El
ALCA y los intereses latinoamericanos
Matar
al tigre y no asustarse con el cuero
Robert Schock *
Estados Unidos tiene un interés
estratégico por hacer aprobar el ALCA en enero de 2005, imponiendo un
calendario de plazos tan terminantes como apresurados, lo que está provocando
un crecimiento de la resistencia popular frente al ALCA.
El escenario en que todo esto ocurre incluye la más profunda y espantosa crisis
económica, social y política en América Latina, y de Bolivia en particular. La
seria crisis económica en Estados Unidos y, en especial, la forma guerrerista y
de acción unilateral que asume la hegemonía estadounidense, le permiten dividir
al mundo con arrogancia imperial en dos únicos grupos: los amigos
incondicionales, en un extremo en el que creo que estamos, y el resto del mundo
en el otro.
La posición del gobierno de Estados Unidos sobre el ALCA se ha movido en el
último año entre la premura por hacer aprobar su proyecto de recolonización, la
aprobación de un fast-track limitado y una indetenible escalada proteccionista
que devalúa la retórica discursiva del libre comercio con ganancias para todos.
El énfasis en imponer a marcha forzada el ALCA y las declaraciones arrogantes
asegurando que no les inquieta que algunos países rehusaran ingresar a sus
grandes beneficios no hacen más que ratificar la prisa estadounidense para
utilizar a esta región del continente como instrumento para compensar sus
grandes déficit comerciales con el resto del mundo, recolonizarla y uncirla
para siempre a su dominación, eliminar de América Latina la competencia de
europeos y asiáticos y tener acceso irrestricto a nuestros recursos que
ambiciona controlar.
El interés del gobierno de Estados Unidos no es compartir los beneficios de una
idílica liberalización comercial a través del ALCA sino penetrar en los
mercados latinoamericanos, arrasando con los productores nacionales para
compensar su gigantesco y creciente déficit comercial, que en 2001 alcanzó a
346 mil millones de dólares.
El interés del gobierno de Estados Unidos no es compartir los supuestos
beneficios de la libre inversión de capital, sino extraer utilidades para
compensar su déficit de cuenta corriente que alcanzó 375 mil millones de
dólares el año pasado.
Nuestros países no son vistos como libres y felices socios para acompañarlo en
la alegre apertura de mercados, sino como instrumentos para conjurar la
incertidumbre y el temor ante el presente y el futuro económico de Estados
Unidos. Un presente que sólo en el último año registra pérdidas en el mercado
de valores por más de 2,5 billones de dólares, numerosas quiebras salpicadas de
escándalos de corrupción en gigantescas empresas hasta ayer consideradas joyas
de la “magia del mercado”, un alto nivel de desempleo, la pérdida de confianza
de los consumidores y el regreso a una espiral de déficit fiscales en medio de
la fiebre belicista que alimenta un gasto militar desenfrenado.
América Latina y el Caribe no son socios que en igualdad de condiciones -como
dice la propaganda del Departamento de Estado-, fortalecen y apoyan su
democracia con el libre comercio, sino que son la región donde el apetito del
imperio se excita con los mercados por controlar, las esferas de inversión de
capital por dominar, las empresas públicas por privatizar, los lucrativos
sectores de servicios por someter y la barata fuerza de trabajo por explotar.
Es la región donde hay petróleo, agua, biodiversidad y espacio geoestratégico
para ampliar su red de bases militares.
Estas son las verdaderas razones para explicar la prisa estadounidense por
encerrar a América Latina en la jaula del ALCA.
En los últimos meses la posición estadounidense ha incorporado un nuevo
ingrediente: una oleada proteccionista por encima de lo habitual que, sin
embargo, coexiste con la retórica de la apertura comercial y muestra el abismo
entre el discurso engañoso y los intereses reales.
Al elevar los aranceles en 30 por ciento al acero importado y destinar 180 mil
millones de dólares para subsidiar producciones agrícolas no competitivas, el
campeón del discurso del libre comercio exhibe el valor exacto de su discurso,
esto es, fuegos artificiales para la propaganda y en lo sustantivo la
aplicación férrea de un proteccionismo selectivo que se vale de un sofisticado
arsenal de barreras no arancelarias, legislación anti dumping, subsidios
abiertos y encubiertos, normas técnicas, fitosanitarias y muchas otras.
Sólo los muy ingenuos, los muy tontos y, en especial, los muy cínicos podrán
seguir repitiendo el elogio del libre comercio que todo lo resuelve, los
periodistas en nuestros espacios de opinión no lo haremos.
¿Cómo ocultar que hay más pobres ahora en Bolivia en magnitud absoluta y en
porcentaje de la población total que en 1985 cuando el neoliberalismo debutaba
en el país?
¿Cómo ocultar que bajo políticas neoliberales en Bolivia las desigualdades e
injusticia en la distribución social han crecido?
