Ruy Mauro Marini


Y del partido PAN, les digo que de por sí sabíamos que iban a votar en contra de los pueblos indios porque es un partido racista. Porque el PAN sólo le gusta ver a los indígenas como sirvientes en sus grandes casas o pidiendo limosna.
Por eso no pueden respetar los derechos y la cultura indígenas. Porque los panistas son los herederos de aquellos conquistadores españoles que sembraron el terror y la muerte en las tierras indias de México.

Comandante Tacho, Ejército Zapatista de Liberación Nacional, 2003.

 

I

Cuando aquella famosa expedición marítima llegó a la pequeña isla Guanahaní, el 12 de octubre de 1492, el almirante Cristóbal Colón bajó de una barcaza armada, en un paraje de las Bahamas, con árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. De inmediato, como símbolo de poder, clavó tres banderas con insignias de Castilla y pidió a sus escribanos que dieran fe de cómo él tomaba posesión de dicha isla a nombre del rey y la reina. Luego, cuando se juntó la gente del lugar, se registró la primera imagen de los nuevos “indios”. Sus cuerpos, sus corazones y su potencial defensivo fueron los objetos primordiales de la representación originaria. Y con esa imagen de “indio” se trazó una estrategia de poder de larga duración. Como apuntó Eduardo Galeano, el 12 de octubre de 1492 América descubrió el capitalismo.

Colón conoció pronto que ésta era gente amistosa y franca. “Mas me pareció que era gente muy pobre de todo”. Les ofreció unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se pusieron al cuello, y otras cosas muchas de poco valor que aceptaron con mucho placer. Más tarde, dice, los habitantes de aquella isla llevaron a nado hasta las barcas de los visitantes, papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas que trocaban. Todo tomaban y daban de buena voluntad.
Estos hombres y mujeres de buenos gestos y bien hechos -”de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras; los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo”- no eran los monstruos que, según la fantasía europea, habitaban en la India. “En estas islas hasta aquí no he hallado hombres mostrudos como muchos pensaban”, escribió. Pero en ello, estaba atemorizado y se mantuvo alerta; creyó entender que más allá de esas islas “había hombres de un ojo y otros con hocico de perro que comían los hombres”.

Poco a poco, la narración de quien será el primer almirante, virrey y gobernador de la era colonial descubrirá los propósitos de poder que se perseguían en aquel viaje. “Porque esta gente es muy simplice en armas, como verán Vuestras Altezas... porque con cincuenta hombres los tendrán todos sojuzgados y les harán hacer todo lo que quisieren... Ellos no traen armas ni las conocen”. Al siguiente día, abundó en la descripción de los cuerpos, entre otros motivos, porque ahí encontró rastros de aquello que más le interesaba. “Luego que amaneció vinieron a la playa muchos de estos hombres, todos mancebos, como dicho tengo... Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vi que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho”.

Así, buscando encontrar el codiciado metal, el 17 de octubre de 1492, por primera vez en su diario de viaje, Colón les llamó “indios” a los habitantes de estas tierras. Al mediodía, partió hacia el sitio donde esperaba encontrar ese elemento denso, blando y amarillo, “porque aquella parte (indicaron) todos estos indios que traigo y otro de quien hube señas en esta parte del Sur a la isla a que ellos llaman Samoet, adonde es el oro”. Quinientos años después, Galeano observará que, en su diario, el almirante escribió 139 veces la palabra oro y 51 veces la palabra Dios o Nuestro Señor.

El despojo

Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.
Desmond Tutu.

El 12 de noviembre de 1492, ya Colón sacaba sus conclusiones para la sujeción y el despojo: “Así que deben Vuestras Altezas determinarse a hacerlos cristianos, que creo que si comienzan, en poco tiempo acabarán de haberlos convertido a nuestra Santa Fe multidumbre de pueblos, y cobrando grandes señoríos y riqueza todos sus pueblos de la España, porque sin duda hay en estas tierras grandísimas sumas de oro”.

Sólo seis meses después de aquella representación de poder, efectuada con banderines en Guanahaní, la usurpación territorial será santificada por Rodrigo de Borgia en el Vaticano. Este otro personaje, nacido en Valencia, padre de Lucrecia y de César Borgia, afamado por su vida licenciosa y corrupta, había ascendido al trono de San Pedro por medio de sobornos, en el mismo año de 1492. Investido con el título de Alejandro VI expidió la bula papal Inter Caetera (Entre otras cosas), el 3 de mayo de 1493, para el “queridísimo hijo en Cristo Fernando y a la queridísima hija en Cristo Isabel, ilustres reyes de Castilla, León, Aragón y Granada”. En ese documento el Papa pontificó que, haciendo uso de la plenitud de la potestad apostólica y con la autoridad de dios omnipotente, supremo poder celeste que él decía detentar en la tierra, y a tenor de las presentes: “os donamos, concedemos y asignamos perpetuamente, a vosotros y a vuestros herederos y sucesores en los reinos de Castilla y León, todas y cada una de las islas y tierras predichas y desconocidas que hasta el momento han sido halladas por vuestros enviados y las que se encontrasen en el futuro y que en la actualidad no se encuentren bajo el dominio de ningún otro señor cristiano, junto con todos sus dominios, ciudades, fortalezas, lugares y villas, con todos sus derechos, jurisdicciones correspondientes y con todas sus pertenencias; y a vosotros y a vuestros herederos y sucesores os investimos con ellas y os hacemos, constituimos y deputamos señores de las mismas con plena, libre y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción. Declarando que por esta donación, concesión, asignación e investidura nuestra no debe considerarse extinguido o quitado de ningún modo ningún derecho adquirido por algún príncipe cristiano.”

