N° 15,
Agosto-Noviembre de 2003
Iosu Perales *
ciertamente
constitutivo de la democracia:
sin
una tensión ideal, una democracia no nace y, una
vez
nacida, rápidamente se distiende...
las democracias
son difíciles, deben ser promovidas y
creídas.
Indice
Presentación
1.
Lo global,
lo nacional y lo local
2.
Del
centralismo a la descentralización
3. La
educación para la participación: una ciudadanía participativa
4.
Movimientos críticos y poder local
5. El
fortalecimiento de la sociedad civil
6.
Municipalismo, democracia y participación
7. Poder
local y desarrollo humano sostenible
Panorama
de la Democracia Participativa:
8. El
presupuesto participativo en Porto Alegre
9. La
democracia en Porto Alegre
10. żEs
extensible o replicable la experiencia de Porto Alegre?: El caso de Montevideo
11. El
déficit democrático o el declive de la democracia representativa
Presentación
Las referencias
a la descentralización, al espacio local y a la participación ciudadana son hoy
en día lugares comunes en el contradictorio discurso político y académico
contemporáneo de América Latina. Actores muy diversos coinciden aparentemente
en el reconocimiento de las virtudes de la transferencia de poder de decisión a
niveles de gobierno más cercanos a la gente, como una condición fundamental
para el fortalecimiento de la democracia y el desarrollo social.
Más allá de
las previsibles dudas sobre las razones objetivas de este consenso tan amplio,
es de interés explorar las posibilidades concretas que la descentralización y
la implementación de la democracia participativa tienen en el terreno de la
eficacia, en orden a una mejora de la estructuración social, la extensión de
una cultura de la tolerancia y el consenso y el fortalecimiento de los nudos
sistémicos de la vida política.
El presente
texto plantea la hipótesis de que las urgencias de América Latina en los
ámbitos de la gobernabilidad legítima y el desarrollo humano sostenible, tienen
en la vía de la participación ciudadana una oportunidad histórica. Este
movimiento democrático encuentra en el marco de lo local un espacio apropiado.
De tal manera, la triple dimensión de poder local, democracia y ciudadanía,
convergen y multiplican sinergias que se retroalimentan, a través de la
extensión de la democracia participativa. La investigación extiende sus
hipótesis a los ámbitos de la regeneración política de las estructuras e
instituciones estatales, de gobierno y de los partidos políticos, y propone
como resultante una mayor eficacia y legitimidad del Estado.
Para ello me
propongo unos objetivos específicos:
-Dimensionar
la influencia de la actual globalización económica y política sobre los Estados
latinoamericanos y sus frágiles democracias,
-Caracterizar
los beneficios de una cultura democrática expresada en valores y prácticas
participativas,
-Señalar en
base a algunas experiencias concretas metodologías participativas y sus
corolarios en forma de fortalecimiento de la sociedad civil y del orden
democrático.
La
democracia participativa, concepto muy impreciso, no la entiendo como
antagónica , sino como complementaria de la democracia representativa. Requiere
de una sociedad civil que participa en los procesos de decisión que conllevarán
posteriormente a las decisiones definitivas, lo que supone oportunidades de voz
propositivas y garantías para el ejercicio de tales oportunidades. La
participación ciudadana tiene como objeto la democratización del espacio
público, y no se limita al ámbito de las instituciones políticas sino que se
extiende asimismo al campo de la sociedad civil; se orienta a fortalecer las
capacidades autorganizativas de la sociedad y es un medio de socialización de
la política y de generación de nuevos espacios y mecanismos de articulación
Estado y sociedad. En este sentido, como dice Mónica Baltodano “si bien
democracia y participación se nos presentan como concomitantes, es la crisis de
la democracia la que parece abrir más ampliamente las oportunidades a la
participación, proyectándola como una necesidad y, cada vez más, como un
imperativo para gestionar el complejo propositivo de su formalización
jurídico-política en la institucionalidad democrática”.1
La
estrategia de la Democracia Participativa, este paradigma que tiene en Porto
Alegre un referente necesario, está comenzando a jugar en la izquierda
latinoamericana una función regeneradora de su déficit de acción social, del
mismo modo que constituye un aporte decisivo en la recuperación de una
identidad libertaria lesionada por divisiones internas y por la dificultad de
situarse en un escenario de lucha política en condiciones adversas.