¿Cómo ocultar que en Argentina, con la esmerada aplicación del neoliberalismo y
su capacidad de producción de alimentos, veamos niños desnutridos y moribundos
en exactas condiciones que en los campos de concentración nazis?
El fracaso del neoliberalismo es inocultable y se evidencia incluso en el
cauteloso lenguaje de la CEPAL; cualquier trabajador, campesino, gente del
pueblo en Bolivia podría preguntar con elemental sensatez: ¿por qué insistir en
una política de pésimos resultados?
El ALCA pretende precisamente eso: darle a nuestros países más neoliberalismo,
pero además, hacerlo irreversible convirtiéndolo en un compromiso jurídico
internacional. Lo que se negocia ahora en el ALCA no es más que la codificación
de los principios esenciales neoliberales para convertirlos en normativa
internacional, siguiendo los peores contenidos de la OMC.
Todas estas críticas y reclamos señalan reales puntos donde el ALCA lesiona
intereses legítimos de nuestros países, pero tiene este proyecto muchos otros
puntos oscuros de igual o peor significado sobre los cuales se mantiene un
sospechoso silencio.
Veamos algunos de ellos. En cuanto a derechos de los inversionistas es evidente
que a éstos se les da mayor jerarquía que a los derechos de los pueblos. Se
mantiene en los textos del ALCA el derecho de las empresas a demandar a los
gobiernos ante instancias fuera de la legislación nacional, a condenar a éstos
y hacerles cumplir sus exigencias. Se mantiene la prohibición de cualquier
control sobre el movimiento de capital, incluidos los capitales especulativos
de corto plazo. Se mantienen los llamados “requisitos de desempeño”, que no son
otra cosa que un código de prohibiciones dictado por las empresas privadas para
maniatar a los estados hasta asegurar su total irrelevancia.
En el tema de servicios se pretende considerar todos los servicios -educación,
salud, pensiones y jubilaciones, vivienda, seguridad, etcétera- como mercancías
y someterlos a una lógica de competencia comercial en la que arrasarían las
empresas de servicios estadounidenses y recibirían servicios los que puedan
pagarlos.
En el de la agricultura es obvio que Estados Unidos pretende penetrar en los
mercados regionales sin levantar el proteccionismo del suyo, provocar la ruina
de campesinos y estimular una competencia entre los países que, sin mecanismos
de coordinación de políticas agropecuarias, conduzca a minar la integración
regional.
En el campo de la propiedad intelectual el ALCA mantiene su pretensión de hacer
privado lo que debe ser público y adjudicarse incluso la invención de la vida
convirtiendo en monopolio privado -éste es bueno y deseable, pues el malo y
perverso es el monopolio estatal- el uso de plantas y otras formas de vida. Se
pretende, en suma, llegar más lejos que las reglas del acuerdo trip de la OMC y
ampliar, más aun, la protección de las patentes para satisfacción de las
grandes trasnacionales farmacéuticas.
En cuanto al ambiente y recursos naturales el ALCA impulsa la radicación de
trasnacionales dedicadas a la exportación con uso intensivo de energía y
recursos naturales, tratando al ambiente como una mercancía.
En los textos del ALCA sigue sin respuesta el gran problema del desempleo, la
caída del salario real, la informatización y precarización del trabajo que la
política neoliberal ha exacerbado. Por el contrario, la insistencia en un
neoliberalismo aun más denso con su libre comercio en vez de justo comercio, y
capital de libre movimiento en lugar de capital con regulación social, asegura
más desempleo y precarización.
En los textos del ALCA sigue repitiéndose la inviolable libertad de movimiento
de las mercancías y el capital, mientras que la política migratoria estadounidense
se hace cada vez más xenófoba y restrictiva del movimiento de la fuerza de
trabajo.
Los textos en negociación del ALCA ignoran la situación de la mujer, colocada
en un peldaño aun inferior en cuanto a empleo y recibiendo el impacto
multiplicado de las políticas de libre comercio e inversión de capital. Nada
hay en estos textos que asegure a las mujeres la protección de sus derechos
laborales, civiles, reproductivos, sexuales y humanos.
Nada hay tampoco para proteger los derechos de los pueblos indígenas sobre los
que el neoliberalismo ha agregado una nueva dosis de explotación y exclusión
por encima de la que padecen desde hace más de 500 años.
Todo lo anterior y aun más contienen los textos del ALCA que merecen ser
criticados y rechazados. En ellos aparece con claridad el carácter anexionista,
colonialista e imperialista de esta propuesta estadounidense para retroceder.
Frente al proyecto anexionista, ¿qué hacer entonces? sería la pregunta obvia. “Matar
al tigre y no asustarse con el cuero.”
* Alia; Rebelión,
9 de abril de 2003.
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