Por más omnipotente que se creyera (tal discurso manifiesta una angustia de impotencia), Rodrigo de Borgia nunca supo que esa apropiación territorial sumaría aproximadamente 42 millones de kilómetros cuadrados, la segunda masa continental más grande del planeta. Borgia debería, por ello, ser venerado por el poder, igual que Colón, y ostentar el record de Guiness, en la categoría de usurpaciones. Pero el poder prefiere no hablar de Rodrigo de Borgia y esa empresa le ha dado dos records, por otros motivos: por ser el Papa más corrupto y escandaloso de la historia y -equivocadamente- por haber sido el primero en designar como “indios” a los habitantes de este continente. Según Rodrigo de Borgia, “los indios, como se suele decir”, eran “una inmensa cantidad de gente que según se afirma van desnudos y no comen carne... y parecen suficientemente aptos para abrazar la fe católica y para ser imbuidos en las buenas costumbres”.

Los argumentos del histórico discurso alejandrino fueron doctrinales y jurídicos, pero también contenían aquel sentido militar que involucra todo imperio, el de batir y reducir a la población que será sojuzgada por “el honor del mismo dios y propagación del imperio cristiano”; para “reducir a sus pobladores a la aceptación de nuestro redentor y a la profesión de la fe católica”, y para “que se procure la salvación de las almas y que las naciones bárbaras sean abatidas y reducidas a dicha fe”.

En las costas de Colombia -relató Martín Fernández de Enciso en Summa Geográfica- cuando los españoles exigieron la rendición a los caribes, arguyendo que el Papa era señor de todo el universo y que él había hecho merced de aquella tierra al rey de Castilla, los caribes respondieron: “que el Papa debía estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo, y que el rey, que pedía y tomaba tal merced, debía ser algún loco, pues pedía y ofrecía lo que era de otros. Y que fuese allá el rey a tomar la tierra, si se sentía capaz, que ellos le pondrían la cabeza ensartada en un palo”.

Los caribes manejaban la canoa con destreza y sus flotas a veces llegaron a tener hasta cien piraguas dotadas de velas, por lo cual, también lograron poblar islas del mar que lleva su nombre. Hicieron una tenaz resistencia a la invasión colonial armados de cerbatanas, mazas, hachas de piedra, arcos y flechas con la punta envenenada con curare. En el siglo XVII, los caribes fueron exterminados y su nombre, no el genocidio, se usó como sinónimo de barbarie. Los exterminadores se autonombraron salvadores.

La fuerza de la resistencia a la invasión explica el empeño colonial en ganar la guerra de los corazones y las mentes. La doctrina es, desde entonces, que los cautivos de la guerra también sean cautivados en el alma, para mejor provecho económico y militar del poder. Las órdenes de religiosos y soldados coloniales extendieron su rango de poder y se hicieron de las dos fuentes de riqueza: la tierra y la fuerza de trabajo. Según esto, los emperadores tuvieron a bien mandar que no matasen a los indios, sino que los guardasen y se sirviesen de ellos.

Como resultado de la guerra colonial con armas, música y símbolos se produjo el despojo, la explotación, el sometimiento y la esclavitud, junto con el genocidio. El Consejo Indígena Misionero, CIMI, por ejemplo, ha estimado que antes de la ocupación europea, en tierras brasileñas vivían más de cinco millones de personas, pertenecientes a 970 pueblos diferentes. Actualmente, ahí la población indígena no alcanza el medio millón de habitantes. La eficacia del poder racista consiste en que, en muchos casos, logró imponer además una imagen de “superioridad moral” de los opresores. Sólo con la rebelión, los humildes se hicieron fuertes y los poderosos débiles.

Estoy muy contento por haber recibido la carta que mandaste y también el venerable papel de mi señor el santo Obispo. Una sola cosa digo a ustedes y a los venerables santos curas. ¿Por qué no se acordaron o se pusieron alerta cuando nos empezó a matar el señor gobernador? ¿Por qué no se ostentaron o se levantaron en nuestro favor, cuando tanto nos mataban los blancos? ¿Por qué no nos tuvieron lástima cuando esto sucedió? ¿Y ahora se acuerdan, ahora saben que hay un verdadero Dios? Cuando nos estaban matando, ¿no sabíais que hay un Dios verdadero?
Ahora no acertáis ni tenéis ánimo para recibir el cambio de vuestros azotes. Porque si os estamos matando ahora, vosotros primero nos mostrasteis el camino. Si se están quemando las casas y las haciendas de los blancos, es porque habéis quemado antes el pueblo de Tepich, y todos los ranchos en que estaban los pobres indios, y todo su ganado lo comieron los blancos. ¡Cuántas trojes de maíz de los pobres indios rompieron, para comer, los blancos, y cosecharon las milpas los mismos blancos, cuando pasaban por ellas, buscándonos, para matarnos con pólvora!
Veinticuatro horas os damos para que nos entreguéis las armas...
Capitanes Caamal, Hau, Chim y Poot, rebelión maya, 1848.

 

Manufactura de la imagen

Inicialmente, la imagen de “indio” se produjo en discursos del poder y para el poder: del almirante hacia los reyes y del Papa hacia los reyes; un triángulo conformado por el monopolio de la fuerza, la riqueza y la verdad. En los dos acontecimientos originarios de la indianidad, “pobres de todo” significa despojados de todo, de sus tierras, de sus cuerpos, de sus almas. La designación racista de “indio” será también un designio colonial: el despojo de todo.

Más tarde, también será un discurso dirigido a los propios pueblos sojuzgados, con representaciones religiosas, indianistas, raciales o étnicas que buscan clasificar, jerarquizar y volver aceptable la imagen que se ha producido desde el poder y para el poder.

Con la indianización original de toda la población, tras la derrota militar y el genocidio, aquel fue un discurso que hablaba de la “salvación” por medio de evangelizadores, encomenderos y corregidores. Más tarde, el medio privilegiado será la castellanización y, el objetivo manifestado, no la “salvación” sino la desaparición del indio. Tal propósito también dio lugar a una reificación del indio muerto. En el siglo XIX, el genocidio se cometió junto con loas dedicadas al pasado arqueológico de quechuas, mayas, zapotecos, mexicas o teotihuacanos.

Esta vez se completó el despojo de casi todo el territorio (con campañas militares desde Canadá, el western, Yucatán o el Caribe hasta la Araucanía) y se realizó el sometimiento de casi toda la población como fuerza de trabajo. Los nuevos recursos tecnológicos de las potencias dominadoras -barcos de vapor y ferrocarriles o fusiles de repetición y dinamita- junto con un racismo febril y la ahora llamada “fiebre del oro”, propulsaron el nuevo genocidio al que se llamó cínicamente “pacificación”.

