Los halcones en problemas
La madre de todas las soberbias
Raúl Zibechi *
Resolver la
crisis de hegemonía económico-financiera por la vía militar, supone para
Estados Unidos, o sea para Wall Street, un riesgo demasiado grande: enfrentarse
al resto del mundo y abrir un frente interno de incalculables consecuencias.
¿Qué
ganó Estados Unidos con la guerra contra Irak en 1991? Militarmente, fue un
triunfo completo. “Demostró al mundo que era efectivamente la mayor potencia
militar. Pero por primera vez desde 1945, tuvo que salir a demostrarlo,
desafiado por un acto deliberado de provocación militar. Ganar en tales
circunstancias ya es perder en parte. Porque si uno se atreve a desafiar, es
posible que empiece a prepararse un segundo desafiador más cuidadoso”, apunta
Immanuel Wallerstein. Y añade, con presagiante ironía: “Hasta Joe Louis se
cansó”.1
Hace tan sólo
dos décadas, ante la revolución iraní de 1979 que derribó a uno de sus más fieles
aliados, Estados Unidos se abstuvo de intervenir directamente. Utilizó
precisamente a Irak para contener la posible expansión de la revolución
islámica chiita encabezada por el ayatolá Jomeini. Durante la Guerra Fría, en
esa zona usó al propio Irán contra la Unión Soviética y a Arabia Saudí contra
el nacionalismo panárabe encarnado en el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser,
a quien los estadounidenses visualizaban como el peligro mayor para sus
intereses. Poco después de la muerte de Nasser, en 1970, Estados Unidos utilizó
toda su capacidad de presión diplomática y política, para promover la
“apertura” del nuevo gobierno egipico hacia Occidente. Ese proceso llegó a su
fin en 1979, luego de una verdadera contrarrevolución interna que deshizo todos
los logros del régimen nacionalista, con el acercamiento a Israel y la firma de
los acuerdos de Camp David. Desde ese momento, Egipto es uno de los puntales de
Estados Unidos en la región.
Así actúa una
verdadera superpotencia. Utilizando regímenes amigos, en esta región,
apoyándose en Israel, su mejor aliado en el mundo; influyendo a través de su
potencia económica y política, enfrentando a unos con otros para debilitarlos,
amenazando inclusive, como en la crisis cubana de comienzos de los sesenta,
pero sin implicarse directamente.
Lo que
estamos viendo estos días es todo lo contrario. Ocupar un territorio lejano
para desbancar un gobierno enemigo, por más cruel que sea, no es más que un
signo de debilidad. Algo que no sucedió ni en la guerra de Corea, fruto del
enfrentamiento entre la Unión Soviética y Estados Unidos, ni en Vietnam, donde
la intervención militar fue para apoyar un gobierno amigo que se tambaleaba
ante levantamientos populares.
Los nuevos
desafíos
Nunca antes Estados
Unidos había sido desafiado por una potencia regional menor y nunca, hasta la
invasión iraquí de Kuwait en 1991, ese desafío provino de un país mucho más
débil militarmente y que no contaba con aliados. Por eso la guerra contra Irak
debe analizarse exclusivamente en el terreno político.
La actual
confrontación es hija de dos graves problemas que enfrenta Estados Unidos,
ambos como consecuencia de dos éxitos. El primero se deriva de la caída de la
Unión Soviética. Esta superpotencia actuaba como reaseguro al impedir que sus
aliados, y en sus zonas de influencia, traspasaran ciertos límites previamente
fijados en el reparto mundial. Los soviéticos actuaron, durante décadas,
moderando la revolución palestina; convencieron a los líderes cubanos de ceder
ante Washington en la crisis de los misiles en 1962 y lo hicieron cada vez que
la situación mundial se encrespaba. Por otro lado, la Unión Soviética mantenía
cierto orden en su área de influencia; incluso en aquellos países que estaban
bajo la zona de dominio estadounidense, procuraba que la insurgencia popular no
traspasara ciertos límites, algo que puso en práctica en América Latina durante
las críticas décadas del 60 y del 70. La caída del socialismo real introdujo
una enorme dosis de desorden que ya nadie puede controlar, pero que dispara las
apetencias de la superpotencia y de las candidatas a sustituirla.