Es
asi que podemos identificar las bondades de la Democracia Participativa en la
configuración de una izquierda social y política en orden a:
1.
Un nuevo enfoque en la construcción de una estrategia de ruptura con el sistema
económico y el parlamentarismo burgués, en el camino de otra orden social, que
supere las concepciones vanguardistas por una nueva disposición de las fuerzas
sociales y políticas; es desde abajo que deben articularse los procesos
asociativos, las luchas, y también los mecanismos de toma de decisiones. El Comité
Central sustituido por una alianza entre fuerzas políticas y sociales
iguales.
2.
La construcción social de nuevas modalidades democráticas superadoras de la
arcaica democracia liberal y de los enfoques reduccionistas de la democracia
que también han circulado y aún circulan por las izquierdas.
3.
La toma de conciencia de la importancia de la ciudadanía. El peligro de una
ciudadanía des-territorializada por la globalización es algo que daña de manera
grave el ejercicio de los derechos civiles y políticos, así como alimenta la
fragmentación social y el individualismo.
4.
La Democracia Participativa como factor de construcción nacional en una
sociedad nacionalmente débil que sin haberse consolidado como estado-nación,
está siendo succionada por centros de gravedad de las fuerzas económicas que
gobiernan la acumulación rompiendo las fronteras.
5.
La izquierda está tomando conciencia de que el desarrollo humano sostenible
encuentra en la Democracia Participativa grandes posibilidades de desarrollo
endógeno; un desarrollo orientado a superar las dependencias del exterior y
enfocado a dar respuestas a las necesidades internas.
Es
sobre estos principios o ideas-fuerza como se construye este texto que tiene
como objeto una reflexión sobre la democracia en América Latina, pero que bien
puede extenderse como campo de preocupaciones y como conjunto de inspiraciones
a nuestra propia realidad europea, dado que también en nuestro continente
vivimos tiempos de achique de la democracia y despliegue desvergonzado de una
apropiación de la toma de decisiones por las cúpulas partidarias y grupos de
interés mediante procedimientos autoritarios.
Lo cierto es
que la participación de los ciudadanos es esencial para la legitimación del
poder y la democratización permanente de la democracia. La búsqueda de un
equilibrio entre poder y participación constituye una tensión propia de la
democracia en el ámbito de la organización territorial que es el Estado. La
democracia representativa es para algunos ese espacio de equilibrio, pero cabe
defender junto a la anterior una democracia más participativa expresada en
formas legales, sobre todo en un momento en que aquélla atraviesa por una
crisis derivada de su pérdida de protagonismo deliberativo. Ello implica en
cualquiera de los esfuerzos democráticos una capacitación de los actores que no
podría darse eficazmente sin la figura del territorio que es el Estado-nación,
las regiones y los municipios.
La actual
globalización no asegura este equilibrio ni la capacitación ciudadana para la
democracia: el ámbito territorial global tiene dificultades para vertebrar a la
comunidad, no concita identidad; los canales participativos son débiles y
aquello que hay que elegir resulta ser algo muy distante sin contornos
definidos. En todo caso el impacto de la globalización es asimétrico: las
sociedades de tradición democrática pueden soportar la dejación de competencias
y grados de soberanía; pero las sociedades nacionalmente débiles, como son una
buena parte de las latinoamericanas, quedarían a merced de fuerzas
transnacionales cuya única conciencia es el mercado. Por otra parte la tutela
de instituciones democráticas mundiales, actualmente débiles, no puede resolver
este déficit de Estado en los países periféricos. De modo que la idealizada “aldea
global” lo es tan sólo para elites, pero no para las mayorías del planeta.