Cuestiones de América
Afrontar Nuestros Miedos para Enfrentarnos
al Imperio
Robert Jensen *
Finalmente,
estoy en disposición de reconocer lo que durante meses he mantenido en secreto:
Estoy aterrado.
Jamás en toda
mi vida adulta he estado tan asustado. Llevo meses sintiendo una especie de
terror que campa a sus anchas, ante lo que se nos avecina, conforme la
administración Bush ha ido dejando claro que nada le desviará de su demencial
cruzada de guerra.
Hasta ahora,
no había hablado de ello. Cuando he participado en la organización de reuniones
o coloquios con diversos agentes sociales o he dado charlas en manifestaciones,
me he contenido. Nuestra labor era la creación de un movimiento contra la
guerra, y me preocupaba la idea de que el dar expresión a mi miedo pudiera ir
en detrimento de dicho objetivo. La gente necesita sentirse capacitada y
esperanzada, me decía a mí mismo; conviene sacar a colación el potencial del
movimiento.
Esto ha
cambiado. Hemos de continuar trabajando en la construcción del movimiento, con
su enorme potencial a largo plazo, para dar un giro de timón a esta sociedad
que la aleje de la doctrina de la guerra y los beneficios y la encauce en la
senda de la paz y la atención a las necesidades de la gente. No podemos
traicionar nuestro compromiso para con todas las gentes del mundo, ni para con
la labor en el campo de la educación y el activismo a la que todos nos debemos,
si es que aspiramos a ver los frutos de ese compromiso.
Pero hoy ya
no creo que sea posible construir tal movimiento mediante la supresión o el
silenciamiento de este pavor que sentimos. En las últimas semanas he visto tan
claramente este miedo en las miradas de mis amigos y en los agitados
comentarios de desconocidos, que me ha sobrecogido la desazón con la que se
expresan incluso muchos de los que apoyan la guerra.
Lo supe
cuando el pasado fin de semana mi padre - un conservador republicano,
comerciante en un pequeño pueblo y veterano de la II Guerra Mundial-se empeñaba
en convencerme de que Bush no iba en serio con eso de emprender una guerra, que
era una bravata, sólo una fachada. Incluso mi padre estaba asustado ante los
planes del hombre al que había dado su voto.
Creo que toda
la gente del mundo cuya facultad de sentir no se ha visto sofocada por el poder
o por el odio siente algo parecido. No es miedo a los terroristas, ni a las
armas de destrucción masiva, ni siquiera a esta guerra en particular, por muy
espantoso que pueda ser todo esto. Creo que es miedo a algo mucho más
complicado de definir, miedo a las fuerzas que se desatarán cuando los Estados
Unidos de América desafíen al mundo entero y desencadenen una guerra que - si
bien se ha formulado desde el punto de vista de la protección general para la
ciudadanía, ante potenciales riesgos - notoria y manifiestamente se trata de
proyectar el poder estadounidense americano hasta lograr una suerte de
dominación en el ámbito mundial sin parangón en la historia.
Bush y su
equipo de asesores anunciaban arrogantemente que han dejado de lado cualquier
compromiso para con la seguridad colectiva, la auténtica diplomacia y la
legislación internacional. ¿Sobrevivirán
las Naciones Unidas? ¿Quedará
algo del sistema internacional cuando Bush y su banda hayan acabado? ¿Quedará alguna esperanza para la resolución
pacífica de los conflictos? Cierto que jamás se ha llegado a desarrollar
plenamente ninguno de los conceptos mencionados, como también son de dominio
público los defectos que presentan las instituciones internacionales. Pero, ¿habrá alguien que se sienta más seguro en un
mundo en el que la ley provenga única y exclusivamente de la espada
estadounidense americana, indefinidamente dispuesta?
Este pavor
que siento no es sólo pavor al poder desatado, sino a un imperio poseedor del
potencial militar más destructivo jamás visto en la faz de la tierra - un
imperio que cuenta en su haber con bombas termobáricas y mísiles crucero,
bombas de dispersión y "machacadores de búnkeres". Por mucho que los
gobiernos se empeñen en ocultar las consecuencias que pueden acarrear estos
tipos de armamento - y por mucha cooperación de los medios de comunicación en
semejante empresa - somos más que capaces de comprender los miles de civiles
que podrían perecer en las masacres que puedan originar estas espeluznantes
armas. Podrán censurar las imágenes, pero no nuestra facultad de atar cabos.
Este pavor
que siento no es solamente debido al incontrolado poder de los Estados Unidos
de América, sino al hecho de que Bush y sus asesores se crean conocedores de su
poder y capaces de controlarlo. Es la insolencia de un poder virtualmente
ilimitado en conjunción con el privilegio vitalicio. Es el colmo de la
arrogancia, y en un mundo nuclear no hay pecado tan potencialmente letal como
ése.
Éste es el
miedo que yo siento, el que creo que sentimos muchos de nosotros. A la
administración Bush le conviene que sintamos miedo, pero quiere que lo
mantengamos calladito. Nuestro poder no vendrá de la negación de ese miedo,
sino del hecho de plantarle cara y superarlo. De modo que, debemos expresarlo,
y no precisamente para asustar al prójimo, sino para propiciar nuestra unión.
Nuestra única esperanza ante ese miedo reside en nuestra capacidad de
compartirlo, de organizarnos, de resistir. Y, si somos capaces de enfrentarnos
al miedo, seremos capaces de enfrentarnos al imperio.
Si tú también
sientes este miedo y, frente a él, dudas de tu capacidad para mantener tu
compromiso, o para implicarte por primera vez, en el movimiento contra la
guerra, sólo te puedo plantear una cosa: ¿A qué otro lugar vas a ir? Si reculamos a
nuestros espacios privados, con la esperanza de poder escondernos, no
tardaremos en descubrir que este miedo nos perseguirá a donde quiera que
vayamos.
Nuestra única
salida es la unión, en público, plantando cara, no sólo a nuestro miedo, sino a
los miedos que los demás proyectarán sobre nosotros, dándoles la bienvenida.
Será doloroso. Conllevará ciertos riesgos. Pero ésa es la única forma en la que
seremos capaces de aferrarnos a nuestra propia humanidad.
Estoy
asustado, y necesito ayuda. Todos la necesitamos. Prometamos solemnemente que
no nos defraudaremos - por nuestro propio bien, y por el bien de toda la
humanidad.
Robert Jensen
es cofundador de Nowar Collective (http://www.nowarcollective.com/) y profesor
de periodismo en la Universidad de Texas en Austin. Es autor de "Writing
Dissent: Taking Radical Ideas from the Margins to the Mainstream"
[Redactar a contracorriente: trasladando las ideas radicales de los márgenes a
los medios masivos]. Se le puede contactar en la siguiente dirección de correo
electrónico: rjensen@uts.cc.utexas.edu
* Znet, 17 de marzo de 2003. Traducido
por Jain Alkorta y revisado por Alfred Sola.
Cuestiones de América Nº 14, Abril - Mayo de 2003
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