La “Pacificación de la Araucanía” nombre con que la historia oficial recuerda una operación militar que se caracterizó por su carga de muerte y destrucción, marca el fin de la Independencia de la nación mapuche, la cual desde entonces es obligada a vivir en pequeñas “reducciones” para facilitar así la entrega de sus fértiles tierras a colonos chilenos y extranjeros que impulsarían el tan ansiado progreso. Concluido este proceso, los distintos gobiernos chilenos se encargan de promulgar una serie de “leyes indígenas” que tenían como único objetivo reducir al máximo las pocas tierras habitadas por los mapuche, a favor de la explotación agrícola y ganadera de los grandes terratenientes. Por ello, para comprender la lucha que desarrollan hoy las distintas comunidades mapuche en demanda de sus tierras, es necesario considerar que fue el Estado chileno quién ocupó el territorio de la nación mapuche a través de la fuerza... Esta situación ha traído graves consecuencias, siendo la principal de ellas la violación del derecho de autodeterminación del pueblo mapuche por parte del Estado chileno.
Coordinadora Mapuche Arauco-Malleco, 1999

A la par se produjo un enorme flujo migratorio hacia América, principalmente con aventureros pero, también, con los pobres y rebeldes expulsados de Europa, Asia y Medio Oriente, incluso con esclavos chinos. En casi todos los países del continente se promovió la idea de “blanquear al indio”: hacerlo blanco de los ataques militares y reducirlo demográficamente por medio de batallas culturales, la eliminación de las lenguas propias, la inmigración europea, la fe en las estadísticas y la “ciudadanía”.

El deslizamiento del discurso público del poder, hacia el exterminio -en lugar de la “vida eterna”- y hacia la lengua -en lugar del alma- formó parte de la modernización cuando, también, en América la figura del rey-dios fue actualizada con la figura del contrato social. Hasta ese momento, los principios rectores tuvieron una manufactura romana -exterminio, ley, fe y civilización- en mezcla con aquellos otros, como el progreso, que florecieron durante el iluminismo y la Revolución Francesa. “Es la civilización que avanza contra la barbarie. Es un pueblo ilustrado que va a llevar la luz de la civilización a un pueblo en tinieblas. Somos los griegos del mundo. Nos toca, pues, iluminarlo”, dirá Víctor Hugo.

Con el racismo moderno, los infieles transitaron al estado de incivilizados y la “inmensa cantidad de gente” empezó a ser transformada en “grupos minoritarios”, por medio de la imaginería y la guerra. La síntesis se hizo dilema para los pueblos y emblema para los oligarcas: civilización o barbarie.

Como observó David Viñas, “la integración que corre por cuenta del 'civilizador' se desplaza hacia el 'bárbaro' que debe convertirse o desaparecer; adscribirse a los valores del conquistador, en identificatoria sumisión, o perecer. La misión del blanco explicita así su privilegio carismático: rendición incondicional o aniquilación”.

El efecto de poder de esa táctica fue la construcción de una nueva mayoría sometida, el “mestizo”. En este caso, clave para la explotación capitalista, el racismo opera como justificación ideológica de la jerarquización de la fuerza de trabajo. Tal como señala Immanuel Wallerstein, una de las funciones principales del racismo moderno es alegar a favor del reparto diferencial de las posiciones en las estructuras económicas, con rasgos “genéticos” y culturales. Pero el racismo siempre es post hoc, agrega. “Se ha afirmado que aquellos que están económica y políticamente oprimidos son culturalmente 'inferiores'... El racismo ha servido como ideología global para justificar la desigualdad”. Además, sostiene, el término mestizo proclama una ausencia de identidad y, en este sentido, corresponde a las relaciones sociales capitalistas que son un “disolvente universal”. Todo se reduce a una forma de mercancía, cuyo único criterio de valoración es el dinero. Quizá por esto la invención del “mestizo” fue tan exitosa.

Siempre luchamos por cambiar esto. Hemos realizado marchas, papeleos, diálogos, comisiones técnicas, defensa con abogados, etcétera. En este trajinar por carreteras, pasillos y oficinas, hemos entendido mejor al país. Hemos hallado que aun los que se sienten dueños de sus vidas y de las nuestras, ellos también son discriminados por otros más poderosos. Hemos encontrado que su democracia es sumamente limitada. Las mayorías no tienen real acceso a las decisiones a los momentos importantes. Cada cinco años se repite la caravana de promesas y ofertas, se vota por quien ofrece mejores cosas y luego las cosas siguen igual para los de abajo: hambre, crisis y más miseria y así, hasta cinco años después. Entonces la democracia no se aplica por igual para todos. Los grandes marginan a los medianos, éstos a los más pobres y éstos a los invisibles, a nosotros.
Tal vez esa condición de estar al final de la cadena, nos hace ver más claro: el sistema está mal.
Pablo Rivero, pueblo Weehnayek, Bolivia, 2002

Además, bajo esa figura de apariencia “genética”, la mayoría mestiza, se trató de reforzar la idea de que, si los antiguos dueños ya no existen, tampoco hay lugar para reclamación alguna. Apareció simultáneamente la figura de “indio puro” y con la pureza de la sangre -que antes fue un recurso de autentificación aristocrática- se trató de autentificar la idea de la desaparición de los pueblos originarios y de sus legítimos derechos. Ambas figuras, “mestizo” e “indio puro”, avaladas por una “verdad científica”, las apariencias, son piezas clave para sostener y extender el despojo de los territorios. El proceso se continuó del siguiente modo: “Todo individuo que no tenga propiedad legítima de qué subsistir, será reputado en la clase sirviente” (Bando sobre policía de la campaña, Argentina, 1815). Luego vino la maquila de la imagen y el poder racista habló de indígena como “discapacitado”, migrante “ilegal” o como enemigo interior.

