N° 15, Agosto-Noviembre
de 2003
Cambios en el Panorama Internacional
Jesús Hernández
Garibay *
Un breve recuento de acontecimientos nos ofrece la imagen aproximada de distintas tendencias presentes en el actual panorama internacional:
En el plano político-militar, luego del 11 de septiembre de 2001 el inicio de una etapa que la Casa Blanca denomina “guerra global contra el terror”, donde la remoción del régimen Talibán en Afganistán, la amenaza abierta por parte de la Casa Blanca a distintos países a luchar con Estados Unidos en contra del terrorismo o ser considerados como enemigos potenciales (en particular la acusación de George W. Bush a tres países: Irak, Irán y Corea del Norte, de ser parte de un “Eje de la Maldad”), el apoyo logístico y militar a algunos regímenes en su lucha contra grupos insurgentes y terroristas (por ejemplo Filipinas y Colombia), son los antecedentes de la invasión, el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein y la ocupación de Irak por una fuerza angloamericana, por encima del Consejo de Seguridad y la Carta de la ONU. Posteriormente, la amenaza por los EUA a otras naciones cercanas a Irak, como Irán y Siria, a quien la Casa Blanca considera hostiles, así como el intento por modificar el mapa político-militar de Asia Central y Medio Oriente.
En el plano económico, una fuerte crisis en los
Estados Unidos, con las más altas tasas de desempleo de mucho tiempo y
creciente desconfianza de los consumidores en el mercado, así como el descenso
de la importancia del dólar como moneda fuerte y las contradicciones por el
ascenso del Euro y la mayor fortaleza económica de la Unión Europea, pero a la
vez debilidad de otros países tanto desarrollados (caso de Alemania) como
subdesarrollados cuyo peso de la deuda externa es todavía fuerte y donde la inversión
finalmente no alcanza a prosperar, pues los capitales entran y salen a su
antojo sin lograr una mayor estabilidad para beneficio del empleo y el mercado
interno. Los niveles de pobreza y mayor desigualdad en la distribución de la
riqueza son más altos que nunca, mientras grandes negocios internacionales se
juegan al amparo de las políticas de Estado (como en el petróleo y otros
energéticos o las telecomunicaciones).
En el plano político y particularmente para el caso de
América Latina, cambios importantes en relación con décadas anteriores:
consolidación de gobiernos civiles en países donde algún día hubo regímenes militares,
mientras como parte de la reforma en busca de ampliar la democracia
representativa, se promueve un mayor dinamismo en los procesos electorales,
que sólo es opacado por el persistente abstencionismo. En estos procesos,
sectores de derecha moderada con fuerte participación empresarial logran la presidencia
en varias naciones latinoamericanas (caso de Uruguay, Bolivia, Nicaragua, Honduras,
Colombia y México), en tanto que en otros países coaliciones de centroizquierda
modifican la composición del poder legislativo y alcanzan o amenazan con
alcanzar en algunos casos la presidencia (caso de Brasil, Ecuador, Bolivia o
Argentina con sus particularidades).
A la vez, se desenvuelven procesos más independientes
como el de la revolución bolivariana de Venezuela, que sobreviven al ataque
decidido de sectores oligárquicos y conservadores, mientras en Colombia se alcanza
un virtual empate político-militar entre la guerrilla y el gobierno derechista
de Uribe. De manera específica, a pesar de que se mantienen las divergencias
históricas existentes entre el gobierno y sectores ultraconservadores
estadounidenses con la revolución cubana (más ahora en que el triunfo en la
invasión a Irak le da fuerza a la Casa Blanca para amenazar a Cuba,
calificándole también como parte del “Eje de la Maldad”), y aun cuando ésta no
se encuentra libre de las críticas por asuntos internos no resueltos (como ha
sido el caso reciente del juicio a disidentes), la isla se advierte en un nuevo
momento con mayor estabilidad económica, más fortaleza en las instituciones e
importantes avances en las representaciones culturales.
Otros asuntos prevalecen en el actual escenario internacional
más cercano a nuestro país, como las pugnas por los mercados y las intenciones
de resolverlas por parte de los Estados Unidos y sus más fuertes aliados
mediante la creación de un Tratado continental de libre comercio (ALCA), los
esfuerzos integracionistas de algunos gobiernos sobre todo pero no únicamente
sudamericanos en la dirección de crear alternativamente al ALCA zonas de libre
comercio mucho más apegadas a los intereses latinoamericanos (Mercosur y
otros), los perseverantes problemas de migración en ascenso hacia el norte del
continente, la problemática no resuelta del narcotráfico, entre muchos otros.