En segundo
lugar, la primera Guerra del Golfo, dirigida por George Bush padre, dejó
asuntos sin resolver y creó una gravísima situación en toda la región, cuyo
resultado más visible fueron los ataques del 11 de setiembre de 2001. En una
década, el aplastante triunfo militar contra Saddam Hussein no le permitió
resolver el problema palestino, ni el kurdo, ni el iraní, ni el iraquí. Pero
sumó a los viejos enemigos otros nuevos y sorprendentes. Sólo que del desastre
se desayunaron cuando, al revisar la lista de los que protagonizaron los
ataques a las Torres Gemelas y el Pentágono, cayeron en la cuenta de que la
inmensa mayoría eran saudíes. En suma, el problema no era Bin Laden sino la
monarquía saudí, uno de los bastiones de Washington en la región y el país con
el que habían contado desde la Segunda Guerra Mundial para mantener bajos los
precios del petróleo y la fluidez de los suministros.
Un viraje
demasiado radical
Cerrar los
ojos durante mucho tiempo tiene efectos perniciosos, sobre todo cuando se los
abre. Ahora los halcones, espantados por la sucesión de errores y fracasos, en
una situación de claro declive económico y desafiados por la emergencia del
euro, quieren imprimir un viraje completo a su política regional y, por lo
tanto, mundial. Parece exagerado y fuera de la realidad. Las viejas y corruptas
monarquías petroleras son visualizadas ahora como enemigos potenciales. Después
del 11 de setiembre, temen que Arabia Saudí rompa su alianza y termine por
desestabilizar toda la región
El arabista
francés Gilles Kepel sostiene que todo el sistema de alianzas tejido por la
superpotencia desde 1945 ya no le funciona. En una entrevista publicada por el madrileño
El País, señala que se propone “crear un orden nuevo en Oriente Próximo cuya
dinámica significaría acabar con los factores económicos y sociales que
provocaron el 11-S”. Además de controlar las riquezas de la región, el agua y
el petróleo, la apuesta de Estados Unidos es “lograr que las clases medias
tomen el poder en Irak y que cunda el ejemplo en todo el Cercano Oriente”.
Si no fuera
por las miles de víctimas que la aventura militar está provocando, y las
decenas de miles que provocará, la apuesta de los halcones es como para
revolcarse de risa. “Nos dicen que van a revisar las alianzas, pero son
tributarios de las alianzas existentes”, dice Kepel. Suena tan ridículo como la
esperanza del Pentágono de que la población iraquí los recibiría con los brazos
abiertos, como libertadores.
Además, no
tienen la fuerza suficiente. El creciente declive del dólar como moneda de los
intercambios internacionales, y de Wall Street como centro económico-financiero
del mundo, no puede resolverse por la vía militar. Recomponer el declive de la
superpotencia supondría desandar el camino recorrido desde 1945, cuando Estados
Unidos impuso el dólar (respaldado porque controlada el 80 por ciento de las
reservas de oro del mundo) como la divisa hegemónica.
El creciente
deterioro de su posición económica por la competencia de Europa y Japón creó un
desorden monetario que llevó al presidente Richard Nixon, en 1971, a
desvincular al dólar del oro, rompiendo los acuerdos de posguerra. De ahí en
más, todo el camino recorrido fue en realidad una huida hacia adelante.
Convertido en el principal deudor internacional por su debilidad productiva, y
necesitado de la afluencia de dólares para equilibrar las cuentas corrientes
siempre deficitarias, desató la especulación financiera que a la larga terminó
por minar a sus propias grandes empresas, sacudidas por escándalos contables.
En efecto, los fraudes de Enron, AOL y Worldcom son cada vez más la norma en
una economía dominada por la especulación. De ahí que para mantener una hegemonía
que ya no posee, deba recorrer el camino de la guerra. Así como la economía
real fue devorada por la burbuja financiera, la guerra preventiva mundial que
encara la administración Bush amenaza con consumir cualquier pretensión de
liderazgo global.
La soberbia,
unida a la ceguera, se pagan muy caras. El imperio está probando su propia
medicina. Aunque los estadounidenses ganen en el campo de batalla, y todo
indica que así será, la forma como obtengan el triunfo pautará la posguerra. La
ambición militar de una guerra corta, se habló de que duraría apenas una
semana, se disolvió entre las tormentas de arena en el desierto iraquí y la
resistencia de las tropas de Saddam. El impúdico sube y baja de las bolsas,
según las noticias que llegan desde los frentes de combate, y el vergonzoso
reparto entre los más conocidos halcones, como el vicepresidente Dick Cheney,
de los “beneficios” que esperan obtener en la reconstrucción de Irak, están
soliviantando a la segunda superpotencia. En efecto, la opinión pública mundial,
y cada vez más la estadounidense, está poniendo límites más y más estrechos a
la soberbia imperial.
* ALAI, América
Latina en Movimiento, 27 de marzo de 2003.
1. Immanuel Wallerstein, “Después del liberalismo”,
Siglo XXI, México, 1996, p. 135.
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