Poder necesitas de odio, temor, divisiones. Colores y castas: herencia de segregaciones. Miedo a los otros, a costumbres distintas. Poder necesitas de nombres, disfraces y reglas. Barzino con india: calpamulato, mestizo con blanca: castizo, mestiza con blanco: castizo cuatralbo, china con lobo: jíbaro, indio con loba: tente en el aire, indio con negra: zambo, blanco y albina: saltapatrás, cambujo con india: zambaigo. Indio y mestiza: coyote, mestizo con india: cholo, negro con zamba: zambo prieto, blanco y mulata: morisco, blanco con negra: mulato, lobo con negra: chino, negro con india: jarocho, indio con negra: lobo. Sangre con sangre, mujeres y hombres. Nuestras diferencias somos, no hay pureza. No hay pureza.
Maldita Vecindad y Los Hijos del 5º Patio, México, 1996

En conjunto, considerando su variabilidad histórica, el discurso del poder que habla de “indio” es un mecanismo de colocación en la posición de pobres de todo-despojados de todo: incivilizados, infieles; pueblos sin territorio, sociedades preestatales, ágrafas, grupos minoritarios; o en notas actuales de la prensa mexicana, por ejemplo: desalojado, desamparado, desaparecido, descalzo, desconfiado, desconocedor, desfalcado, desgraciado, desigual, desnutrido, despiadado, desplazado, desprotegido, desterrado, disfuncional, disímil, disipado, disminuido, disparatado, distante, ignorante, iletrado, ilícito, impúdico, impune, inalcanzable, incapaz, inconstante, incontrolable, indefenso, indolente, indomable, infantil, inocente, insensible... entre más formas de representar e instituir relaciones de poder y despojo.

Tales representaciones históricas del racismo son diversas pero también son semejantes de aquella que produjo la indianización original. Constituyen formaciones imaginarias cristalizadas de los cinco siglos de colonialidad; partes del todo semejantes al todo. Son dispositivos isomorfos que operan como pedazos de un espejo, con la posibilidad de generar en cada fragmento una imagen completa, semejante y diferente a las demás.

En la colonialidad, la imagen racista de “indio” busca hacer comprensible cómo batir y reducir a hombres y mujeres, así como también derrotar y maravillar, cautivar, por medio de placeres ofrecidos en cosas de poco valor, como cuentas de vidrio, “proyectos” y changarros. El racismo instituye diferencias jerárquicas para fundar un poder, donde unos son los despojados y otros son los despojadores de todo.

Pero cuanto más simple parece la noción de “indio”, en realidad es más compleja, por la cantidad de significaciones implícitas; por las múltiples posibilidades de uso flexible, incluso rebelde; por la polifonía del “retrato” y su carácter metafórico; por la posibilidad de una realización visual del concepto. Se aplica al quechua, maya, apache, vietnamita, argelino o congoleño, por ejemplo, pero nunca se aplica a los nativos de las metrópolis. Siempre tiene el sentido que marca la colonialidad del poder, concepto que acuñó el peruano Aníbal Quijano. En el discurso de los opresores, a partir de la puesta en escena de muchos rostros en un solo rostro “indio”, se traza una especie de partitura racista, dispuesta para ejecuciones múltiples. Por eso, observar el choque de lo “uno” y lo “múltiple” ayuda a comprender el movimiento de esa noción en su “inmovilidad”, es decir, sus significaciones diversas y a la vez duraderas a lo largo de los cinco siglos.

II
La otra cara del espejo

No estaban solos, desde el origen de la colonialidad. El 15 de septiembre de 1505, Fernando el Católico implantó la esclavitud africana en estas tierras. El primer contingente de hombres y mujeres secuestrados llegó, ese mismo año, a la segunda isla más grande del Caribe (Haití-Dominicana), para el trabajo, por supuesto, en las minas donde se esperaba encontrar el dios verdadero y codiciado metal. Y en esa acción se instauró otra estrategia de poder de larga duración. Con la esclavitud africana en América se realizaba la dominación simultánea de dos continentes. Nacía un poder mundial y el racismo estaba en el centro, como principio organizador del sistema.

Es esto lo que nos identifica a los pueblos negros de las Américas: hambre, miseria, desempleo, violencia, exterminio de niños y jóvenes, esterilización de mujeres negras y pobres y, en medio de esta caótica realidad, la continua determinación y lucha, por la sobrevivencia y cultura de todo un pueblo.
I Congreso Continental de los Pueblos Negros de las Américas, Brasil, 1995

Se sabe que al comienzo hubo desacuerdo en la cuestión de traer esclavos secuestrados en África. Había temores e intereses diversos. Colón, por ejemplo, fue partidario de hacer los esclavos entre los pueblos originarios de América y propuso exportar los cautivos a Europa. Así, “su descubrimiento” sería rentabilizado al máximo. Dado el caso, pidió que sólo se trajeran “si fueren esclavos negros u otros esclavos que hayan nacido en poder de cristianos”; es decir, esclavos adoctrinados en la aceptación del poder.

Francisco Jiménez de Cisneros explicó los temores en 1516. Este cardenal consideraba a los africanos como “hombres sin honor y sin fe y, por lo tanto, capaces de traiciones y confusiones, capaces de imponer a los españoles las mismas cadenas que ellos han llevado”. Temía que la fuerza de trabajo notable de los africanos se transformara en fuerza rebelde, igualmente notable, militar y cultural.

Se habla mucho desde hace tiempo de la autocrítica: ¿se sabe acaso que primero fue una institución africana?
Frantz Fanon, Martinica-Argelia, 1961

La historia vino a confirmar su notable fuerza rebelde también en el plano militar. El ciclo insurgente del siglo XIX, se abrió con la victoria del pueblo haitiano y llegó a la cima con la batalla de Ayacucho, en que tuvieron una participación destacada, también, los haitianos libertarios.