El mal sabor de boca dejado en la escena mundial por
la reciente invasión y ocupación de Irak ha servido para reforzar la idea
socorrida todavía por muchos, en el sentido de que con ello se inicia un nuevo
ciclo bajo el mismo signo devastador que el planeta vivió en el pasado por
causa de los Estados Unidos. “No hay quien detenga a Norteamérica...”,
parecieran confirmar los hechos; menos ahora en que el poderío militar de esa
nación es superior a las siguientes siete potencias militares juntas. Y en
efecto, el que ha sido llamado policía del mundo se ostentaba hasta hace
unas semanas otra vez ante todos en Irak, como un gran triunfador que, a decir
del propio presidente Bush, luego de la caída el 9 de abril último del régimen
de Bagdad, dejaba “un mundo más seguro y más pacífico...”
No obstante ese triunfalismo que esconde la pretensión
de que los EUA de nuevo han puesto orden en ésta que considera finalmente su
propia casa, cumpliendo así la misión civilizadora que Dios confiara
según esto algún día a su pueblo, y pese a que lo que ha sucedido otra vez deja
la sensación de que así será por siempre, lo cierto es que la nueva victoria
militar se encuentra hoy rodeada de peligros y está a punto de convertirse en
un triunfo pírrico, no sostenible por la sola mermada fuerza moral de los
propios norteamericanos. De por sí que a diferencia de ocasiones anteriores, la
decisión final de invadir militarmente a otro país subdesarrollado llegó en la
ONU casi a convertirse en una verdadera pesadilla para la Casa Blanca y una
derrota diplomática que le obligó a tomar esa medida tan sólo con el grotesco
apoyo del gobierno español y el gobierno inglés (este último desde luego su
histórico aliado), y la desaprobación abierta del resto del orbe.
Pero además, la decisión de lanzar la ofensiva en
contra de Saddam Hussein se toma por Washington diríamos, a pesar de la grave
situación económica de su país que amenaza desde hace tiempo con llevar al
gobierno a la bancarrota. Hecho preocupante si se considera que la nueva
guerra, cuyo gasto se calculaba conservadoramente en unos 120 mil millones de
dólares, obligaría de nuevo y por enésima ocasión a la administración a
endeudarse con las grandes compañías armamentistas y de tecnología de punta,
que son quienes realmente obtienen las mayores ganancias de la tradicional
política belicista de la Casa Blanca. Un asunto verdaderamente espinoso si se
razona que los EUA gastan hoy, luego de la caída de Hussein, ni más ni menos
que 4 mil millones de dólares al mes, mientras el déficit presupuestal de su
gobierno está por alcanzar los 455 mil millones de dólares en este año y los
475 mil millones en 2004; una deuda esta, por cierto, que llegó para quedarse y
ser pagada por generaciones que ni siquiera han nacido todavía ahí.
Pero los mencionados son solamente dos de muchos otros
problemas que están vigentes en medio de la tempestad que se inicia para los
Estados Unidos con los ataques terroristas a las Torres Gemelas de Nueva York
del 11 de septiembre de 2001 y que devienen complejas circunstancias que no
favorecen del todo los planes largamente acariciados por los sectores
ultraconservadores que acompañan al presidente de los EUA en su pretendida
cruzada por un mundo integro, a imagen y semejanza del libre mercado. En los
momentos en que se escriben estas notas tanto el gobierno de Bush como el de su
aliado Tony Blair viven al borde de una grave crisis política, arrinconados de
espaldas por sus críticos, quienes les cuestionan acremente el haber mentido en
su afán por iniciar la guerra.
Para entender mejor estos acontecimientos y el perfil
que podría estar configurándose en el mundo para los próximos años, se hace
necesario comprender más a fondo qué es lo que esconden los problemas que
comienzan a sufrir los EUA en los últimos tiempos y cómo ello tiene que ver con
una crisis sin parangón, en un nuevo momento donde profundos cambios en
distintos planos comienzan a hacerse sentir que abren a la humanidad frescas y
prometedoras perspectivas de un mundo distinto al que por ahora sufrimos.
