La afinidad manifiesta entre los presidentes Kirchner y Lula debe evidenciar
también una estrategia compartida para desarrollar el Mercosur.
Argentina y Brasil, además de Uruguay y Paraguay, procuran, en la actualidad,
estar sólidamente unidos por un proyecto geopolítico de gran sentido
estratégico: el Mercado Común del Sur (Mercosur). De hecho, ya se fue el tiempo
en que Argentina y Brasil, ignorando su amplio potencial de cooperación mutua,
perdían tiempo y energía con una rivalidad artificial basada en desconfianzas
injustificadas.
Estimulada por las dictaduras militares de las dos naciones, tal rivalidad
impidió que Argentina y Brasil implementasen, de forma más temprana, procesos
de integración para producir sinergias comerciales, económicas y políticas.
Felizmente, el retorno de la democracia trajo consigo el abandono de la tesis,
según la cual Argentina y Brasil deberían disputar la hegemonía en la cuenca
del Plata para asegurar el acceso a recursos naturales importantes, como
energía, por ejemplo, y garantizar su seguridad.
El fin de los programas nucleares de naturaleza militar tuvo papel fundamental
en ese proceso de mejoramiento de las relaciones bilaterales.
Como resultado, se firmaron, a partir de la mitad de la década de los '80, los
acuerdos Alfonsín-Sarney, que dieron el impulso inicial a la integración entre
Argentina y Brasil. Tales acuerdos tenían una estrategia implícita.
Se trataba de dar a Argentina y Brasil condiciones de enfrentar juntos los
problemas presentados por la crisis de la deuda, el aumento de la
vulnerabilidad externa y el estancamiento con inflación.
Los dos países pretendían fortalecer su posición ante un escenario
internacional más competitivo y hostil, mediante la activación de
complementariedades económicas.
Al mismo tiempo, procuraban establecer políticas de desarrollo armónicas con
énfasis en las variables endógenas del crecimiento económico. Por esa razón, se
buscaba sobre todo la integración industrial de los sectores líderes,
especialmente el de bienes de capital.
Entretanto, esa estrategia inicial del proceso de integración entre Brasil y
Argentina, radicalmente distinta da la recomendada por el Consenso de
Washington, fue abandonada por Menen y Collor en la época de la celebración del
Tratado de Asunción, que creó el Mercosur.
De hecho, la hegemonía ideológica del paradigma neoliberal en los dos países
(más en Argentina de que en Brasil) tuvo como consecuencia principal un énfasis
excesivo en la liberalización comercial, con prejuicios claros para otras
dimensiones del proceso de integración, en el ámbito del Mercosur.
Aspectos importantísimos para una integración verdaderamente exitosa, como la
coordinación de las políticas macroeconómicas, la implementación de políticas
de desarrollo e industriales simétricas y la reducción de la vulnerabilidad
externa de las economías fueron prácticamente abandonadas a favor de la
apertura comercial sin planificación y de las políticas "amistosas para
los mercados".
También la dimensión social del proceso de integración, que incluía la libre
circulación de los trabajadores y la armonización de la legislación laboral fue
relegada a un muy distante segundo plano.
Aldo Ferrer, aunque reconozca que la liberalización aduanera produjo,
inicialmente, un notable aumento del comercio entre los estados partes del
Mercosur, identifica con precisión cuatro "pecados originales" que
perjudicaron y perjudican el proceso de integración: la vulnerabilidad externa
de las economías, el malestar social en la región, el abandono de las
estrategias nacionales de desarrollo y la crisis ideológica frente a la
globalización.
La vulnerabilidad tiende a dificultar que los gobiernos adopten políticas
autónomas en relación a los intereses creados por la globalización financiera.
Aliada al predominio de la “visión fundamentalista de la globalización”, según
la cual las únicas políticas posibles son las neoliberales, tal vulnerabilidad
torna perennes y prácticamente “intocables” los ajustes económicos pro-
cíclicos, con las consecuencias negativas que todos conocemos.
Por su parte, el malestar social ocasionado por el aumento de la concentración
de los ingresos, del desempleo y del subempleo, y también por el agravamiento
de la marginalización de amplios sectores de la población, genera tensiones
sociopolíticas que dificultan una integración más estrecha.
El abandono total o parcial de las estrategias nacionales de desarrollo,
especialmente en Argentina y Brasil, impedía la coordinación de las políticas
macroeconómicas que podría haber evitado las grandes oscilaciones del cambio,
las cuales provocaron notable inestabilidad en el flujo comercial dentro del
Mercosur.
En relación con la crisis ideológica, ella provocó, en algunos casos,
alineamientos ideológicos y políticos incondicionales con los Estados Unidos.
Como resultado, el Mercosur perdió iniciativa política en el escenario mundial
y se mantuvo apenas por los intereses privados vinculados al comercio
bilateral.
Por lo tanto, el fortalecimiento del Mercosur presupone el enfrentamiento de
esos problemas y la recuperación de su sentido estratégico inicial. En efecto,
el proceso de integración solo tendrá coherencia y dirección cuando sea basado
en políticas nacionales (externa, de desarrollo, industriales, de ciencia y
tecnología, etc.) que tengan como metas esenciales la reducción de la
vulnerabilidad externa y el crecimiento económico sostenible a partir de
variables endógenas.
El gobierno de Lula está determinado a implementar tales políticas y a
fortalecer el Mercosur, inclusive mediante inversiones financieras en los otros
países del bloque. Tenemos clara conciencia de que un Mercado Común del Sur
sólido y ampliado es la clave para la inserción exitosa de las economías de los
Estados Partes en el proceso de globalización.
Particularmente, valoramos el Mercosur como plataforma estable para enfrentar
las difíciles negociaciones del ALCA. Pero, al mismo tiempo, tenemos conciencia
también de que necesitamos del decidido apoyo de Argentina, así como de Uruguay
y Paraguay, para realizar este arduo trabajo. En ese sentido, la elección de
Néstor Kirchner ha creado una sinergia política entre Argentina y Brasil que
debe ser aprovechada al máximo en esta coyuntura delicada.
Estamos optimistas. Argentina y Brasil, unidos por un Mercosur estratégicamente
relevante, tendrán, con seguridad, el destino común de crecimiento económico
sostenible, desigualdades sociales reducidas e inserción soberana en el
escenario internacional. Y no tendremos más que escoger entre Pelé y Maradona.
Jugarán juntos.
* Clarín,
11 de junio de 2003. Aloizio Mercadante es economista y senador brasileño.
Líder de la bancada del PT y secretario de Relaciones Internacionales del PT.
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