En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores. La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía. Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.
Eduardo Galeano, Uruguay, 1996

Aquel cardenal Cisneros que temía la capacidad rebelde de los esclavos, al inicio de la colonización, fue confesor y albacea testamentario de Isabel la Católica; inquisidor general del reino, miembro de la regencia provisional a la muerte de Felipe el Hermoso (el yerno de los reyes católicos, esposo de Juana la Loca); gobernador de Castilla, León, Granada y Navarra; fue el principal promotor de la conversión religiosa forzada y de los bautismos masivos. Este príncipe de la iglesia, a quien se alaba por su “ardiente piedad militante” y su “humanismo”, envió, financió y dirigió personalmente operaciones militares en el norte de África; fomentó la artillería y la marina; asimismo, creó el cuerpo paramilitar llamado “gente de ordenanza”.

Fray Bartolomé de las Casas fue uno de los promotores de la esclavitud africana. El mismo relata que viajó a Barcelona para pedir al rey que cada uno de los colonos de Castilla pudiera llevar consigo diez “negros esclavos para su servicio en la dicha tierra, la mitad hombres y la mitad mujeres”, para que se multipliquen. En los Archivos de Indias, por otra parte, consta que ese fraile pidió 20 esclavos para cualquier español que hiciese un ingenio azucarero. Argumentó así, quizá porque su padre era mercader: “le certificamos a Vuestra Majestad que si la dicha pestilencia dura dos meses o más, el año presente no se sacará oro ninguno en dicha Isla Española (Haití-Dominicana), y si algunos indios pocos quedasen, han de ser para guardar los ganados y sostener las haciendas, y Vuestra Alteza perderá en esta Isla más de 53.000 castellanos (monedas de oro), y se acabará de despoblar la tierra”. Finalmente, como tales argumentos eran de peso, la disputa fue ganada por los que estaban a favor de traer esclavos de África. La Hacienda Real aumentaría sus ingresos expidiendo licencias para secuestrar, esclavizar y matar.

Somos pueblo, y por tanto sujetos de autodeterminación y autonomía para definir nuestro proyecto histórico de vida legado por nuestros ancestros, con el objetivo de edificar la vida con dignidad y libertad en nuestros territorios.
I Conferencia Nacional Afrocolombiana, 2002

Los negreros y el rey parecían más astutos que los alquimistas, haciendo oro aparentemente de la nada. El monopolio de ocho años para introducir cuatro mil esclavos en Cuba, Haití-Dominicana, Puerto Rico y Jamaica, por ejemplo, se revendió a genoveses y capitanes negreros, por lo que las ganancias de los primeros saltaron de 32 mil a más de 280 mil ducados (monedas de oro) en sólo un año, según calculó Bartolomé de las Casas. Negocios semejantes se hicieron con la introducción de los esclavos en México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Uruguay y, por supuesto, Brasil.

Grandes fortunas brotaban de un día para otro, a costa de millones de hombres, mujeres y niños secuestrados. “Vos el dicho Francisco Solórzano del Hoyo habéis de ser obligado de darme y pagar por cada pieza de esclavos negros que capturéis por mi industria y solicitud, y de todas las demás que en cualquier manera hiciereis en Berbería... a seis reales de plata viejos... excepto de las criaturas que mamaren, que de éstas no me habéis de pagar cosa alguna”. Los dineros de esas licencias fueron asignados, en parte, para edificar el Alcázar de Madrid y el de Toledo, escribió fray Bartolomé. La guerra española contra los musulmanes, también se costeó así. Más tarde, Inglaterra obtuvo el derecho de suministrar a las colonias españolas 4 800 africanos por año, hasta 1743. Tal tráfico, observó Marx, daba cobertura oficial al contrabando británico y Liverpool creció considerablemente gracias a eso; la trata de esclavos constituyó su método de acumulación originaria.

México es más negro de lo que acostumbra admitir. En 1640 había cerca de 116 mil esclavos en el país, y durante un siglo ese número aumenta por lo menos mil a cada año. Cuando comienza la lucha por la independencia, en 1810, los esclavos nacidos en México sumaban 624 mil, formando el tercer grupo étnico más numeroso, después de indígenas y de mestizos. Teniendo en cuenta los prejuicios contra los mexicanos de piel más oscura, es bueno recordar que por lo menos dos padres de la patria -José María Morelos y Vicente Guerrero- eran descendientes de africanos.
John Ross, 1998

El racismo es mucho más que prejuicios, es un despojo de la condición humana. En la compra-venta, al esclavo se le observaba la dentadura o se le lamía el sudor, para calcular el precio de la “pieza”. En ocasiones se les herraba con un sello candente o calimbo: “negra de nombre Mónica, de tierra de Biafra, alta de cuerpo, con letras en la cara que dicen doña 'Francisca Calderón' (propietaria) y su hijo mulato de 10 meses”, vendidos en la ciudad de México por 471 pesos de oro, en 1563. Un estudio de Lourdes Mondragón recuerda que las primeras marcas candentes fueron cruces y jesuses. Poco después, fueron estigma: “porque como el hierro en la cara del esclavo muestra que es fugitivo, así las floridas pinturas del rostro son señal y pregón de rameras” (Fray Luis de León).
Al trabajador esclavo, instrumentum vocale, apenas se le distingue del animal, instrumentum semivocale, y de la herramienta, instrumentum mutum, según expresiones antiguas. Pero él mismo, en su rebeldía -escribió Marx- “hace sentir al animal y la herramienta que no es su igual, sino hombre. Adquiere el sentimiento de la propia dignidad, de la diferencia que lo separa de ellos, maltratándolos y destrozándolos con amore.”

En Colombia, se llamaban palenques los poblados de negros libres que escapaban de la esclavitud para, ahí, vivir vida de gente y cultivar a gusto por las raíces africanas. En Venezuela, esos poblados de “salvajes no domesticados” recibieron el nombre de cumbes y, en Brasil, quilombos. El 20 de noviembre de 1695, en Brasil, era destruido el quilombo de Palmares, la República libre de rebeldes negros liderados por Zumbi. Zumbi y Benkos Biohó ni de lejos fueron los únicos. La historia de la resistencia negra en el continente americano recuerda otros nombres famosos, como Bayano (Panamá), Ventura Sánchez (Cuba), Cudjoe y Nanny (Jamaica), Andresote (Venezuela), Yanga (México), Nat Turner (Estados Unidos), Dessalines, Henry Christophe y Toussaint L'Ouverture (Haití), Francisco Congo (Perú).
Revista Sem Fronteiras, Brasil, 1997

Durante todos esos años los pueblos de África fueron devastados. En el norte y en la costa atlántica la cacería de esclavos se ejecutó masivamente. El impacto fue inmenso, incuantificable el dolor y el odio. Recientemente se ha estimado que fueron 200 millones de hombres, mujeres y niños africanos los que perdieron la vida, durante el desplazamiento forzado o anteriormente, en la resistencia al secuestro. La Enciclopedia Británica expone que solamente en el Congo -entre 1886 y 1908- desaparecieron de 12 a 22 millones de personas a causa de la brutalidad imperialista y la esclavitud. El genocidio de los africanos despobló el continente y esto tuvo un impacto devastador que se prolonga a la época contemporánea, en África y en América.