El 11 de septiembre no representa propiamente un
parteaguas en el curso de la problemática mundial, ni sus causas tienen que ver
con una insólita guerra de las civilizaciones a la cual ahora responden
los EUA en su afán por salvar a la sociedad Occidental, como han pretendido
sugerir algunos escritores. Más bien, el ataque de ese día al corazón de la
soberbia norteamericana es la expresión de la profunda crisis que vive en los
inicios de un nuevo siglo el capitalismo y su representante por antonomasia,
enredado en los nudos de los grandes negocios, en un momento en que algunos de
los mecanismos que le han permitido reproducirse por varios lustros comienzan a
agotarse, enfrentado a problemas no fácilmente resolubles como la pérdida de
dinamismo económico por la baja de las inversiones, o a circunstancias sociales
de plano insolubles como la pobreza y el desempleo.
En otras palabras, los cambios recientes en la
política internacional de Washington que tanto nos preocupan ahora por causa de
una nueva conflagración y que son parte de la llamada “guerra global contra el terror”
que amenaza militarmente más que en cualquier época anterior a una o varias
naciones simultáneas, no son la simple consecuencia de los ataques terroristas
perpetrados en contra de los EUA. Son, por el contrario, cambios que venían
promoviéndose desde años atrás por sectores ultraconservadores para quienes
resulta insuficiente haber desarticulado un actual y potencial enemigo: la
Unión Soviética y el socialismo internacional. Son cambios a la vez, que emanan
de la necesidad de reforzar como nunca antes el sistema mundial de dominación,
por causa de la incapacidad de solucionar crecientes contradicciones en el
sustento del poder y ante la presencia de fuerzas sociales emergentes cada vez
mejor organizadas, cuya perspectiva se advierte como un peligro y un obstáculo
a las necesidades del mercado depredador.
De hecho, el fin de la guerra fría y principio
de la nueva etapa neoliberal que sólo podría sostenerse mediante la reforma
política del sistema con la entrada a un periodo de transición a la democracia
que supuestamente llevaría al mundo a las puertas de la felicidad
librecompetitiva, no logran hasta ahora cuajar y por el contrario, en el
entorno de un mercado inestable el capital se enfrenta a las cada vez más severas
contradicciones que, en una etapa más avanzada de su desarrollo y en medio de
revolucionarios cambios tecnológicos para los cuales no está socialmente
preparado, se le presentan enredadas en los intereses de negocios
internacionales, sometidos estos a una descarnada competencia que a pesar de la
ampliación del mercado globalizado y privatizado, arruina a quienes no
encuentran más firmemente eslabones con más fuertes corporaciones o las grandes
decisiones de Estado.
La situación económica no es ni mucho menos
placentera. Si bien distintos mecanismos y medidas globales apoyadas e
impulsadas por los grandes organismos creados al amparo de las políticas
reguladoras de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, más
recientemente Organización Mundial de Comercio entre otros) han impedido que
aquella caiga por la pendiente de la incertidumbre, permitiendo en parte
regular el camino de la competencia a pesar de la natural anarquía del mercado,
lo que también es cierto es que, no obstante el mejor funcionamiento
macroeconómico, ha sido imposible evitar distintas tormentas financieras que a
la vez que reflejan el funcionamiento inestable del mercado, golpean al empleo
y empobrecen cada día más a la gente.
Distintos países se enfrentan hoy al capricho de los
capitales de inversión que van de un lugar a otro en busca de las mejores
condiciones para hacer viable la rentabilidad de sus inversiones y que sin
tentarse el corazón entran al mercado especulativo cuando no tienen
posibilidades mayores de ganar en la esfera de la producción, y salen del mismo
cuando han agotado sus fuentes de utilidad. Ha pasado en todos nuestros países,
pero también pasa en los Estados Unidos, lo que les enfrenta a problemas no
fácilmente resolubles como la pérdida de dinamismo económico. Y por mucho que
se cambien las leyes y se debiliten las soberanías, al final de cuentas es el
lucro y no la pretensión de crear empleos para el beneficio nacional, lo que
determina la estancia y eventual huída de esos capitales. Dígalo si no el
desempeño de las maquiladoras en el transcurso del tiempo.