El sistema colonial, las deudas públicas, impuestos modernos, proteccionismo, guerras, fueron los vástagos del capitalismo y el gran robo herodiano de los inocentes. “Estos métodos -agregó Marx- se fundan sobre la violencia más brutal. Pero todos ellos recurren al poder del Estado, a la violencia organizada y concentrada de la sociedad... El trato dado a los aborígenes alcanzaba los niveles más vesánicos, desde luego, en las plantaciones destinadas exclusivamente al comercio de exportación, como las Indias Occidentales, y en los países ricos y densamente poblados, entregados al saqueo y el cuchillo, como México... Si el dinero, como dice Augier, 'viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla', el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies.”

También en los bateyes tenemos el sistema de los jefes, que se componen del superintendente, mayordomo, jefe-campo y capataz, más la Guardia Nacional que es una fuerza muy represiva que está en nuestras comunidades. Esta estructura militar y represiva es más violenta hacia las mujeres. Sienten a las mujeres como su propiedad y por eso las violaciones a las mujeres en nuestras comunidades son muy altas. En la última deportación tenemos más de 150 niños que quedaron sin madre, ya que fueron deportadas a Haití. Otros tantos pequeños murieron, aún las madres gritando a los militares que por favor las dejaran llevar sólo a sus hijos. Y los militares les negaban. También en una comunidad en la zona de Santiago, en el norte, quedaron una gran cantidad de niños de meses, sin familia; no sabemos qué pasa con esos niños porque jamás los encontramos. No podemos afirmar que esos niños hayan sido tomados para venta de órganos. Pero sí sabemos que no han aparecido.
Solain Pier, Haití-República Dominicana, 1997

Actualmente, se estima que hay entre 75 mil y 150 mil esclavos en Haití y de 300 mil a 500 mil en Brasil. En todo el mundo podrían ser 27 millones, según cifras cotejadas en diversas fuentes por Kevin Bales. Pero la esclavitud contemporánea es diferente de la pasada en algo muy importante. En 1850, en Alabama, se vendía un esclavo a un precio equivalente de 30 mil dólares actuales; hoy se puede vender un esclavo en cien dólares, por deudas de esta magnitud que son impagables para millones de personas. Al abaratarse, esta forma de sujeción se ha propagado rápidamente por todo el planeta. Las políticas neoliberales han engendrado un nuevo tipo de negrero. Los tecnócratas y la clase política, que administran los intereses de los poderosos, ya no tienen que expedir licencias para el secuestro-esclavitud-muerte, sólo dejan hacer y dejan pasar.

En 1971, el obispo brasileño Pedro Casaldáliga denunció la esclavitud en su país, cuando recién se iniciaba la expansión capitalista en la selva amazónica, bajo el régimen militar. Investigaciones posteriores demostraron que ese no era un caso aislado, sino una práctica que se extendía en toda la región y que se hallaban comprometidos los grandes grupos económicos de Brasil, como Bradesco, BCN o Bamerindus. Una de las denuncias más famosas, a finales de la década de 1980, fue en contra de Volkswagen, por la esclavitud que ejercía en la hacienda del Valle del Río Cristalino, en Pará. En esto, es útil tener presente lo que destacó Ruy Mauro Marini al elaborar la teoría de la superexplotación: que la producción capitalista supone la apropiación directa de la fuerza de trabajo y no sólo de los productos del trabajo; en este sentido, la esclavitud es un modo de trabajo que se adecúa más al capital que la servidumbre.

Según cifras recientes, la población de origen africano en el subcontinente suma aproximadamente 150 millones, entre “negros y mulatos”, sin considerar los datos de naciones como México, Perú o Panamá. Los países en donde es mayor la presencia de la población de origen africano son: Brasil con 75 millones; Colombia, 31 millones; Venezuela, 17.4 millones; Haití, 7.6 millones; República Dominicana, 6.9 millones; Cuba, 3.7 millones y Jamaica, 2.4 millones.

Nosotros, pueblos indígenas, movimiento negro, movimientos sociales y entidades articuladas en el movimiento Brasil: 500 años de Resistencia Indígena, Negra y Popular hacemos una lectura de nuestra historia a partir de un lugar bien definido: el de los que sufrieron y lucharon contra la expoliación colonial y la explotación de clase, el de los condenados de la tierra, el de las periferias de las ciudades y de la historia oficial... Vamos conmemorar sí, las victorias y las derrotas de una lucha siempre desigual: de un lado la riqueza, el poder, las armas, el desprecio por la vida y la arrogancia de clase, de otro lado, la vida colectiva, el trabajo humano, los desposeídos de todo, la solidaridad de clase, la humildad y generosidad anónimas, la infinita esperanza. En el marco de estos 500 años, vamos celebrar también el futuro. Herederos de un pasado de resistencia y lucha, tracemos la certeza de que, a pesar de tantas desigualdades e injusticias que permanecen, construiremos una sociedad libre y justa, marcada por la igualdad y por la fraternidad, sociedad soñada que tanto buscamos y que tantos buscaron antes de nosotros.
500 años de Resistencia Indígena, Negra y Popular, Brasil, 1992

III
La centralidad del racismo

Una de las características del racismo en América es que el Estado, como también las bandas paramilitares que patrocina y encubre, ejercen su violencia organizada especialmente sobre los jóvenes y las mujeres. El exterminio de los “niños de la calle” en Brasil es una forma del genocidio “preventivo” que se ha propagado a otros países. Allá, la mayoría de los muchachos tienen la piel oscura; en Ciudad Juárez, México, además tienen el estigma del sexo femenino. Se les identifica por el color de la piel, la edad o el sexo, se les mata por ser pobres. En Honduras, 1 688 muchachos fueron asesinados impunemente de 1998 a finales de febrero de 2003. Y sobre la espalda se ha grabado con navaja la “función social” del crimen que se comete: “limpiando la ciudad”. La prensa racista, para encubrir el carácter sistémico del genocidio, culpa a los propios jóvenes y a las mujeres.