Pero el mayor problema es que hoy se vive un momento
en que diversos mecanismos que han contribuido a reproducirse al capital por
varios lustros, empiezan a agotarse. Es el caso del crédito, que comienza a
dejar de ser un mecanismo que permite estimular el consumo y que poco a poco se
contrae a grado tal que los productores privados se ven obligados a asumir la
política de la tasa cero con tal de que la gente acepte el endeudamiento (las
famosas seis mensualidades sin intereses, por ejemplo), mientras que la banca
central (la Reserva Federal para el caso de los EUA, que influye decisivamente
con sus políticas al resto del mundo) ha debido plantearse reducir una y otra
vez la tasa de interés global vigente (en la actualidad a un mínimo del ½ por ciento en ese país), en el afán de
ampliar las inversiones y estimular el mercado.
El natural funcionamiento del sistema que exige
reestructurar la esfera laboral en busca de una mayor productividad para
enfrentar la ineluctable competencia y que obliga a la vez a introducir
maquinaria y automatización que desplaza fuerza de trabajo, las
transformaciones en los mercados laborales de países con un menor crecimiento,
el cambio tecnológico, la globalización y otros factores que reducen la demanda
tradicional, se expresa en desempleo y/o generación de puestos de alta
calificación y altos salarios (analistas simbólicos) que contrastan con
los de baja calificación y salarios decrecientes (las grandes mayorías), lo que
provoca un mayor desempleo, la transformación de los mercados laborales
formales en informales y una más alta exclusión social
traducida en pobreza.
Así, el sistema vive hoy enfrentado a sus propias y
cada vez más graves contradicciones, pero en una nueva época en que cantidad
importante de cambios de distinta índole se advierten, y donde a la vez se
insinúan nuevas fuerzas sociales, no presentes en anteriores épocas, que
amenazan con modificar las perspectivas de la historia actual.
Los signos que denotan un cansancio otoñal en el
funcionamiento del sistema y que afectan de distintas maneras hasta a los que
más tienen, se producen en un nuevo momento de la historia en que comienzan a
afirmarse transformaciones que poco tienen que ver con las intenciones globalizadoras
que a inicios de los noventa nos sugerían llevarnos por fin al vergel de la
democracia y de la bonanza. Mientras la globalización promueve mejores
condiciones para el librecambio, lo que aprovechan eficazmente sobre todo las
grandes corporaciones que se encuentran “posicionadas” en el mercado, un amplio
proceso de mundialización también avanza en todo el planeta durante
estos años, a través entre otras formas de la revolución en las
telecomunicaciones que abreva al mayor y mejor conocimiento del entorno
universal, y camina de la mano de nuevas representaciones de la cultura en muy
distintos planos, que exhiben un mundo más abierto y una sociedad más
despierta.
Las nuevas tendencias en el mundo del trabajo, la
mayor y mejor educación de la gente, la incorporación de la mujer a la escena
laboral, el crecimiento de la economía informal, sobre todo el desarrollo del
sector de los servicios entre otros aspectos, promueve cambios en la estructura
social y a las tradicionales clases sociales se suman en las últimas décadas
una multiplicidad de capas nuevas que adquieren mayor importancia en la
participación de la vida económica, social y política de muchos países. Tales
hechos añaden una multiplicidad de actividades que exhiben de manera más
abierta y franca la enorme diversidad existente en la sociedad moderna. A la
vez, las nuevas circunstancias originan una mayor conciencia acerca de los
alcances y de las limitaciones de la época, tanto como de los problemas que se
viven ahora, con una nueva actitud ciudadana rebelde y más participativa, que
busca de manera más activa elementos que le permitan entender mejor los tiempos
y las oportunidades.
El resultado es un movimiento social más amplio, que
se ha venido construyendo en los últimos lustros a través de distintas formas
organizativas como los movimientos de base, las Organizaciones No Gubernamentales,
las agrupaciones civiles y muchas otras, que buscan anteponer sus intereses y
resolver sus problemas inclusive por encima de los partidos políticos, tradicionales
formas organizativas que comienzan en los últimos lustros a vivir una verdadera
crisis que, entre otros aspectos, se traduce en constante y hasta creciente
abstencionismo en los periodos electorales. Dicho de otra manera, una multiplicidad de capas sociales nuevas provenientes de franjas proletarizadas
pero que emergen también de los servicios y la economía informal,
complejizan las viejas formas organizativas. La estructura del mercado laboral promueve
estratos que viven más allá del salario e independientemente de éste, alterando
también al sindicalismo, lo que reduce el margen de maniobra de estas
organizaciones, pues sus agremiados buscan también acciones paralelas más
abiertas y menos gremiales.