En cuanto la resistencia y la rebeldía indígena cobran fuerza, en Guatemala, Perú, México, Ecuador, Bolivia, Chile o Colombia, aparece también la respuesta del poder racista: masacres, bandas paramilitares, militarización de los territorios indígenas. En Guatemala, por ejemplo, la campaña de tierra arrasada significó que, sólo entre 1981 y 1983, más de 400 poblados indígenas fueran exterminados. De acuerdo con un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en la masacre de Plan de Sánchez -”dirigida a decapitar el movimiento insurgente a través de la erradicación estratégica de su base de apoyo civil”- 20 jóvenes indígenas entre 12 y 20 años de edad fueron llevadas a una casa donde fueron violadas y luego asesinadas. Se obligó al resto de la población a concentrarse en otra casa y el patio adyacente. Los soldados arrojaron dos granadas de mano al interior y luego dispararon a mansalva sus armas de fuego sobre la casa y el patio, matando a puntapiés o golpes a los niños pequeños. Unas horas más tarde los soldados incendiaron la casa en la que había sido ultimada la mayoría de las víctimas. Esa fue una de las 42 masacres del mes de julio de 1982, que llevó a cabo el ejército guatemalteco, adoctrinado por militares estadounidenses e israelíes. Esta función homicida del Estado, observó Foucault, sólo puede ser asegurada por el racismo. Un Estado genocida necesariamente es un Estado racista.

Hace tan sólo seis meses el gobierno dominicano fue a Haití a buscar 13 800 braceros. Entra un nuevo director del Consejo Estatal del Azúcar que se suponía progresista. Ese señor se acercó a nuestras organizaciones, y decíamos: por fin vamos a tener casa, escuela, servicios de salud. Le planteamos toda la situación y él nos dijo: lamentablemente ustedes no pueden aparecer en un documento propio o en acápite, ustedes tienen que aparecer a través de sus maridos, su expediente tiene que estar anexado al de sus maridos. Es decir que siempre continuaríamos en ese estado de invisibilidad y de indocumentación. Nuestras comunidades están separadas totalmente una de la otra. Existe un sistema político que nos ha dividido; por ejemplo a los recién llegados se los llama Congó y se los pone aparte, en casas peores que las que tienen los otros braceros. Cuando llega una epidemia, cobra más víctimas que en todas las otras comunidades, y dentro de esas víctimas están los niños y las mujeres. Nos han convertido en apátridas. Nos han tenido en una situación de invisibilidad, porque el gobierno alega que no ha traído mujeres, que sólo ha traído braceros.
Solain Pier, Haití-República Dominicana, 1997

Desde el punto de vista del trabajador, la superexplotación se salda con el agotamiento prematuro y la muerte. Por medio de la intensificación del proceso de trabajo y la extensión desmedida y constante de la jornada laboral, que aceleran el desgaste de los trabajadores; por medio de remuneraciones ínfimas, que no alcanzan para reponer tal desgaste, se produce la enfermedad y la muerte. Esta función homicida del capitalismo dependiente, sólo puede ser asegurada por el racismo. El régimen de superexplotación de los trabajadores es necesariamente un régimen racista.

En Bolivia, por ejemplo, el trabajador que percibe el equivalente de dos salarios mínimos no puede alcanzar a cubrir los requerimientos nutricionales indispensables para él y su familia; el déficit salarial/nutricional constante es de 40 por ciento. En Venezuela, tampoco cubren las necesidades mínimas los salarios del maestro de primaria, peón, panadero, cortador textil, conductor de autobús, minero, cajero bancario o comercial, recepcionista de hotel o mecánico. Para el año 2001, en América Latina, se calcularon 317 millones de pobres e indigentes (CEPAL), esto es el 62 por ciento de la población total y siempre son mayoritariamente indígenas y afroamericanos.

En Sao Paulo, el 75 por ciento de las internaciones hospitalarias son causadas por enfermedades provocadas por agua no tratada, y en estos casos la mortalidad alcanza hasta un 50 por ciento. Se trata de “población no blanca”, localizada en las áreas más pobres. Un hematólogo sostuvo que la disminución de glóbulos blancos en la sangre, padecimiento de los trabajadores en la siderurgia, obedece al “factor racial” (negro). Por su parte, un ingeniero de la Compañía Siderúrgica Nacional brasileña postuló impunemente tres condiciones del obrero en esa industria: “Fuertes, porque de lo contrario no se aguantaría el tranco. Prietos, porque ésta no es una ocupación para blancos. Y burros, porque si fuesen inteligentes se las arreglarían para hacer algo mejor en la vida”. Ahí, en Brasil, el poder pregona que existe un “racismo cordial” y una “democracia racial”. Pero, bajo tal cinismo, como dice Galeano, la llamada “democracia racial” se reduce, en los hechos, a una pirámide social: la cúspide es blanca, o se cree blanca, y la base tiene color oscuro.

Nos oprimen como raza, nos explotan como clase... dado su carácter intrínsecamente ligado a la estructura de clase de la sociedad capitalista, como también por la utilización que el capitalismo hace de las diferencias raciales para superexplotar y oprimir, sostenemos que el racismo y todas las formas de prejuicio y discriminación -racial, de género, por orientación sexual, etcétera- sólo podrán ser totalmente eliminados en los marcos de construcción de una nueva sociedad... Luchar contra el racismo es luchar también contra el sistema que de él se beneficia.
Sindicalistas de la CUT, Brasil, 2000

La otra faceta del régimen de superexplotación, contrainsurgencia y racismo -ahora encubierto como “cambio democrático” o “democracia racial”- es la centralización desenfrenada de la riqueza. La burguesía y la clase política detentan privilegios exorbitantes, lujos e impunidad cada vez mayores. En México, por ejemplo, el presidente gana en términos brutos 251 mil dólares al año. Un secretario de estado obtiene 242 mil dólares anualmente, cifra muy superior que uno de España (68 mil), Francia (82 mil), Italia (156 mil), Estados Unidos (167 mil), Gran Bretaña (189 mil) o Alemania (235 mil), según una investigación realizada por Laura Carrillo y Juan Pablo Guerrero.

Lo mismo sucede en el caso de subsecretarios y directores generales del sector público. Incluyendo las pensiones, a los seis años, el funcionario con nombramiento de director general, en México, sobrepasa ampliamente la percepción de un millón de dólares (1 265 200) y esto es superior que el burócrata de igual nivel en Estados Unidos, Francia, Alemania, Gran Bretaña o Italia. Este sistema de ratería fue creado por Ernesto Zedillo, al mismo tiempo que se ejecutó la masacre de Acteal, un montaje con paramilitares que estaba destinado a acabar con la rebeldía, mediante una ofensiva militar en contra de los pueblos indígenas y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

En el sector privado la rapiña es todavía mayor. En 1991, Carlos Fernández-Vega documentó cómo nació el neoliberalismo en México. De enero de 1983 a febrero de 1991, hubo tasas de crecimiento inverosímiles, hasta por 582 669 por ciento (tal cual), en rendimientos brutos de las acciones de algunas empresas. Actualmente, según Worldwide Total Remuneration 2001-2002, un alto ejecutivo empresarial (chief executive officer) obtiene ingresos por 867 mil dólares al año, en México, monto superior que el de España (430 mil), Alemania (455 mil), Francia (519 mil), Italia (600 mil) o Gran Bretaña (669 mil). Esto significa que en México, 100 individuos de ésos obtienen más ingresos monetarios que 66 mil trabajadores que perciben menos de un salario mínimo. Se calcula que en la actualidad más de 6 millones de asalariados mexicanos están en esa condición.

Con un salario mínimo, el trabajador mexicano puede comprar cinco litros de Coca Cola. Con la riqueza acumulada por Carlos Slim -11 500 millones de dólares, Forbes 2002- se podría aplicar por más de un siglo el programa indigenista del Estado, ejecutando 284 mil acciones, 211 mil proyectos productivos y 73 mil obras de infraestructura.

No hay capitalismo sin racismo, señaló Malcolm X. Ambas relaciones de poder operan conjuntamente y esto involucra un reto para la vida.

También, piensan estos gobiernos racistas que nosotros los indios no conocemos el mundo. Sepan que nosotros sí conocemos y sabemos de los planes de muerte que se hacen en contra de la humanidad y también sabemos y conocemos de las luchas de los pueblos por su liberación... Por eso les decimos a los poderosos del mundo que si ellos se unen para globalizar con la globalización de la muerte, entonces también nosotros vamos a globalizar por la libertad... La rebeldía ha existido en toda la existencia de la humanidad. Está demostrado. Los zapatistas, nuestro deber es luchar por la humanidad y en contra de los planes y tratados del neoliberalismo del mundo, así como las injusticias de los poderosos del mundo que no conocen ni respetan fronteras. Entonces así tiene que ser nuestra lucha por la justicia y la libertad. Por eso vamos a luchar por la vida y la humanidad y contra la muerte.
Comandante Mister, Ejército Zapatista de Liberación Nacional, 2003


IV
Sin fronteras

 Cuando Ernesto Guevara denunció la intervención imperialista en el Congo, llevada a cabo por primera vez con la bandera de la ONU; cuando denunció los crímenes a mansalva de millares de congoleños y el asesinato de Patricio Lumumba, recordó que la otra cara de la moneda imperialista es un cuadro de hienas y chacales, que la “civilización occidental” esconde, bajo su vistosa fachada.

“Todos los hombres libres del mundo deben aprestarse a vengar el crimen del Congo”, reclamó desafiante en el pleno de la Asamblea General de la ONU. Y pudo parecer que sólo era retórica. Pero él no era de ese tipo, sino del que sencillamente suele llamarse rebelde. Ese pronunciamiento fue un reto público y un giro de su carácter temerario. Poco después, el Che estaba combatiendo en el Congo por la liberación.

“Esta es la historia de un fracaso”, escribió al iniciar el relato de esa experiencia. Grababa así las dificultades extraordinarias de esa gran alianza que se necesita para vencer al imperialismo. Pero también indicaba el alcance de esta lucha, más allá de las fronteras nacionales, en la escala de los continentes. Crear las condiciones de su posibilidad efectiva está, desde entonces, entre los retos mayores que tiene la liberación.

El problema de las alianzas posibles no es algo menor. Si se considera la cuestión de la unidad de la fuerza rebelde, en principio, parece más cercano imaginar la coordinación en los Andes, que entre los Andes y Brasil. El cuadro de dificultades se repite en el Pacífico, por ejemplo, entre los oprimidos de la costa, la cordillera y la selva. Pero si consideramos que resulta imperiosa esta gran alianza indígena y afroamericana, puede ser que su posibilidad esté, además del reconocimiento de las diferencias, en la semejanza de las condiciones de clase de los explotados. Y este camino no está desandado, es la senda que han recorrido los libertarios, desde Haití. La lección es que la bandera de los libres se alzó sobre las ruinas.

Fuimos derrotados y allí comenzó la más importante historia de nuestro movimiento (el Movimiento 26 de Julio, Cuba). Allí se mostró su verdadera fuerza, su verdadero mérito histórico; nos dimos cuenta de los errores tácticos cometidos y de que faltaban algunos factores subjetivos importantes; el pueblo tenía conciencia de la necesidad de un cambio, faltaba la certeza de su posibilidad. Crearla era la tarea.
Ernesto Che Guevara, Argentina-Cuba, 1963.

 

* Revista Rebeldía.

 

 

 

 

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