Surge un
movimiento ciudadano que se expresa políticamente y busca también propósitos
sociales relacionados con sus problemas específicos (mujeres, discapacitados,
trabajadores sexuales, comités vecinales, entre otros); las organizaciones
sociales y políticas tradicionales pierden peso especifico y credibilidad, y
adquieren mayor fuerza otras no vinculadas a aquellos. El desprestigio de los
partidos políticos que no encuentran soluciones rápidas a la complejidad de los
problemas, los debilita, mientras otras organizaciones ofrecen más frescas
posibilidades de solución de su problemática inmediata. Esto obliga a pensar no
sólo en las nuevas circunstancias en las que se desenvuelven los partidos
políticos, sino a la vez en el cambiante papel que cumple hoy el movimiento
sindical, pues la gradual disminución de su importancia nacional, consecuencia
también de las declinantes tasas de sindicalización que le asedian [1], le plantean el difícil reto de pretender
ser representativo de genuinos intereses de una sociedad en la que comienza a
padecer de la mayor debilidad organizativa.
De otro lado,
una inédita cultura política engarzada en un nuevo momento de la cultura
mundial en el que la diversidad, el mestizaje y el rescate de los orígenes son
importantes sucesos en un nuevo escenario, cimientan el desarrollo de frescos
movimientos con clara repercusión internacional por sus contenidos insólitos
como el zapatista en México, o los también movimientos indios en Ecuador y
Bolivia. A la vez, un importante movimiento mundial en contra de la
globalización de las corporaciones (el llamado “antiglobalifóbico”) comienza a
ser articulado como parte de un esfuerzo mundial esencialmente político-social
que deriva en el llamado Foro Social Mundial de Porto Alegre. Tanto aquellos
como éste avanzan a pesar de sus contradicciones, en resistencia y como
antítesis de las tendencias más conservadores y neoliberales del sistema. Así,
no obstante la grave problemática que hoy se vive en el mundo a consecuencia de
las agresivas intenciones de quienes cuentan con el poder para mantener el
actual estado de cosas, es este naciente escenario, vigente en el inicio de un
nuevo siglo, el que abre también promisorias perspectivas de un posible mundo
distinto, donde el Estado
de Derecho sólo comienza a adquirir sentido si y sólo si tiene como centro y
prioridad a la gente y sus necesidades, donde el foco del proceso social y
político sean los pueblos y de ninguna manera los partidos y el Estado.
Lo que de
aquí en adelante pase desde luego no puede ser previsto por nadie. Pero una
cosa sí resulta cierta, que la oportunidad de transformar este mundo para
beneficio de todos quienes vivimos en el mismo no le corresponde sino a todos,
y que en la medida en que entendamos nuestras diferencias y aceptemos nuestra
diversidad podremos construir un mejor camino para hacer viable el sueño de
alcanzar un planeta digno del ser humano...
Oaxtepec, Morelos, 24 de julio de 2003.
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Vigente de América Semanal...
* Conferencia pronunciada en el Seminario “Análisis de la Situación Actual”, Centro Nacional de Promoción Social (CEMPROS), 25 al 27 de julio de 2003, Oaxtepec, Morelos. El autor es psicólogo y sociólogo por la UNAM, miembro de la Asociación por la Unidad de Nuestra América y director de Cuestiones de América (www.cuestiones.ws).
[1] El caso de la Confederación General de Trabajadores de Guatemala (CGTG)
es ilustrativo: ya en la época del presidente Vinicio Cerezo (1986-1990) el
total de trabajadores agrupados era de 80 mil, pero a partir de ahí el declive
es más pronunciado, pues queda en unos 45 mil hacia el final del siglo (una
disminución cercana al 50%). De otro lado, a principios del nuevo siglo la tasa
global de sindicalización en Guatemala sólo es del cinco por ciento del total
de los trabajadores; no obstante, si se descuenta a los trabajadores
sindicalizados por cuenta propia (economía informal), dicha tasa sólo alcanza
el dos por ciento (datos proporcionados por Rigoberto Dueñas, Secretario
General Adjunto de la CGTG, agosto de 2001; citado en Hernández Garibay, Jesús,
Del siglo americano al siglo de la gente. América Latina en el vórtice de la
historia, Editorial Miguel Angel Porrúa, México 2003.